Memorias de una “niña bien”

El escritor Alfredo Iriarte compartió con los lectores de la Revista Diners esta historia de una flor de la aristocracia andina que terminó unida a un insigne tarambana, buen mozote y simpático, excelso danzarín y dueño de una labia irresistible.

Cuando Margarita Ponce de Jirafa y Manso de Jarama vio la primera luz en la helada capital del altiplano, presentó una característica que la hizo única dentro de la abominable especie de los infantes recién nacidos. Lejos de ostentar la repulsiva catadura de longaniza que es el común denominador de todos, esta criatura insólita fue una bebita preciosa desde el instante mismo en que emergió del vientre materno.

Además, en vez de emitir los chillidos destemplados de rigor, agitaba los bracitos y sonreía. Su abuela, doña Gertrudis Manso de Jarama de Manso de Jarama, a quien nadie vio sonreír desde la muerte de su esposo y primo, Cerbeleón Manso de Jarama y Manso de Jarama, sorprendió a todos con una sonrisa beatífica y sentenció:

– Será mi nieta predilecta. En su belleza prematura se le notan la sangre y el linaje.

En efecto, la finura y distinción que mostró Margarita desde su primera infancia, fueron motivo de asombro general, hasta el punto de que la acreditada revista Maravillas del Hogar publicó una crónica en la que se reseñaba puntualmente el caso de la niña inaudita. Jamás ensució los pañales con aguas mayores ni menores.

Por el contrario, cuando la apremiaban los ímpetus inaplazables, hacía un ademán muy discreto con sus manecitas regordetas, y en ese momento madre y nodrizas se daban cita en medio del mayor alborozo para sentar a la infanta sin par en una bacinilla diminuta que tenía la forma de un osezno tierno y esponjoso.

Por supuesto, Margarita nunca fue al colegio, pese a que su tía cêlibe, doña Agapita Ponce de Jirafa y Ponce de Jirafa, había fundado y regentaba el afamado Instituto Santa María Goretti, exclusivo para niñas de sangre azul. Sus padres estuvieron a punto de matricularla, pero se atravesó la voluntad omnipotente de la abuela para impedirlo con su veredicto inapelable:

– Nada tengo contra Agapita; pero aún en los colegios más selectos se cuela a veces gentecilla de medio pelo. En consecuencia, la matriarca, sin consultar a su yerno ni a su hija, eligió un trío insuperable de institutrices europeas, entre las cuales no podía faltar una inglesa.

Ellas se encargarían de dar a su nieta una formación intachable sin que la niña corriera el riesgo de contaminarse con virus plebeyos fuera de su hogar. Por lo tanto, el mundo de la bella Margarita se limitó, durante los años de su infancia y temprana adolescencia a tres ámbitos, a saber:

a) Los aposentos y jardines de su residencia, incluido el oratorio donde su tío, el canónigo Felisberto Ponce de Jirafa y Ponce de Jirafa, oficiaba la misa para la familia en los días de precepto.

b) Los verdes campos del muy aristocrático Club Ecuestre, fundado en 1825 por los oficiales de la Legión Británica, en los que la joven amazona aprendió a dar saltos inverosímiles sobre lomos de corceles cuyo abolengo, en el universo equino, no cedía un punto ante el de los Ponce de Jirafa y los Manso de Jarama en el humano.

Doña Gertrudis había puesto un interés muy marcado en este adiestramiento, previendo las futuras y numerosas invitaciones que al llegar a Europa, Margarita habría de recibir para cacerías de zorros en los cotos de la aristocracia inglesa.

c) El escenario paradisíaco de “Jarama”, la suntuosa finca de recreo de la abuela, cuyo pórtico ostentaba, en gruesos caracteres de hierro, los versos que en algún instante de divina inspiración pergeñó el lirida de la familia, el inolvidable Anacreonte Manso de Jarama y Manso de Jarama:

“La cuna de los Manso de Jarama, a fuerza de ser alta cual ninguna, más que cuna, dijérase que es cama”.

“Jarama” era un edén campestre sin parangón en el país. La casa principal de la hacienda era el trasunto de una imponente mansión sureña con su majestuoso propileo de columnas dóricas. “Aquí ni siquiera hace falta Scarlett O’Hara porque está mi nieta, que es mucho más bella”, proclamaba la abuela sin cesar.

La casona era en su interior un museo de valor incalculable. Tapices antiquísimos con escenas de cetrería medieval, caballeros andantes y unicornios extraviados, alternaban con férreas armaduras, vitrinas con vajillas intocables, muebles diseñados para el trasero de los querubines y sillas frailunas de tiempos virreinales.

Los antepasados hieráticos contemplaban desde la rigidez de sus daguerrotipos las estampas piadosas de Vásquez y Figueroa y los amables angelitos de Caspicara. Y en el lugar más prominente del salón principal, detrás del enorme piano de cola en que Margarita ejecutaba a Chopin, se destacaba un óleo descomunal del más ilustre antecesor: don Vermudo Manso de Jarama, Duque de Calahorra, Maestre de Santiago y Condestable de Castilla. La mirada de ave rapaz de don Vermudo aterrorizaba a los menores, que en horas de la noche se abstenían de pasar frente al cuadro o lo hacían dándole la espalda.

