Los golpes de Kid Pambelé, por Alberto Salcedo Ramos

El periodista y escritor resumió la vida de Antonio Cervantes en una crónica de tres años en su libro El oro y la oscuridad. Aquí un relato del propio Salcedo antes de la publicación del libro en 2005.

El mismo día en que el libro salía a la venta, Pambelé me llamó por teléfono para decirme que ya lo había comprado. Yo le reproché y le dije que debía haber esperado hasta el lunes siguiente cuando iban a llegar a su casa los ejemplares de cortesía.

En esa misma tarde, el pasado 17 de diciembre, me enteré de que el campeón no lo leyó, apenas si lo hojeó y le echó una mirada a las fotografías y lo vendió un rato después a un tal doctor Vergara por la suma de treinta y cinco mil pesos. El libro cuesta veintiséis mil.

El campeón ha vendido, vende y venderá siempre todas sus pertenencias. Es un tipo al que no le interesa en absoluto lo material porque está convencido de que el país le pertenece, igual que la reina de Inglaterra piensa del suyo.

Él se cree su dueño, su imagen, su pasado y su mañana. Es el ególatra inocente de Colombia.

Al principio de esta aventura llamada Pambelé, vi que se trataba de un hombre solitario, silencioso, que además se niega a pasar al teléfono y que en las primeras conversaciones sus respuestas no dan lugar a ripostarle. Es el boxeador que al pasar los años, la gloria y el olvido, se quedó boxeando solo en el ring.

Al poco tiempo de insistirle y de seducirlo para que me contara sobre su vida, se invirtieron los papeles y empezó a llamarme varias veces en el día. Todos los días durante casi tres años. Últimamente no lo ha hecho. Ha estado recluido en un centro hospitalario.

Por estos días Juan Gossaín hizo una comparación entre el “Pambe” y García Márquez. El boxeador es al deporte nacional lo mismo que el escritor para la literatura: ambos nos enseñaron a triunfar. Pero con respeto por Gossaín, así hayamos nacido en pueblos cercanos, me parece que se quedó corto porque también fueron ellos, el escritor y el pugilista, los primeros a quienes reconocieron y admiraron en el exterior. Allá fueron un grito. Un alarido.

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Cuando el personaje te gana la pelea y tu celebras con con el. 💣 #kidpambele

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Antonio Cervantes es muy distinto de Pambelé. Antonio parece un pajarito enjaulado en su propio ego. Come a picotazos, dos, tres y cuatro cucharadas de cada comida y retira el plato. Su cuerpo está ahora más aporreado y en la cara y en los puños tiene muchas cicatrices. Son las marcas de la calle.

Ahora pesa 126 libras, está demacrado, aunque los médicos neurólogos Cristian Ayola, de Cartagena, y Humberto Martínez, de Venezuela, le revisaron el cerebro y en su pronóstico dijeron que lo tenía inmaculado. Parece el de un bebé.

Cuando era atleta fue un tipo al que sus oponentes tocaron pocas veces. Su cuerpo fue el blanco de toda clase de comentarios relativos a la máxima de los griegos de mente sana en cuerpo sano. En su primera defensa del título en San Juan de Puerto Rico, al pesarse en la báscula lo rodeó la gente y lo miró asombrada y el médico y comisario de la pelea dijo que era el cuerpo más perfecto jamás visto en su vida.

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Al enterarse de que lo único que había hecho el campeón durante veintisiete años, cada noche, era intentar morirse de inanición, respondió que “es la mayor prueba de que la comida no sirve para un carajo”.

Supe del protagonista de este libro cuando yo tenía nueve años, el 28 de octubre de 1972, día de su coronación como campeón del peso welter junior. Antes no tenía ni idea de su existencia. Al oír su nombre por primera vez lo relacioné inmediatamente con Palenque, con tambores y latidos.

Seguramente le sucedió lo mismo a todo el país. Apenas leí los periódicos que daban cuenta de su triunfo, me apasioné por él con la pasión desbordada de un niño. Entendí sin entender que sería el sello de una época. En este libro le rendí un tributo a mi infancia, a una generación.

Para mí los mejores libros son aquellos que nos dejan contar aspectos autobiográficos de la vida, y El oro y la oscuridad me permitió hacerlo.

En Latinoamérica no hay deportista alguno que se le acerque. Por ejemplo Maradona es un polarizador de la gente, de las opiniones. Se lo odia o se lo ama. A nuestro campeón, en cambio, o lo odias simplemente de palabra o le tienes un poco de lástima. En el fondo todos lo queremos.

La comparación solo cabe con Juan Pablo Montoya. Él es un gran piloto pero siempre estará de segundo en gloria y ovaciones. Montoya se me asemeja al pistolero del medio Oeste que tira las puertas, entra en el bar, habla duro, se toma unos cuantos tequilas pero falla cuando dispara al blanco. Montoya no ha sido todavía el gran campeón.

En el libro hay otras anécdotas sobre Antonio Cervantes, que por respeto omití, entre ellas la de aquella vez que se encerró en un cuarto con un travesti sin saberlo y apenas se dio cuenta lo molió a golpes; u otra que cuenta que en ocasiones algunos familiares lo sedan; o la que refiere que cuando llega al gimnasio de Cartagena, al medio día, invita a todos los boxeadores, sparrings y utileros a almorzar y se gasta casi la mitad del sueldo mensual de un millón y medio de pesos otorgado por el Gobierno.

Un día le dije: ¡No joda, sí que le has sacado provecho a esa gloria!, y él se sonrió y se quedó callado. Sintió que lo había descubierto.

La parábola de Pambelé es la de un hombre que escaló desde lo más profundo de la miseria y llegó hasta lo más alto, a la cumbre, donde se hizo inalcanzable y se fue quedando solo. Sin nadie. Sin él mismo. Pero es el más grande.

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