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Colombia, el país que olvidó los caballos

Reinas, presidentes y celebridades jugaban a ser famosos en los hipódromos. Una fiesta que se desvaneció para darle paso a una cancha de fútbol y a un potrero para vacas. Olvido y nostalgia de nuestro archivo Diners.

Foto: Unsplash/ CC BY 0.0 y Archivo Diners

Reinas, presidentes y celebridades jugaban a ser famosos en los hipódromos. Una fiesta que se desvaneció para darle paso a una cancha de fútbol y a un potrero para vacas. Olvido y nostalgia de nuestro archivo Diners.

Un millón de años antes que apareciera el hombre, pastaban en vastas llanuras siguiendo voces que sólo ellos oían. Más tarde conocieron al hombre y siguieron la voz de las tribus errabundas del Asia.

Aprendieron a correr con las crines al viento y en grandes manadas. Las murallas de Troya fueron el primer partidor que los enfrentó en una carrera y los convirtió en símbolo de una pasión que llegó hasta tierras americanas, donde hombres y mujeres se hicieron fanáticos del deporte de los reyes.


Fueron 36 años de gloria y cuatro de agonía. Los recuerdos de Hipotecho registran el nacimiento de una empresa rentable que también llegó a otras ciudades y que se apagó entre las llamas del olvido estatal y la voracidad de los impuestos a las apuestas hípicas. Foto: Archivo Diners.


Eran épocas en las que los caballos eran «venados grandes» para los indígenas de la Sabana de Bogotá, que competían a pie contra los jinetes españoles en los primeros encuentros hípicos organizados por el fundador de la capital: don Gonzalo Jiménez de Quesada. Cuatro siglos más tarde se vivía la época dorada de la hípica en Colombia, que puso a los caballos por encima de futbolistas, políticos y toreros.

Desde ese entonces hasta hoy, las carreras de caballos han estado unidas a la historia de Colombia. La hípica se insertó en el alma apostadora de las mejores familias de finales del siglo XIX, que engalanaban la Calle de la Carrera con un espiral de paraguas y sombreros que se sacudían en los momentos más emocionantes de la competencia como gesto de aliento a los caballos que aventajaban por una cabeza a sus contrincantes.

Los años maravillosos


Hipódromo de Techo en 1954. Foto: Archivo Diners.


El siglo veinte se estrenó con el Hipódromo de la Gran Sabana, en la calle 40, donde los generales Marcelino Vargas y Jorge Holguín tenían en exhibición dos robustos sementales de color cobrizo y crin dorada, llamados Laudrup y San Bernardino.

Veinte años más tarde abrió sus puertas el Hipódromo de la Magdalena en la calle 39, que vio correr a Tutti Fruti, macho castaño ganador de la Triple Corona en Chile. Después vino el Hipódromo de la 53 y la afición dejó de ser cachaca, pues aparecieron Los Libertadores en Medellín, Versalles en Cali y Palogrande en Manizales.

Sin embargo, la verdadera cuna de la hípica colombiana y el lugar donde se vivieron los mejores días de gloria alrededor de la pasión por los caballos, abrió sus puertas una tarde del mes de mayo de 1954 en Bogotá: el Hipódromo de Techo, en cuyas pistas se hizo grande el primer ídolo de la afición: Triguero, caballo altivo color ámbar, que llegó de primero en ocho de las catorce carreras en que participó y fue el primer ganador de la Triple Corona. A la tumba se llevó el mejor tiempo en los 2.400 metros -2´34”- y la mayor bolsa ganada por un caballo en la época de oro: 105.200 pesos.

Los cafés y estaderos donde antes se hablaba de política y de fútbol se transformaron en templos de «dateros», re buscavidas que decían tener el último dato sobre los ganadores en las carreras. La pasión por los caballos se fue convirtiendo en un espectáculo de quijotes. Las carreras se fueron quedando sin caballos, jockeys, derbies y todas las formalidades que hacían parte del turf inglés.

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Cada semana miles de aficionados compraban la Gaceta Hípica, La Meta, o La Fija, y por las tardes seguían las crónicas radiales de aquellos comentaristas célebres por su intuición y olfato para las carreras de caballos, como «el Mago» Dávila, que mezclaba la magia con los pronósticos; Onofre Gómez, que hacía de cada crónica un poema a Medellín; Santiago Munévar, siempre anticipado a la llegada, y Mike Forero, que conocía cien razones para explicar por qué los últimos habían sido los primeros.

Los sábados despertaba Colombia en completa algarabía. Hombres y mujeres corrían a los puntos de venta del 5 y 6 para sellar sus formularios. Algunos apostaban por el nombre del caballo, otros porque sabían que descendía de una raza ganadora.

Las mujeres se fijaban en el estilo del jinete o en el garbo del ejemplar para galopar. Quienes no sabían leer ni escribir se las ingeniaban para concursar y entonces calcaban los nombres de los caballos tomándolos de los cuadernillos donde aparecía la programación.

Sol de venados

«La tarde de carrera era hermosa -recuerda con nostalgia ‘el Mago’ Dávila-, el cielo parecía cómplice de la afición, porque derramaba sobre las graderías generosos rayos de sol que desnudaban los hombros de las reinas de belleza y las hacía desordenar sus cabellos porque tenían que abanicarse con el sombrero». La reunión de los domingos en el hipódromo era una tradición deliciosa que congregaba la hermosura femenina y la gallardía varonil de los hombres de la época alrededor del brío y la elegancia equina.

