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“Tu música será como yo, la va a querer todo el mundo", Jorge Eliécer Gaitán a Lucho Bermúdez

Si Celia Cruz es Cuba, él es Colombia. Arreglista y compositor. Un gigante de la música popular americana, un hombre sencillo y despreocupado. El mejor. Un homenaje a 25 años de su muerte.

Foto: Un oligarca del ritmo, 1949

Si Celia Cruz es Cuba, él es Colombia. Arreglista y compositor. Un gigante de la música popular americana, un hombre sencillo y despreocupado. El mejor. Un homenaje a 25 años de su muerte.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 245 agosto de 1990

Con Lucho Bermúdez nació el ritmo nacional. El hizo vibrar al país por encima de partidos políticos y credos religiosos. El pasado de muchos colombianos menores de 50 años está irremediablemente ligado a sus canciones. Su orquesta nos dio personalidad musical y nos internacionalizó con ese sabor costeño originario de Carmen de Bolívar.

Escuchar sus interpretaciones significa retornar al pasado de los abuelos, del chocolate de las cinco de la tarde y de la voz de Bobby Ruíz entonando «El mochilón». El viejo Lucho es sinónimo de rumba. Y cada nota suya tiene un genuino sabor criollo.

Después de varios sustos en aviones que fallaban y de 56 años parrandeando y trasnochando, lo único que le interesa es que su música perdure y siga teniendo buena acogida. Tanto es el amor por el resultado de su carrera profesional, que a veces, cuando está aburrido, escucha sus propios discos y restablece su ánimo.

No hay canción suya que no lleve un mensaje sentimental o que no aluda a una mujer o a una ciudad, salvo dos: las compuestas a Arturo García, un pastor de ovejas, y a Plinio Guzmán, un médico amigo. Todas se escuchan aún con delectación, como «Prende la vela» (dedicada a Cartagena), «Linda caleñita» (en honor a Cali), «Joselito Carnaval» (regalo a Barranquilla) y tantos otros.

Un día, un técnico de Sonolux le dijo que se casaba y que al primer hijo que tuviera quería que el maestro Bermúdez le pusiera el nombre. «Y se lo puse», dice Lucho, «con la canción ‘Diana María». Cuando conoció a María Cristina, «la hija de una señora Álvarez, me gustó tanto», comenta, «que escribí ‘Tina’. Era una joven muy bonita. El hecho de que haya escrito para varias mujeres no quiere decir que haya tenido algo con ellas».

Su vida ha sido intensa. No participó en zafarranchos de puños, pero quiso aprender boxeo, y a la primera caída a la lona abandonó esa afición. Acudía a los centros nocturnos, en plan protagónico en el escenario. Jamás apostó un peso ni a los gallos ni a juego de azar alguno. Y si acaso bebía, lo hacía moderadamente.

Su única pasión ha sido el ritmo tropical, la composición, y como él mismo dice, «No soy poeta, pero le he puesto letra a mis canciones; la música mía está hecha de versos».
Y con las notas elevándose de su legendario clarinete se paseó por los mejores hoteles de Colombia, Argentina, México, Estados Unidos y La Habana: En su maletín de viajero insomne, siempre llevaba un libro para leer o un periódico del día anterior. Sus poetas de cabecera eran, y siguen siendo, Julio Flórez y «Vieco, el antioqueño, el autor de Las aves simbólicas”. ¿Lo conoce?».

El maestro nació el 12 de enero de 1912 a dos horas de Cartagena, en Carmen de Bolívar, ciudad que da título a una de sus tonadas más conocidas, y clasificadas entre las diez composiciones más bellas de la música popular colombiana. Hoy es un hombre que solo de cuando en cuando sale de su casa, situada al norte de Bogotá, a visitar al médico, o a algún acto social de su gente cercana, y, ya muy poco, a dirigir su orquesta.

Es de mediana estatura, complexión fuerte, pelo negro y liso peinado hacia atrás, ojos achinados, sonrisa fácil, e inconfundible acento costeño. Mantiene la convicción de que los mejores manjares del mundo son el arroz con coco, los camarones y el sancocho, los cuales saborea con frecuencia. Al licor lo dejó por completo. «Me ajuicié”, dice seriamente, «decidí sentar cabeza hace como ocho años». Cuando tenía setenta.

EL NIÑO MÚSICO


Su padre, Luis Eduardo Bermúdez, fue profesor de matemáticas y rector de la Universidad de Cartagena. Su madre, Isabel Acosta Montes, enviudó cuando el pequeño Lucho Bermúdez tenía dos años de edad. Entonces lo tomó a su cargo su abuelita materna, doña Concepción Montes, quien lo orientó, lo amó y lo castigó cuando se portó mal. «La recuerdo con el alma. Ella fue mi guía, me crié con ella y todas mis satisfacciones fueron ‘culpa’ de ella, a son del interés y la simpatía que sentía por mí».

Cuando contaba cinco años y medio, su tío José María Montes le enseñó a tocar flautín. Entonces, Lucho integró una banda que aquel tenía, «donde fui la mascota, ayudado por mi estatura». Alternaba el estudio clásico, la música y el juego de béisbol. Se interesaba por las matemáticas, y si su tío no lo hubiera iniciado en la música, quizás hoy conoceríamos al contabilista don Luis Eduardo Bermúdez Acosta, jubilado, viviendo tal vez en Taganga, su tierra de amor.

