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Los recitadores, una profesión extinta

Vivían como los empresarios de pompas fúnebres, del llanto ajeno. Ahora ya no son necesarios, ¿o sí? Descúbralo aquí.

Foto: Archivo Diners

Vivían como los empresarios de pompas fúnebres, del llanto ajeno. Ahora ya no son necesarios, ¿o sí? Descúbralo aquí.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 108 de marzo 1979

Porque, como dijo Merejo, «todo lo bueno ya se va acabando», también se acaban los recitadores de salón.


Eran estos unos individuos, por lo general ojerosos y de misteriosa tristeza, que en determinadas reuniones sociales se ponían de pie ante la menor insistencia, colocaban un asiento al frente y, apoyados en el espaldar, trataban de hacer llorar a las señoras y erizar los pelos de los caballeros declamando un repertorio selecto de poemas ajenos.

La velada se prolongaba durante un par de horas y solo empezaba a languidecer definitivamente cuando, alentado por las felicitaciones y los sollozos, el recitador se aventuraban a soltar poemas propios.

Eran, obviamente, declamadores amateurs. De los que solo actuaban en visitas y muy esporádicamente en reuniones de ateneos poéticos, academias parnasianas y centros literarios.

Se les veía, muy puntuales y muy tiesos, aprendiendo el arte en los recitales de Víctor Mallarino o Berta Singerman en el Teatro Colón. Y aunque no lo confesaban, era sabido que cada semana gastaban varias horas ensayando frente al espejo de un armario, libro en mano.

Entonces practicaban ademanes, gestos, arrugas, miradas perdidas a un lado y al otro (la mirada perdida con fruncido entrecejo constituye mi pieza favorita en la mímica de los declamadores), sollozos, voces trémulas. Y despeinadas súbitas, claro, despeinadas súbitas, que son elemento básico en toda presentación de recitador.

Digo que estos recitadores han desaparecido. No hay ya un solo valiente que se incorpore en una reunión social, pida silencio, coloque asiento al frente y empiece a deshojar versos sobre el corazón de los presentes.

La verdad es que tampoco hay muchos valientes que se avengan a escuchar este tipo de cosas. Siempre he sostenido que el coraje está escaseando en el país.

Pero tanto como la desaparición de los recitadores de visita, me preocupa la de los poemas fabricados especialmente para ser declamados por ellos. Nadie, que yo sepa, ha hecho un estudio a fondo sobre este tipo de poesía.

Se habla de la poesía épica, de la lírica, de la poesía social. Pero jamás de la poesía para recitar, que es un género de poesía mucho más importante que los anteriores, porque, como el ballet, exige una partitura y una coreografía.

En este caso, la coreografía la aportan un recitador y un asiento, y la partitura es una colección inconfundible de poemas a cargo de Rafael de León, Manuel Muroty, Guillermo Aguirre Fierro, Ismael Enrique Arciniegas, Manuel Benítez Carrasco, Juan de Dios Peza, Ramón de Campoamor, Miguel Ramos Cesteros y otros poetas menores como Pablo Neruda y Federico García Lorca, que en medio de su estéril obra, alcanzaron a dejar un par de poemas rescatables para recitadores.

El más grande de todos, por supuesto, es Rafael de León. ¿Biografía? No importa. Baste con decir que muy posiblemente es español. O merecería serlo. Suya es aquella joya llamada Pena y alegría del amor, que no puedo transcribir sin sentir un corrientazo que me sacude el esternón… ¿será lo que llaman emoción estética?:

Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo…

El poema tiene fragmentos de los que hacen ahogar los ojos a las señoras en trance de separación. Cito uno:

Llegué corriendo a mi casa
alcé a mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.

En este punto hay desmayos, hay ayes y hay murmullos de «qué lindo». El recitador se hace el que no los escucha y, sádico ante los retortijones emocionados de la audiencia, continúa y cierra:

¡Ay, qué alegría y qué pena
Quererte como te quiero!


