El día que Darío Arizmendi llegó a Caracol Radio

Diners recuerda los primeros días del periodista paisa en Caracol Radio a propósito de su retiro del programa 6 AM Hoy por Hoy.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 252 de marzo 1991

Hasta el primero de febrero era “periodista de tierra”, según sus palabras. El cambio ha sido brusco para Darío Arizmendi, pero en el fondo la tarea es la misma: informar y tratar de analizar la noticia. “Recuerde que antes se llamaban radioperiódicos los noticieros del aire”, anota.

Su jornada comienza a las cinco y media de la mañana. “A esa hora leo los cuatro diarios de Bogotá” antes de entrar a su cabina-máster de Caracol. Es decir, antes de hablar y dar paso a sus colaboradores. Arizmendi ya ha auscultado la página impresa para poder activar la recóndita cava de los sonidos de su caracol.
“No hay misterio en esta aparente contradicción”, añade.

“Todos nos nutrimos de todos. Vea usted en los periódicos a reporteros y columnistas pegados de la radio, y aun haciendo pausas al frente de su televisor. En esta aldea global todos los medios se retroalimentan”.

Este antioqueño extrovertido, simpático sin esfuerzo, parejo con todo mundo y de una vitalidad que no fatiga a quien lo observa, es el noveno hijo de una familia patricia yarumaleña. Su padre vive y tiene 92 años. Se escapó de vivir en andamios de ópera.

Una vez, cuenta el noveno de sus hijos, durante la visita de una compañía italiana que actuaba en el viejo Teatro Bolívar de Medellín (echado a tierra sin compasión y sin razón), dejó escapar una alta nota de voz de barítono acompañando desde galería al cantante. El director del conjunto, asombrado, lo invitó a seguir estudios en el exterior, pero el papá de los Arizmendi prefirió la lucha paisa.

El mayor de los nueve es Octavio, ex político y humanista, fundador de universidades y sobresaliente educador. Darío se fue a Navarra a los 16 años. En la antigua y noble ciudad española funciona una famosa escuela de comunicaciones que ha formado a colombianos hoy sobresalientes. Arizmendi se quedó en España casi siete años, y después de graduarse en su claustro con una tesis sobre “Propaganda Política” summa cum laude) trabajó en diarios importantes de Madrid.

“La tesis era novedosa en ese tiempo, marcado por los debates de televisión sobre Kennedy y Nixon'”, dice Arizmendi. “Me gustaría revisarla y ver qué vigencia tiene”. Su vida profesional ha sido enmarcada por guerras, y aspira a que esta, la presente, sea la última. “En Madrid entré a un periódico a cubrir la Guerra de los Seis Días, en el 67. Y ahora entro a Caracol con la del Golfo”, anota.

El destino del joven periodista parecía ser España, pero en una licencia que pidió para explorar en Colombia, El Tiempo lo tentó, y él decidió regresar a “la tribu”. Se quedó en El Colombiano durante ocho años. “Era un período notable de modernización de ese gran diario, y lo vivimos intensamente”, dice. Luego su vida se parte en dos cuando un grupo de liberales e industriales antioqueños decide emprender la aventura de crear un diario nuevo.

El Mundo apareció el 19 de abril de 1979, una fecha histórica para él y para muchos. “Fue un acontecimiento de multitudes”, recuerda. “El lanzamiento de ese primer número es inolvidable. Hernando Santos habló en la inauguración, y su diario estuvo siempre presente con ayuda técnica y consejos invaluables”.

Ahora, Arizmendi deja esa casa, que parecía atada para siempre a su destino de creador y periodista. “Se nos dijo que El Mundo tendría un fin próximo. Pero duró, y durará, y lo dejó, después de 4.500 ediciones en manos de Martha Botero de Leyva, una periodista profesional y muy capaz”, anota. Una de las mayores satisfacciones fue la nota que le envió García Márquez al comentar que ese era el tipo de periódico que él quisiera abrir en Colombia. Así se forjó una amistad de años.

Arizmendi estaba en México cuando el Nobel recibió la nueva de este galardón. Y ahora, García Márquez será uno de los invitados a los programas de televisión de Caracol en sus reportajes semanales. “Gabo, el hombre” es el título, y por primera vez después de catorce años (desde las seis horas de conversación a fondo con Germán Castro para RTI, que constituyen un admirable documento) el escritor se enfrenta a las cámaras, que parece detestar, pero de la mano de un Virgilio en quien confía. Arizmendi se merece tan memorable encuentro.

CALOR DE HOGAR


Como buen paisa, Darío Arizmendi es muy hogareño. Aquí aparece al lado de su esposa Ana María Navarro- también periodista- y sus hijas Manuela y Andrea. Foto: Archivo Diners.


