Dago García, el director de cine que más vende en Colombia

En el período más prolífico del cine nacional, Dago García también le apuesta a la calidad.

Una agenda repleta hace muy difícil, casi imposible, contar con la atención de Dago García por el tiempo necesario para tener una charla acerca de la actualidad del cine nacional.

“Dago no está”, “Salió de viaje y regresa la semana próxima”. Dago García es un rockstar: las responsabilidades del director y productor de cine comercial más exitoso del país se concentran por estos días en el diseño, al detalle, de la programación de uno de los dos canales privados de televisión abierta, una tarea compleja, sin duda.

“Me cogió en las dos semanas más difíciles e intensas del año, pero hablemos”, invita, dejando saber que el tiempo es escaso y va corriendo.

Al grano, entonces.

“Yo creo que este auge, la aparición de una industria cinematográfica, obedece a dos cosas: una, que empezaron a surgir productores ejecutivos de verdad que son capaces de asumir una película como una empresa. Antes esa era una actividad artesanal, había otra concepción. El otro factor es la Ley de Cine, que vino a poner orden a todo lo que había pasado antes. Esas son las razones de este buen momento”, dice.

En el período más prolífico del cine nacional, Dago también le apuesta a la calidad. “Es indiscutible –no duda– que estamos en el mejor momento técnica y narrativamente hablando”, dice el director de El escritor de telenovelas o El Paseo, alguien que derrocha optimismo y confianza. Cuando se habla de él, se habla de cine comercial, y taquillero, además.

“Si tú miras el top 10 de las películas colombianas más taquilleras, salvo excepciones, son todas comedias. Ahora, que ese cine de comedia tenga proyección hacia otros mercados es muy difícil, por esa cuestión tan idiosincrática del humor local”, explica García, quien cuenta que sus primeros contactos con el cine fueron películas que no se inscriben precisamente en el cine culto, sino más bien en el kitsch: Sandro de América o cintas mexicanas de lucha libre.

“Iba con mis tías a un teatro que quedaba cerca de mi casa: el Copelia. Pero el verdadero interés surgió en la universidad (Externado de Colombia, comunicación social) gracias a algunos profesores y a compañeros de esa época como Álvaro Bayona, el ‘Flaco’ Solórzano y Juan Carlos Villamizar. Yo no fui el típico niño que soñaba con hacer cine”, confiesa.

Y va más allá en su sinceridad: “La televisión es mi pasión y ha influido en mi manera de pensar y concebir el cine”. También señala que hace seis años no lee ninguna crítica sobre su trabajo.
Pero Dago está apurado y se muestra impaciente. Antes de irse regala un concepto que sale en defensa del cine comercial: “Bien encauzado, tiene que llegar a ser necesariamente un cine de calidad”, dice, justo al despedirse. Suena congruente con quien se enorgullece de no ser un ratón de cine club, sino alguien que forjó su lenguaje en el diario quehacer.

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