El inmortal Rafael de León no consideró culminada su obra con el poema anterior y nos legó, generosamente, otras bofetadas líricas entre las cuales brilla, entre las zetas y las ces españolas que para adobarla intenta el recitador cachaco,

Toito te lo consiento
Toito te lo consiento,
menos faltarle a mi mare,
que una mare no se encuentra
y a ti te encontré en la calle.

Este poema es muy apropiado para que el recitador lo dedique, en el Día de la Madre, a la madre más vieja de la reunión. Yo, como no estoy en reunión alguna, se lo dedico aquí a mi propia madre. Y eso que más adelante tendré que mencionar la madre nuevamente cuando les hable del máximo poema del género recitativo.

Manuel Benítez Carrasco también dejó unos versos para que sean declamados con acento español, cosa que los recitadores agradecían mucho porque les daba la oportunidad de demostrar la versatilidad de sus condiciones y conseguir invitación a otras visitas:

Tus cinco toritos negros

Torito negro tus ojos,
torito negro tu pelo,
torito negro tu boca,
torito negro tu beso,
y el más negro de los cinco
.

(por lo general, aquí venía una pausa antes de mencionar el quinto torito negro, pícara pausa para hacer sonrojar las mejillas de las señoras que, por no haber escuchado jamás la poesía y ante el orden descendente de la enumeración, se quedaban esperando lo peor. Pero lo peor no llegaba, o llegaba apenas en forma disimulada, pues el poema terminaba así):

tu cuerpo, torito negro,
te quise, siempre te quiero.


(Suspiro de alivio entre las damas afanadas, aplausos rotundos al improvisado gitanillo recitador de Chapinero).

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En el subgénero romántico del género recitativo hay otras obras dignas de ser mencionadas, como las de Tú y yo de Paul Géraldy (a las cuales todos los declamadores se refieren como «tuá e muá» desde antes de que existiera Alicia del Carpio); sonetos medio necrófilos de Carlos Villafañe; «Salmo de Amor», de Eduardo Marquina; cositas de Bernárdez; una pequeña dosis de Julio Flórez y algunas piezas, como el Poema 15, el Poema 20 y Farewell, que es de lo poco que se «salva» de ese poeta tan aburridor que era Neruda.

Pero mi subgénero predilecto, y debo coincidir en ello con los declamadores porque en el fondo soy un recitador frustrado, es el del relato lírico, la novela de amor en verso o la historia versificada con trama, exordio y final.

Me refiero a esos largos poemas en que ocurren cosas: la gente se conoce, viaja, se enamora, muere. Es como una telenovela, pero en verso. Y constituye o constituía, porque «todo lo bueno ya se va acabando» el plato fuerte de los recitadores.

Antes de embarcarse en obras de este subgénero, el recitador se hacía de rogar, declamaba otras y, finalmente, agobiado por las amables solicitudes de la audiencia y reventándose de las ganas por dentro, se ponía serio, se ponía triste, exigía silencio con una mirada dura al cielorraso y dejaba caer lenta, premeditadamente, estas palabras mágicas:

-De Manuel Muroty, El duelo del mayoral

Regocijo en la sala, las señoras apretaban los puñitos blancos, los caballeros asentían bravamente con la quijada, todos se acomodaban mejor en los asientos y el declamador, dueño absoluto de la visita, tomaba aire y empezaba en forma varonil y recia:

¿Qué cómo fue, señora…?
Como son las cosas cuando son del alma.
Ella era muy linda y él era muy hombre
y yo la quería y ella me adoraba;
pero él, hecho sombra, se me interponía
y todas las noches junto a su ventana
fragantes manojos de rosas había
y rojos claveles y dalias de nácar.

Aunque fuera del alma, la cosa era bien obvia: el tipo amaba a su novia, pero había otro el de las flores que no los dejaba en paz. El asunto se complica y, por allá en el verso No.23, el narrador no resiste más:

Y una noche, lo que hacen los celos,
lo esperé allá abajo junto a la quebrada.

