Caterine Ibargüen, la campeona de salto que lleva el nombre de Colombia por el mundo

Caterine Ibargüen desde pequeña tuvo el talento de convertirse en una de las mejores atletas reconocidas a nivel internacional. Su esfuerzo, dedicación y personalidad arrolladora han sabido llenarla de triunfos.

Publicado originalmente en Abril de 2012.


Actualización

Caterine Ibargüen fue elegida como la mejor atleta del mundo de 2018 por la Federación Internacional de Atletismo. La atleta suma este reconocimiento a su palmarés que la confirma como una, sino la mejor, atleta de todos los tiempos en Colombia. A propósito de este reconocimiento recordamos este texto de 2012.


Es el campeonato mundial de atletismo de 2011 en Daegu, Corea del Sur. Caterine Ibargüen llega como favorita en la categoría de triple salto. Un estadio de ojos rasgados la observa: es su turno. Por su cabeza desfilan una infancia sin tenis y miles de horas de entrenamiento solitario. Se aplaude a sí misma, grita “¡Vamos!” y consigue de la tribuna el trueno de ánimo que necesita. Adrenalina. Está lista. Toma impulso, se eleva con el pie izquierdo, da tres zancadas de gacela y cae salpicando toda su alegría en la arena. Banderita blanca, el salto es válido: 14 metros y 84 centímetros. Medalla de bronce para Colombia. Y una casa nueva para su mamá.

Caterine tenía 12 años cuando a su colegio, el San Francisco de Asís de Apartadó, llegó el entrenador Wílder Yein Zapata en busca de talentos. Al ver que arrasaba en todas las pruebas, Zapata le preguntó si le gustaría convertirse en atleta. Ella le respondió que sí; solo había que pedirle permiso a su abuela.

“Usted déjela entrenar que yo me encargo del colegio y los permisos para competir”, le dijo Wílder a doña Ayola Rivas, la abuela paterna que terminó de criar a Caterine después de que sus padres se separaran. Francisca, su madre, se fue a trabajar como cocinera en las minas de oro de Zaragoza, Antioquia, y su padre, William, terminó en Venezuela huyéndole a la violencia que asolaba a Apartadó. “La ley era hacer las cosas bien y luchar por lo que quieres”, recuerda Caterine de los años con su abuela. Doña Ayola le dio el permiso y Caterine empezó a entrenar en la pista de carbonilla del estadio del pueblo.

Wílder Yein le regaló sus primeras zapatillas Nike para salto (le duraron una postura) y le enseñó la técnica de las distintas disciplinas del atletismo: “Era una morena delicada que hacía el salto alto muy bien”. Desde el principio fue la mejor y la líder del grupo, pero Zapata también tuvo que darle sus primeras lecciones de disciplina. “No, manito, yo me voy a manejar bien, yo quiero seguir entrenando”, le dijo Caterine llorando el día en que él la echó del estadio por “recochera”.

La primera vez que Ibargüen compitió oficialmente en triple salto fue en un campeonato nacional de menores de Medellín. Tenía 17 años. El primer intento fue anulado por falta, pero al segundo rompió el récord nacional de menores y, al tercero, el récord nacional juvenil. Tres años después batiría el récord de mayores.

Los periodistas que la vieron despuntar le preguntaban a Zapata qué se necesitaba para que fuera campeona olímpica. “Un equipo interdisciplinario de especialistas. Esta niña en los Estados Unidos o en Europa viviría como una reina”, era su respuesta. En Apartadó, su dieta seguía siendo pescado y plátano cocinado con aguapanela. “Por falta de apoyo se han perdido por lo menos cuatro años de éxitos”, dice hoy Zapata.

A los 19 años, Ibargüen ya tenía 11 marcas nacionales en salto largo, salto alto y triple salto. Llegó a regañadientes a vivir a la Villa Deportiva de Medellín –“No me gustaba la ciudad”–, donde contaría con más recursos, mejores escenarios, implementación y el entrenamiento especializado en salto alto que le daría la cubana Regla Sandrino.

Clasificó a los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, donde alcanzó 1,85 metros de altura. En el campeonato mundial de atletismo de Helsinki 2005 logró 1,84 metros; en el Suramericano de Tunja de 2006 obtuvo el primer puesto con 1,90 metros, y en los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro de 2007 tuvo la cuarta mejor marca al saltar 1,87 metros. Con 1,81 metros de estatura, Caterine era capaz de saltarse a sí misma y su vida estaba por dar un vuelco.

El también entrenador cubano Ubaldo Duany le había hecho seguimiento desde que competía en ligas infantiles: “Yo conocía su biotipo de atleta y descubrí que ella podía hacer el salto triple de una manera eficiente”. Duany, que estaba vinculado con la Universidad Metropolitana de Puerto Rico, le ofreció una beca de estudios.

En 2008 Caterine empezó a estudiar enfermería –“para ayudar a otras personas”– y a entrenar con el equipo universitario de atletismo. “Vamos a tener algunos cambios”, le dijo Ubaldo. “Yo vengo a lo que usted diga”, le respondió ella. Duany la enfocó en el salto triple, una de las disciplinas más exigentes del atletismo por el impacto que causa sobre el cuerpo y por la fuerza y la velocidad que requiere. “Ubaldo cambió totalmente mi vida y mi visión como deportista y persona”, dice hoy Ibargüen.

En 2011 consiguió sus mejores resultados: obtuvo el tercer puesto en el Diamond League de Estocolmo al saltar 14,83 metros; igualó la marca mundial en el gran Prix de Bogotá con 14,99 metros; consiguió la medalla de bronce en el mundial de Daegu, y cerró la temporada con medalla de oro y récord panamericano en los Juegos Panamericanos de Guadalajara al saltar 14,92 metros. En ese mismo año batió más de 10 veces su propio récord –y el nacional– en salto triple. Hoy es la tercera mejor del mundo en esta categoría.

El año pasado, tanto Prensa Latina como el diario El Espectador la nombraron Deportista del Año y la Gobernación de Antioquia la premió por su medalla en Corea del Sur. Caterine sonreía al sostener un enorme cheque de cartón por 60 millones de pesos que invirtió en la construcción de la casa de Turbo, donde hoy vive su mamá.

Pero antes de competir por Colombia en los Juegos Olímpicos de Londres, dice, desde Puerto Rico: “Es mucho el sacrificio que haces para ser deportista de alto rendimiento […], me he decepcionado de muchas cosas”. No entra en detalle, pero es evidente el poco apoyo económico que ha recibido del Estado.

Como mínimo, Caterine necesita una sesión de masajes y fisioterapia a la semana. “Te molestan los tobillos, las rodillas y la cadera”. Cada una cuesta más de 50 dólares. Sólo a principios de marzo, por un acuerdo con el Comité Olímpico Colombiano, dejó de pagarlas de su propio bolsillo, al igual que las vitaminas y los recuperantes.

“Ella es bien alegre y bien fuerte, pero cuando no ve sinceridad y ve en peligro sus proyectos, sus ánimos se ven down”, dice Duany, y agrega: “Yo trabajo con ella como la madre Teresa de Calcuta, solo por amor”. A cuatro meses de la inauguración de los Olímpicos, Duany no tenía un contrato firmado con la Federación Colombiana de Atletismo.

Caterine nos estará representando, sonriente como es, en los estadios de Londres. “Siempre que salgo a competir me arreglo como para un baile”. Tendrá puestos los aretes que le regaló su madre con la condición de que nunca se los quitara, lucirá una cadena plateada cuya joya es un grano de café y llevará las uñas pintadas del color que su ánimo le inspire: amarillo, azul o rojo.

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