El ‘mamagallismo’ según Daniel Samper Pizano

El mamagallismo es algo mucho más serio de lo que la gente cree. Aunque lo que digo parezca mamadera de gallo". Un artículo, en serio, de Daniel Samper Pizano.

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 98, de mayo 1968.

Gabriel García Márquez -también conocido como Gabo- internacionalizó el término, aunque la verdad es que éste se utilizaba en Colombia desde mucho tiempo atrás. Pero hay que aceptar históricamente que sólo cuando el autor de “Cien años de soledad” elogió a los venezolanos por su “mamagallismo”, los lexicógrafos empezaron a descubrir lo que hacía rato habían descubierto los demás. Es decir, que existía una expresión de raro origen empleada para designar a personas de raro humor.

En realidad, la expresión tiene dos acepciones principales. La una se refiere a la mamadera de gallo como recurso dilatorio, como fórmula de demora o carameleo. La otra más extendida, guarda relación con la condición de escepticismo burlón de que hacen gala algunas personas. Esta última es la que nos interesa en estas notas.

Por supuesto, la etimología del verbo mamar gallo y de los términos que de él se derivan (mamagallista, mamagallismo, mamagallístico, mamadera de gallo) admite versiones de muy variada raíz. Las palabras, independientemente provienen del latín: “mamare” (succionar la mama o seno materno, preferentemente) y “gallus” (macho de la gallina). Pero hay controversia sobre el origen del modismo en sí.

Algunos aseguran que nace en cierta práctica erótica que no viene al caso describir, pero que es fuente de insatisfacciones múltiples. Y otros afirman que la expresión se forjó en el rudo ambiente de las galleras, donde era muy conocida antes de que se volviera popular.
Según estos últimos tratadistas, se llama “mamar gallo” a la práctica consistente en morder las patas del gallo y untarlas con aguardiente a fin de que el escozor aumente la agresividad del ‘giro’ o del ‘colorado’

Esta explicación reviste alguna sindéresis en cuanto a la descripción del acto, pero explica poco respecto a porqué se llama así a la costumbre de aplicar una doble dosis de sorna la manera como se mira el mundo.

Mamagallismo y humorismo

Existe la errónea tendencia a confundir el mamagallismo con otras posibilidades emparentadas con el que, sin embargo, no son iguales.

El mamagallista no es humorista. Aunque su elemento sea el humor, se trata de alguien que lo toma no como un simpático recurso para hacer reír a los demás, sino como actitud ante la vida. El humorista, a diferencia del mamagallista, lleva el humor por fuera, no por dentro.

Cuenta chistes, abunda en ocurrencias graciosas, payasea, se preocupa porque los demás se rían. Pero con él se sabe perfectamente cuándo está en lo cómico y cuándo en lo serio. El humorista se pone humorista.

El mamagallista es mamagallista. Por eso el humorista introduce cortes abruptos para saltar de la seriedad al humor y no es infrecuente que lo anuncie así. El humorista advierte que va a contar un chiste, o, pide un descanso en la actividad sería a fin de dar rienda suelta al humor durante –diga usted– quince o veinte minutos, al cabo de los cuales volverá a enfrascarse en su labor, quieto y juicioso como un buen contabilista.

Hay formas más sutiles, por supuesto, para que el humorista trace líneas divisorias entre el momento del chiste y el momento de la seriedad. Como la de celebrar sus apuntes con ruidosas carcajadas o deleitarse con que se los festejen con palmaditas en la espalda.

El humorista, en fin, es alguien que tiene dotes para hacer reír a los demás, que se muestra hábil en el juego de palabras o en el de conceptos pero que no es un mamagallista, así comparta con este la materia prima.

De lo cómico y lo cósmico



Archivo Diners

El mamagallista arranca de una visión cósmica, de una filosofía ante el mundo. Es alguien que se pregunta cuál es la realidad y cómo puede cuestionarse lo que se acepta como real. Dentro de esta posición es fácil adivinar un total enjuiciamiento axiológico, por lo cual el mamagallista es, necesariamente, un escéptico sano.

Observa la vida desde un ángulo que le permite magnificar el ridículo y desinflar la pompa de la seriedad convencional. El mamagallismo es una actitud ante las cosas, más que una habilidad natural para el humor.

Sabe que en todo lo humano está escondida una dosis del grotesco y el juego se limita a descubrirla. Él, más que nadie, conoce el cable que conecta lo sublime y lo ridículo. Por eso parte de la base de que, si se les mira bien, todas las cosas tienen un aspecto risible. Lo cual, sin embargo no le impedirá reconocer esfuerzos y respetar actitudes; tan solo humanizarlas.

El mamagallista de verdad no cree en la frontera artificial que el humorista traza entre lo serio y lo hilarante. Para él, las cosas se dan mezcladas y tiene conciencia de que no hay nada más cómico que la seriedad.

De allí que no necesite felicitarse sus chistes con grandes carcajadas, ni dirigir al interlocutor guiños que le permiten establecer con él complicidad sobre la verdadera clasificación de lo que está diciendo.