Viene en seguida una descripción del índice de lluvia, el porcentaje de humedad relativa, visibilidad y techo, que parece dictada por el Instituto de Meteorología. Y, luego, lo bueno:

Llegó hasta mi lado, tranquilo, sereno.
Me dijo: -¿Me esperas?… Le dije: -¡Te espero! –
Y no hablamos más ni media palabra.

El final se sabe desde el principio, porque los muertos no recitan. Gana el que está hablando. Le clava al rival un machetazo a prueba de pulmón artificial y trasplantes y lo deja yerto «sobre su guitarra».

Con lo cual se comprueba una vez más que, cuando hay bala en una serenata, el primero que muere es el músico. El poema termina con dos versos hermosísimos en que el relator confiesa que le han puesto los cuernos metafísicamente:

¡Porque en el alma se llevaba a mi hembra
y yo no quería que se la llevara!

Cuando el declamador remata, deja caer la cabeza despeinada y solo queda levantada su mano, con los dedos crispados. El torrente de aplausos sale del fondo del corazón, se los aseguro. Hasta Blas de Lezo habría aplaudido. Pero aún no hemos llegado a la cúspide.

Luego de algunos comentarios con su audiencia, donde el declamador fórmula medidas apreciaciones estéticas para probar que él no es solo garganta, toma un sorbo de agua y, sin anunciar título, dice:

Desde la ventana de un casucho viejo,
abierta en verano, cerrada en invierno,

(Aquí hay un ¡oh! colectivo: la audiencia reconoce a El seminarista de los ojos negros…)

por vidrios verdosos, y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con su rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Entre ellos hay uno que le llama la atención porque «marcha siempre erguido, con aire resuelto», como si estuviera practicando los mandamientos de la salud. Y además, ahí está el detalle, tiene ojos negros.

Todas las tardes callados se miran la salmantina de rubio cabello y el seminarista de los ojos negros hasta que una triste mañana de invierno (como que el relato me sale ya en verso) la mona despierta escuchando rezos; de la calle vienen.

Corre a la ventana, ve que es un entierro. Un seminarista, carajo, que ha muerto. Los otros caminan tras el cajón yerto, y ella busca al suyo (su seminarista, me explico, ¿no es cierto?) con angustia y duelo.

Termina el desfile, han pasado cientos, y ya usted se imagina el final del cuento: el fiambre que cargan al gran cementerio es el pseudo padre del aire resuelto: ¡el seminarista de los ojos negros!

La audiencia llora ya sin pudor, pero el recitador agarró tierra derecha, como dicen los cronistas hípicos, y no tiene compasión.

Entonces les suelta El tren expreso, de Campoamor.

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Habiéndome robado el albedrío
un amor tan infausto como mío,
ya recobrada la inquietud y el seso,
volvía de París en tren expreso.

El buen hombre, golpeado por una pena de amor, se encuentra en el compartimiento del tren con una francesa, «alta, rubia, delgada y muy graciosa, digna de ser morena y sevillana».

La cual, miren qué raro, también tiene su historia. Y cada uno se la cuenta al otro en un chispeante diálogo que es uno de los apartes más emocionantes del poema:
-Yo me vine a París desesperado,
por no ver en Madrid a cierta ingrata.
-Pues yo vine –exclamó-y hallé casado
a un hombre ingrato a quien amé soltero.
-Tengo un rencor -le dije- que me mata,
– Yo una pena me dijo que me muero.

Sigue la cosa. Se hacen amigos. El tren trepida (era un tren de vapor, con humo y todo). Se hacen aún más amigos.

El tren sigue trepidando. Finalmente, se enamoran (el viaje París-Madrid en tren de vapor era larguísimo), y él promete volver al cabo de un año por ella, que va a ponerse a olvidar. E

n fin, es un relato largo que transcurre al compás del cha-cha-cha del tren. Pasado el año, vuelve el madrileño a buscar a su francesa, y solo está una vieja que le entrega un papel arrugado. Es la carta póstuma (creo que no les daño el final, todos los lectores se imaginaron que ella moría), que constituye otro «highlight» de la obra:

«Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,
cuenta os dará de la memoria mía.
Aquel fantasma soy que, por gustaros,
jugó a estar viva a vuestro lado un día»
… etcétera.

