Aquí siempre es Navidad

Esta es la historia de un hombre que hizo la promesa de comprar todos los pesebres raros que encontrara, calculó que no hallaría más de seis. Pero dos años y medio después posee una colección de 118 de todos los tamaños y nacionalidades.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 237 de diciembre de 1989

Se trata de un espacio en el que el tiempo no transcurre: allí siempre es Navidad. Nacen 118 niños en el mismo segundo. Un hijo por cada portal de la colección de pesebres que, provenientes de diferentes países, se han dado cita en un apartamento bogotano. En un hogar que es como un museo. Existe desde que cientos, miles de objetos y figuras se tomaron el lugar.

Conocer este apartamento es dar la vuelta al mundo en dos salas. Perros daneses de porcelana, carritos españoles, máscaras chinas y plantas colombianas, son apenas algunas de las muestras internacionales que en unos cuantos metros cuadrados borran decenas de fronteras. Y escuchar a Carlos Tavera Betancourt las anécdotas que se esconden detrás de cada pieza de su “museo”, es abrir las puertas a un universo de historias inimaginables.

375 dólares por un amor

Cuando Carlos Tavera prometió comprar los pesebres raros que encontrara si se salvaba el hijo de su sobrino, que nació ochomesino, calculó que no hallaría más de seis. Pero se equivocó. Dos años y medio después posee una colección de 118 nacimientos, en los que no falta San José con ojos orientales, Vírgenes María con elegantes aretes dorados ni portales con lavandería incluida.

La historia, sin embargo, se remonta mucho más atrás, a la década de los cuarenta. Cuando Barranquilla, su ciudad natal, se vio afectada por influencia extranjera, se temió por el destino de la tradición navideña. Se organizaron, entonces, concursos de pesebres. En ellos su familia siempre obtenía el segundo lugar, después de un ingeniero hidráulico que levantaba obras complejísimas.

Hasta que, como en un cuento de hadas, apareció un duque español, curiosamente novio de una muchacha a la que Carlos Tavera cortejaba. Fue a él a quien encargaron el pesebre que gano el primer puesto, y que hoy se encuentra en la catedral de Barranquilla. Costo 375 dólares y un posible amor… pero valió la pena por su inusual belleza. Es enorme: las figuras ibéricas representan todos los acontecimientos bíblicos referentes a la Navidad.

Artesano de una Navidad

“Las casas de antes muy grandes”, dice Carlos Tavera con ese acento costeño que la capital no logra borrar. “Contaban con sala, antesala y toda clase de cuartos. Pero las cosas han cambiado. Los apartamentos de hoy no son amplios, por eso los pesebres deben ser de tamaño reducido, deben ocupar apenas un rincón”.

Y para que ocupen apenas un rincón, este colombiano jubilado de Sears acomoda las figuras en láminas de unos 50 centímetros cuadrados, por lo general de madera, sobre las que construye el paisaje idóneo para el estilo de cada familia sagrada. Es así como el portal de la japonesa está constituido por una serie de semicírculos terracotas y dorados, mientras que las paredes de la de cristal están recubiertas de vidrio.

Todo tipo de materiales sirve a la hora de fabricar paisajes: barro, piedras, plantas disecadas, papel, tela, pintura. Aunque el hecho de haber estudiado arquitectura le facilita el trabajo, no se trata de una tarea sencilla. En innumerables ocasiones se ha trasnochado intentando que el Niño Jesús llegue al mejor paraje que sus manos, llenas de rastros de pegante, le puedan preparar. Y como se manejan pesebres de todo el mundo, ya sea elaborados con frijoles, naranja, fique, acrílico o porcelana, el Niño se sitúa en un ambiente determinado, de tal manera que, si de veras viviera, hubiera elegido, con seguridad, el mismo entorno. La imaginación de Tavera debe, pues, volar a una velocidad inmensurable para crear en Colombia un pequeño terreno de los países representados en la colección.

Así su apartamento permanece en una fiesta navideña universal. Alemania, Francia, Portugal, España, Italia, Inglaterra, China, Japón, México, Guatemala, Costa Rica, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Uruguay, Paraguay, Argentina, Colombia y hasta Israel, son algunos de los invitados a la celebración. Falta Nicaragua, que debido a la ausencia de visitas comerciales, aún no ha llegado.

El más antiguo de la colección es español y tiene 32 años, el más costoso es alemán y vale 38.000 pesos.