En 1956, además de los caballos, 42 jockeys se convirtieron en ídolos de la afición. Llegaron a Techo como jóvenes inexpertos encargados de los aprontes y las caballerizas. Con el tiempo aprendieron a descifrar el lenguaje del animal e incluso algunos hablaban de la capacidad que tenían para sanar las heridas y mitigar los miedos de los caballos.

Es bien conocida la historia de Helman Román, el jinete colombiano que se hizo cargo de Festejado, caballo chileno por el que nadie daba un peso y que con la monta del jinete bogotano ganó el Derby y el Gran Premio Nacional.

En la memoria de la bohemia célebre que hacía vibrar con su voz a los aficionados del mundo ecuestre, permanecen intactas todavía anécdotas fascinantes que hablan de esa alianza silenciosa entre jinetes y caballos.

Alfonso Torres, cronista hípico recuerda la historia de Cantatrice, la yegua ciega que corría sólo cuando la voz de Amador Suárez la alentaba, y a Don Rodrigo Vivar, macho cenizo que fue salvado de la muerte por Ernesto Puyana. Habla también de Nilo, el caballo que mordía cuando era alcanzado por otros en la pista, y del esbelto Pangloss, que pese al esfuerzo de su jinete, cayó muerto cuando alcanzaba su cuarta victoria consecutiva en el viejo Hipódromo de la calle 53.

Nostalgia en el partidor

Fueron 36 años de gloria y cuatro de agonía. Los recuerdos de Hipotecho registran el nacimiento de una empresa rentable que también llegó a otras ciudades y que se apagó entre las llamas del olvido estatal y la voracidad de los impuestos a las apuestas hípicas.

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Más de 415 años después de haberse corrido la primera carrera, los caballos se quedaron sin dónde correr: de los 21 hipódromos creados en Colombia, sólo el de Los Comuneros en Antioquia sigue celebrando la fiesta hípica.


Foto: Archivo Diners.


Los terrenos que sirvieron de pista al galope veloz de Triguero, Tarzán, Arabesco y Val-U-Din, fueron aplastados por buldóceres y picas que los convirtieron en montañas de tierra y que hoy sirven de piso a un estadio de fútbol, un parque de diversiones, un centro comercial y varias unidades residenciales.

En las afueras de Bogotá, 16 kilómetros al norte, la trenza verde que rodeaba las graderías del moderno Hipódromo de los Andes, hoy sirve de manjar para un lote de vacas de la sabana.

Alejado del ruido de la ciudad, escondido entre los árboles que mece el viento, el que fue el más novedoso de los hipódromos colombianos -abierto en 1978- se asemeja hoy más a un establo que a un templo de carreras de caballos.

El 18 de enero de 1987 se corrió la última carrera. Más de 10.000 personas entre jinetes, entrenadores, veterinarios, criadores e incluso cronistas y «dateros» quedaron sin trabajo y perdieron el rastro de 1.200 caballos pura sangre, de los cuales algunos llegaron a correr en Antioquia y otros terminaron jalando carretas y transitando por las calles citadinas, junto a taxis, camiones y busetas.

Aquellos muchachos delgados, de cuerpo liviano y facciones de niño que se perdían encima del lomo de los caballos y podían fotografiarse junto a reinas, embajadores y políticos, se fueron a buscar suerte en las pistas de República Dominicana, Ecuador, Venezuela y Estados Unidos. Otros no volvieron a saber nada de la hípica hasta 1992 cuando apareció el Hipódromo de Villa de Leyva, otra apuesta perdida.

La pasión por los caballos se fue convirtiendo en un espectáculo de quijotes. Las carreras se fueron quedando sin caballos porque los dueños se cansaron de ganar y no recibir ningún premio, entonces decidieron irse para Antioquia a recuperar las pérdidas. Los criaderos de la Sabana también se acabaron y las deudas comenzaron a asfixiar la última reserva de oxígeno que tenían los amantes de la antigua hípica capitalina.

Hoy, sólo los recuerdos de ocho años de competencias habitan en la pista de HipoVilla. Ni los dueños ni los arrendatarios tienen la boleta ganadora. Los pioneros ya murieron y sus hijos no heredaron el mismo espíritu que hacía correr a los caballos siguiendo voces que sólo ellos oían. Ahora la afición se ha trasladado a tierras paisas. Los Comuneros, único escenario sobreviviente para la hípica nacional, lleva cinco años cultivando una afición que reclama con su asistencia el regreso de los tiempos dorados que nacieron en las pistas de Techo.

Un olor a nostalgia se respira en las caballerizas. Colombia cerró cuatro hipódromos en 16 años y con ellos se fueron las tardes de tertulia y apuestas. Entre las paredes que un día corrieron hermosos corceles sólo queda el eco de los tiempos idos y el silencio de una tradición que agoniza en una ciudad que olvidó la gloria que le dieron los caballos. Ahora la esperanza para la hípica es que no muera la pista de Los Comuneros. Hagan sus apuestas.

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Febrero
05 / 2019

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