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"Las aventuras de Huckleberry Finn, la mejor novela de Mark Twain", Daniel Samper Pizano

A 109 años de la muerte del escritor estadounidense Mark Twain, Diners recuerda su legado literario y de cómo esta novela es un canto para quienes quieren liberarse de la esclavitud de la civilización.

Foto: Yayo/ Archivo Diners

A 109 años de la muerte del escritor estadounidense Mark Twain, Diners recuerda su legado literario y de cómo esta novela es un canto para quienes quieren liberarse de la esclavitud de la civilización.

Publicado en Revista Diners Ed. 177 de diciembre de 1984

En julio de 1876, tan pronto como publicó Las aventuras de Tom Sawyer, Mark Twain dio comienzo a lo que inicialmente describió como «otro libro de muchachos».
El «libro de muchachos» se llamó Las aventuras de Huckleberry Finn y se convirtió en un dolor de cabeza para el autor.

En el primer mes escribió 400 páginas con la mayor soltura. Pero luego, según sus propias palabras, se le «secó el tanque» y se estancó la novela. Twain estuvo a punto de quemarla, pero prefirió mandarla al cuarto de San Alejo por un tiempo. Se necesitaron tres años para que volviera a trabajar en el manuscrito y cuatro más antes que quedara terminado.

Al finalizarlo, en septiembre de 1883, todavía pensaba que se trataba de una obra menor. En una carta a un amigo se refirió al libro como «una especie de agregado de Tom Sawyer». Tal vez por eso mismo no se preocupó mucho por publicarlo. Transcurrió casi un año antes que entregara los originales a un editor inglés y quince meses para que la novela viera la luz. Esto vino a ocurrir, finalmente en diciembre de 1884, hace exactamente un siglo. Dos meses después, Las aventuras de Huckleberry Finn aparecieron por primera vez en los Estados Unidos, publicadas por el propio Mark Twain.

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La razón por la cual demoró hasta febrero de 1885 la salida de la edición norteamericana es bastante curiosa. Cuando ya estaba todo listo para la impresión, alguien descubrió que una mano desconocida había agregado perversamente a un grabado ciertas líneas que lo convertían en un dibujo obsceno. A fin de evitarse problemas con la gente y con la ley, Twain dispuso que se hiciera de nuevo el grabado y aplazó la impresión.

De esta manera, ingleses y canadienses conocieron primero que los propios estadounidenses la novela que, a juicio de muchos, constituye la obra máxima de la narrativa norteamericana. Treinta años después de su aparición, el famoso crítico y periodista H.L. Mencken declaró que Huck Finn era «una de las grandes obras maestras del mundo» y calificó a Twain como «el verdadero padre de nuestra tradición nacional, el primer artista genuinamente norteamericano».

Después de Mencken, muchos otros críticos se han lanzado a un campeonato algo hiperbólico en elogio de la novela. T. S. Elliot dijo que el personaje de Huck Finn «es una de las figuras permanentes de la ficción universal, no menos valiosa que Ulises, Fausto, Don Quijote, Don Juan, Hamlet y otros descubrimientos que el hombre ha hecho de sí mismo». Pero quizá la más rotunda coronación proviene de un hombre poco dado a las coronaciones. Ernest Hemingway escribió: «Toda la literatura moderna de los Estados Unidos proviene de un libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn. Este es el mejor libro que hemos tenido. De allí viene nuestra literatura. Antes no había nada. Y después no se ha producido nada igual».
Estos elogios a veces desproporcionados no fueron los que recibió hace cien años la novela. Los gringos de ceja subida consideraron que la obra era definitivamente vulgar. El Comité Bibliográfico de Concord, Massachusetts, descalificó a la obra al considerar que era «burda, ruda e inelegante, más propia de la barriada que de la gente inteligente y respetable: pura basura». Más de veinte años después de publicada, todavía enfrentaba enemigos y censores. En 1905 la Biblioteca Pública de Brooklyn, Nueva York, desterró a Huck Finn de la sala de lecturas infantiles por considerarla «un mal ejemplo para la juventud».

Lo más curioso es que Twain se mostró de acuerdo con semejante decisión.»Escribí Tom Sawyer y Huck Finn exclusivamente para adultos dijo y siempre me ha preocupado saber que hay niños que tienen acceso a estos libros. Las mentes que se empañan en la juventud, nunca pueden ser limpiadas del todo».

