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Así viven los muiscas de hoy en Bogotá

Trabajan y visten de jean como el resto de los mortales, pero practican sus rituales en medio de una ciudad que los conmemora y al mismo tiempo los olvida.

Trabajan y visten de jean como el resto de los mortales, pero practican sus rituales en medio de una ciudad que los conmemora y al mismo tiempo los olvida.

Iván Francisco Mendoza Niviayo es el gobernador del Cabildo Indígena Muisca de la localidad de Suba, en Bogotá, y también sociólogo de la Universidad Nacional. Tiene 30 años, cabello largo de color castaño claro, casi rubio y piel blanca. Luce como un “metalero” con ruana.

Su apariencia no responde a esa construcción colectiva del indígena selvático de plumas y taparrabos, sino que parece más bien un joven mestizo del común. Es indígena, uno urbano del siglo XXI, cuyo apellido Niviayo es de tradición muisca.

Lo mismo sucede con las 2.500 familias que pertenecen al cabildo y que suman alrededor de 7 mil personas con apellidos como Nivia, Mususú, Quinche, Caita, Cabiativa, Bulla y Yopasá, por nombrar algunos.

Estos linajes están en el territorio hace más de 500 años, siempre estuvieron allí mientras la ciudad creció y se instaló en sus dominios. Las construcciones empezaron a ocupar las tierras y la comunidad ya no pudo seguir siendo tan agrícola y alfarera como antes. Inició proceso de aculturación.

Ahora los muiscas viven en edificios y casas occidentales y trabajan como el resto de la gente. Se les ve por la calle vestidos como a cualquiera y, sin embargo, llevan años trabajando en la recuperación de sus tradiciones, en la revitalización de su lengua: ‘muisscubum’, y volvieron a practicar sus rituales, pero adaptados a la realidad bogotana.

Contexto histórico

Hacia el año 800 los muiscas habitaban la zona y en 1538, con la llegada de los españoles, la comunidad fue reconocida como un resguardo indígena que fue disuelto en 1877. No fue sino hasta 1991 que volvió a ser reconocido legalmente ante la Constitución Política, registrado ante el Ministerio del Interior y avalado también por la Alcaldía Mayor de Bogotá.

Hubo un censo entre 1850 y 1860 que sirvió de base histórica para tener los registros de los apellidos de los muiscas. Esos datos los tomó el primer fundador y gobernador del cabildo, Carlos Caita, para hacer un nuevo censo en 1992 y luego otro en 1995, convocando a las personas para revivir la comunidad, pero muchas de estas, a pesar de tener el apellido, no se sentían indígenas, tenían los mitos, las tradiciones, pero no se autoproclamaban como muiscas y desde ahí se hizo un trabajo de sensibilización para formar el cabildo.

El mapa de los muiscas en Bogotá

“Hablar de lo indígena fue bonito desde hace unos treinta años, pero antes de eso era sinónimo de incivilizado y la gente se burlaba de ellos por sus rasgos, apellidos y los trataban mal. Muchos, empezaron a negar su identidad y prefirieron llamarse raizales”.

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“Aun así hubo gente que siguió preparando su chicha y manteniendo casi por lo bajo sus tradiciones, mitos y leyendas”, comenta el gobernador Iván Mendoza Niviayo, quien abre un archivo en su computador para mostrar un mapa en el que señala la presencia actual de los muiscas en Bogotá. Suba, sin duda, es el cabildo más grande a nivel Distrital, y con Bosa, son los dos únicos que quedan en la ciudad. También hay ocupaciones en Chía y Cota.

En el mapa –dice Niviayo–, se remarcan los límites del antiguo resguardo del territorio que coincide con la ocupación actual. “Hay cuadras enteras donde habitan, por ejemplo, la misma familia con sus primos, tíos, abuelos, papás y eso significa pervivencia cultural” y con el dedo señala en el mapa: “Acá están los Yopasás, por acá los Mususús, los Caitas y etc.”.

“Los más viejos tienen el mapa en su cabeza, los más jóvenes, que estamos interesados en la cultura, medianamente lo tenemos, pero el resto de gente no y tampoco los bogotanos”.

Otro aspecto particular es que la comunidad muisca usa apodos para llamarse entre ellos. “El apellido muestra la raíz de la familia, pero el apodo nos ayuda a identificar el lugar donde están ubicados. Los Cuchucos son mi familia”, dice Niviayo.

