Mujeres musulmanas: entre la tradición y la religión

Que las musulmanas puedan conducir en Arabia Saudita es tan solo uno de los logros que lograron en un universo atado a las tradiciones y dominado por las ideas masculinas. Aquí una visión de una encrucijada, vivida desde adentro.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 501 de diciembre de 2011

En octubre de 2010 regresé a Irán después de dieciséis meses. A los periodistas se les había restringido el acceso debido a las controvertidas elecciones presidenciales de 2009 y las manifestaciones que llevaron a cientos de miles de personas a protestar por un resultado que creían amañado. Volver, sin embargo, se convertía en una sensación más extraña de lo que en esos largos meses de ausencia me imaginé. A pesar de que en apariencia todo estaba normal, las personas que había dejado atrás no lo eran. La sociedad se había roto por muchos lados, había miedo y una gran depresión se apoderaba de todos como si estuvieran envueltos por una inmensa nube de tristeza.

Muchos que seguían siendo religiosos se han alejado de la religión, al menos de los rituales oficiales –me dijo una amiga ya mayor a la que recurro para saber qué se mueve dentro de la sociedad.

Mi amiga me había pedido poner mi celular en otro cuarto y hablaba en voz muy bajita porque este tema hace parte de las líneas rojas que no se deben atravesar en Irán, donde la religión interviene en cada centímetro de la vida. Esta intervención, me dijo, se había recrudecido después de esas elecciones en las que incluso personas conocidas por su religiosidad fueron acusadas de no serlo y puestas en prisión.

Sabía de lo que hablaba. Había sido testigo de cómo la religión había tomado partido en las elecciones y cómo la sociedad se había fraccionado aún más. Un sector se consideró dueño de la espiritualidad y de los verdaderos valores porque seguían la línea del sector oficial. Los jóvenes que estudiaban en las mezquitas y que hacían parte de ese cuerpo oficial que llaman basiyis pasaron a ser los defensores del régimen a punta de palos y otros abusos. Desde su punto de vista, los jóvenes que estaban en la calle pidiendo por reformas, así muchos de ellos fueran religiosos también, eran enemigos de los valores islámicos.

Ese contraste lo viví en carne propia con la persona que me ayudaba con mi trabajo. Era bastante piadosa, seguidora fiel de las reglas islámicas, pero aun así terminó en la cárcel durante seis meses. Una de las acusaciones había sido actuar en contra de la moral islámica.

Este choque en su momento fue una experiencia que causó grandes heridas dentro de la sociedad, especialmente a un sector religioso que se vio en medio de la batalla. No compartían las ideas de quienes golpeaban en nombre del Islam en la calle, pero quienes eran atacados también los veían como enemigos.

Algunos meses después de las elecciones me tuve que quitar el chador, no lo sentía parte de mí fue lo primero que me dijo Sarah, estudiante de medicina de 24 años e hija de un clérigo chiita.

A pesar de que Sarah iba perfectamente cubierta y una pañoleta tapaba todo su pelo, como lo hacen las más ortodoxas, ya no llevaba esa capa negra que envuelve a las mujeres más tradicionales. En el tiempo que había vivido en Irán, donde por obligación todas las mujeres tienen que ir cubiertas, había aprendido que ponerse un chador es casi lo mismo que ponerse los hábitos para una monja. Una vez se tiene, la costumbre es que se use para siempre. Esta misma experiencia se da en otras sociedades musulmanas donde ir cubiertas no constituye una obligación. Y donde incluso muchas mujeres lo hacen porque se trata de una tradición cultural que se remonta a siglos atrás.

Sarah, según contaba aquella tarde mientras se tomaba un té y se fumaba un cigarrillo –algo impensable con el chador, tomó la decisión después de que un día entró a una farmacia y un señor ya mayor le preguntó indignado que por qué estaba matando gente en la calle. “¿Por qué no dejan a los jóvenes tranquilos?”, le dijo el anciano.

Estas palabras terminaron de ahondar las dudas que ya tenía sobre la necesidad de tener que ir cubierta de negro por la vida. Que creyera fielmente en el Islam y se cubriera con la capa negra la habían convertido en una enemiga para un sector de la sociedad. La contradicción consistía en que ella también había ido a la calle a protestar y también había sido abatida por aquellos que se llamaban religiosos.

También sentía este rechazo en la universidad. Muchas personas no hablaban conmigo porque iba con chador y pensaban que no hacía parte de su círculo. Me trataban como a una espía.

