Carta a los nietos, por Juan Gossaín

"Luego de enterarme que mi nuera estaba embarazada le escribí estas palabras", contó Gossaín en una sentida carta, perfecta para dedicar a sus nietos.

Mi corazón y yo sabemos de qué tamaño fueron las emociones que se atropellaron en ese momento en mi alma, y cuyo silencio solo podía compararse con la gritería que Margot pegaba por toda la casa, bailando feliz una especie de danza india.

No es una casualidad, ni puede serlo, que los dos sucesos hayan ocurrido al mismo tiempo. Soy un creyente, y por lo tanto sé muy bien que la coherencia existe en el mundo y que, como decía Einstein tan bellamente, Dios no juega a los dados con el universo. La armonía gobierna nuestras vidas. Nada es fortuito.

Voy a ser abuelo por primera vez. Lo pienso, con los ojos cerrados, y vengo a comprender que un nieto es un hijo que uno tiene mediante interpuesta persona. Un nieto es un hijo con intermediarios.

Quiero hacer el intento de describirle el país que yo sueño, no para mis hijos, que ya están crecidos, sino para ese nieto que apenas si se está formando, con sus cartílagos y huesos, y del cual ni siquiera sabemos todavía si será niño o niña, y poco que nos importa.

Espero que crezca sano y vigoroso en un país donde florezcan la justicia y la sonrisa, donde cada hombre tenga un trabajo que le permita llevar un pan a la mesa y un techo que guarezca a sus hijos. Un país en el que todos los adolescentes del futuro, él incluido, puedan conseguir un cupo en la escuela y un banco en la universidad.

Un país en el que los muchachos puedan jugar en el parque, en la tarde soleada del sábado, sin el miedo de que los maten para robarles los tenis. Es decir: un país en el que cada jovencito pueda comprarse un balón y un par de tenis, que no es mucho pedir.

Sueño para él un país en el que su abuelo se pueda morir de viejo, arrullándolo, con la muerte que solo Dios manda, para que se cumplan los designios de la naturaleza, y no en las emboscadas cotidianas que nos tiende la maldad humana. Espero que el suyo sea un país en el que haya más poetas que sicarios, en el que la música ahogue el zumbido de las balas y el aire no siga oliendo a ese agobiante olor de óxido que tiene la sangre.

El otro día, cuando la máquina aplanadora cayó sobre el bus de los niños estudiantes del Colegio Agustiniano, mi hija, agitada hasta el tuétano de los huesos, me preguntó qué país es el que les vamos a dejar a nuestros hijos. Yo la miré a los ojos y no quise decírselo, pero a mí me aterra es la pregunta contraria: ¿Qué hijos son los que le vamos a dejar a nuestro país?

Por eso, a estas alturas del partido, lo único que yo espero de la vida es que ese nieto que viene sea capaz de indignarse ante la injusticia, sienta como suyo el dolor humano, comparta el pan con sus semejantes, disfrute el trino de un pájaro, oiga crecer la hierba y comprenda que la armonía del universo es inviolable, y que no se puede, como en el verso de Shelley, tocar una flor sin que se estremezca una estrella.

No sueño con nada más. Me preparo, si Dios me da vida y salud, para enseñarle, desde la cuna, la más grande de todas las leyes que ha inventado el hombre, y la que más viola, la única ley posible, la más profunda pero también la más elemental, el más breve de todos los mandatos, dos palabras apenas: “No matarás”.

Ah, y si es varón, que se consiga todas las novias que pueda. Como su abuelo…

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