Una nueva generación muisca

Pero los jóvenes son quizás los más sincréticos en todo este proceso, la ciudad los seduce con la industrial cultural, y desde ahí mismo se usan estrategias para captar su atención. Hay jóvenes que, por ejemplo, han tenido su propia banda de rock metal en lengua muisscubum. “A veces lo primero que aprenden son groserías o expresiones urbanas, pero es su forma de aproximarse a la cultura”, explica el gobernador.

Algunos de estos jóvenes suelen vestirse con ruana, usan aretes con las expansiones muiscas y narigueras y no faltan los de pelo punk y de colores. “Hace un año me abrí las orejas y estoy en camino de hacerme las expansiones, que no me gustaban mucho, pero con el sentido muisca sí”, agrega Niviayo.

Para preservar la cultura, entre otras acciones, a los niños y jóvenes se les enseña a sembrar, e identificar plantas y a elaborar sus bastones. “Siempre les decimos que piensen en los abuelos, que hablen con ellos y escuchen sus historias para que puedan continuar la tradición”.

En Casa de Pensamiento, un lugar de educación intercultural que funciona como un jardín infantil para niños muiscas de 1 a 5 años, también se les enseña la lengua muisscubum. Sin embargo, aún no hay muisca-hablantes y un grupo de lingüistas que avanza en la materia sigue investigando sobre la fonética. “La lengua tiene una sexta vocal que no tiene el español y no sabemos cómo suena eso, tenemos aproximaciones, pero aún falta camino por recorrer”.

También cuentan con medicina propia “tenemos dos abuelos médicos, personas de 60 y 70 años, que lideran el tema y que aprendieron de sus papás y abuelos. De hecho, toda la comunidad sabe algo de medicina porque tienen sus huertas para dolores menores y cuando son dolores mayores, acuden a los médicos tradicionales”.

Hay formación en partería; “pasamos por una crisis en este sentido porque la mayoría de parteras ya son muy adultas y no pueden practicar el oficio. Hemos tenido que hacer un proceso de sensibilización con la población al respecto, porque muchas veces la gente quiere ser abogado, odontólogo, ingeniero, pero no partero”, cuenta Niviayo.

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Los ‘Neomuiscas’

El gobernador explica que los neomuiscas son otro tipo de población, más de tipo espiritual, llaman la atención por sus cabellos largos, sus atuendos blancos, usan poporo y elementos de otras comunidades, “pero cuando se les pregunta por sus hermanos, papás, por su comunidad, no se reconocen como tal o no hay una historia de fondo. Para mí no son indígenas, sino indigenistas y van más por una línea exótica”.

“El abuelo Fernando de Cota me preguntaba al respecto, pero ¿por qué se ponen nombres tan ostentosos? Cosas como “hijo del águila” o “del jaguar” y dicen que fueron designados por los abuelos de la montaña. Reinventan su historia, hablan de la Pachamama, pero cuando se les menciona el gobierno propio, dicen que no tienen y que andan libres y que caminan solo con la madre. No son una comunidad indígena, pero por ahí sí, una religiosa”.
La realidad de los muiscas en pleno año 2019, según el mismo Niviayo, es que están al lado de monumentos que los conmemoran, pero no los tienen en cuenta.

Sus lugares sagrados han sufrido importantes transformaciones y los ejemplos son variados, pero uno de los más recientes es el del parque del Indio, donde la administración de Enrique Peñalosa quiere crear el Centro de la Felicidad (CEFE) del Parque Metropolitano Las Cometas.

“Este es uno de los pulmones que aún tenemos con flora y fauna nativa, es un centro arqueológico y espiritual que bien podría ser un aula ambiental o una escuela de cultura viva donde se le pudiera enseñar a la gente de dónde viene el agua, la importancia del territorio, de los animales, pero la memoria la quieren desaparecer y hasta le quieren quitar el nombre de parque del indio”.

El Parque Mirador los Nevados también está dedicado a la memoria muisca y ahí, los mismos muiscas contemporáneos, no pueden ingresar su chicha para hacer los rituales porque es una bebida alcohólica, no pueden hacer sus ceremonias sin permiso y ese espacio, desde el que se pueden ver los Nevados del Ruiz, del Tolima y Santa Isabel, fue y sigue siendo estratégico porque ahí los mayores leían y leen los vientos y los movimientos de las lluvias que forman remolinos y crean la figura de su serpiente sagrada.

Es decir, hay toda una cosmogonía detrás de estos territorios que ahora dialogan con la cultura urbana y que obligan a los muiscas de hoy a vivir, repensarse y a reconstruirse desde un lugar distinto al de sus ancestros.

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Mayo
08 / 2019

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