Fue así como después de pensarlo mucho, un día sólo salió de su casa con una gabardina y un pañuelo en su cabeza. Su padre, religioso hasta la médula, entró en shock pero al final le dijo que si era su decisión él la respaldaba, pero que por favor tratara de no ver a la familia para que no empezaran a hablar mal de ella a sus espaldas.

Lo que Sarah me contaba confirmaba aún más algo que yo había aprendido en estos años en esta región. Más allá del Islam, un factor clave para poner en contexto esta parte del mundo son las tradiciones. Son sociedades conservadoras en las que –con algunas excepciones– la dignidad, el honor y la palabra de la familia son fundamentales. Incluso si hoy la ley cambiara a favor de mayores libertades en muchos aspectos, muchas familias –especialmente en los sectores más bajos– se rehusarían a aceptarlo.

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Yo sigo creyendo y respetando a Dios. Sigo siendo fiel a mis principios y valores musulmanes, pero no estoy de acuerdo con la apropiación que muchos han hecho del Islam –asevera Sarah con seriedad admirable.

Esta conmovedora conversación con esta futura médica, a quien siempre le agradeceré que me hubiera abierto su corazón a pesar del riesgo que significaba para ella, la recordé un año más tarde en un avión de Doha a Beirut. Venía cansada después de cuatro meses en Irán. Estaba empezando a sentirme cómoda sin el velo, me acababan de servir mi primera botellita de vino, que significaba el primer sorbo que me tomaba en meses, y empezaba a bajar la guardia cuando empecé a hablar con mi vecina, Nada, de muchos temas. Incluido si tenía que llevar velo en Irán (suena extraño pero entre los países musulmanes hay un gran desconocimiento entre las costumbres de cada país y sobre todo la manera de vivir el Islam entre sunitas y chiitas).

Yo me lo quité hace cuatro meses –me dijo mirándome a los ojos con una fuerza parecida con la que me había hablado Sarah.

Me contó su historia. Tenía 27 años, había decidido usar velo cuando tenía 20. Venía de una familia religiosa sunita libanesa pero ni su madre ni su abuela iban veladas. Un día sus amigas le dijeron que si ella era tan religiosa por qué no las acompañaba a escuelas de oración para oír las enseñanzas de los religiosos sunitas, que tienen una mirada más conservadora. Nada se puso el velo y empezó a estudiar con seriedad el Corán. Todos la felicitaban por la decisión, dice, y ella pensaba que había encontrado el camino.

El problema son las interpretaciones que se hacen sobre el tema de la mujer. El árabe es una lengua muy compleja y cualquier cambio tiene una interpretación diferente. Esto hizo que empezara a hacerme preguntas explicó cuando le pregunté por qué había decidido quitarse el velo. Ella se refería a interpretaciones del Islam, entre otras, que dicen que el hombre debe responder por la mujer, cuidarla y por eso ella no tiene que preocuparse por trabajar y crecer dentro de la vida laboral. También habló de algunas que dicen que tiene el derecho de pegarle.

Me rehúso a pensar que ese sea el papel que tiene para mí el Islam. Por eso empecé a hacer preguntas. Eso no gustó, por supuesto. Lo más triste es que otras mujeres que estaban conmigo me recriminaron por hacer preguntas. Que yo debería hacer lo que me decían –contó en perfecto inglés. Ahora trabaja en Doha donde visita a uno de los clérigos más abiertos dentro del Islam sunita para buscar las respuestas que necesita.

A pesar de dar una de las peleas más valientes del mundo contemporáneo y ganar espacios a pasos agigantados en algunas sociedades, las mujeres en el mundo musulmán todavía están atrapadas en un universo completamente atado a las tradiciones y dominado por las ideas masculinas, que no sólo vienen de los hombres.

Yo me he convertido en una luchadora feminista pero también soy muy religiosa. No quiero dejar de luchar como muchas otras mujeres que cuando no están de acuerdo abandonan la religión. Quiero cerciorarme de que encuentro la respuesta correcta agrega esta joven con la misma determinación y seriedad que lo había hecho Sarah. La una era chiita iraní, la otra sunita libanesa con dos contextos diferentes. Ambas son ejemplo de las mujeres del mundo musulmán que recuerdan que la batalla se libra peleando y que pase lo que pase no hay que dejarse vencer por la frustración.

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