Cuando finaliza “El tren expreso» con el madrileño que regresa a París «sin alma y como inútil mercancía», la sala es un mar de ahogados lloros.

El declamador, pese al dolido rictus con que cierra el poema, es el único que está íntimamente dichoso. Vive, como los empresarios de pompas fúnebres, del llanto ajeno.

Él sabe que aún no ha soltado el As, el que lo hará indispensable en las próximas reuniones y le hipotecará un rincón en el corazoncito de las señoras presentes. Su voz parece salir de ultratumba cuando anuncia:

-De Guillermo Aguirre Fierro, El brindis del bohemio
En épocas mejores, se habrían escuchado verdaderos quejidos de desgarramiento estético ante la inminencia de la Obra Máxima, de la Gran Cúspide de la poesía recitativa:

En torno a una mesa de cantina,
una noche de invierno,
regocijadamente departían
seis alegres bohemios.
Los ecos de sus risas escapaban
y de aquel barrio quieto
iban a interrumpir el imponente
y profundo silencio.

Descripción del ambiente, tragos y penas. Los bohemios esperan el año nuevo.

Una voz varonil, dijo de pronto:
-¡Las doce, compañeros!
Digamos el réquiem por el año
que ha pasado a formar entre los muertos.

Cada bohemio brinda por algo: dinero, esperanza, salud, inspiración, novias…

Sólo faltaba un brindis, el de Arturo,
el del bohemio puro, de noble corazón
y gran cabeza…
Y Arturo alza la copa
así, con inspirado acento:

Brindo por la mujer, mas no por esa
en la que halláis consuelo en la tristeza,
rescoldo del placer, ¡desventurados!
No por esa que brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.

En su monólogo, el macrocéfalo Arturo sigue insistiendo en que no brinda por la mujer-mujer, hasta el punto de que uno llega a pensar si el tipo no será marica. Y en ese momento anuncia cuál es la mujer por la que brinda:

¡Por mi madre, bohemios! por la anciana
que piensa en el mañana
como en algo muy dulce y muy deseado…
Por la anciana adorada y bendecida
por la que con sangre me dio la vida,
y ternura y cariño…
Por esa brindo yo;
dejad que llore, y en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que llora y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.

En las visitas bien organizadas, este era el instante en el que los hijos tomaban a su madre de la mano, la besaban con ternura y dejaban caer un par de lagrimones sobre el albo cráneo de la anciana. Así, juntos, madre e hijo, sangre de la misma sangre, lágrima de la misma lágrima, llegaban entrelazados a los versos finales del poema:

… y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente
un poema de amor y de amargura.

Pero ya estas cosas no ocurren. Nadie se entrelaza con la madre. Nadie recita en las reuniones sociales y, para escuchar el Brindis del Bohemio, hay que correr con suerte y embocarse en un programa de radio sabatino donde se oye declamado por Paco Ujueta, pero sin derecho a asiento ni a dedos crispados.

«Todo lo bueno se va acabando»… Ya nadie estima esos poemas que, como ciertas bodas samarias, por lo menos dejaban un muerto; donde además, siempre llovía; y donde, al final, los tapetes quedaban lavados de lágrimas.

Los que gozaban de esas reuniones sabían que la persona culta no era la persona leída, sino la escuchada. Porque la poesía entraba por los oídos y no por los ojos.

Habría que declarar a los recitadores como especie en vía de extinción y colocarlos bajo la protección del Inderena si es que el día de mañana queremos evitar el surgimiento de una generación a la que «nada le causa encanto ni atractivo». Y si no, como dijo el famoso «actor de la Inglaterra», creación de Juan de Dios Peza, otro de los grandes ídolos recitativos:
¡Yo soy Garrick… cambiadme la receta!

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Julio
08 / 2019

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