“Escribir no es una dicha absoluta”, Felipe Restrepo Pombo

El escritor bogotano conversó con Diners sobre el oficio de escribir, sus influencias literarias y sus nuevos proyectos, que incluyen una serie de televisión basada en su primera novela.

Que escribir se parece mucho a jugar tenis, me dice Felipe Restrepo Pombo. Que al principio, mientras uno calienta, el brazo no funciona bien, el cuerpo no se mueve y los reflejos no responden. Pero que una vez comienza el partido, se olvidan las rodillas rígidas, los hombros que traquean y las muñecas que pesan. Se olvida el cuerpo y se disfruta el juego.

En su estudio hay poco: una mesa, una silla, algunos libros y su raqueta de tenis. En la sala, un sofá y un tablero grande en el que alguien dibujó con tiza el número 40. “Es que cumplí años”, me dice. Periodista, editor de la revista Gatopardo en México y autor de dos libros de perfiles, una biografía de Francis Bacon y una novela: Formas de evasión, es, también, muchas otras cosas: columnista, reportero, tallerista y uno de los 39 autores latinoamericanos elegidos en 2017 por el Hay Festival como los mejores de su tiempo.

“Es algo que exige mucha concentración, uno siente que no avanza, que le cuesta, que ningún párrafo queda bien”, dice Restrepo Pombo.


Creció entre libros y salas de redacción. Su papá, Jorge Restrepo, trabajó siempre como periodista y Felipe, siendo todavía un niño, lo acompañó en consejos editoriales, jornadas de escritura y cierres de edición. Primero, en la revista Alternativa, una publicación de 1974 con tintes de izquierda, que estuvo liderada por Gabriel García Márquez y de la que también formaron parte Antonio Caballero, Enrique Santos y Orlando Fals Borda. Y luego, en el periódico El Tiempo.

“Nunca me dijeron sea esto, al contrario, mi papá siempre me recomendó que no fuera periodista ni escritor, que era lo peor y que estaba muy mal pago”. Cruza la pierna, se deja caer sobre el brazo de la silla y repite el guion de una historia que, seguro, ha contado muchas veces. “Cuando llegó el momento de elegir una carrera, yo tenía claro que no quería estudiar Comunicación, quería estudiar letras, pero desde el primer semestre busqué trabajo en revistas. Hice mi carrera al tiempo que escribía en una redacción”.

Restrepo tiene claro que para escribir hay que permear y saber permearse, que si bien son claves, la inspiración y la disciplina no sirven de nada si no tienen un mundo alrededor. Cotidiano, ruidoso, frívolo, sorprendente. Por eso, mientras escribe su segundo libro, trabaja con una productora estadounidense en una serie basada en Formas de evasión, tiene una alianza creativa con la marca de relojes Vacheron Constantin y gana torneos de tenis aficionado.

El perfil es uno de sus géneros periodísticos favoritos. ¿Por qué?

La verdad, no hago una distinción muy grande entre los géneros. Entre crónicas, perfiles, reportajes. Simplemente creo que el perfil es una crónica con un protagonista. Ahora, me parece fascinante porque implica ir al fondo de una personalidad y entender las motivaciones de alguien. Es un poco como el trabajo de un psicoanalista, que no juzga sino que intenta explicar las motivaciones que llevan a ese alguien a hacer lo que hace. Cualquier persona, famosa o no, está llena de contradicciones y de virtudes, muy interesantes de descubrir.

Restrepo cuenta que escribió Formas de evasión en aviones, tiempos en hoteles y que a veces, incluso, comenzaba a la una de la mañana, después del trabajo. 


De los perfiles que ha publicado, ¿cuál recuerda más?

Tengo dos. El primero es uno que le hice a Juan Manuel Santos, en diciembre de 2016. Fue especialmente difícil porque tenía una cantidad enorme de testimonios. Desde el de Álvaro Uribe hasta el de las cuñadas de Santos. Pasé un año haciendo reportería y al final había recogido muchísima información, no solo en entrevistas, sino en opiniones y artículos de prensa. Escribirlo, organizarlo en un relato ágil, en algo grato de leer, fue todo un reto. Al final, siento que quedó demasiado largo, esa es una de las críticas que le haría, creo que solo alguien a quien realmente le interese Santos como personaje lo lee completo. Pero me gustaron las repercusiones que tuvo, para mí era importante escribir de él en ese momento.

¿Y el otro?

Uno que le hice a Mario Vargas Llosa el año pasado. Tuve mucho contacto con García Márquez porque trabajó con mi papá, iba a mi casa y lo veía todo el tiempo, es más, ya adulto, me fui a vivir a México y coincidimos, lo visitaba seguido y cenaba con él y con Mercedes. Para mí fue un supermaestro. Entonces, por la rivalidad que había entre él y Vargas Llosa –no sé si te acuerdas de la historia del puño–, yo iba con ciertas prevenciones. Tan pronto llegué a Madrid se me fueron todas, porque Mario resultó ser un tipo increíble, que me mostró sus libros y me contó su vida. No digo que nos hicimos amigos porque uno no se hace amigo de una persona en tres días, pero sí que tuvimos una empatía muy especial.

