El esposo de una de las mujeres más poderosas del mundo, la canciller alemana Angela Merkel, no siente emoción alguna por la fama; ama la discreción, le encanta la música clásica y es una eminencia en Química. Diners le cuenta quién es este destacado científico

A la gran mayoría de las personas el nombre de Joachim Sauer no le suena conocido. Y Sauer está feliz con eso. Aunque es el esposo de la “dama de hierro alemana”, la mujer que lleva doce años liderando ese país, pocos saben quién es y a qué se dedica. No es generoso con los apretones de manos ni mantiene una relación entrañable con las cámaras de televisión. A tal extremo llega el asunto que no asistió a la primera toma de posesión de Merkel –la vio por televisión– y sus apariciones en público se cuentan con los dedos de una mano.

“Es un hombre esquivo y parco en palabras. Huye de la popularidad y de los focos como de la peste y prefiere mantener un discreto segundo plano, incluso cuando su mujer gana las elecciones (no sube al escenario a acompañarla como hacen las parejas de otros políticos). Con una larga carrera a sus espaldas, siempre se ha negado a ser visto solo como el marido de la canciller alemana y ha evitado la escena mediática todo lo que se lo han permitido. Sus apariciones públicas son contadas y se reducen a obligaciones de protocolo”, le explica a Diners Almudena de Cabo, corresponsal en Berlín para el servicio en español de la agencia alemana de prensa DPA.

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Sauer, que por coincidencias de la vida significa enojado en alemán, tiene 68 años. Es hijo de un pastelero y nació un 19 de abril en Hosena, una pequeña localidad de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA), donde la gente era vigilada por las autoridades y los lujos no existían. De esa experiencia, dicen muchos, se deriva su austeridad y sencillez, que lo llevan, por ejemplo, a comprar tiquetes de bajo costo en sus vacaciones con la canciller.

Merkel y Sauer se conocieron en 1981, cuando ambos estaban casados con otras personas / Foto AFP

Estudió Química entre 1967 y 1972 en la Universidad Humboldt, de Berlín, y siempre se destacó por su inteligencia y dedicación. A los 25 años se doctoró en Química con el máximo honor –summa cum laude–, y fue por esa época cuando descubrió una de sus grandes pasiones: la música clásica. En una de las escasas entrevistas que ha dado, Sauer le confesó en 2012 a Reuters que estudiar química era un trabajo físicamente duro, y necesitaba de un descanso al llegar a su casa. “Me estiré en el sofá, encendí la radio y escuché un programa de música clásica. No sabía lo que era, pero lo encontré muy interesante. Al final, resultó que era una pieza de Sigfrido del ciclo de El anillo del nibelungo, de Wagner. Así que me dije a mí mismo ‘eres un idiota, deberías escucharlo’. Y así comenzó mi afición”.

Desde 1990 siempre asiste, sin falta, al festival musical de Bayreuth, en el oriente de Alemania, dedicado a la presentación de óperas de Richard Wagner, y es una de las pocas ocasiones en las que los medios de comunicación pueden verlo. De ahí que varios reporteros suelan llamarlo: “el fantasma de la ópera”.

Una eminencia de los catalizadores

En 1977 entró a la Academia de Ciencias del Instituto Central de Química Física de la RDA. Trabajar en esta época lo marcó, y más aún porque él no hacía parte del Partido Socialista. En una entrevista publicada a raíz de los veinte años de la unificación alemana en Kosmos, el periódico de la Universidad Humboldt, afirmó que “uno tenía que hacer concesiones en la RDA y conformarse si quería graduarse de la universidad. El arte consistía en poder mirarse al espejo en la mañana sin ser expulsado de la escuela secundaria, perder su lugar en la universidad o poner en peligro las oportunidades de una carrera científica. Era una preocupación constante (…) Por eso siempre supe que jamás podría expresar críticas en público”.

En junio de 2017, Merkel y Sauer se reunieron con el papa Francisco en el Vaticano / Foto Alessandro Benedetti/Getty Images

Una vez cayó el muro de Berlín en 1989, viajó a San Diego, Estados Unidos, para trabajar en Biosym Technologies, una empresa que desarrollaba software para diseñar la estructura molecular de medicinas. Y si bien fue consejero de esa empresa hasta 2002, regresó a Alemania en 1991 para ser el jefe del grupo de Química Cuántica del Instituto Max Planck, una de las asociaciones más acreditadas en investigación científica y tecnológica.

