Crónicas marcianas con Ray Bradbury

El robot Spirit nos mostró a Marte con fotos nunca antes vistas. Sin embargo, Ray Bradbury, el Julio Verne de Marte, describió hace 30 años la conquista y colonización de este planeta. Reproducimos textos suyos tan bellos como estremecedores.

Un camino a través del aire
¿Te enteraste?
¿De qué?
-¡Los negros, los negros!
¿Qué les pasa?
-Se marchan, se van, ¿no lo sabes?
¿Qué quieres decir? ¿Cómo pueden irse?
Pueden irse. Se irán. Se van ya.
-¿Una pareja?
-Todos los que hay en el Sur.
No.
-Sí.
Imposible. No lo creo. ¿Adónde? ¿A África?
Silencio.
-A Marte.
-¿Quieres decir al planeta Marte?
Exactamente.
Las figuras de los hombres se alzaban en la sombra
cálida del porche de la ferretería. Uno de ellos dejó de
encender una pipa. Otro escupió en el polvo ardiente
y luminoso.
No pueden irse. No pueden hacerlo.
-Pues sin embargo se van.
¿Cómo lo sabes?
Lo dicen en todas partes. Hace un minuto lo dijo
la radio.

Mientras arriba nos conmueve la foto real de la superficie de Marte recién tomada por el Spirit, la composición gráfica señala la ubicación de este planeta, el cuarto en el sistema solar y de un tamaño equivalente a la mitad de la Tierra.

Los hombres de la Tierra llegaron a Marte

Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonan mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños.

El dedo del gobierno señalaba desde letreros a cuatro colores, en innumerables ciudades: HAY TRABAJO PARA USTED EN EL CIELO. ¡VISITE MARTE! Y los hombres se lanzaban al espacio. Al principio solo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aún antes que el cohete dejara la Tierra esta enfermedad la llamaban la soledad, porque cuando uno ve que su casa se reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay ciudades, que uno no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada familiar, solo otros hombres extraños. Y cuando los estados de ILlinois, Iowa, Missouri o Montana desaparecen en un mar de nubes, y más aún, cuando los Estados Unidos son sólo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar.

No era raro, por lo tanto, que los primeros hombres fueran pocos. Crecieron y crecieron en número hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números eran alentadores. Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.

El contribuyente

Quería ir a Marte en el cohete. Bajó a las pistas en las primeras horas de la mañana y a través de los alambres les dijo a gritos a los hombres uniformados que quería ir a Marte. Les dijo que pagaba impuestos, que se llamaba Pritchard y que tenía el derecho de ir a Marte. ¿No había nacido allí mismo en Ohio? ¿No era un buen ciudadano? Entonces, ¿por qué no podía ir a Marte? Los amenazó con los puños y les dijo que quería irse de la Tierra; todas las gentes con sentido común querían irse de la Tierra.

Antes que pasaran dos años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese entonces. El y otros miles como él, todos los que tuvieran un poco de sentido común, se irían a Marte. Ya lo iban a ver. Escaparía de las guerras, la censura, el estatismo, el servicio militar, el control gubernamental de esto o aquello, del arte y de la ciencia. ¡Que se quedaran otros! Les ofrecía la mano derecha, el corazón, la cabeza, por la oportunidad de ir a Marte, ¿Qué había que hacer, qué había que firmar, a quién había que conocer para embarcar en un cohete?

Los hombres de uniforme se rieron de él a través de los alambres. No quería ir a Marte, le dijeron. ¿No sabía que las dos primeras expediciones habían fracasado y que probablemente todos sus hombres habían muerto?

No podían demostrarlo, no podían estar seguros, dijo Pritchard, agarrándose a los alambres. Era posible que allá arriba hubiera un país de leche y miel, y que el capitán York y el capitán Williams no hubieran querido regresar. ¿Le abrirían el portón para dejarlo subir al Tercer Cohete Expedicionario, o lo rompería él mismo a puntapiés?

Le dijeron que se callara. Vio a los hombres que iban hacia el cohete.

-¡Espérenme! -les gritó-. ¡No me dejen en este mundo terrible! ¡Quiero irme! ¡Va a haber una guerra atómica! ¡No me dejen en la Tierra!

Lo sacaron de allí a rastras. Cerraron de un golpe la portezuela del carro policial y se lo llevaron al alba con la cara pegada a la ventanilla trasera. Poco antes que la sirena del automóvil comenzará a sonar, al acercarse una curva, vio el fuego rojo, y oyó el ruido terrible y sintió la trepidación con que el cohete plateado se elevó abandonándolo en una ordinaria mañana de lunes en el ordinario planeta Tierra.

