Un cuento de Navidad y un disparate lírico

El maestro e historiador Alfredo Iriarte nos dejó este cuento de Navidad para leer con sus hijos o sobrinos.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 201 de diciembre de 1986

Parábola de la muñeca y el payaso

Tan poblado de músicas y algarabías estaba el desván, que nadie vio el enorme payaso de capirote azul, ojos que giraban como las bolas de la suerte, manos gordezuelas en abanico, la panza henchida con ripios de cardadores, y un andar funambulesco que echaba al vuelo el carillón infinito de los cascabeles.

Y ninguno reparó en el bufón que llegaba reventando juglarías, porque en el centro del desván, sobre su caja melodiosa, la muñeca mágica hechizaba a todos con sus ojos de piedra cristalina, en cuyo fondo danzaban las tolvaneras milenarias que nacen en las alturas de Uganda y Eritrea y acompañan las aguas hasta morir en el estuario de Alejandría.

Era la que a todos encantaba con sus danzas que eran semejantes al péndulo desmesurado que formarán millares de palmeras invertidas. Era la que amenazaba a todos los que se llegaban hasta el pedestal de músicas indecibles con volar si se acercaban demasiado, hasta la cumbre de los acantilados que guarecen los más lejanos litorales del Mare Nostrum. Nadie pudo sustraerse al encanto de la muñeca que a todos prodigó sus mimos, a pocos creyó amar y por ninguno dejó su caja de prodigios.

Un garrido capitán de plomo se quedó firme, con rigidez marcial y con los ojos de barniz cautivos en la muñeca danzarina, hasta que lo derritieron los soles de las doce, y a los pies de la desdeñosa sólo quedó un charco viscoso que aún miraba con dolientes ojos de esmalte anaranjado.

Había un fakir hecho de paño de billar con una cobra de caucho que se erguía al sonido monocorde de la flauta. Bastó que el monicongo indostánico viera por una sola vez a la muñeca para que decapitara a la víbora con su inútil cimitarra de cartón y se adosara a la caja esperando, pese a las amenazas, las miradas de la amada, mientras la flauta rodaba tristemente por la escalera que conducía a los salones y a las recámaras de los adultos.

El San José que conducía piadosamente hijo celestial, esposa virgen y manso jumento lejos de la degollina, volvió los ojos con pecado hacia la muñeca mientras María, decepcionada, buscaba entre la maraña del pesebre refugio para su congoja en la morada de Ana y Joaquín, el Niño Dios se consolaba jugando con gubias, escoplos y martillos, y el pollino se ponía a abrevar en el lago del espejo doméstico cuyas aguas brillaban no lejos de un Eufrates y un Nilo que en cataratas de papel para tabaco bajaban lentamente de las cumbres de la chimenea.

En medio de la barahúnda, el torpe elefante de madera trituró un acorazado de plástico que nunca conoció las naumaquias de la alberca.

El piloto del avión de cuerda que jamás voló, quiso decolar en pos de la muñeca y sólo consiguió estrellarse aparatosamente contra la caja musical. El sapo de tafetán que vivía bajo el geranio y el maromero que hacía piruetas espeluznantes en su trapecio diminuto, fueron los únicos que acompañaron al piloto suicida en su velorio de chatarra.

A la vez, el lobo farsante que nunca fue abuela, soltó de sus fauces glotonas a Caperucita Roja, embelesado por los donaires de la impasible prima-donna.

Nadie vio cuando el payaso entró en la muchedumbre mientras la muñeca giraba al compás de un rítmico carrusel de dromedarios.

Pero todos vieron cuando ella saltó del pedestal para posarse muellemente sobre el hombro del gracioso entrometido, y cuando sus labios, sellados hasta entonces por las soledades de los desiertos faraónicos, se metamorfosearon en una inmensa sonrisa fluvial en la que naufragaron todas las tristezas del pasado.

Entonces, el charco pegajoso recobró la forma del soldado fanfarrón; el fakir se levantó, bajó a brincos por su flauta, la entonó con maestría y devolvió la vida a la pobre serpiente descabezada; José reunió a su familia santa alrededor del asno; el elefante, arrepentido, pegó los trozos del acorazado terrestre, y tan perfecta le quedó la reconstrucción, que un gallardo almirante rubio se asomó al puente de mando para fumar su cachimba curada por los vientos de los siete mares, izó la bandera de combate y se lanzó a toda máquina en procura de playas propicias para desembarcar en ellas a sus rudos infantes de marina; resucitó el aviador impetuoso, contrito por sus arrebatos mortíferos de kamikaze; todos quedaron vivos y todos quedaron perplejos al ver que la muñeca, dulcemente reclinada sobre el pecho del payaso, parecía cubrirlo con sus párpados.

Lo que nadie entendió fue que la muñeca era muy feliz porque sólo sus oídos podían percibir la música maravillosa que salía de aquellas entrañas de viruta. Y lo que menos entendieron fue cómo, al mismo tiempo, una zapatilla leve y un zapatón de desfile circense, acallaron con el mismo puntapié la caja de melodías que había sido pedestal de la muñeca, porque les desbordaba la cantata que habían concertado un tierno corazón de aserrín y un sonoro corazón de piedra transparente.

Historias de la bella ausente

Las ausencias de la amada empezaron a hacerse sentir en la forma de unos fríos inclementes que lo asaltaban en las altas nocturnancias, le acalambraron la osamenta y se le metían sin permiso hasta los más ocultos meandros del alma desolada.

Angustiado, visitó al más sabio de todos los arúspices y le describió puntualmente sus congojas bajo cero. El augur sentenció sin titubear: si la amada no llegaba hasta él, singlando a toda prisa por las aguas impropias de la ausencia, el hombre se iría congelando hasta quedar convertido en un extravagante monigote de hielo antártico. Y así ocurrió.

Una mañana plúmbea y gris, el hombre asistió a la realización de la temida metamorfosis. Ya era todo de hielo de la piel hasta las vísceras.
Salió a la calle en procura de un sol misericordioso que lo derritiera sin dolor. Pero el sol eludió la ejecución de esa eutanasia inverosímil, recatándose tras una densa muralla de nubes.

El hombre se refugió en una taberna. Y los parroquianos huyeron aterrados cuando empezaron a ver cómo el espantable iceberg antropomorfo cercenaba a martillazos fragmentos de su propio cuerpo para beberse largos tragos de soledad y lejanía sobre las rocas.

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