Su posición, esencialmente.es de rechazo a la solemnidad; su misión vital es la de desvencijar el aparato de lo trascendental con la dinamita de una visión consciente de su propio ridículo. Esto explica que no haya mejor lugar para cultivar el mamagallismo que un país tan espeso y augusto como Colombia.

El mamagallista dice las cosas más espeluznantes y delirantes sin que se le mueva un pelo. Con la misma circunspección con que el presidente de una próspera compañía anónima lee el balance en la asamblea de accionistas.

El mamagallista utiliza el mismo tono impasible insobornable por emociones o ideologías, para referirse al absurdo o a lo lógico. Y no rectifica. Ni pide perdón, ni se enmienda. Antes bien, persiste.

No es tipo para señalar una vez terminado el chiste, que se trataba de una broma. Considera que haber aportado una irrealidad más a la vasta gama de las ya existentes no ha de ser cosa tan censurable.

Mamagallismo, tomapelismo, chanzapachunismo

Esa impunidad distingue fundamentalmente al mamagallista del simple tomapelista, que no se interesa tanto en crear situaciones como en pasar un momento divertido al cabo del cual presentará las excusas correspondientes a su víctima.

Y se diferencia del bromista práctico en que este se vale de una alteración de la realidad mediante efectos artificiales para crear una situación embarazosa la introducción de un mosca de caucho en un vaso de agua o de una lombriz plástica en una ensalada, al paso que el mamagallista no es jugador de piezas sino de conceptos y lenguaje.

La máxima pieza artificial que podría aceptar un mamagallista para crear una situación incierta sería él mismo. Un mamagallista que se respete jamás sembrará una lombriz de caucho en una ensalada, pero sostendrá, con seriedad a toda prueba, que odia la ensalada, porque Rommel le enseñó a detestarla cuando, siendo él su asistente de campo, sólo había dátiles para comer en la campaña del desierto.

En ese sentido, el mamagallista es un mentiroso inofensivo. Porque si quien le escucha llega a entrar en dudas a causa de su relato, ya el problema no es suyo, sino de una realidad tan deleznable que permite hacer creer que el caballero momposino que está allí enfrente fue de veras el ayudante de campo del mariscal Rommel.

La insurgencia del mamagallismo ha dado origen a tendencias, clubes y hasta diplomas. El mamagallista fino pertenece a la escuela exquisita que se ha denominado “mamateur de coq”. En algún momento se fundó una ‘Sociedad Colombiana de Mamagallistas’, cuya escasa sutileza ya le hacía perder mucho de mamadera de gallo.

Venden, además, unos diplomas impresos que concede ASOMAGA -Asociación de Mamagallistas Antioqueños- que acrediten al titular para ejercer la profesión de inteligente a nivel de apasionado, reventándose de la risa de sí mismo y de la humanidad”.

Galería de mamagallistas colombianos



Archivo Diners

Aunque la denominación del mamagallismo es reciente, nadie puede negar que tenga orígenes muy antiguos. En Colombia tendríamos que reconocer en Francisco Antonio Rodríguez, poeta de fines de siglo 18, a uno de sus primeros antecedentes Rodríguez escribió una espléndida oda a un oidor que no es más que una soberbia mamadera de gallo de arriba a abajo.

Nadie podría negarle el derecho a ingresar a la galería de mamagallistas primitivos al general Hermógenes Maza, quien no era simplemente un chistoso, sino un extraordinario escéptico que legó a manera de últimas palabras aquella frase famosa: “Ahí les dejo su mundo de m”. ¿Podría pedirse mayor desprecio de la solemnidad? José Asunción Silva viene a ser uno de los más grandes mamagallistas del siglo pasado.

Sus últimas poesías están recorridas por un dejo burlón de seria apariencia que hace presagiar ya al “Tuerto” López y a García Márquez. Algo hay rescatable en la Gruta Simbólica, en medio de mucha melcocha romántica y mucho retruécano que responde a ingenio verbal pero no a convicciones frente vida.

Después del maravilloso “Tuerto” López, de melancólico mamagallismo, aparece la chivera irreverente de León de Greiff, quien probó cómo puede el mamagallismo elevarse a la categoría de arte. El mamagallismo moderno se centra en torno a las figuras de Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio, autor de “La Casa. Grande”.

El segundo lo ejerce hasta después de muerto: su entierro en Barranquilla fue una monumental mamadera de gallo donde el féretro no cupo en el carro mortuorio y apareció un espontáneo desconocido a pronunciar discursos bajo un sol canicular ante el enorme ataúd de plomo. El primero internacionaliza el término y convierte al mamagallismo en efectiva arma política. Sobre el asunto hay mucho que decir desde varios puntos de vista.

Queda a los señores académicos de la Lengua el estudio de la rápida evolución de un término que antes no salía de bares o galleras y que hoy lo pronuncian hasta las señoras en televisión. A los críticos de arte toca examinar el mamagallismo de un Botero o un Negret.

A los sociólogos corresponderá analizar el fenómeno del mamagallismo como antítesis del solemnisimo colombiano. Y falta, un Henri Bergson que le hurgue a fondo su razón de ser ontológica. En estos breves apuntes apenas tenemos tiempo de señalar que el mamagallismo es algo mucho más serio de lo que la gente cree. Aunque lo que digo parezca mamadera de gallo.

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