¿Cuáles son los espantos de la Sabana de Bogotá?

Un inventario de los más tradicionales fantasmas de la sabana de Bogotá muestra que la mayoría se encuentra en vía de extinción.

Aquí se hace el recuento de los espantos del altiplano y se pide al gobierno una acción enérgica a fin de evitar que las apariciones desaparezcan

Publicado originalmente en Revista Diners de abril de 1984. Edición número 169

Hace siglo y medio, la de Yerbabuena era una lejana casa colonial que se asoleaba sobre una colina a la vera del camino que unía el Puente del Común con la villa de Sopó. La casona tenía un oratorio y en él se hallaban reunidos esa tarde de 1828, como todos los días, cuando caían las sombras sobre la Sabana de Bogotá, don José María Marroquín y su esposa doña Trinidad Ricaurte, su único hijo (que llegaría a ser presidente de la República) y la servidumbre de la hacienda. Se aprestaban para el rezo del rosario vespertino cuando doña Trinidad se excusó ante su marido y le pidió aplazar unos segundos el comienzo de la ceremonia. Sentía frío, le dijo, e iría a la alcoba a traer un chal.


Todos vieron salir á doña Trinidad, joven y bella, por el vestíbulo que llevaba al pabellón de las alcobas y esperaron su regreso. Pero doña Trinidad tardaba en volver y, al cabo de media hora, su marido resolvió ir a buscarla.

Caricatura: Kekar


Las puertas estaban debidamente cerradas, luego no habría podido abandonar la casa. Y, sin embargo, doña Trinidad no aparecía. La buscó con desespero don José María y los peones y vaqueros recorrieron en su persecución toda la hacienda. La buscaron horas, días y meses y doña Trinidad no apareció. Sólo fue hallado, a orillas del río Bogotá, el chal con que pretendía abrigarse.

Nadie supo nada de ella. Se dice que huyó en pos de un hombre del cual estaba enamorada. Se dice que, perdidas las facultades mentales, se arrojó al río. Se dice que odiaba a su esposo por ser éste realista e hijo de chapetón y ella patriota. Lo cierto es que doña Trinidad se extravió en la noche del misterio y de allí brotó el espanto ,de Yerbabuena.

Camilo Pardo Umaña, en su libro Haciendas de la Sabana, describe así al fantasma: “El espanto se “Es espanto se manifiesta generalmente como un viajero que llega a la casa después de haber hecho un largo viaje a caballo; las herraduras del animal golpean fuertemente al entrar a la pesebrera; el jinete abre pausadamente la puerta que chirría sobre los goznes, y se le siente caminar como a persona que lleva alguna carga. Finalmente deja caer las maletas al suelo y se dirige hacia las habitaciones interiores, en una de las cuales sus pasos se pierden”.

¿Es el alma, acaso, del hombre aquel (un primo o un caballero francés, nunca se supo) del que estaba enamorada Trinidad? ¿Es el espíritu de don Lorenzo Marroquín, su suegro, obligado a huir a España cuando triunfó la revolución patriota? Los “espantólogos” sabaneros no se han puesto de acuerdo.

Lo que sí saben es que Yerbabuena no tiene un solo fantasma, sino que tiene dos. En noches muy oscuras se oye gemir una voz de mujer en el oratorio y algunos choferes tardíos aseguran haber visto a orillas de la nocturna carretera que hoy reemplazo al camino, una figura luminosa de mujer que recorre los sauzales envuelta en un chal con la vista fija en el río Bogotá.

La yerbabuena original fue partida y repartida hasta que en vez de una hacienda resultaron varias. En uno de los predios se edificó más tarde el famoso Castillo Marroquín, asombrosa construcción medieval en mitad de sementeras de papa, y en otro la estancia de La Cuarta, donde vivió solitario el clérigo José Manuel Marroquín Osorio. El hecho de que ambas casas tengan fantasma propio habla bien de la capacidad reproductiva de los espantos del altiplano cundiboyacense, así el que agita cadenas en el castillo tenga que competir con su dueño, un multimillonario· venezolano que hace lo mismo con las suyas de oro.

No hay santuario sin espanto

Con la conversión de los campos de la Sabana en urbanizaciones y de las antiguas casas en restaurantes típicos y grilles de cuestionable ortografía, se está asestando imperdonable golpe a los viejos fantasmas regionales. El gobierno debe protegerlos porque forman parte del patrimonio nacional.

Difícil les queda a don Lorenzo y a la bella Trinidad asustar a nadie en Yerbabuena ahora cuando la colonial casona es sede de un instituto de enseñanza superior y de una venta de ajiacos y masatos.

Queja parecida podría tener el espanto de Techo, heredad cuya historia se remonta al siglo XVII, pero que con el tiempo se convirtió en paradero de aeroplanos y, finalmente, en un agitado colmenar de clase media llamado prosaicamente Ciudad Kennedy, donde cerca de un millón de personas procuran sobrevivir a las alzas de la canasta familiar.


