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Así fue la Operación Jaque

De nuestro Archivo Diners recordamos esta columna de Juan Manuel Santos, que en su cargo de ministro de defensa, relata cómo la Operación Jaque fue un éxito.

Foto: Archivo Diners

De nuestro Archivo Diners recordamos esta columna de Juan Manuel Santos, que en su cargo de ministro de defensa, relata cómo la Operación Jaque fue un éxito.

A mi abuelo Calibán le oí decir que uno se puede arrepentir de lo que hizo, pero nunca de lo que dejó de hacer. Es lo que he aplicado en toda mi vida. Fue una visión que también encontré como paradoja en un parlamento, creo que del El rey Lear, de Shakespeare, el autor que expresó en el teatro los límites extremos del ejercicio del Poder: “Si algo, sin hacerlo, quedara hecho…”.

Cuando mis hombres de la inteligencia y del alto mando militar me plantearon la idea de este operativo, comprendí que aquí no cabía la duda metódica, la dicotomía de ser o no ser, sino que se trataba de una acción de gobierno.

Una acción de buen gobierno, que no es más que el ejercicio del poder con eficiencia y transparencia, y sobre todo en términos de decisiones y obras que se puedan medir. Desde el primer instante medí el tamaño de los riesgos y de los resultados.

Y bajo el fuego cruzado entre el cerebro y el corazón, acepté el operativo sin dudas, con la misma inspiración con que lo hizo el presidente Álvaro Uribe Vélez. Fueron la inspiración y la certidumbre que nacen de la confianza absoluta que tenemos en nuestros hombres, en nuestros generales, en todos nuestros oficiales, suboficiales y soldados. Son todos unos colombianos magníficos. “¡Adelante!”, nos dijo el Presidente, y vi la fe y la esperanza en su mirada clara.

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Sin embargo, al amanecer del miércoles, cuando ya el operativo estaba en marcha y era tan irreversible como el destino, me trabajó de nuevo en el cerebro y en el corazón esa duda metódica de arrepentirse alguna vez de no haber hecho algo que merecía hacerse. Pero gané la absoluta certidumbre cuando recordé de nuevo que esto no era circunstancial, coyuntural, sino el desafío final de una promesa tomada por mí como la metáfora de una profecía personal.

Yo le había prometido a la mamá de Íngrid, doña Yolanda, y a su hermana, Astrid, que el Presidente y yo no descansaríamos hasta rescatarla viva a ella y a todos los demás secuestrados. Era una decisión personal, una auténtica cuestión de principios.

Además de mi obligación constitucional como ministro de Defensa, con ella me obligaba el hecho de conocerla, de ser su amigo, de ser ella la primera asesora que contraté cuando el presidente César Gaviria me entregó un decreto para que creara de la nada el Ministerio de Comercio Exterior. Un año después, Íngrid organizó toda la gira que realizamos con treinta empresarios por Hong Kong, China y Corea y que fue el primer gran paso para la apertura colombiana hacia el Oriente.

Pero a la confianza hay que sumarle la fe. Entonces llamé el miércoles 2 de julio a mi esposa, que estaba con mi hija en París, y le dije que fueran a la iglesia de La Milagrosa, en el número 140 de la rue de Bac, y rezaran porque yo tenía una misión muy importante que debía cumplir en ese día.

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Que le pidieran ayuda a la Virgen. Busqué en mi apartamento una medallita de La Milagrosa, que yo personalmente había traído, y la puse en el bolsillo de la camisa, frente a los pálpitos de mi corazón, y salí para el Ministerio mientras los helicópteros ya volaban hacia el operativo. Me sentía optimista porque iba a cumplir mi misión, esa especie de profecía personal que sentía en el alma y en el corazón, que nacía de hechos de inteligencia pero que también ponía en riesgo mi cabeza…

Desde mi carro le hice la última llamada al presidente Uribe y escuché su voz con esa sentencia de siempre, inequívoca y suya: “¡Adelante!”.

Y sucedió. Las Fuerzas Militares y la Virgen respondieron. Por eso les podemos decir a Íngrid, a su familia, al presidente Uribe, a Colombia y al mundo: ¡Misión cumplida!

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Abril
14 / 2019

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