A los 14 años se fue a vivir a Santa Marta, donde estudió el pentagrama más en serio, e integró la Banda Militar del Regimiento Córdoba. Aprendió a tocar otros instrumentos, como bombardín, trombón, clarinete, y con los maestros Mier y Noguera empezó a componer.

«Esto lo inicié espontáneamente. Lo primero que creé fue un valse, ‘Madre mía’, que ya no recuerdo porque nunca lo llevé a partitura». Después se fue a Cartagena, dirigió la Orquesta Número Uno, y a los tres años fundó su Orquesta del Caribe, auspiciada por José Vicente Mogollón, Eduardo Lemaitre y otros. Un señor los escuchó y los invitó a una temporada al night club El Metropolitan, de Bogotá.

EL MÚSICO GRANDE


«Tomamos un barco en Santa Marta y remontamos el río Magdalena. Sólo hasta acercarme a Bogotá conocí por primera vez el frío. Me molestaba mucho porque tenía que estar arropado, y eso, imagínese, para un costeño acostumbrado a andar al aire libre…». Para compensar esa circunstancia le entregó a la capital el calor del porro, la cumbia y la gaita. Les dio a los cachacos la libertad de movimiento y la posibilidad de desentumecerse dentro de sus acartonados trajes negros.

Luego fue contratado por la Voz de Antioquia y vivió en Medellín 15 años. Allá dirigía su orquesta con movimientos suaves, acompasados, serenos: los mismos de hoy. «Es que la música no me excita, pero a donde voy exijo que haya alegría».

A los muchachos de la orquesta les pido que contagien a la gente». Allá en Medellín acompañó a Pedro Vargas, Eva Garza, Miguelito Valdés, Avelina García, Toña La Negra, quienes estaban en su apogeo. Libertad Lamarque pasó una vez, aunque sin pena ni gloria porque el tango todavía no formaba parte de la cultura paisa.

Partió para México, donde grabó para la RCA Víctor. Ahí conoció a Pérez Prado, «un tipo simpático, entregado a su música», y a Benny Moré, «quien estaba sentido con Pérez Prado porque hizo varias cosas con él y nunca le dio crédito. Eso lo fastidió. La primera canción que Benny grabó fue ‘San Fernando’, mía, que tuvo resonante éxito.

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Era un demonio el tipo este, fantástico, el oído que tenía, el modo de cantar, tan diferente a todos los demás. Yo sentía admiración por él porque estaba por encima de lo que yo hacía, pero a mí me importaba era que lo que yo hacía les interesara a ellos”.

Se fue a La Habana, conoció a Ernesto Lecuona y a Celia Cruz, y trabajó en radio en La Cadena Azul y en el Canal 4 de televisión. Con Celia coincidió en la Sonora Matancera, y se graduó como bachiller del trópico. En el bar Bodeguita del Medio se emborrachó algunas ve ces con el poeta Nicolás Guillén y con Nico Saquito, el autor de «María Cristina me quiere gobernar».

De vuelta a Colombia compartió varias presentaciones en Cartagena con Agustín Lara, «más bohemio que músico, pero indudablemente un gran músico».

AMOR Y MUERTE


Del amor dice: «Mis iniciales compases fueron con Leda Montes, con quien me casé en Carmen de Bolívar. Tuvimos un hijo, Luis Eduardo Antonio, quien hoy es un hombre viejo y vive en los Estados Unidos, casado y con tres hijos. Luego mi señora fue Matilde Díaz, de quien tuve una hija, Gloria María. Ahora estoy casado con Elba Gallo Pardo y tenemos dos hijos adolescentes, Elba Patricia y Luis Enrique».

También nos habla de sus amoríos de marinero que parrandea, besa y se va. «Sí, tú sabes, siempre saqué tiempo para todo». Ríe de buena gana. «Como buen costeño, fui tomador de trago y me gustaron las mujeres. Pero siempre fui respetuoso en esa materia. No se puede abusar», afirma, esta vez serio.

Tiene buen concepto de sí mismo y sabe que los demás también piensan bien de él. «Mi cualidad es que soy buena persona», dice porque se lo preguntamos. «Me he portado bien con todo el mundo, he sido sincero, y eso me autoriza para decir que soy buena gente y buen amigo. A mi edad no se le teme a nada, y estoy preparado para lo que pueda suceder. Me siento feliz de poder todavía dilucidar lo que quiero y de tener intactas mis facultades mentales. Espero la muerte como sea, no me importa el tamaño, y la forma tampoco me inquieta porque de ser así me quitaría la personalidad que tengo. Una cosa sí te digo: No quiero epitafios. Después de muerto no quiero nada. Con todo el afecto que he recibido es suficiente. Estoy satisfecho. Jorge Eliécer Gaitán, con quien nos encontrábamos todos los viernes en el Hotel Granada de Bogotá, a donde él iba a cenar y yo a dirigir mi orquesta, me vaticinó un día: “Tu música será como yo, la va a querer todo el mundo. Y resultó ser así».

El único vacío de su vida es no haber conocido Europa. «Por referencias que tengo, me hubiera gustado vivir en Londres. Imagínate, ¡un costeño en Londres recordando porros!». Un breve silencio. «Es que las canciones, después de cierta vida, me siguen gustando como el primer día…». Eso forma parte de su inmortalidad.

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Abril
23 / 2019

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