Diana Bonilla, la colombiana detrás del Nobel de Medicina

La bacterióloga hace parte del equipo de investigación de James P. Allison, uno de los dos ganadores del Premio Nobel de Medicina de este año. Diners conversó con ella.

El día comienza a las cinco de la mañana, cuando Diana, la madre de Samuel, prepara a su hijo para ir a la escuela. Él tiene siete años, es rubio, de cabello liso con las puntas onduladas, y a las siete, con su maleta al hombro, se baja corriendo del automóvil para no llegar tarde al colegio en Richmond, Estados Unidos, donde viven desde hace nueve años. Después, Diana conduce una hora hasta su trabajo. Luego de dejar a su hijo en el colegio, empieza su labor en el proyecto de inmunoterapia para tratamientos de cáncer, ganador del Nobel de Medicina 2018.

Diana Bonilla creció en el barrio Colseguros de Cali, en una casa en la que vivía con sus tíos, primos y su mamá, la señora Alba Escobar Rivera, quien, como millones de colombianas, crió a su hija siendo madre cabeza de hogar, y de quien Diana aprendería sobre amor incondicional y a luchar por su familia sin rendirse, así las condiciones sean adversas.

Sus días en el colegio La Sagrada Familia pasaban a ritmo del rock de Héroes del Silencio y la salsa que prendía el ritmo en sus pies cada vez que iba a Juanchito a bailar. Contrario al estereotipo, ser la niña nerd del salón no le trajo problemas, “era juiciosa pero les pasaba la tarea a mis compañeras, por eso me la llevaba bien con ellas. ¡Que no se enteren mis profesores!”, recuerda mientras se ríe.

Vea también: Tres colombianos que llenan de orgullo al país

Quería estudiar matemáticas, resolver grandes ecuaciones y enigmas que aún no tenían respuesta, pero no le sonaba la idea de aplicar ese conocimiento en ciencias como la ingeniería o la arquitectura: muy complejo, pensaba. Dice que la literatura resultó determinante para escoger su proyecto de vida. Un gusto particular por las novelas que combinaban suspenso con el misterio de ciertas enfermedades cautivaron su atención. Autores como Robin Cook, uno de los exponentes del thriller médico con obras como Contagio, hacían parte de su biblioteca al terminar el colegio.

Por otro lado, ella y varios miembros de su familia padecían alergias, nada grave, pero no les encontraban explicación médica. “Eso es normal, su mamá tiene de eso también”, recuerda que le decían; pero ella evitó normalizar la situación y preguntas como qué es lo que ocurre adentro de nosotros que no vemos y causa esto o cómo es ese mundo microscópico que no alcanzamos a ver pero nos determina, le alimentaron la curiosidad que la llevó a declinar su idea matemática y elegir la bacteriología. Era 1996.

Estudió en la Universidad del Valle y siguió siendo la nerd del curso. Becada durante toda la carrera, cree que uno de los momentos claves para encaminarse hacia el área de investigación y que luego la llevaría a estudiar el doctorado y el posdoctorado en Estados Unidos, fue conocer a Andrey Payán, su profesor de bacteriología y quien le recomendó hacer su pasantía y trabajo rural (requisito de grado), en un lugar donde no habían recibido antes a un estudiante de bacteriología de la Univalle: el Centro Internacional de Entrenamiento e Investigaciones Médicas, Cideim, que estudia, entre otras cosas, el comportamiento de enfermedades transmisibles.

“¿Cómo va hacer su práctica allá?”, “¡Ese no es lugar para un bacteriólogo, allá no va a aprender mucho de la profesión!”, recuerda Diana que le decían algunos estudiantes. Para la época, lo común era que el trabajo rural se realizara en hospitales o laboratorios, “pero eso de mirar una muestra, anotar, almacenar, mirar la otra, anotar, almacenar, me parecía muy rutinario y no quería dedicarme a eso”, puntualiza Bonilla. Payán le insistió para que no diera el brazo a torcer y continuara con su idea de estar donde un bacteriólogo no había estado antes.

Se graduó haciendo parte del Cideim, en donde fue rural, joven investigadora y luego asistente de investigación en temas de leishmaniasis, una enfermedad producida por un parásito y que se transmite por la picadura de un mosquito que puede, entre otras cosas, provocar llagas en la piel. En 2005, en el marco de un curso sobre inmunología, el tema que la apasionaba desde la universidad, conoció al profesor David McMurray, quien le habló de la posibilidad de estudiar su doctorado en la Universidad de Texas A&M. “¿Pero eso no es muy costoso?”, le preguntó ella. “Hay becas para estudiantes extranjeros”, le contestó.

Diana aplicó al doctorado en Ciencias Básicas con énfasis en inmunología, puso todo su empeño en ser aceptada y convirtió los documentos, certificados y pruebas en un paquete de ilusiones que envió por correo, cuando recibió la respuesta quedó en shock: rechazada. La razón: no llegó a tiempo uno de los papeles que necesitaba, y la rigurosidad norteamericana no aceptaba excusas, ni siquiera funcionó la mediación del profesor McMurray. “Inténtalo para la siguiente convocatoria”, le dijo. Y ella lo hizo. Pasó. Su próximo destino era Estados Unidos y nunca había estado lejos de su casa, y menos de su mamá.

Solo pasaron un par de semanas y pensó en devolverse. No conocer a nadie, sentir que ya no era la mejor de la clase porque el nivel académico de sus compañeros era extraordinario y las dificultades con el idioma la hicieron dudar sobre si había tomado la decisión correcta. “Yo sabía hablar inglés, pero eso es una cosa y otra muy diferente es recibir clases de bioquímica en inglés texano”, resalta. Pero fue cuestión de tiempo, de ritmo. El siguiente paso fue hacer el posdoctorado en la Escuela de Medicina de la Universidad de Baylor, también en Houston.