Del oratorio de esta casa colonial de Yerbabuena salió una tarde a buscar un chal doña Trinidad Ricaurte, madre del presidente Marroquín. Nunca volvió. Jamás la volvieron a ver. Nadie supo nada de ella. Lo cierto es que doña Trinidad se extravió en la noche del misterio y allí brotó el fantasma de Yerbabuena.
Fotos: Maruka Fernández/ Caricatura: Kekar


El espanto de Techo habrá tenido que pedirle fraternal posada al de la vecina hacienda Cortés, que se caracteriza por ser “una luz muy brillante y de gran movilidad”.

Hubo una época en que la Sabana tenía fantasmas suficientes para haber promovido con ellos el renglón de las exportaciones menores. No existía casa respetable que no estuviera habitada por espanto propio. Y no había espanto sin historia y sin “santuario”.

Muchos cachacos ambiciosos derribaron paredes y destrozaron pisos en busca de un tesoro rico y esquivo de cuya presencia era garantía cierta la aparición del espanto. Yerbabuena, tan pródiga en ellos que bien merece ganar el Campeonato Nacional de Espantos, tuvo un espantico más, una especie de fantasma junior, aparte de los ya nombrados.

Cuando un antiguo mayordomo de la hacienda construyó la casa que se llamó El Rincón –entre el Castillo Marroquín y la mansión donde gime don Lorenzo-, se escucharon en ella sollozos ahogados cuya procedencia era imposible determinar.

Convencidos de que también El Rincón había contratado espectro y que, si había espectro es porque había santuario, uno de los sucesivos propietarios del fundo se decidió a buscar el anunciado tesoro.

Fue así como un nieto del escritor José Caicedo y Rojas dio en sus andanzas con una caverna subterránea no muy lejos de la casa. Y, al hurgar en ella, topó con una culebrilla de oro elaborada por los chibchas y escondida en esa cueva varios siglos atrás.

El inventario de espantos sabaneros es amplio y rico. Amén de los de Yerba buena; que es en realidad un criadero de fantasmas, se hace preciso convenir en la importancia del espanto de Fusca, hacienda situada sobre la Carretera Central del Norte poco antes de La Caro.

Se trata de una aparición bastante especial cuya vanidad se anticipó en cientos de años a la de los actuales personajes de la televisión, pues, según datos ciertos, ha accedido a posar para los fotógrafos.

El espanto es tipo pacífico cuyas actuaciones se limitan a abrir una puerta cerrada a la hora del crepúsculo e instalarse en una silla mecedora en la sala principal. Después de un rato de descanso, la silla se aquieta, el pestillo de la puerta cae y los moradores de Fusca saben que el espanto se ha ido a dormir y no volverá a meterse con ellos hasta el día siguiente.

Según Pardo Umaña, hace cerca de cincuenta años los señores Jorge Macaya y Santiago Martínez Delgado pudieron fotografiar al espanto, que posó para ellos sin muchos ruegos previos. Las cámaras “lograron impresionar nítidamente la figura fantasmal, con su clásico atavío de la sabana blanca y los dos agujeritos para ver”.

Lo interesante, sin embargo, no habría sido fotografiar la sábana sino el contenido de la misma. Fotógrafos más audaces, que le hubieren alzado la ropa al espanto, tal vez habrían podido retratar la figura rotunda del canónigo doctoral don Ignacio María de Tordesillas y Fernández de Insinillas, muerto hace varios siglos·, quien fue el constructor de la casa y era famoso por sus buenas comidas, que invitaban a un buen descanso en una buena mecedora.

Historias de descabezados

No lejos de Fusca vive el espanto de Tibabitá, personaje relativamente nuevo en la tradición fantasmal cachaca. Fue en el año 28 cuando don Hernando Rocha Schloss, llamado “El Patas”, regresaba a su casona de Tibabitá llevando un conjunto de músicos para animar una velada, cuando su automóvil se salió del camino en la última curva anterior a la finca y pereció el señor Rocha.


El fantasma de Fusca, hacienda situada sobre la Carretera Central del Norte, antes de La Caro, es tan vanidoso que se anticipó a los personajes de la televisión, pues, según datos ciertos, ha accedido a posar para los fotógrafos.
Fotos: Maruka Fernández/ Caricatura: Kekar


Se dice que desde ese atardecer es frecuente ver que, en noches de luna, una mujer sin cabeza atraviesa la Carretera Central del Norte. Seguramente parece absurdo que donde murió un caballero acompañado de cuatro músicos espante una mujer sin cabeza, pero es que en el mundo de los fantasmas impera una lógica muy distinta a la del computador del Ministerio de Hacienda. Gracias a Dios.

Resulta curioso observar que en el gremio de los espantos sabaneros hay una buena mayoría de descabezados. La degollada de Tibabitá es apenas uno de los muchos espctros que no necesitan sombrero en vecindades de la capital.

En Los Laureles, antigua casona engativeña, suele aparecer en el descanso de la escalera un personaje sin cabeza, y en Buenavista reina un fraile dominico que carece de tan interesante presa y que, sin embargo, tiene jurisdicción sobre las regiones de Cota, Tenjo y Suba.

Tal es la importancia del susodicho religioso que el fantasma de La Conejera, un modesto espanto de lánguidos sollozos, a duras penas figura como suplente del fraile en los aquelarres de espantos de la Sabana.

