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¿Por qué no hay nada de malo en ser desordenado?

En un mundo donde el orden se venera casi como una religión, pocos ven que el desorden pueda tener algo de positivo. El economista británico Tim Hardford cree que sí lo tiene, al igual que otros investigadores.

Foto: Ilustraciones: Jorge Ávila

En un mundo donde el orden se venera casi como una religión, pocos ven que el desorden pueda tener algo de positivo. El economista británico Tim Hardford cree que sí lo tiene, al igual que otros investigadores.

Ilustraciones: Jorge Ávila / @jorgetukan

En mi escritorio siempre parece que se estuviera gestando una pequeña revolución. Tengo revistas, decenas de papeles rayados con letra ininteligible, invitaciones de prensa, libros, post it de muchos colores donde anoto más cosas, ideas, tareas; una bolsa de plumasters, un reloj de arena diminuto que mide el paso de cinco minutos, un solitario de cristal que ha estado a punto de caer cientos de veces; un computador con un sticker, un cactus y un teléfono con el cable mucho más que enrollado. A simple vista, un desorden que cada mes cambia, se transforma y me hace muy feliz.

Sin embargo, en los últimos meses, quizás influenciada por una joven japonesa llamada Marie Kondo, que aparecía cada vez que encendía el televisor afirmando que en el orden está la felicidad de nuestras mentes, me propuse buscar si el desorden tiene algo de positivo, si hay algo que realmente nos produce un gramo de alegría al observar lo que a primera vista parece un caos, o simplemente yo debería comprarme su libro, verme su serie completa en Netflix, quedarme con lo esencial y tener un escritorio completamente ordenado.

Al buscar, lo primero que encontré fue El poder del desorden para transformar nuestras vidas, un título genial, pero que sonaba más a consejos de superación personal. Sin embargo, fui a la librería, lo pedí, estaba agotado. Lo busqué en otra, lo encontré y me lo devoré en pocos días.

Su autor es Tim Hardford, un economista británico, columnista del Financial Times y autor del bestseller El economista camuflado. El libro de 321 páginas, que en inglés se llama Messy, está lleno de información relevante, investigaciones, entrevistas y cuestionamientos profundos sobre cómo vemos las cosas y cómo en realidad es la vida: caótica y desordenada.

“Por supuesto, a veces nuestros deseos de orden, nuestra, al parecer, necesidad innata de crear un mundo ordenado, sistematizado, cuantificado, claramente diferenciado en categorías, planificado y predecible, es útil. De otra forma, no sería un instinto tan arraigado. Pero, con frecuencia, nos seducen tanto las ventajas del orden que no apreciamos las virtudes del desorden: todo aquello desorganizado, sin cuantificar, descoordinado, improvisado, imperfecto, incoherente, crudo, abarrotado, aleatorio, ambiguo, vago, difícil, diverso o incluso, sucio (…) Defenderé el desorden no porque piense que es la respuesta a todas las preguntas de la vida, sino porque creo que hay muy pocos defensores. Quiero convencerlos de que, a veces, hay algo de magia en el desorden”, asegura Hardford en la introducción.

Un artículo de Andrea Aguilar publicado en el periódico El País de España también resalta un punto importante: “Ser ordenado es lo correcto, lo socialmente aceptado. El orden es una omnipresente obsesión contemporánea que ha llenado las tiendas de secciones de organizadores para cocinas, dormitorios, espacios de trabajo; y los teléfonos y ordenadores de aplicaciones que facilitan la tarea de sistematizar el caos que inunda nuestros días. Pero ¿el orden de verdad nos hace mejores?”.

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Un escritorio atestado de papeles

Vamos por partes. Lo primero que llamó mi atención fue el tema del escritorio. Hardford cuenta que el sistema de gestión 5S (clasificación, orden, limpieza, estandarización y mantenimiento de la disciplina) nació para las fábricas que requerían mucha precisión, como el ensamblaje de carros, y era necesario para evitar errores.

Sin embargo, este sistema se ha extendido a las oficinas donde no aporta nada. Empresas como el gigante japonés de electrónica Kyocera, la agencia de recaudación de impuestos del Reino Unido o la empresa minera BHP Billiton obligaban a sus empleados a que tuvieran el escritorio limpio, que prescindieran de cualquier foto familiar y solo permitían placas oficiales o certificados de la empresa en sus paredes.

Dos psicólogos de la Universidad de Exeter, Alex Haslam y Craig Knight, realizaron un experimento en 2010. Crearon cuatro diseños de oficinas distintas y pusieron a trabajar a personas diversas en cada una para ver cómo les afectaba su desempeño. La primera era un espacio limpio y espartano, donde todo lucía perfecto y no había decoración. La segunda tenía algunos elementos decorativos, como fotos de plantas. Y las otras dos oficinas tenían los mismos elementos que la segunda, pero los empleados podían decidir cómo organizar las cosas. En una, los jefes desautorizaban los cambios y en la otra, los dejaban y los empoderaban. Esta última resultó un completo éxito y fueron un 30 % más efectivos en sus trabajos. En cambio, en el primer diseño, los trabajadores se quejaban de que tanto orden les daba la sensación de opresión y fueron mucho menos productivos.