A lo largo de su carrera ha recibido una docena de reconocimientos y premios –Reinhart Ahlrichs, un colega científico, afirmó en la revista Stern que “Sauer hace parte de los treinta mejores químicos teóricos del mundo y es un jugador de las grandes ligas”–. Desde 1993 es profesor titular de Química Física y Teórica en la Universidad Humboldt. Aunque sus estudiantes no están autorizados para hablar con los reporteros, algunos alumnos han reconocido que tiene un fino humor negro, mientras que otros aseguran que es muy estricto y de la vieja guardia.

“El profesor Sauer ha realizado importantes contribuciones al estudio teórico de los catalizadores –materiales que permiten llevar a cabo reacciones y procesos–. Al respecto, ha publicado más de 370 artículos científicos en revistas de alto impacto y ha formado un gran número de estudiantes de doctorado”, explica la ingeniera química Martha Isabel Cobo, directora de la maestría en diseño y procesos de la Universidad de La Sabana y experta en el tema. Actualmente, explica Cobo, “Sauer trabaja en el diseño de catalizadores para la captura de dióxido de carbono que permitan controlar el calentamiento global. También investiga la producción de biocombustibles y de productos amigables con el ambiente, un área de estudio muy relevante para la competitividad de los países”.

“Química pura”

Sauer conoció en 1981 a Angela Merkel en la Academia de las Ciencias, en Berlín Oriental. Por ese entonces ambos estaban casados. Él, con una profesora de química de la cual se divorció en 1985, y ella con el físico Ulrich Merkel, de quien conservó el apellido a pesar de separarse en 1982. Luego de comenzar la relación sentimental convivieron por más de quince años y el 30 de diciembre de 1998 se casaron en una ceremonia privada en el registro del distrito Berlín-Mitte.

En general son una pareja de hábitos muy estables. Suelen descansar en los Alpes suizos y en la isla italiana de Ischia, donde les gusta hospedarse en la misma habitación del Miramare, un hotel tranquilo de tres estrellas con vista a Capri. También les gusta practicar senderismo y visitar atractivos naturales. En términos gastronómicos, a Sauer le gusta la pasta con bacalao, las aceitunas, y una entrada que mezcla tomates, anchoas fritas y queso. También le gusta el vino tinto y siempre come postre. Disfruta de cosas sencillas como ir de compras al supermercado y no se cambia por nadie cuando la señora de la casa, excelente cocinera, le prepara tortas de ciruela o de migas y pastel de carne relleno con verduras. En esos momentos no importan los conocimientos de científico ni tampoco que ella sea la mujer del planeta con más años al frente de un gobierno.

El pasado mes de julio Sauer posó junto a otros cónyuges de los jefes de estado (entre ellas Melania Trump y Brigitte Macron) en la cumbre del G-20 en Hamburgo. Foto AFP

La insistencia social y mediática no ha modificado la actitud reservada de ambos. Es más, tanto la prensa seria como la sociedad alemana respetan esa postura. Así lo confirma a Diners el periodista político alemán Robin Alexander, autor de Die Getriebenen, un libro que narra la manera como Angela Merkel enfrentó la crisis de los refugiados. “Infortunadamente, no puedo contribuir en nada a su historia. El señor Sauer ha insistido en no aparecer en la prensa y yo acepto completamente esto”, explicó. Almudena de Cabo asegura que “la prensa alemana tradicionalmente respeta la vida privada de sus políticos. Para los medios germanos es importante separar la farándula de las revistas del corazón de la vida política. Para historias de corazón ya tienen a sus aristócratas y famosos de la vida del espectáculo. No necesitan ver a Merkel en su ámbito personal plantando flores en su jardín o paseando de la mano con su marido por la ciudad.

Son muy contadas las imágenes de Merkel con su esposo, más allá de sus citas oficiales. El diario sensacionalista alemán Bild sí que saca todos los años alguna foto de la pareja durante sus vacaciones de verano por la montaña, pero ya está. Desde el principio él dejó claro, como bien declaró en una ocasión, que no tiene nada que ver con el trabajo político de su mujer. Y Merkel también ha insistido en que su marido es científico y quiere seguir siéndolo. De igual manera, la sociedad alemana tiene un gran respeto por Sauer. Les parece que su discreto segundo plano resulta muy acertado porque la que es canciller es su mujer, no él (…) Es un científico de renombre en el país y tiene su vida profesional. Por esa misma razón les gusta que no tome ninguna posición u opinión frente a temas importantes”.

Sin duda, a Sauer y a Merkel los une un sentimiento sólido, se admiran mutuamente, ninguno se hace sombra y cada uno en su área ha tenido un lugar destacado. Y Merkel, por su parte, lo deja actuar en coherencia absoluta con su manera de entender la existencia.

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