¿Cómo fue pasar de ser periodista a ser escritor?

Ser escritor y ser periodista es lo mismo. No entiendo por qué lo ven como cosas diferentes. Los poetas, los novelistas, los periodistas son todos escritores. Eso no es algo que pasa en un día, no es sentarse y decir: voy a escribir una gran novela. Es algo que se construye poco a poco. Primero con artículos, luego con artículos más largos, luego con crónicas, perfiles, reportajes y así hasta que cada narrador va encontrando su voz. Es una progresión. Yo, por ejemplo, tengo mucho de periodista en mi escritura de ficción: leo, tomo notas, investigo. Trabajo con las mismas herramientas de un reportero y me encanta mezclar ambas cosas. Me acuerdo que, alguna vez, alguien dijo sobre mi novela: “Se nota mucho el cronista que hay detrás”. Lo dijo como algo negativo y a mí me pareció buenísimo. ¡Ojalá que se note siempre!

Ya que lo menciona, ¿qué puso de periodista ahí?

Formas de evasión comenzó como un perfil y conforme fui avanzando me di cuenta que esa historia despertaba muchísimas otras cosas en mí, que quería explorar más, experimentar más y que para hacerlo necesitaba salir del periodismo. El paso fue natural, yo siempre había querido escribir novelas y ese fue el momento para empezar. Al principio me costaba, me sentía muy inseguro y, la verdad, era muy frustrante. Estaba solo con mi historia, batallando, puliendo y dándole forma. Cuando sentí que tenía algo, se lo mostré a algunos amigos escritores y tuve buen feedback; luego fui con el editor y me dijo: “Me gusta, pero termine”. ¡Hacerlo fue una pesadilla! Tal vez fui muy perfeccionista o tal vez me exigí mucho. Fue durísimo.


Pero, ¿disfrutó escribirla?

Por momentos. No soy de esos que hablan de “la dicha absoluta de sentarse a escribir por las mañanas”. Me parece difícil. Es algo que exige mucha concentración, uno siente que no avanza, que le cuesta, que ningún párrafo queda bien. Además, esta primera novela tuve que escribirla en medio del trabajo, aprovechando cualquier espacio que me quedaba: viajes en aviones, almuerzos, tiempo en hoteles. A veces, llegaba a mi casa, cenaba, veía algo de televisión y empezaba a escribir a la una de la mañana. Pero hay un punto, cuando todo comienza a salir, en el que escribir es delicioso. Hace poco le escuché a Salman Rushdie, en el Hay Festival de Gales, que si uno hace una buena página al día, tiene un excelente día de escritura. Quizá también se trata de eso, de no presionarse tanto e ir sumando páginas.

¿Tiene algún autor que le ayude a ir sumando páginas? ¿Uno al que siempre vuelva?

Sí, por supuesto. Tengo varios autores y textos: A sangre fría, de Truman Capote; El adversario, de Emmanuel Carrère; La trilogía de Nueva York, de Paul Auster. El mismo Gabriel García Márquez, que leí mucho de joven y que me marcó. Son autores que me ayudan a encontrar mi propia voz y que mi cerebro pone de música de fondo siempre que escribo, es algo inconsciente ya. Después de publicar Formas de evasión me pasó algo muy curioso. Un lector me dijo: “Oiga, la escena en un metro es igual a una de Paul Auster en La ciudad de cristal”. Yo no había vuelto a leer la novela, así que busqué el fragmento y en efecto, ¡idéntica! Juro que no la copié, que no hice plagio. Pero así salió.

“No soy nada del otro mundo por estar entre los 39 escritores de la lista del Hay Festival”.


¿Se acuerda del primer libro que leyó?

¡Sí! En la biblioteca de la casa de mis papás estaba la colección de novelas de Agatha Christie y las leí todas. Debía tener ocho años, no me acuerdo, pero era un niño. Siempre me gustó leer. Leía lo que me encontrara, excepto los libros que me ponían en el colegio de tarea. Soy un gran crítico de eso, la imposición mata cualquier instinto literario, además la curaduría es rarísima. ¿A quién se le ocurre que La Ilíada es un libro para leer a los 14 años? Es una gran obra, claro, pero para leer a los 45, y eso.

En 2017 fue elegido por el Hay Festival como uno de los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años. ¿Algo ha cambiado desde entonces?

Se me han abierto muchas puertas. El Hay Festival hace en todos sus países una antología de los 39 escritores de la lista; en Colombia la publicó la editorial Tragaluz y en el Reino Unido, Oneworld. Esa vez tuve la oportunidad de que me tradujera Daniel Hahn y, gracias a esa traducción, el British Council me invitó a hacer una residencia de diez días entre Inglaterra y Gales. Estar entre los 39 me ha dado la oportunidad de viajar y de que mi trabajo se lea más, pero eso no me hace mejor que nadie. Se trata de un jurado que eligió un número de voces que en ese momento le parecieron representativas. De la opinión de unas personas específicas en un momento específico. No soy nada del otro mundo por eso.

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