En ese grupo uno de mis personajes favoritos es el fantasma de la hacienda El Vínculo, que se hace el descabezado pero sin serlo. Trátase de un espectro mamagallista que se disfraza con una sotana talla “large”, siendo él más bien de talla “small”, y se la abotona arriba de la coronilla para hacer creer a la gente que es un émulo del fraile dominico.

El fantasma de El Vínculo debe ser buen amigo del conjunto de espíritus burlones que pueblan la vieja casa de La Serena, entre Tibabitá, y La Caro, cuyo hobbie preferido consiste en trastear muebles, quebrar platos y encaramar niños chiquitos en lo alto de los armarios.

El espanto de Tuso, en cercanías de Soacha, es pariente cercano del demonio, pero no de Charles Atlas. Cuenta la leyenda que el abusivo duende solía llevarse todas las noches una res de la finca, hasta que don Carlos Urdaneta resolvió ponerle fin al asunto hace un buen número de años.

Ensilló el caballo y se fue en busca del espanto, al cual halló en trance de arriar una vaca lechera. Don Carlos era un tipo fuerte y el duelo fue, tremendo, pero acabó venciendo el músculo y el espanto se alejó cojeando en medio de pestilente olor a azufre.

El mandingas no volvió a robar vacas, pero dicen que aparece en Tuso todos los primeros lunes a las doce de la noche. Ahora hasta los espectros timbran tarjeta.

El sur de la Sabana tiene espantos harto peculiares. No sólo se encuentra por allí el fantasma cuatrero del Tuso, sino también el pacífico mohán de la hacienda Tequendama. Hasta hace algún tiempo se veía de vez en cuando a este hombrecillo de aspecto indígena fumando su tabaco en proximidades del Salto.

Duende humilde y bien intencionado, se hizo amigo de mayordomos y vaqueros, reveló la existencia de vetas de carbón y salvó la vida a más de un peón que cayó a la corriente del Bogotá. Pero la contaminación del río y el mal olor de las aguas negras lo fueron alejando la última vez que fue visto, el mohán estaba fumando su chicote en Barrancabermeja, sitio peligroso, como sabemos, por la proximidad de materias combustibles.

Sustos presidenciales

Entre las haciendas sabaneras, pocas tienen una historia de propietarios ilustres tan copiosa como Hatogrande. Fueron dueños suyos el general Santander y, años más tarde, el poeta José Asunción Silva. En tiempos modernos la adquirió el Estado y han roncado en sus alcobas numerosos presidentes de Colombia.

Hay cosas que un presidente no confiesa, y una de ellas es que cree en espantos. Pero yo estoy seguro que todos los inquilinos famosos de la casa han escuchado en la alta noche golpes sordos y vagas conversaciones.

Son los golpes sordos de culata que asesinaron a don José Asunción Silva (abuelo del poeta) en abril de 1864 y que hirieron gravemente a su hermano don Antonio María; son las conversaciones de los dos hermanos que habitaban a Casablanca hasta aquella noche en que una tropa de bandidos se tomó por asalto la casa para robarles una fortuna de la que carecían.

La hacienda estaba maldita desde años atrás cuando Guillermo Silva, hijo de don Antonio María, se suicidó de un disparo en el cráneo en la misma alcoba en que hoy duermen los jefes de Estado… si es que los jefes de Estado logran conciliar el sueño.

Guiado por el mismo sino extraño, el poeta José Asunción se dio un pistoletazo en el corazón en mayo de 1896. Con tantas muertes trágicas en la familia, no es raro que se escuchen retazos de conversaciones en los salones desiertos. Lo raro es que no se oigan, como en la hacienda Casablanca, vecina a Funza, coros enteros que rezan el rosario.

Todos estos fantasmas, sin embargo, enfrentan hoy la amenaza de la Sabana urbanizada y la propiedad horizontal. Si un día vendieran el Castillo Marroquín por el sistema de condominio, ¿qué propietario se quedaría con el fantasma? Y ahora cuando se ha convertido a Fusca en restaurante, como ya ocurrió con varias propiedades en la misma carretera, ¿en qué taburete podría reposar el canónigo Tordesillas sin exponerse a que le cobraran consumo mínimo? Una cosa es sabida: los espantos necesitan condiciones propicias para cumplir su delicada misión.


Fotos: Maruka Fernández/ Caricatura: Kekar


No es posible romper vajillas -como el fantasma de Cincha- cuando éstas son de plástico, ni sembrar el terror con un alarido de medianoche – como lo hizo durante muchos años el de San Carlos- cuando está funcionando al lado una discoteca a 120 decibeles.

A menos que les devolvamos un poco de paz, de soledad y de silencio, tendremos que resignarnos al exterminio de los cariñosos fantasmas sabaneros. Ya sucedió con los espantos santafereños desde que Bogotá se volvió Distrito Especial y autorizaron líneas de buses urbanos, por La Candelaria.

De sus calles inclinadas acabó huyendo La Mula Herrada, aquel tenebroso espanto equino que, dentro de la más sana sindéresis fantasmagórica, era una mula con rostro de perro, pero sin cabeza.

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