La historia de ahora es simple. Después de salir al aire hasta las nueve y media de la mañana, el nuevo director de noticias de la Cadena Caracol se va a su despacho. El escritorio está casi desnudo, sin diarios ni papeles. Una cosa estupenda es que un hombre de radio como es él actualmente, quién lo creyera, no oye ruidos de teléfonos durante la charla ni percibe el bajo continuo de su misma emisora.

El resto del día despacha unas cien llamadas de teléfono, se va a un almuerzo corto (en su vecindario está uno de los mejores y menos famosos entre los restaurantes de Bogotá, el Darius, del que ya se volvió comensal) y coordina con su gente el resto de la jornada radial.

“No participaré en las emisiones de noticias o en los cubrimientos del resto del día. No me siento como para saturar la jornada”, advierte. “Es cierto”, contesta a una observación. “El modelo de cubrimiento en bloque de seis a nueve y media, impuesto por Caracol, quizá está fatigado. Pero por el momento no parece clara la fórmula de sustitución. Sin embargo, la estamos estudiando, y seguimos de cerca lo que está ocurriendo en la mejor radio internacional”.

Arizmendi organiza a su alrededor una tarea compartida, cuya responsabilidad se cifra en los “editores especializados”. Cada uno de ellos cubre un segmento específico de la emisión y sus áreas de interés. Los corresponsales en el exterior se duplicarán. Desde hace un tiempo estos existen en las ciudades más importantes, pero además ahora los habrá de nuevo en Pekín (o Beijing, quizá algunos no sepan el cambio oficial de nombre), Río, Caracas, Buenos Aires y Berlín.

¿Pero cómo operó el traslado de Darío Arizmendi a Bogotá? “Ya Caracol me había hecho propuestas para que configurara su equipo informativo”, cuenta. “Pero fue a finales del año, cerca de Ayapel y en mis vacaciones, cuando Ricardo Alarcón me lo propuso por teléfono. Me imaginé una inocentada”.

Era 28 de diciembre. Pero la cosa fue en serio. En Cali, unas semanas después, le propuse un cuestionario de 75 temas. Y aquí estoy”. Esas preguntas, como las de un buen entrevistador de Caracol, tuvieron respuesta a satisfacción.

 

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Tema inevitable con Arizmendi es el destino de Antioquia y Medellín. “Soy de la generación del sándwich. Por acción u omisión, todos somos responsables. Ya se tocó fondo, y no creo que las soluciones estén a corto plazo”, expresa con la objetividad que le dan trece años, los más dramáticos, al frente de un diario que le permitió ver y explorar la crueldad, la barbarie y la implacable ola de violencia que ha azotado en forma pertinaz a una de las ciudades más sufridas del mundo.

Toda esa experiencia y su amor por esa tierra le han dado a Darío Arizmendi elementos para fijar su propia visión, la que él llama “Los pecados capitales del antioqueño”, inspirados en la enumeración del humanista de Salamanca, Fernando Díaz Plaja, sobre la realidad española: “El antioqueño se cree solidario, pero su solidaridad es apenas coyuntural.

Acude generoso en la gran tragedia, pero ha visto indiferente el proceso de acumulación de miserias de su ciudad. Se dice valiente y guapo, pero confunde esas categorías con un machismo atávico. Piensa que es triunfalista y que todo lo puede, descuajadas selvas y domesticadas montañas, pero no reconoce que ha fracasado al enfrentarse a una de las épocas más terribles de su historia.

Se ufana de su pasado y de su logro industrial, pero cambió sus viejos valores por la idea del enriquecimiento fácil, y su noción de honestidad se trocó en un cínico concepto del trabajo que carece de toda noción ética. Es duro”. Y añade: “La propuesta es dolorosa, pero estoy seguro de que viene una etapa de autoanálisis que restituya, como única salida y salvación, la reeducación en la base y la solidez en la toma de conciencia de su realidad”.


El cambio no es fácil, pues él está acostumbrado a su juego de billar en medio de músicas, amigos y “guaros” hasta avanzada la noche. Sus tres hijos estudiarán en Bogotá. El mayor es Alejandro. Las mellizas, Manuela y Andrea, irán al Andino. Ana María, su mamá, quiere, como Arizmendi, la disciplina alemana que ya conocen en Medellín.

Todo es cuestión de hábitos. El reto es mayor, pero no hay por qué descartar el encanto de las voces de sirenas al fondo del Caracol. De niño, su padre le decía que si uno ponía oído atento al fondo del mágico artefacto de la naturaleza, el caracol, podía oír todos los sonidos de todos los mares del mundo.

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