Durante este camino su área de especialidad se concentró en la citometría, el análisis de todas las características de las células, desde su forma hasta sus funciones. Esa elección la llevó en 2015 a trabajar en el MD Anderson Cancer Center, el instituto de investigación y tratamiento para pacientes con cáncer liderado por el nuevo premio nobel de medicina James P. Allison.

El fin de los infiltrados

Durante la década de 1980, Allison, como otros científicos, estudiaba de qué forma la inmunoterapia podía usarse para tratar ciertas enfermedades, su idea fue concentrar su investigación en el cáncer, en donde sucede que, a diferencia de otras patologías, el sistema inmunológico no funciona de la misma manera y no ataca los tumores.

En ese momento, uno de los tratamientos, desarrollado por el médico William Coley, finalizando el siglo XIX, pasaba por introducir una bacteria en el cuerpo del paciente para que el sistema autoinmune se pusiera en acción, los anticuerpos atacaran la infección y de paso, se llevaran consigo los tumores. Allison cuestionó ese proceso y planteó la idea de que no era necesario infectar al cuerpo, que la respuesta iba por el lado de aprender a activar el sistema inmunológico.

Varios años de investigación ayudaron a esclarecer el tema. Imagine que el tumor es el enemigo al que hay que atacar, y los soldados de batalla son los linfocitos T, las células producidas en la médula ósea cuya misión consiste en actuar contra agentes patógenos y células tumorales. Estos linfocitos no iban por el enemigo porque algo en su interior no los dejaba, una especie de infiltrado que saboteaba el plan de acción de estos soldados. Allison encontró a uno de los culpables. Se trata del receptor CTLA-4, que detenía el movimiento de los linfocitos a la hora de atacar un tumor.

Al otro lado del mundo, en Kioto, Japón, el inmunólogo Tasuku Honjo halló otro de esos infiltrados, la proteína PD-1, que también impedía que los tumores fueran atacados. Tanto Allison como Honjo desarrollaron su propio tratamiento que, combinados, aumentan de 10 % a 60 % las posibilidades de curar el cáncer de melanoma. Los dos recibieron el Premio Nobel de Medicina en octubre pasado.

Diana se encontraba dictando un curso de citometría en Uruguay cuando supo la noticia. Sintió orgullo y satisfacción, dice que de Allison admira su genialidad, su perseverancia, su resiliencia para no desfallecer durante años, cuando los patrocinios escaseaban y las ideas de usar la inmunoterapia eran muy cuestionadas. A este premio Nobel, que además tiene una banda de rock llamada Checkpoints, lo describe como el típico científico brillante, tímido y que está demasiado concentrado en su trabajo, incluso, revela que cuando él regresó al centro donde trabaja, luego de recibir el premio, los pacientes le organizaron una bienvenida con carteles de agradecimiento y de felicitaciones, él respondió emocionado, conmovido por ver la reacción de los pacientes, pues sabe que sus investigaciones han salvado miles de vidas.

Actualmente la labor de Diana en el MD Anderson Cancer Center es hacer las evaluaciones de las células inmunes de los pacientes que reciben nuevos tratamientos, identifica las características de su estructura y determina si los datos que encuentra tienen relación con los pacientes que responden o no a la terapia.

Explica que acceder al tratamiento en Estados Unidos cuesta aproximadamente 100.000 dólares, no tanto por el precio de los medicamentos, sino por los costos que determinan las compañías farmacéuticas, que han financiado las décadas de investigación que tomó descubrir una nueva terapia. Este procedimiento, por ahora, solo se realiza en pacientes con ciertos tipos de cáncer, como el de melanoma, porque no todos los tumores son iguales, y cada uno responde a condiciones diferentes.

Ilustración María Camila Prieto


Con los ojos y el corazón en Colombia

Desde la distancia, Diana cuenta que está preocupada por lo que sucede con las universidades públicas en el país, sus déficits financieros no solo impiden una mejora en la educación y en la investigación nacional, sino que le abren la oportunidad a la fuga de cerebros, “sin la universidad pública no hubiera podido hacer lo que he logrado, o por lo menos, hubiese sido más difícil. No entiendo cómo algo tan obvio para todos como la importancia de destinar más recursos para la educación, no parec ser tan evidente para quienes manejan el destino de los dineros en Colombia”.

Diana ya no escucha tanto Héroes del Silencio, dice que prefiere la electrónica y que a diferencia de Obama, el reguetón aún no se cuela mucho en sus aprecios. De su más reciente visita a Colombia, en marzo, cuando su mamá cumplió años, se llevó un par de libros como María, Satanás y El ruido de las cosas al caer.

Su día laboral termina a las cuatro de la tarde. A las cinco recoge a Samuel en el colegio. Cuando llegan a su hogar hacen tareas, juegan Rummi-Q. Los fines de semana practican natación y Samuel asiste a clases de piano y karate, “quiero que aprenda a defenderse por si alguna vez lo necesita”, confiesa. En las noches leen un libro en español durante veinte minutos, la idea es que Samuel perfeccione el idioma. Su vida la hace lejos del barrio Colseguros donde creció, y desde un centro de investigación a miles de kilómetros de su Cali natal, hace parte de una idea que le devuelve la esperanza a quienes la daban por perdida.

También le puede interesar: 3 consecuencias poco conocidas que llegan con el estrés

Artículos Relacionados

  • Galería: Estas son las películas más influyentes de la historia
  • Así fue el concierto de Roger Waters en Bogotá
  • Estas son las fotos más desgarradoras de vida salvaje en 2018
  • “La ciclovía es la playa de los bogotanos”

Send this to a friend