Hoy es posible encontrar Las aventuras de Huck Finn no sólo en la sala infantil de la Biblioteca Pública de Brooklyn, sino en las bibliotecas de prácticamente todas las escuelas de los Estados Unidos. Lo cual no quiere decir, sin embargo, que sea un libro para niños. A diferencia de Tom Sawyer, que es una obra sobre niños para niños, Huck Finn es una novela para adultos acerca de un niño y muchos adultos. El hecho de que al comienzo y al final aparezca como personaje Tom Sawyer y de que a lo largo del libro surjan como fogonazos algunos chicos no la convierte en un cuento de hadas.

Las aventuras de Huckleberry Finn es una novela que funciona en distintos niveles, pero por encima de todo, es un hermoso relato acerca de individuos que persiguen la libertad.
“Sinceramente…”

Mark Twain era humorista y la novela comienza de manera divertida. «Usted no me conoce a menos que haya leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero eso no importa. El libro fue escrito por el señor Mark Twain, y lo que él dice es verdad, en muy buena medida». Es Huck el que habla en este párrafo, y es el que seguirá hablando a lo largo de las 320 páginas de la novela, hasta el punto de que la última línea dice: «FIN. SINCERAMENTE, HUCK FINN».

El que sea relatada en primera persona no es una coincidencia. Toda la literatura picaresca, desde El lazarillo de Tormes hasta Las confesiones de Félix Krull, de Thomas Mann, está contada en primera persona. Esto facilita el juicio de los hechos y la ironía que nace de aquellas descripciones de cosas que el narrador no entiende bien pero el autor y el lector sí, como es frecuente en Huck Finn.

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La primera batalla por la libertad es la que da Huck cuando busca zafarse el yugo de la civilización que le quiere imponer una niñera con aires de nazi, la señorita Watson. Más tarde, cuando ha logrado romper las cadenas de la etiqueta que empuña la señorita Watson, Huck se convierte en cautivo de su propio padre. Aquí conviene decir que el personaje de Huck se inspira en un muchacho que Twain conoció en Hannibal, pequeño pueblo del sur de los Estados Unidos donde transcurrió su niñez, a la orilla del río Mississippi. El muchacho Tom Blankenship, es hijo del borracho del pueblo: «era ignorante, sucio, mal alimentado, pero con un corazón tan bueno como el que más», recuerda Twain en su autobiografía.

Para librarse de su atroz padre, Huck, que tiene a la sazón catorce años, inventa un falso crimen del cual él supuestamente es víctima. En la novela la muerte es un elemento que ronda permanentemente, como ronda el temor suyo en la mente de los niños. Cualquiera que haya sido niño podrá confirmarlo. Urdida la trampa de su desaparición, Huck se lanza a navegar en un bote rio abajo y, a poco andar, encuentra una balsa cuyo único ocupante es una persona que encarna de dramática manera sus propias ansiedades.

Se trata de Jim un viejo esclavo conocido de Huck que ha decidido escapar en busca de los territorios donde está abolida la esclavitud. Aquí Twain tropieza con una de las muchas paradojas que le tendió la geografía: el Mississipi corre de norte a sur, mientras que la libertad corría entonces de sur a norte. Es por esos que Jim termina buscando tierra libre en contravía.

Twain enfrenta el problema al finalizar el capítulo 16; fue este el que trabó durante tres años la maquinaria a la novela. En este punto constituye un suicidio para la obra abandonar la balsa y optar por una serie de aventuras en tierra firme. Twain decide finalmente que ha encontrado en esa balsa que corre libremente, el símbolo de lo que quiere contar, y prefiere asumir la contradicción antes que cambiar el rumbo de la novela.

Fue una decisión afortunada. Si Huck y Jim hubieran tomado un camino diferente, seguramente habría perdido dimensiones esa pequeña epopeya de la balsa en la cual está simbolizado el viento libertario de la novela.

Al mismo tiempo, cosa que no es extraña, Huck Finn representa una apología del individuo, del valor impreso en cada individuo sea él un viejo esclavo o el hijo ignorante de un borracho de pueblo y de la necesidad de que cada quien despliegue las velas de su propia personalidad. Hay un episodio que sintetiza maravillosamente esta idea, y es el del coronel Sherburn que se enfrenta (capítulo 22) a una multitud que pretende colgarlo como castigo por un homicidio. Sherburn encara a la agitada muchedumbre con una escopeta por toda arma. Pero no necesita usarla. Le basta su actitud despectiva y un discurso bravo para dispersar a la turba:

“¿Los conozco a ustedes?» dice desde el techo de su pequeña casa a la multitud aullante que la rodea y que ahora hace silencio. «Si, los conozco con toda claridad… Conozco al promedio de ustedes.

