El realismo político de Rafael Nuñez

Hace más un siglo murió en Cartagena el hombre que gobernó a Colombia más de cien años mediante la constitución de 1886. ¿Están vigentes aún sus ideas?

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 293, de agosto de 1994.

Esta conmemoración histórica nos trae de nuevo el asombro ante su personalidad y su obra y la riqueza de facetas del hombre público, y nos plantea los interrogantes que siempre surgen sobre su condición humana, sus hazañas de caudillo y de estadista, su vida amorosa y, desde luego, su espíritu de legislador, del que es preciso indagar la altura y el alcance de su genio.

Pues bien, en relación con esto último, y frente al caos jurídico actual en que se debate la república, hay un planteamiento que se ha venido reiterando en forma insistente: ¿A qué factores atribuir la vigencia que por más de un siglo tuvo la Constitución de 1886? ¿Por qué, aun después de habérsela sustituido por la Constitución de 1991, sigue constituyendo motivo de permanente referencia y se llega hasta anhelar su reposición?

Para responderlo, los exegetas exaltan, en primer lugar, su armoniosa estructura, en la que todo es esencial, en la que nada falta, sin que haya desbordamientos en su articulado. Por otra parte, destacan su precisión y claridad conceptual, en la que no hay vaguedades abiertas a amañadas interpretaciones.

Tales apreciaciones son incuestionablemente válidas, pero consideramos que resultarían insuficientes si se dejara por fuera lo más importante, lo que encontramos en su sustrato como el impulso y germinal de esa Constitución.

Hay por lo menos tres factores fundamentales que no pueden dejar de ser analizados: su veteranía en la experiencia política; la madura reflexión puesta en su gestación; finalmente, el realismo político que la informa.

Importa considerar en primera instancia, repetimos, la rica, difícil y fecunda trayectoria política de Núñez, cumplida en una etapa clave de transición, con una república recién nacida a la independencia, que buscaba su aclimatación a la libertad, desvertebrada por los egoísmos y cacicazgos federalistas, una confusa situación que dio pie a diversas propuestas, poco afortunadas, de ordenamiento constitucional.

En aquel agitado contexto social la parábola de la vida de Núñez fue deslumbrante, escalonada de triunfos cada vez más altos, y desconcertante por su paralela capacidad para el mando, la acción y la reflexión.

Revisémosla a vuelo de pájaro. Empezó temprano. Apenas adolescente, a los 15 años, fue ya guerrero protagonista en la guerra civil llamada de “Los Supremos”, en la que le tocó combatir contra su padre.

En 1844, a los 19 años se graduó de abogado en la Universidad de Cartagena, de la cual fue después profesor y en 1852 rector. En 1845 lo encontramos como juez en Panamá. Un lustro más tarde José María Obando, nuevo gobernador de la provincia de Cartagena, lo nombró secretario general. Su desempeño fue de tanta eficacia que en ese cargo lo ratificaron los dos gobernadores que siguieron. Un tiempo después fue igualmente secretario general, durante el gobierno en Cartagena del general Juan José Nieto.

Por esa época escribió la letra de un himno para su ciudad nativa, que luego dio base al himno nacional. En 1853, a los 28 años, ya en Bogotá, fue nombrado vicepresidente de la Cámara de Representantes. Combatió entonces las ideas federalistas de Florentino Gonzalez y participó en los debates por la Constitución que fue aprobada ese año.

También en abril de 1853, Obando, Presidente de la república, lo designo ministro de Gobierno. Estaba gravemente perturbado el orden público, pero Núñez con su don de mando logró restaurar la tranquilidad.

En 1854 regresó a la Cámara, pero al producirse el golpe del general José María Melo, tuvo que exiliarse en la Legación de los Estados Unidos. Más tarde contribuyo decisivamente a la caída en Cartagena del general melista Juan José Nieto, su antiguo jefe, y hubo de actuar como gobernador de aquella provincia.

En los años siguientes, por sus excepcionales condiciones de estadista y gobernante fue designado ministro de Guerra del presidente Manuel María Mallarino, y luego promovido al Ministerio de Hacienda, con brillantes actuaciones en ambos.

En 1860, elegido senador por el Estado Panamá, trató empeñosamente de impedir la guerra civil con la que Mosquera amenazaba desde el Cauca. El general, después de su triunfo, lo nombró ministro del Tesoro, cargo desde el cual impulso la desamortización de los bienes de manos muertas, vale decir, de los bienes recibidos por la Iglesia en legados de sus feligreses.

Al llegar a este punto se impone señalar que fueron los años que hemos venido comentando, de azarosa travesía con cargos claves en la vida pública, los que a Núñez le alumbraron y trazaron el perfil de la trascendental misión que debía cumplir: fijar para su patria un orden constitucional que ajustado a la realidad nacional como un traje a la medida, le devolviera una convivencia social armoniosa, justa, pacifica

Tal misión, desde luego, no podía ser fruto ni de la improvisación ni de la simple adopción o adaptación de estructuras jurídicas adecuadas y benéficas para otros pueblos pero desacordes e incompatibles con nuestro particular modo de ser, con nuestro complejo talante nacional.