Más adelante, Hardford asegura que un escritorio desordenado no es en absoluto tan caótico como parece a primera vista. “Hay una tendencia natural hacia un sistema de organización. Los despachos desordenados están llenos de pistas sobre los recientes patrones de trabajo, y estas pistas nos pueden ayudar a trabajar con eficiencia”, asegura.

Eric Abrahamson y David Freedman, autores de Elogio del desorden, sostienen que ser organizado y mantener ese orden en los diferentes aspectos de nuestra vida consume más tiempo y dinero que vivir con un grado moderado de desorden. “Los sujetos y las empresas moderadamente desordenados pueden ser más eficientes, robustos y creativos que los obsesivos por el orden”.

Un estudio realizado por la consultora Ajilon Office les dio la razón, y demostró que los que ganan menos de 35 mil dólares al año son los que tienen sus escritorios pulcros, es decir, el 66 % de las personas encuestadas. Mientras que un 11 %, los dueños de escritorios desordenados, son los que ganan por encima de 75 mil al año. Y a esto hay que agregarle otro dato importante. En la mayoría de los casos, archivar los documentos, tanto físicos como electrónicos, bajo un sistema de organización, no resultará tan útil, porque en un punto colapsará por el volumen de información, y porque habrá muchas contradicciones y ambigüedades, propias de un cuento de Borges. Así que la próxima vez que esté frente a su correo electrónico, piénselo bien. Puede archivarlos en una sola carpeta que se llame Archivo, y en un futuro encontrará más fácil y rápido lo que busque, que creando subcarpetas más pequeñas y estructuradas.

Más creatividad

Pero más allá de esto, el desorden puede ayudarnos en otros ámbitos de la vida, a estimular la creatividad e impulsarnos a buscar soluciones distintas.

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Las interrupciones inesperadas, las distracciones o las situaciones límites exigen de las personas que sean más creativas, según explica Hardford. Casos como el músico Brian Eno, el empresario Jeff Bezos o lo que se generó en un destartalado, sucio y feo Edificio 20, del MIT, son ejemplos de lo que se puede lograr cuando no se siguen los caminos establecidos.

El autor también nos invita a conformar equipos de trabajo diversos, con personas que piensen completamente distinto, que tengan una experiencia y formación diversa, porque lo más probable es que pongan sobre la mesa ideas útiles y nuevas, pese a que nuestro instinto nos quiera llevar al orden y la paz de un grupo unido, que opine similar a nosotros y se lleve bien entre sí.
Nos motiva a llevar a cabo un proceso caótico como la improvisación, que además de ser rápido, barato y flexible, genera una chispa creativa —las investigaciones neurológicas sugieren que las personas que improvisan suprimen el control consciente y se dejan llevar—. Sugiere también a no confiar ciegamente en los sistemas automáticos y los computadores, porque nos vuelven pasivos, y hasta no llevar una agenda diaria tan detallada y específica, porque la vida nunca es como se planea.

Desde un punto más personal, el autor aconseja que es mejor buscar pareja aleatoriamente y concluye que la verdadera creatividad, emoción y humanidad reside en los aspectos más caóticos y desordenados de la vida, no en los más formalizados y estructurados. “Y las virtudes de este caos para cumplir con nuestro potencial humano son algo que podemos enseñar a nuestros hijos desde que son pequeños, si es que nos atrevemos”.

Uno de los ejemplos cotidianos que pone sobre esto es que los parques de los niños no deberían estandarizarse porque es algo peligroso, ya que simplifica los juegos y los niños no tienen que preocuparse de sus movimientos. En Gales del Norte hay un parque infantil que se llama The Land, lleno de barro, llantas apiladas, muebles viejos, agua. Una locura total, pero contrario a lo que muchos padres podrían opinar, los niños en estos ambientes tienden a ser más cuidadosos y aprenden más habilidades que cuando tienen una red exactamente igual para escalar o colchones para no golpearse tan duro. “Cuando sobreprotegemos a nuestros hijos, negándoles la oportunidad de practicar sus propias habilidades, de tomar decisiones correctas y erróneas, de experimentar el dolor y la pérdida, y en general, de crear un caos total, creemos que los estamos tratando con amor, pero tal vez también estemos limitando su capacidad de convertirse en completamente humanos”.

Así que piénselo dos veces la próxima vez que quiera organizar su vida al extremo. Cierta cantidad de desorden podría permitirle vivir con más tranquilidad.

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Junio
07 / 2019

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