Las langostas

Los cohetes incendiaron las rocosas praderas, transformaron la piedra en lava, la pradera en carbón, el agua en vapor, la arena y la sílice en un vidrio verde que reflejaba y multiplicaba la invasión, como espejos hechos trizas. Los cohetes vinieron redoblando como tambores en la noche. Los cohetes vinieron como langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los cohetes salieron de prisa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo extraño una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente los techos que suprimiría el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas verdes que ocultaría la noche. Y cuando los carpinteros terminaron su trabajo, llegaron las mujeres con tiestos de flores y telas de algodón y cacerolas, y el ruido de las vajillas cubrió el silencio de Marte, que esperaba detrás de puertas y ventanas.

En seis meses surgieron doce pueblos en el planeta desierto, con una luminosa algarabía de tubos de neón y amarillos bulbos eléctricos. En total, unas noventa mil personas llegaron a Marte, y otras más en la Tierra preparaban las maletas…

Intermedio

Trajeron cinco mil metros cúbicos de madera de pino de Oregón para construir la décima ciudad, y veinticinco mil metros de abeto de California y levantaron a martillazos un pueblo limpio y claro, a orillas de los canales de piedra. En las noches de los domingos se iluminaban los vidrios rojos, azules y verdes de las iglesias, y desde la calle se oían los himnos numerados. “Cantaremos ahora el 79”. “Cantaremos ahora el 94”. Y en ciertas casas se oía el duro repiqueteo de una máquina de escribir: el novelista estaba trabajando; o no se oía ningún ruido: el ex vagabundo estaba trabajando.

Parecía a veces que un enorme terremoto hubiera arrancado de raíz una ciudad de Lowa, y en un abrir y cerrar de ojos un ciclón fabuloso se hubiera llevado a Marte toda la ciudad, y la hubiera puesto allí sin una sacudida.

Los observadores

Aquella noche todos salieron de sus casas y miraron al cielo. Dejaron las cenas, dejaron de lavarse o de vestirse para la función, y salieron a los porches, ahora no tan nuevos, y observaron el astro verde, la Tierra. Fue un movimiento involuntario; todos lo hicieron, para comprender mejor las noticias que habían oído en la radio un momento antes.

Allá estaba la Tierra y allá la guerra inminente, y allá los cientos de miles de madres o abuelas, padres o hermanos, tías o tíos, primas o primos. De pie, en los porches, trataban de creer en la existencia de la Tierra, tanto como en otro tiempo habían tratado de creer en la existencia de Marte. El problema se había invertido. En la práctica era como si a Tierra estuviese muerta; la habían abandonado hacía ya tres o cuatro años.

El espacio era un anestésico: cien millones de kilómetros de espacio lo insensibilizaban a uno, dormían la memoria, despoblaban la Tierra, borraban el pasado y permitían que los hombres de Marte continuarán trabajando. Pero ahora, esta noche, se levantaban los muertos, la Tierra volvía a poblarse, la memoria despertaba, miles de nombres venían a los labios. ¿Qué haría Fulano esa noche en la Tierra? ¿Y Zutano o Mengano? Las gentes de los porches se miraban de reojo.

A las nueve, la Tierra pareció estallar, encenderse y arder. Las gentes de los porches extendieron las manos como para apagar el incendio. Esperaron. A medianoche, el fuego se extinguió. La Tierra seguía allí. Un suspiro surgió de los porches como una brisa otoñal.

No tenemos noticias de Harry.
Está bien.
-Tendríamos que enviarle un mensaje a mamá.
-Está bien.
¿Crees que estará bien?
-No te preocupes.
¿Crees que no le pasará nada?
Claro que no. Vamos a acostarnos.
Pero nadie se movió. Llevaron las cenas atrasadas a los prados nocturnos, las
sirvieron en mesas plegadizas y comieron lentamente hasta las dos de la mañana. El mensaje luminoso de la radio flameó en la Tierra y todos leyeron las luces del código Morse, como una luciérnaga lejana.

CONTINENTE AUSTRALIANO ATOMIZADO EN PREMATURA EXPLOSIÓN DEPÓSITO BOMBAS ATÓMICAS. LOS ÁNGELES, LONDRES, BOMBARDEADAS. VUELVAN. VUELVAN. VUELVAN

Se levantaron de las mesas.
VUELVAN. VUELVAN. VUELVAN
-¿Has tenido noticias de Ted este año?
Y.., ya sabes, con un franqueo de cinco dólares por carta no escribo mucho a mi hermana.
VUELVAN.
¿Qué será de Jane? ¿Te acuerdas de mi hermanita Jane?
VUELVAN
A las tres, en la helada madrugada, el dueño de la tienda de equipajes alzó los ojos. Calle abajo venía mucha gente.
No he cerrado a propósito, ¿Que desea,
señor?
Al amanecer, las maletas habían desaparecido
de los estantes.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 406 de enero de 2004

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