Fue así como cansado y desencantado por la católica situación que padecía la nación decidió, tras abandonar la Convención de Rionegro en 1863, a la cual asistió durante al unas semanas, salir del país hacia Nueva York para reflexionar, con una apropiada perspectiva sobre Colombia y el rumbo que debía darse a su futuro.

Para hacer ese viaje tenía además otra atractiva razón: reunirse en Nueva York con quien fuera la más alta pasión de su vida, doña Gregoria de Haro. El amor, el pleno amor, solo le llegaría más tarde con doña Soledad Román.

Los dos años que pasó en Nueva York trabajando como periodista con colaboraciones para el periódico hispano ‘El Continental’, y ‘La Opinión’ de Bogotá entre otros, le permitieron analizar en profundidad, con el pensamiento siempre puesto en Colombia, el sistema federal norteamericano, que por sus funestas consecuencias en Colombia, él combatió desde temprano en su patria.

Después, tras esta etapa norteamericana, vino en Europa una segunda fase de estudios: en Francia (Paris y El Havre) desde 1865 hasta 1869, en Inglaterra (Liverpool y Londres) hasta 1874. Desde allí escribió, para varios periódicos colombianos y para El Nacional de Lima, artículos ensayos de la más aguda lucidez. En Ruan publicó una selección de éstos en sus ‘Ensayos de critica social’, en los que aparecen ya expuestos los principales lineamientos de todo el andamiaje de la que más tarde seria la Constitución de 1886.

En 1874 decidió cancelar su permanencia en el extranjero y regresar a Colombia. En diciembre de aquel año llegó a Cartagena. Estaba en la plenitud de sus dones y poderío intelectual, regreso con el alma henchida por un fervor patrio que se había acendrado por la lejanía.

Su retorno coincidió con una atmosfera política de cansancio y reacción contra las ejecutorias en el gobierno de Murillo Toro y Santiago Pérez. No puede sorprender, por consiguiente, que en 1875 un grupo de jóvenes liberales y radicales volviera a lanzar, como lo había hecho en 1873, su candidatura para la Presidencia, a la que no llegó esa vez por razón de turbias maniobras electorales que condujeron la elección de don Aquileo Parra hecha por el Congreso.

Pero, como sabemos, después ocupo la Presidencia varias veces: la primera, de 1880 a 1882 periodo en el cual impulso la construcción del ferrocarril Bogotá-Girardot y la creación del Banco Nacional y en el que el país gozó de plena paz.

La segunda, de 1884 a 1886. Reasumió la Presidencia posteriormente, pero tuvo que abandonarla en 1887 por razones de salud, lo que le llevó a Cartagena. De allí, con un inmenso esfuerzo, viajo a Bogotá para reasumir la Presidencia.

Pero luego, a partir del 7 de agosto de 1888, quedo encargado del poder el designado don Carlos Holguín, quien gobernó hasta 1892. Ahora bien, de sus varias Presidencias, la que marcó el hito mayor en nuestra historia fue la de 1884, en la que exaltados radicales de Santander se lanzaron a una guerra civil con Sergio Camargo a la cabeza, pero fueron derrotados en el combate de ‘La Humareda’.

Para celebrar el triunfo presidencial, la multitud llegó a Palacio. Núñez, asomado al balcón, pronuncio su frase histórica: “La Constitución de 1863 ha dejado de existir”. Aquel día, con ese acto, alcanzó su proyección cenital un proceso que necesitó de una vida entera inmersa en la turbulencia que, desde nuestra independencia, mantuvo en la inestabilidad a la república, a la que hubo que analizar rastreando las causas de su inoperancia gubernamental, movilizando una anchurosa cultura universal y, sobre todo, y es lo asombroso, sin perder en ningún momento y por ninguna razón la percepción más afinada y exacta de nuestra realidad social hasta hacer que fraguara en plenitud de perfección el fruto buscado y anhelado: la que desde entonces y por un siglo entero mantuvo en paz a la nación, la llamada Constitución de 1886, tan afinada, que fue compartida y avalada por el humanista a quien Núñez llamo “la primera ilustración de la Republica”: don Miguel Antonio Caro.

En la perspectiva de todo lo expuesto es obvio que este centenario debería considerarse, más que como una simple conmemoración, como un campanazo para que volvamos nuestra alma atención sobre nuestra identidad nacional, para que volvamos a ser y a regirnos con base en nuestra verdad y no con un centón de calco de teorías y formulas foráneas. De no ser así, nuestro futuro seguirá errático y no atinaremos nuestra mano con las heridas que desangran a Colombia.

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