Así es la ortografía de Vallejo, según Antonio Caballero

Antonio Caballero, la pluma más brava del periodismo colombiano, analiza la obra de Fernando Vallejo, el escritor más controvertido de los últimos tiempos. El provocador según el provocador.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 400 de julio de 2003

¿Se acuerda cuando a Fernando Vallejo le dieron el premio Rómulo Gallegos por “El Desbarrancadero” en 2003 por ser una gran novela? Bueno: lo que sea que llamen novela. Para empezar, una novela puede ser cualquier cosa. De “El Quijote’, por ejemplo, se ha dicho que es de todo, y también lo contrario: la madre de todas las novelas, o simplemente el retrato malévolo del suegro provinciano de Cervantes.

El propio Vallejo dice que es solo una muy larga conversación entre dos hombres, y que si no hubiera tenido al fiel Sancho Panza para charlar el pobre don Quijote se hubiera aburrido mortalmente en su España de duques y galeotes y curas y sobrinas. De manera que sí: también “El Desbarrancadero” es una novela, como lo demuestra el hecho de que le den un premio de novela.

O es cualquier otra cosa, como son siempre las mejores novelas. Unas memorias, un nuevo fragmento del repetitivo e interminable soliloquio de Fernando Vallejo: alguien que para entretenerse no necesita Sanchos que le sostengan el palique porque le basta con hablar solo, para su propio coleto, como esos locos que se ven por la calle soltando monólogos interiores para sí mismos.

 

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¿No trajeron paraguas? Por si de pronto llueve… Voy a hablar de dos cosas. Una, de Dios que no existe, de Cristo que no existió, y de su infame Iglesia que no quiere a los animales y que se las da de buena y misericordiosa habiendo sido cruel y asesina hasta donde pudo cuando pudo, más que el Estado Islámico de hoy, pues este apenas decapita mientras que ella quemaba a la gente viva en las hogueras de su Santa Inquisición. Y dos, de nuestra asquerosa clase política, presidida por el vagamundo que tenemos en la presidencia. Con todo respeto. ¿Que Dios hizo el Universo? ¿Y quién dijo que el Universo lo tenían que hacer? ¿Acaso es una mesa de carpintero? Si Dios, que no sabemos quién es, se hizo solo y existe desde siempre, ¿por qué no se pudo haber hecho solo y existir desde siempre el Universo, del que tampoco sabemos qué es? Los astrofísicos de hoy, ampliando el horizonte de los astrónomos del pasado, nos hablan de fenómenos cada vez más abstrusos: de materia oscura, energía oscura, estrellas de protones, agujeros negros, supernovas con luminosidades de galaxias… Un día de estos ven con el telescopio Hubble a la Virgen orbitando la Tierra. Como esta santa mujer ascendió al cielo en cuerpo y alma según el dogma de la Asunción… Su alma estará ahora en el cielo con su Hijo Cristo y el Padre Eterno, ¿pero el cuerpo? A algún lado ha tenido que ir a dar el cuerpo. Cuerpo es cuerpo. Dios es la explicación del bobo, la de Perogrullo, la que no explica nada. No sabemos qué es el Universo y a lo mejor nunca lo sabremos ni cómo surgió. Más aún, para no elevarnos ni un palmo del suelo, no sabemos qué son la gravedad, ni la energía, ni la luz, ni la materia. No pasan de ser palabras, vagas palabras. Vivimos inmersos en lo inescrutable. Le preguntó Napoleón por Dios al astrónomo Laplace y éste le contestó: “Señoría, yo no necesito de esa hipótesis”. Si no sabemos pues qué es el Universo, ¿por qué lo tenemos que cargar con la necesidad de un origen? El que no sabe qué es una cosa que no diga de dónde salió la cosa. ¡Dizque el Homo sapiens, el hombre sabio! Esto lo que es es el Simius mendax, el simio mentiroso, que hace tres millones de años bajó del árbol donde vivía.

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“El Desbarrancadero” es lo que sea. Entre otras cosas, un poema de amor. Y también un arreglo de cuentas. Pero, en primer lugar, un gran libro. Solo los libros mediocres caben en los géneros establecidos por la preceptiva literaria -novela, ensayo, etcétera-, y por lo general no vale la pena leerlos.

Pues si a eso vamos, ¿qué son los demás libros que ha escrito Vallejo? Los he leído todos, y no sé. ¿Qué es “Logoi”, por ejemplo? Su autor lo llama “una gramática literaria”, y sí, es más o menos eso, escrito con gran rigor analítico y ejemplos en varias lenguas: español, francés, inglés, italiano, latín… Un libro extraño y fascinante, aunque, hay que decirlo, solo para escritores.

Igualmente extraño, pero menos fascinante, es “La falacia darwiniana” (si es que se titula así exactamente): un libro (¿un ensayo?) sólo para anti-darwinianos militantes, si es que queda alguno que lea libros entre los partidarios del creacionismo bíblico y de la tierra plana. Es el único libro de Vallejo que no he podido leer hasta el final.

Fernando Vallejo donará el dinero del premio Rómulo Gallegos a los perros sin hogar de Venezuela y -a propósito de la tierra plana- tengo entendido que Vallejo está ahora escribiendo otro libro (¿otro ensayo?), esta vez contra Isaac Newton, o, quizás, contra la Ley de la Gravitación Universal en su conjunto.

Vallejo es megalómano

 

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Madres de Colombia: maten a sus niños rápido, que todavía están a tiempo, porque si los dejan crecer, se van a quedar los pobrecitos como yo, sin el reino de los cielos.