El hombre promedio es un cobarde… Ustedes no querían venir. El hombre promedio no quiere meterse en líos ni en peligros… Pero basta que medio hombre grite ‘¡A lincharlo, a lincharlo!’para que ustedes se atemoricen de retroceder y de que se conozca lo que son unos cobardes; así que gritan, y se prenden de la coleta de ese medio hombre y llegan embravecidos hasta aquí, jurando que harán grandes cosas». Y los remata con la siguiente frase: «No hay nada que inspire más piedad que la chusma”.

Macondo en el Mississipi

En el río, en la balsa, en las islas del Mississippi o en los pueblos ribereños ocurren las aventuras que pueblan la novela. Las hay de diversas clases. De amor y muerte. De valor y de gracia. Pero la más alucinante, que extiende prematuros lazos hacia el reino de lo real maravilloso en el cual se edifica Cien años de soledad, es la aventura de Huck y Jim con dos vagabundos que se hacen pasar por un rey y un duque.

Se trata de episodios llenos de humor y de un raro surrealismo. Resulta digno de Macondo aquella escena en la cual los dos sinvergüenzas recitan trozos desfigurados de Shakespeare; andrajosos y apercibidos de ruedas espadas de madera, aparecen Hamlet y el rey Ricardo III flotando de repente en una balsa. Mississippi abajo, mientras los observan los ojos espantados de un esclavo en fuga y un muchacho al que dan por muerto en su pueblo.

Las aventuras de Huckleberry Finn entrañan muchas cosas. Son un testimonio de la vida sureña de los Estados Unidos a mediados del siglo XIX, contado por alguien que lo conoció bien, como fue Samuel Langhorne Clemens verdadero nombre de Mark Twain capitán de bote, periodista, minero, escritor y, finalmente, precursor de la profesión más norteamericana del mundo: conferencista.

La novela es también una crítica de costumbres, e incluso se ha dicho que es un libro donde el dinero es coprotagonista. Los filólogos husmean en él en busca de perlas locales y los historiadores persiguen el reflejo novelado de pequeños acontecimientos aldeanos. Aquel incidente del coronel Sherburn, por ejemplo, se basa en un suceso que ocurrió en Hannibal el 24 de enero de 1845, cuando Twain tenía diez años. Por encima de todos estos valores, sin embargo, Huck Finn sigue siendo una gran apología de la libertad.

Planteadas las contradicciones entre libertad y civilización, escoge aquella con resuelto optimismo. Cien años después, con este mundo mucho más civilizado pero cada vez menos libre, todos anhelamos un puesto en la balsa de Huck Finn.

CAPÍTULO XXI UN TROPIEZO EN ARKANSAS

Aunque el sol brillaba en el cielo, seguimos viaje sin amarrar la balsa. Al rato aparecieron el rey y el duque con cara bastante mustia; pero después de zambullirse en el río y nadar en él, se reanimaron mucho. Una vez desayunados, sintiéndose el rey en una esquina de la balsa, se quitó las botas, se remangó los pantalones y dejó que sus piernas colgasen dentro del agua para mayor comodidad; luego encendió la pipa y se lanzó a la tarea de aprender de memoria su papel de Romeo y Julieta.

Cuando ya lo llevó de vencida, se pusieron él y el duque a ensayar juntos. Este último tenía que enseñarle una y otra vez la manera de pronunciar cada frase; le obligaba a suspirar y a llevarse la mano al corazón; al cabo de un rato le dijo que lo hacía muy bien: «Pero no debes mugir de esa manera cuando digas: ¡Romeo!’, porque pareces un toro…; dilo con suavidad, lánguidamente, como si te estuvieses derritiendo, así: ‘R.. o.. o.. meo’. Ten en cuenta que Julieta es una joven, casi una niña, tierna y cariñosa…. eh? No debes rebuznar como un garañón».