Una familia de 10 milímetros

Carlos Tavera enciende una luz de 118 que brillan en el salón como estrellas. Señala luego una repisa. Al principio parece vacía, pero pronto, después de un poco, se ve algo diminuto: se trata de un Nacimiento que no supera los diez milímetros cuadrados. Cuando uno está convencido de que no existe una familia más pequeña, su hermana extiende la palma de la mano y enseña una especie de diente que, tras la lupa, toma la forma perfecta de una mujer, un hombre, un bebé, una mula y un toro … Es el pesebre más chiquito de los que allí se encuentran. Fue traído de Bangkok.

El más costoso es alemán. Por este pagó, hace tres años, 38.000 pesos, que penden de un hilo. En su condición de móvil, es el único con capacidad para mantenerse en el aire. Sin embargo, una mayor cantidad de dinero requirieron un paraje colombiano y otro boliviano: la suma de las figuras y los elementos que necesitó para armarlos, como en un rompecabezas con cada ficha en su lugar exacto, ascendió a los 140.000 pesos.

En lo que a materiales se refiere, el pesebre más original es uruguayo. Los detalles de los rostros demuestran que el plomo fue tratado a la perfección. El más antiguo viene del sur de España y cuenta con 32 años.

Pesebres sin orangutanes

“Si algún extranjero observara los pesebres que se elaboran en el país, creería que entre los indígenas colombianos y los orangutanes no radica diferencia alguna”, dice Carlos Tavera mientras toma en su mano un Rey Mago “made in” Ráquira. Uno de sus objetivos es precisamente fabricar pesebres nacionales de la mejor calidad, realizado con dedicación, completos, que representen nuestra idea de la Navidad, esa fiesta que congrega a todos los pueblos.

Sus sueños no permanecen en el mero campo de las ilusiones. Se han concretado ya en una combinación de cerámica, pintura y arte: inspirado en el atuendo huilense, ha dado vida a personajes de barro que se encuentran hoy repartidos entre España, Estados Unidos y Colombia.

Aunque reconoce que en el país hay trabajos relevantes, Carlos Tavera no se da por satisfecho. Esta es la causa que lo ha impulsado a crear él mismo algo autóctono. Prueba de ello es el “Homenaje del pueblo Colombiano al Niño Dios“, un pesebre que sintetiza varios de nuestros más bellos elementos: parejas que bailan la cumbia, el mapalé, el sanjuanero, un silletero, una mata de café y, en fin, un poco de cada región, conforman esta Colombia miniatura.

Pero quizás la más espectacular de sus obras es la inspirada en el “Mercado Campesino” de Sonia Osorio. En primer plano se encuentra un portal, situado en un precioso pueblo de casitas blancas que van disminuyendo de tamaño hasta perderse en los trazos de un Paisaje de pintura por el que, según él explica, llegaron San José y María a pie. Atravesaron la aldea y se detuvieron allí, en el borde del abismo producido por la mesa en que los ubico su artista. Si la travesía les tomó tanto tiempo como a Carlos Tavera recopilar todos los objetos, entonces fueron ocho años de arduo camino.

Aventurero insólito

“Si yo hubiera nacido en otro momento, sería un aventurero”, dice Tavera con nostalgia. Y agrega: “Viajaría, por ejemplo, Hasta Argentina echando dedo. Pero en mi época la gente era más sujeta a los padres. Se hacía lo que ellos deseaban. Uno no podía ni siquiera fumar en su presencia, porque se consideraba un irrespeto. Los tiempos, sin embargo, han cambiado”.

Ese espíritu aventurero es el que lo ha llevado a viajar tanto. Lo ha llevado lejanos países, y lo ha devuelto también. Pero no solo. Lo ha traído con un universo de pequeñas muestras de cada rincón conocido. Por eso visitar su apartamento es como dar la vuelta al mundo en dos salas.

Detrás de ese hombre vestido de gris que no abandona jamás sus gafas y que mece las palabras al hablar con su acento barranquillero, se mueve un peculiar estilo de vida en el que nada es insólito. Ni siquiera el hecho de que haya logrado acomodar en dos reducidos balcones a 369 plantas.

Por eso no sería sorprendente que en Navidad rezara 18 novenas diarias. Porque en él lo aparentemente desproporcional cobra armonía en un despliegue de música, figuras y luces que bailan al son del pausado movimiento de sus manos. Y que ríen con él al recordar todas las locuras que ha llevado a cabo para hacer del espacio en que se mueve, un museo de historias, pesebres y colecciones.

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