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Pero sigamos con sus libros ya publicados: ¿qué es exactamente “El Mensajero”? Bueno, sí: una documentada y exhaustiva biografía del poeta antioqueño Porfirio Barba Jacob. O no: es más bien una apasionante novela de aventuras que sucede en una inverosímil América Central del primer tercio del siglo XX.

Se trata de una América Central bastante extensa: va desde México hasta el Perú partiendo de Medellín. Y está llena de terremotos, de dictadores militares, de poetas y de lagartos, como la verdadera América.

Otra cosa muy distinta, en cambio, es “Chapolas negras”. En apariencia, otra biografía (más breve) de otro poeta, el bogotano José Asunción Silva. En realidad, un retrato sociológico, o mejor una biografía sicoanalítica de la Bogotá mezquina y mentecata de finales del siglo XIX y principios del XX, usando como brújula los poemas de Silva y la guía telefónica de la época. Entre los poemas, Vallejo se da el lujo de encontrar uno desconocido, aunque no fuera inédito: Silva lo había disfrazado de anuncio para su tienda de pianos y sombreros.

Desde su residencia gótica en Ciudad de México, Vallejo afirma que abandonará la literatura

Esos son los libros serios, por decirlo de algún modo: para distinguirlos de los otros, de las novelas vallejianas propiamente dichas, que tampoco son novelas. Un alter ego del autor, uno que firma “Margarito Ledesma (español)” y le escribe las solapas de los libros, asegura haberle hecho personalmente ese reproche a Vallejo: “Si no son novela, ¿qué pueden ser?”.

Se refiere a los seis tomos (una “sexología”, dice don Margarito, basada en la “gran experiencia sexual” y los “rudimentos de griego y latín” del escritor) que conforman “El Río del Tiempo”. Ni juntos ni separados tienen los seis trama, ni nudo, ni desenlace, se queja don Margarito. Pero les reconoce, sin embargo, su “buena puntuación y excelente ortografía”, virtudes por las cuales los recomienda.

Tiene razón: son las únicas cosas que se le pueden exigir a un escritor. En cuanto a todo lo demás, que haga lo que le dé la gana.

Y sí: Fernando Vallejo hace exactamente lo que le da la gana, y encima lo hace muy bien: con buena puntuación y excelente ortografía. Lo cual no es ninguna tontería, en los tiempos que corren. Pues Colombia, en donde siempre se había escrito correctamente -desde las “Elegías de Varones Ilustres” de don Juan de Castellanos, que no son elegías, hasta… sí, hasta las novelas de Fernando Vallejo, que tampoco son novelas, pasando por el verso de Silva, a quien Vallejo adora, y por la prosa de García Márquez, a quien detesta-, se ha convertido en un país cuyos escritores escriben bastante mal.

Miren ustedes los libros que se publican, en prosa o en verso, elegías o novelas. Con excepciones, cada día están peor escritos. Y son más numerosos, aunque menos leídos, pues lo que está mal escrito es siempre mal leído, como señalaría con pertinencia don Margarito Ledesma. Lo que está bien escrito, como los libros de Vallejo, arrastra al lector incluso a pesar suyo: y en ese ser arrastrado consiste el leer bien, que antes que una posesión es una entrega, como todo acto de amor.

En ese sentido, para mí el menos bueno de los libros de Vallejo es el que le ha dado más fama: “La Virgen de los Sicarios”. Es también el que más respeto guarda por “la triple regla de oro” del exigente don Margarito: se trata de una novela de verdad-verdad, con su exposición, su nudo y su desenlace (un desenlace, por otra parte, más cinematográfico que literario a fuerza de ser demasiado literario).

Las digresiones incidentales, inevitables y profundamente necesarias en Vallejo, no oscurecen aquí la estructura novelesca: porque, en efecto, hay una estructura novelesca. Pero está escrita bastante a las patadas, con completo descuido: no me extrañaría descubrir, si la leyera de nuevo, que en ella olvidó Vallejo hasta la puntuación, si no la ortografía.

Pero tuvo en su momento un gran éxito de escándalo, y lo sigue teniendo. Vallejo cultiva la pro vocación con regocijo infantil, y tiene la fortuna de que su Medellín natal sea fácilmente escandalizable. Así sucedió que “La Virgen…”, que es una historia de amor en Medellín y además una declaración de amor a Medellín, fue tomada por el beaterío ombliguista de Medellín (y de toda Colombia) como un libro de odio. Cosa que también es, naturalmente. Y que parece más, pues Vallejo es un imprecador empedernido y un blasfemo exhibicionista y casi profesional, cosa, por lo demás, muy propia de una cierta tradición literaria antioqueña (la de Barba Jacob, precisamente).

Es como esos profetas insolentes del Antiguo Testamento que se la pasaban diciendo verdades desagradables. Algunos terminaron lapidados por el pueblo enfurecido. A Vallejo le encantaría tener una muerte así, entre otras cosas porque le daría la razón. Pero no lo consigue.

No lo consigue, no solo porque ya tiene la razón y así lo saben en el fondo los mismos que se escandalizan con sus atrevimientos retóricos, sino también justamente por eso: porque son retóricos. Pertecenen al arte del lenguaje literario: ese mismo que se analiza en “Logoi”. Por eso, literalmente, Vallejo no puede ser tomado en serio: nadie lapida a los literatos. Y Vallejo es un escritor, tal como lo definí al principio: uno de esos que van hablando solos por la calle.

Por eso, en vez de lapidarlo, le dan premios de literatura. Y él, muy literariamente, se los regala a la Sociedad Protectora de Animales.

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