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Ser o no madre, esto piensan Piedad Bonnett y Rosa Montero

Dos escritoras hablan sobre los extremos de la maternidad: la más importante narradora de España, Rosa Montero, explica qué hay detrás de una vida sin hijos, mientras Piedad Bonnett, una de las novelistas nacionales más relevantes, sentencia las dificultades y los aciertos de convertirse en madre.

Foto: Autores

Dos escritoras hablan sobre los extremos de la maternidad: la más importante narradora de España, Rosa Montero, explica qué hay detrás de una vida sin hijos, mientras Piedad Bonnett, una de las novelistas nacionales más relevantes, sentencia las dificultades y los aciertos de convertirse en madre.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 482 de mayo 2010

PIEDAD BONNETT

En mi adolescencia, jamás, que yo me acuerde, quise ser madre. Mientras la fuerza de la tradición seguía empujando de distintas maneras a las mujeres a una vida donde lo natural era casarse, tener casa con jardín y bebés rozagantes, algunas de las de mi generación soñábamos, en cambio, con ir a la universidad, tener relaciones libres, viajar y conocer.

La idea de la maternidad no estaba incluida. En nuestra ayuda apareció la píldora anticonceptiva, aprobada en Estados Unidos cuando yo contaba casi 15 años. Pero venía rodeada de tal cantidad de literatura atemorizante –el Papa, en su Encíclica del 69, nos amenazó con el infierno; la prensa hablaba de efectos secundarios como ataques coronarios; cierta izquierda la denunciaba como formas del imperialismo de esterilizar a los pueblos pobres– que las mujeres muy jóvenes y solteras teníamos que llenarnos de verdadero valor para, además de enfrentar aquellos miedos, acercarnos a un ginecólogo para que nos la formulara y luego ir a comprarla con cara impasible en las farmacias. El muy incierto método Ogino-Knaus seguía siendo el pobre asidero de la mayoría.

Estábamos sopesando aquellos riesgos cuando por el mundo se extendió la visión romántica del hippismo. Como muchos, e ignorando a mis dieciocho años que ese movimiento poco tenía que hacer en países atrasados como los nuestros, yo me dejé seducir por su espíritu antibelicista, ecologista, anticonsumista, que propendía a la libertad sexual y entronizaba el amor como centro de la vida.

El amor, ya no como idea sino como un hecho incontrovertible, hizo lo demás: a los 20 años rompí con mi promesa íntima de ser libre para siempre, y di a luz una bebé que, con sus 52 centímetros y sus 7 libras, no solo hizo que sintiera el dolor más desgarrador que había sentido hasta entonces, sino que mi vida cambiara para siempre. Esto último me lo hizo ver un tío bastante prolífico que fue a visitarme: un hijo, sentenció, es algo que no tiene reverso. Más poéticamente, pero de forma no menos absoluta, dijo lo mismo Rosario Castellanos en un poema a su hijo Gabriel: “por esa/ hemorragia de su desprendimiento/ se fue también lo último que tuve/ de soledad…”.

No hay ninguna idealización en el poema de Castellanos, que no habla aquí de que ser madre equivale a tener compañía. No. Habla de que al ser madres nuestro límite está, hasta la muerte, más allá de nosotros.

Nada nos prepara para el difícil oficio de ser madres. Ni cursos, ni manuales, ni consejos. Guiadas solo por el amor, vamos moviéndonos a golpes de intuición, esperando no estar equivocadas. Con el cuidado del primer hijo adquirí destrezas que me sirvieron para no cometer errores con los siguientes, pero jamás estuve segura de no equivocarme en los aspectos más hondos y definitivos de la crianza.

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El ejercicio de la maternidad me ha permitido, eso sí, capacitarme en distintos frentes y enfrentarme a los más diversos retos: elaborar unas alas de papel crepé y adosarlas a un disfraz de ángel, haciendo que permanezcan erguidas; conseguir un cartón paja a la hora en que han cerrado todas las papelerías; hacer una curación de urgencia; ensayar con mi hijo de doce años las palabras para declararle su amor a una chica; repartir en mi carro, de madrugada, a varios adolescentes, disimulando la pijama debajo de un abrigo; lidiar una que otra “perra”; leer toda clase de borradores; poner el hombro para que lloren una tusa y dar clases de fisiología y educación sexual, entre otros. Pero sobre todo, vivir con intensidad cuatro vidas: la mía y las de mis tres hijos. Sentir que sus pesares son mis pesares y sus alegrías mis alegrías. Una de estas, la mayor de todas, contemplar la carita sonriente de mi nieta.

De todos modos, no pierdo de vista que las madres somos a veces agobiantes y posesivas, y que no estoy exenta de que me echen la culpa de todo en el sofá del psicoanalista. (“Es de la madre, de los postigos asegurados, de quien se huye”, escribió Lezama). Y sé que no hay madre de la cual alguna vez un hijo no se haya avergonzado. El menor, por ejemplo, cuando apenas tenía cuatro años, me dio una gran sorpresa. “Yo voy a decir que tú eres mi tía y no mi mamá”, me dijo. ¿Y eso por qué? pregunté yo. “Porque tú eres muy bajita y tienes gafas”, contestó él muy honestamente.

