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“Amo mucho a mis hijos, pero a veces pienso que no debí tenerlos”

La historia de Mary Rodríguez*, una trabajadora doméstica, demuestra que amar a los hijos y arrepentirse de ser madre es común, es normal, y posible, solo que no está bien visto.

Foto: Unsplash/ C.C by 0.0

La historia de Mary Rodríguez*, una trabajadora doméstica, demuestra que amar a los hijos y arrepentirse de ser madre es común, es normal, y posible, solo que no está bien visto.

Yo amo mucho a mis hijos, pero a veces pienso que no debí tenerlos —dijo en voz baja, vacilante. Me miró, bajó la cabeza y volvió restregar el trapo que la ocupaba en ese rato —. Me siento como frustrada, a veces pienso que pude haber hecho otras cosas, pero no.

Mary Rodríguez*, ronda los cincuenta. Siempre la he visto en uniforme gris y con zapatos de caucho de enfermera. De su cabeza cuelga una cola de caballo baja que recoge su pelo negro. Su tez blanca deja ver el bigote fino que nos sale a todas y que poco se nota. El metro cincuenta que mide la hace ver más robusta de lo que es.

—Usted no quiere tener hijos, ¿no cierto?— dudo responder porque es una pregunta que pocas veces me planteo. No hay una respuesta de la que esté segura.

—Creo que no quiero tenerlos —dije—. Bueno, estoy inclinada a no quererlos.

—Es que eso no es para todo el mundo. Además, la situación está muy dura como para tener hijos- remató Mary.

Trabaja por días como empleada del servicio doméstico. Además de mi apartamento, que es de estudiante universitarios, pone en orden la vida doméstica en tres casas más: todas de parejas de esposos. Dice que el tiempo que se toma en terminar el aseo en mi apartamento depende del desorden que mi hermana, mi primo y yo acumulamos en los siete días de su ausencia.

A ella le gusta el tinto y oír radio. Pero como en casa no hay radio, le ofrecí poner música desde mi computador. Dijo que no, entonces hablábamos de su esposo, de sus otros patrones, de la EPS y, un día, sobre su hija.

Su arrepentimiento de ser madre se debía a la reclusión de estar en casas ajenas todo el día, todos los días de su vida y desde los 19 años. Porque entre todo lo que podía emplearse cuando quedó embarazada, el trabajo doméstico fue la única opción posible para sobrevivir.

***

—Sí. A veces pienso que no debí tenerlos y me siento mal, me siento como una mala mamá— dijo, pero de nuevo me aseguró que los amaba, por si todo lo anterior me hacía creer lo contrario.

Apenas quedó embarazada, Mary salió corriendo a un centro de abortos en Bogotá. Se sentía asustada porque el papá de su bebé no quería responder, y ella no veía cómo podría mantenerlo.

En la pantalla de la ecografía el médico le indicó un círculo gris que se le pareció a un huevo frito. Era la criatura. El miedo se pareció a la culpa y Mary se paró de la camilla y se fue convencida de que no abortaría.

—Me acuerdo que antes de nacer, dije viéndome la barriga: “Mamita, me tiene que ayudar”. Yo estaba nerviosa, pero la niña nació sin complicaciones. Ahora pienso que si no hubiera nacido mi hija, tampoco habría nacido mi nieto.

Después de oír eso le dije que no sabía qué era ser madre. Mucho menos, qué era arrepentirse por ello, pero que sí sabía del caso de dos mujeres que sentían lo mismo: mi peluquera y una prima lejana. Mary frunció el ceño y dijo:

— ¿Entonces no soy la única?

***

Vea tambien: Dos ejemplos de súper mamás

En octubre de 2016 leí un artículo de El País Semanal titulado “Orna Donath: El instinto maternal no existe”, una reseña del libro de una socióloga israelí que recogía el testimonio de 23 mujeres judías que aunque amaban a sus hijos, habrían optado por no tenerlos.

En su libro, Donath dice que el arrepentimiento resulta de una interpretación desde el presente frente a las posibilidades que hacia atrás tuvo el pasado de una persona. La sincronía de acontecimientos con la que se percibe la vida hace que “muchas personas” crean que haya un “tiempo indicado” para cada objetivo que nos hemos fijado como obligado, “ya sea acostarse con alguien por primera vez, casarse o tener hijos”.

Para Mary, los 19 años no era una edad indicada para ser mamá. Y no porque creyera que había una edad ideal para hacerse madre. En ese momento, ser madre disminuía la posibilidad de ser algo más, o alguien más. Ella no sabe qué, pero algo más.

Sin una hija habría podido trabajar, ahorrar o estudiar. Pero con una hija sin padre, y ella sin estudios la necesidad era doble, y la vida solo le podía bastar para sobrevivir. Como sobrevivir era la rutina irremediable de las trabajadoras domésticas, Mary se quedó allí.

—Luego tuve a mi otro hijo. Pero con él no viví. Siempre ha estado con mi mamá. Y con otro hijo que mantener —concluyó Mary—, ahí sí que menos pude pensar en otra vida.

*El nombre fue cambiado por protección de la fuente
*Esta es una versión editada de una historia que hace parte de la tesis de grado Mujeres en sombras: el cuarto secreto del servicio doméstico de la carrera de Comunicación Social y Periodismo de La Pontificia Universidad Javeriana de 2017.

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Mayo
10 / 2019

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