La Nueva Prensa: el periódico disidente durante el Frente Nacional

En el Día Mundial de la Libertad de Prensa recordamos la publicación dirigida por Alberto Zalamea y que significó la voz alternativa durante el Frente Nacional.

Publicado originalmente en la Revista Diners de septiembre de 1986. Edición de 198

Fue mi entrañable amistad con Jorge Zalamea el puente que me condujo a la cordialísima y ya muy antigua con su hijo Alberto, a quien conocí y a quien me asocié como colaborador cuando libraba una intrépida lucha de kamikaze solitario contra el Goliath descomunal de unos poderosos medios de comunicación y un consorcio unánime y compacto de empresas estatales y privadas, identificados en el propósito común de silenciar la única voz disidente y fiscalizadora que sonaba en medio de ese “Vasto silencio de rumiantes” que era la Colombia de comienzos de los sesentas.

Esa voz era La Nueva Prensa, publicación que dirigía Alberto Zalamea, y de la cual acaba de publicar el mismo Alberto en la colección de Procultura dos magníficos tomos antológicos de lo que fue esa tribuna insular y valerosa del pensamiento libre en Colombia.

Cada aparición semanal de La Nueva Prensa era un milagro que sus amigos, colaboradores y lectores celebrábamos con alborozo, puesto que éramos conscientes de que esa hazaña de cada siete días era la superación victoriosa de un bloqueo publicitario que no conoció una sola salvedad en todos los años en que la revista vio la luz y que, manipulado con férrea disciplina por los grandes mandarines de entonces, trató desesperadamente, y por suerte en vano, de estrangular esa voz insobornable y altiva.

Alberto Zalamea

Para los lectores que no recuerdan, no conocieron o no han investigado el marco político y social de la Colombia que iniciaba el régimen bipartidista del Frente Nacional, son necesarias algunas pistas que les ayuden a comprender a cabalidad lo que significó La Nueva Prensa en el mundo de las comunicaciones y de la expresión de las ideas en esa época.

La sólida alianza de los dos partidos para compartir el poder y alternárselo cada cuatro años había obrado con la mayor eficacia, a manera de potente hemostático para detener la cruenta lucha fratricida que venía desangrando a Colombia desde los diez años anteriores a 1957. Ese es un hecho incuestionable. Pero no es menos cierto que en medicina hay drogas, tratamientos y terapias que suelen resultar a menudo más temibles que la misma enfermedad.

Todos nos hemos espantado a veces al encontrarnos con pacientes extenuados por las enormes dosis de cortisona que se han visto obligados a consumir para seguir viviendo, y con otros físicamente devastados por las quimioterapias inclementes que han tenido que soportar para afrontar con mediano suceso los embates mortíferos del cáncer. Y ocurre que en los organismos sociales se presentan fenómenos similares.

Es evidente que la contienda a muerte que padeció Colombia en esa década nefanda exigía un remedio drástico, dadas las dimensiones espeluznantes que había alcanzado, y ese remedio no podía ser otro que el Frente Nacional. Pero es igualmente válido que, pese a su ya citada e innegable capacidad hemostática, el Frente Nacional narcotizó la sociedad colombiana, burocratizó el Estado hasta extremos delirantes, entumeció las fuerzas políticas del país, hizo pusilánimes a los partidos y generó y afianzó en los colombianos un terror paranoico ante la posibilidad de que el retorno a la pugna civilizada y normal de los bandos políticos por el control del gobierno pudiera traer consigo la reim plantación de la temida violencia.

Obviamente, la primera consecuencia del nuevo sistema bipartidista fue la abolición radical de todo conato de oposición, no porque dicho ejercicio estuviera vetado por medidas de tipo dictatorial, puesto que, precisamente, se estaba recuperando la democracia, sino porque, mancomunados los dos partidos tradicionales en una operación milimétrica de co-gobierno, se suponía, a manera de presunción legal, que el consenso de voluntades y de aquiescencias en torno del sistema era absoluto y monolítico.

Por otra parte, no debemos olvidar que uno de los mandatos cardinales del Frente Nacional fue la institucionalización de los partidos liberal y conservador como los dos únicos que podrían ostentar credenciales de legitimidad durante los 16 años que empezaron a contarse desde 1958.

Era, pues, apenas lógico que la larga y firme-aunque azarosa y accidentada tradición democrática de los colombianos, produjera reacciones de disidencia e inconformidad contra ese período de parálisis política que se había impuesto para convertir, durante una prolongada fase histórica, las aguas procelosas de una democracia sana y normal en un mar muerto sin movimientos ni agitaciones de ninguna clase. Y una de esas reacciones, acaso la más saludable pero por ello la más duramente combatida, asumió voz y cuerpo en las páginas de La Nueva Prensa.

De ahí la colérica respuesta que suscitó en quienes se sentían responsables de prodigar los máximos cuidados a esa criatura recién nacida, vulnerable y frágil llamada Frente Nacional. De ahí la ira que provocó en quienes, en calidad de sumos prebostes de la nueva era, pensaban con obsesiva paranoia que las voces heréticas de los inconformes podrían de un momento a otro resquebrajar las nuevas instituciones con características de imprevisible gravedad.

Fue así como, a través de la inolvidable “Mano Negra”, Colombia vio revivir el sagrado tribunal del Santo Oficio, ya no con los tormentos, los autos de fe y los braseros en las plazas públicas, sino con los refinados procedimientos neo-macartistas de la asfixia económica, mediante el ya citado boicoteo publicitario. No obstante, la solidaridad fervorosa de miles de lectores compensó en buena parte los efectos letales del bloqueo, de tal suerte que durante varios años La Nueva Prensa llevó a los colombianos la tonificante certeza de que no todo era obse- cuencia y unanimidad en torno al Frente Nacional.

Hoy, al saludar jubilosamente la aparición de esta excelente antología de La Nueva Prensa, siento sin lugar a dudas la certidumbre de que en mis veinticinco y más años de escritor público, pocas experiencias puedo contar tan nobles y gratificantes como la de haber podido contribuir modestamente con mis escritos en esa lucha desigual y tenaz que capitaneó Alberto Zalamea contra el estado cataléptico que se apoderó del organismo colombiano y cuyos últimos efectos apenas hoy empiezan a extinguirse.

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