Sobra decir que no idealizo la maternidad, que respeto profundamente la decisión de no ser madre, y que no creo que una mujer valga más que otra por serlo. Incluso intento comprender a aquellas mujeres que, como Doris Lessing o Silvia Plath, abandonan a sus hijos en busca de un mundo más amplio o menos duro. Pero aunque a veces envidio a aquellas que siempre duermen tranquilas y no temen, tanto como yo, una llamada a la una de la mañana, volvería a ser madre si volviera a tener que elegir. Y solo por una razón: porque ya lo he sido.

ROSA MONTERO

Se da la circunstancia de que no tengo hijos. Si fuera un hombre, mi falta de descendencia sería eso, una circunstancia, más o menos importante pero circunstancia al fin, una nota más en la biografía. Pero como soy mujer, se diría que todo en el entorno se confabula para convertirme en una mujer sin hijos, como si por ello pertenecieras a una categoría. Como si la cosa definiera, a los ojos de los demás, toda tu vida.

Es curioso, porque de esto me estoy dando cuenta por vez primera ahora, en la edad madura. Fui una niña a la que no le gustaban las muñecas, sino los animales de peluche. Por más que buceo en mis memorias, no me recuerdo jamás queriendo tener niños ni jugando a las mamás. Después, al crecer, la cosa siguió igual: ser madre no solo no era una prioridad para mí, sino que ni siquiera formaba parte de mi horizonte. Y así, sin pensar en ello, se fue pasando el tiempo del famoso reloj biológico.

A muchas otras mujeres de mi generación les sucedió lo mismo: recordemos que hasta hace poco España e Italia se han turnado en el primer puesto de los países con menor tasa de natalidad del mundo. Ya ven, justo España e Italia, países católicos, con una fuerte influencia de la familia tradicional y una pesada herencia de machismo. Dos sociedades, también, que han cambiado de manera vertiginosa.

Es posible que, en ambos países, un par de generaciones de mujeres hayamos crecido bajo el influjo y el ejemplo de nuestras madres, de esas madres que vivieron en el sexismo tradicional pero que vieron llegar los cambios del mundo nuevo, y que educaron a sus hijas soplando en sus oídos un susurro poderoso de protesta: no te cases, no tengas hijos, sé libre por mí.

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Sea por esto o por lo que sea (verdaderamente no lo sé), el caso es que ser madre no formó parte del plan de mi vida. Lo cual sin duda me hizo perder una experiencia muy importante.

Pero es que vivir es escoger, es elegir unas opciones y rechazar otras, de manera que siempre es inevitable perder (y ganar) algo. Lo que me consta, por experiencia y porque lo he visto en otras, es que el hecho de ser madre no es la experiencia esencial y constitutiva de la existencia femenina.

Todo esto lo he tenido siempre claro, pero el caso es que en los últimos años me estoy dando cuenta de que a las mujeres nos preguntan todo el rato si tenemos hijos. Por ejemplo, muchos periodistas, al entrevistarme, me plantean si he sacrificado la maternidad a mi carrera. Increíble cuestión que jamás cruzó por mi cabeza. Yo no siento que haya sacrificado nada por mi profesión (aparte del mayor o menor sacrificio que siempre es trabajar), y eso menos que nada.

Por otra parte, no veo la necesidad objetiva de hacerlo; muchas escritoras estupendas han sido madres, como Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Elvira Lindo, Montserrat Roig o Nuria Amat, por citar unas cuantas, y no creo que ello haya supuesto merma en su obra. Pero no se trata solo de los periodistas: cada vez que conoces a alguien, hombre o mujer, el asunto aparece al poco rato. Desde luego, éstas preguntas no se les plantean a los varones.

De joven, contestar una y otra vez no me molestaba. Pero desde que he alcanzado cierta edad, una edad digamos irreversible (ya no tengo hijos ni tendré), he empezado a advertir que, cuando respondo que no, una especial incomodidad flota en el aire, como si los interlocutores sintieran malestar por haber dicho algo inconveniente, como si tuvieran que hacer un duelo por los hijos no tenidos de esta mujer sin hijos, como si hubieran nombrado la cojera en la casa de un cojo. Y debo decir que ese malestar lo manifiestan tanto hombres como mujeres, y que algunas de ellas, pobres mías, añaden aturulladamente y sin venir al caso algo como: no importa, da lo mismo, sin niños se puede vivir la vida igual de bien.

Con lo cual revelan el enorme peso que siguen teniendo los modelos tradicionales en la sociedad. Cosa extraordinaria descubrir a estas alturas de la vida que los demás te consideran coja porque no eres madre.

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Abril
25 / 2019

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