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Acto continuo empuñaron un par de espadas que hizo el duque con listones de roble, y empezaron a practicar la escena del duelo. El duque se llamaba entonces a sí mismo Ricardo III; daba gloria ver cómo se acometen y esquivaban, saltando dentro de la balsa. AI rato tropezó el rey y se cayó al agua; después de este incidente descansaron un rato, conversando entre sí acerca de las mil aventuras que en otro tiempo les había ocurrido a lo largo del río.

Después de comer, dijo el duque: Bien, Capeto, hemos de dar una representación teatral de primera categoría; por eso me está pareciendo que conviene agregarle algún numerito más. Es preciso que llevemos algo de reserva para los bises. ¿Qué son los bises .Bilgewater?. El duque se lo explicó, agregando: Yo ejecutaré un zapateado escocés o bailaré El marinero; y tú… déjame pensar… ¡Ya está! Tú puedes recitar el monólogo de Hamlet.

¿El qué de Hamlet? El monólogo. ¿No lo conoces ?Es el trozo más célebre de Shakespeare. ¡Sublime, completamente sublime! Levanta a los públicos en vilo. No tengo el texto en mi libro…; la verdad es que sólo poseo un volumen… pero creo que me lo puedo sacar de la cabeza; me bastará con darme unos paseos para ver si consigo extraerlo de los sótanos de mi memoria.

Se puso, pues, a caminar arriba y abajo, piensa que piensa, frunciendo de vez en vez el ceño de un modo horrible; después enarcaba las cejas; a continuación se apretaba la frente con la mano y retrocedía vacilante, dejando escapar una especie de gemido; venía luego un suspiro, al que seguía inmediatamente una lágrima.

Daba gloria verlo. Poco a poco se lo sacó todo de la cabeza, y nos dijo que estuviésemos atentos. Adoptó entonces una actitud de gran nobleza, con una pierna adelantada, los brazos extendidos y algo levantados, la cabeza echada hacia atrás mirando al cielo, y empezó a continuación a rechinar los dientes, a delirar y a barbotar; después, y durante todo el recitado, unas veces bramaba, otras se echaba a un lado, otras a otro, o hinchaba el pecho; aquello echaba por tierra todo lo que yo había visto hasta entonces en cuestión de representaciones teatrales. Me aprendía el recitado de memoria, con bastante facilidad, mientras él se lo enseñaba al rey. Helo aquí:

¡Ser o no ser!; he aquí el estilete que hace de nuestra larga vida un duelo:

porque, ¿quién en sus hombros llevaría una carga pesada hasta que el bosque de Birnam avance de Dunsinane hacia los muros, de no ser por el miedo a lo que puede haber al otro lado de la muerte? Ese miedo que degüella el inocente sueño, que es, de los dones que nos da la vida, el segundo; el que afrontar nos hace los dardos del destino ignominioso antes que huir hacia otros y arrostrar enigmas ignorados.

Esa es la razón que nos detiene: ¡Prueba si a tu llamada acude Dukan! ¡Ojalá que pudieras! ¿Quién soportar podría el látigo y escarnio de los años, la injusticia opresora, la insolencia del poderoso, de la ley las largas, y el finiquito que conseguir puede para su angustia en lo hondo de la noche, cuando los cementerios, en su atavío usual, negro y solemne, bostezan temerosos? Pero aquella incógnita región de cuyas lindes aún no volvió ningún viajero, envuelve al mundo en su hálito pestífero; desmayan los matices primitivos de la resolución, como el mísero gato del proverbio; las nubes que encapuchan los tejados de nuestras casas tuercen su camino y pierden ya de acción el nombre.

Este es el fin que muy devotamente debemos anhelar. Tú, linda Ofelia, muéstrate cariñosa; no abras esas mandíbulas marmóreas e inflexibles, y escucha mis palabras: iVe, Ofelia, y entra en un convento!.

El viejo se enamoró de esta tirada de versos y tardó muy poco en aprendérsela y en recitarla de primera. Se hubiera dicho que había nacido para esa tarea; cuando estaba metido en ella y arrebatado por el entusiasmo, resultaba un verdadero encanto oírsela recitar; alternaba el furor, la violencia y el ímpetu.

En cuanto se nos ofreció una oportunidad, el duque hizo imprimir algunos carteles anunciadores; después de tenerlos en nuestro poder, seguimos viaje río abajo, y durante dos o tres días la balsa se convirtió en un lugar de extraordinaria animación; todo era allí desafíos a espada y ensayos que éste es el nombre que les daba el duque.

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Abril
21 / 2019

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