Las caras de Angela Merkel

Mucho se habla de la mujer en el poder de Alemania, pero en realidad son pocos quienes la entienden. Aquí un artículo que descifra algunas de sus facetas.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 458 de mayo de 2008

Pocas veces habla en público Ángela Merkel sobre su propia vida. Y cuando lo hace, la destreza del entrevistador siempre se comprueba insuficiente ante los cálculos de la cabeza fría de la canciller alemana.

En cada oportunidad, ésta se limita a enumerar la misma lista de logros que figuran en su muy célebre hoja de vida. Son los lugares comunes de siempre: su infancia en el Brandeburgo de la Guerra Fría; la excelencia de sus años escolares en una escuela de la ciudad de Templin; su temprano y ambiguo amor por las ciencias exactas y por la política; su grado y su doctorado en Física; y aquella vida paralela que tuvo durante sus años universitarios dando peroratas en los refugios clandestinos del neoconservadurismo en tiempos de la Alemania socialista.

Lo que en las entrevistas Merkel no dice (por el tedio que produce), se puede buscar en las noticias de prensa. Por doquier se lee de la época cuando la doctora en Física se decidió por una vida en la política. Cientos de páginas de revistas documentan, alaban, critican, se burlan de sus años de oro como tecnócrata y cortesana de Helmut Kohl. Y los hechos mismos hacen patente la subsecuente y rápida acumulación de poder que la llevó, en noviembre de 2005, a la jefatura del gobierno de Alemania.

Todo parece ser que el poder de la tercera economía del mundo está en las manos de una heroína conservadora hecha de hierro.

Pero esta Ángela Merkel es una de muchas. Es la imagen que le da la vuelta al mundo al no saberse de ella nada más que lo poco que ella misma dice en público. Es el retrato redondo de la alumna excelente, la funcionaria eficaz y la mujer-hombre a la cabeza de una nación.

Un perfil que casa perfectamente con la apariencia y la retórica de la joven política que ya había sido ministra de la Mujer y del Medio Ambiente de su país y que por su experticia y destreza política llegó más lejos que ninguna otra mujer en Alemania. Es una imagen que se alimenta de la realidad parcial que sujeta la vida de una política profesional, una imagen que da sentido a lo que el mundo espera de ella. Merkel, la mujer de hierro.

Merkel, la nueva Margaret Thatcher. Merkel, la política desgarbada cuya idiosincrasia y apariencia (y uno que otro vello que a menudo se le asoma por los sobacos) ponen en evidencia los misterios de su pasado austero y conservador. Es la Merkel que todos, enemigos y amigos, habían querido imaginarse. Y es una que incluso algunos –como lo hizo en su momento el mismo periódico El Tiempo, imponiéndole una voz grave y 1,85 metros de altura– han esculpido a su antojo. Un pánzer alemán, pues, es lo que está en la cima de la burocracia alemana.

¿Pero cuál es la otra Merkel? Pues hay muchas. Y aquella que una vez al mes va sola a un supermercado de Berlín a comprar pan y leche es muy seguramente la que nunca conoceremos. Los berlineses (y a veces algún camarógrafo que de casualidad allí se la encuentra) la han visto bajarse de su carro custodiada por cuatro guardaespaldas y entrar en la muy popular estación de trenes de la calle Friedrichstraße.

Mientras camina, la canciller mira al suelo y parece una más entre los cientos de personas que regresan a sus casas tras la jornada laboral. Sólo se saluda con la gente cuando se lo piden. Es una estrella, orgullosa de su estrellato, pero que a la vez a veces quisiera poder volver al pasado y vivir la vida que habría podido vivir si jamás hubiera abandonado la academia. Su esposo, el introvertido químico Joachim Sauer, siempre la espera en casa. En los pocos días en que no es él quien debe bajar a hacer el mercado para el desayuno, su figura abre la puerta de la casa, recibe a la canciller y despacha a los guardaespaldas. Luego cierra.

Quizá sea esta Merkel la más interesante de todas. Pero de poder ver a través de la puerta cerrada de su apartamento en Berlín, tal vez no presenciaremos nada más que los movimientos de una mujer cansada en el seno de su propio hogar; nada más que las sopesadas conversaciones de pareja entre una mujer ya una vez separada y un hombre entrados en años que han decidido no tener hijos y mantener su vida privada en el más bajo perfil; y, por supuesto, no habrá nada más que contar que un manojo de trivialidades para alimentar las crueldades de la prensa amarillista. Acaso sea esta una prueba más de que los misterios de una vida están en el interior de cada persona.

Y los habrá sin duda en el interior de Ángela Merkel. No de otra forma se pueden interpretar los avatares de una mujer sin hijos que decidió hacerse madre de los alemanes. Pues no son la frialdad y el cálculo de Merkel los que han potenciado buena parte de los dos años y medio que lleva en el poder hacia un éxito parcial. No son los rasgos putinescos que le han querido injerir sus críticos los que dominan las políticas de la alemana.

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Bewegende Eindrücke aus Griechenland: Heute legte Kanzlerin Merkel in Gedenken an alle gefallenen Soldaten einen Kranz auf dem Syntagma-Platz nieder. Außerdem führte sie politische Gespräche unter anderem mit dem griechischen Staatspräsidenten Prokopis Pavlopoulos und besuchte die Deutsche Schule in Athen. Hier diskutierte sie mit Schülerinnen und Schülern über die Zukunft Europas. — Moving impressions from Greece: Today, Chancellor Merkel laid down a wreath at the Syntagma Square in memory of the fallen soldiers. She also held political talks with Greek President Pavlopoulos and visited the German school in Athens to talk about the future of Europe.

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Más bien, Merkel tiene (o quiere tener) un aire propio de mujer de Estado. No en vano, cuelga en el interior de su despacho un retrato de Catalina la Grande, la ilustrada emperatriz de Rusia. Y así no debe asombrarnos que Merkel intente presentarse como el más ilustrado de los políticos de la actualidad. En su propio país ha izquierdizado al conservadurismo. Y en la arena mundial ha mitigado las pasiones bajas de sus atestosteronados colegas hombres, liderando campañas filantrópicas, atípicas para el antiprogresismo de los poderosos.

¿Cuál es pues el rostro verdadero de Ángela Merkel? No responde a la pregunta que nos digan que su nombre original era Ángela Dorothea Kasner, y que Horst Kasner, su padre, fue un pastor luterano tan entregado a su confesión que abandonó Alemania Occidental con su hija recién nacida para hacerse cargo de una iglesia en el indómito Brandeburgo de los tiempos del socialismo.

Tampoco está la respuesta en escarbar más en los detalles de la vida de esta mujer de 54 años, oriunda de Hamburgo y campesina hasta terminar la primaria. Por sus errores se conoce al hombre, ha dicho Confucio. En Alemania son muchos quienes esperan que la canciller les dé una oportunidad para aplastarla públicamente. Pero aquí la falacia está en pensar que Merkel no ha cometido errores. Mucho mejor en este caso es pues otra de las citas cursis de Confucio: “observa sus defectos y conocerás sus virtudes”.

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