En torno a la mansión había numerosos estanques donde florecían innumerables lotos y navegaban cisnes aristocráticos a los que los maldicientes reputaban como más repelentes y desdeñosos que la dueña de casa.

Por sus aguas singlaban pequeñas góndolas a bordo de las cuales navegaban los nietecitos al cuidado de expertos sirvientes disfrazados de remeros venecianos. Había, por supuesto, una góndola acolchada, siempre rebosante de flores y provista de baldaquino, que era exclusiva para Margarita. A la orilla de cada estanque había un kiosko barroco donde los criados servían refrescos y colaciones para la progenie infantil de doña Gertrudis.

Y llegó el gran momento. El día en que la abuela decretó que ya era hora de que Margarita partiese para Europa, primero al colegio de las Trinity Sisters, en Canterbury, y luego al Sacre Coeur de Lausanne. Ambos eran frecuentados por niñas de familias reales europeas, tanto en servicio activo como en uso de buen retiro.

Margarita estuvo un año en cada uno, perfeccionó su inglés y su francés y se hizo íntima amiga de toda suerte de doncellas nobles, todas las cuales quedaron hechizadas por el encanto de nuestro personaje. Vino luego la vida social, que estuvo al cuidado de su pariente millonario, Juan Manuel Montes de Piedad y Ponce de Jirafa. Juan Manuel no se dio tregua presentando a la divina Margarita en los más suntuosos bailes de Windsor, de Aranjuez, de Schönbrunn, de Versalles.

Estos y otros baluartes de la nobleza vieron a esta incomparable flor de la aristocracia andina emular en hermosura y elegancia con las princesas más encopetadas. No pocos marqueses, archiduques y vizcondes se rindieron a los pies de la esplendorosa Margarita, cuya helénica pechuga aparecía siempre constelada con las joyas increíbles que habla volcado sobre ella la largueza sin límites del tío, las cuales lucían al lado de collares y camafeos que habían pertenecido a remotas bisabuelas. Entre tanto, allá en los atardeceres de “Jarama”, doña Gertrudis soñaba con la próxima boda de Margarita, en la que, desde luego no podría faltar el kiosko de malaquita el gran manto de tisú y hasta los cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar. Pero era que había una realidad recóndita que ni la abuela, ni nadie, había podido adivinar.

A todas estas, Margarita con sus típicas finura y discreción, había declinado las ofertas de sus enamorados magnates, el más pobre de los cuales podía circunvalar todo el Mediterráneo en su yate sin reabastecerse de combustible. La verdad era que, desde antes de abandonar la patria, Margarita había entregado su corazón a James Marulanda Restrepo, lejano pariente suyo, insigne tarambana, buen mozote y simpático, excelso danzarín y dueño de una labia irresistible, así como de copiosos bienes de fortuna.

Antes del viaje, los dos jóvenes habían mantenido el idilio en secreto, debido a que eran conscientes de que, si bien James no era mal mirado en el imperio de “Jarama”, distaba mucho de ser juzgado digno de la mano de Margarita. Se juraron amor eterno y desde que su amada partió, James la sometió a un asedio epistolar que no conoció un día de tregua y que, por lo tanto, no dejó languidecer por un instante la llama del amor.

Cuando Margarita regresó, fue recibida con una noticia luctuosa. Doña Gertrudis había fallecido poco antes. La nieta predilecta vertió algunas lágrimas pero su aflicción se vio atenuada pensando en el jugoso legado de la abuela. Y aquí se produjo el golpe inclemente. No hubo herencia grande ni pequeña. La verdad era escueta e implacable: la antaño opulenta matrona había muerto impecune.

Desde los tiempos de los caballos, los cisnes y las góndolas, desde los años de las preceptoras europeas, y aún desde las épocas ya lejanas en que la niña prodigio cuidaba de sus pañales como si fueran trajes de novia, ya el ingente patrimonio se venía derrumbando en silencio dentro de un proceso vertiginoso de permutas demenciales, ventas apresuradas e hipotecas insalvables.

Doña Gertrudis y sus hijos habían mantenido durante años su ritmo principesco de vida asestando periódicamente a la fortuna hachazos despiadados. Las lonjas que iban resultando eran consumidas sin tardanza, entre otros lugares, en los pequeños lagos en que los nietos de doña Gertrudis alimentaban a los cisnes con fragmentos de exquisitas hogazas ricas en proteínas.

Margarita tornó a llorar. Juraba que no podría soportar la indigencia. Pero James la consoló haciéndole ver que él, un varón adinerado, sería muy pronto su consorte y le seguiría dando la vida de reina que ella merecía.

En efecto, se celebraron las bodas, que superaron en esplendor a las de un tal Camacho, y la joven pareja, después de una luna de miel inolvidable en Honolulu y Tahití, recaló en la mansión que James tenía dispuesta para su adorada. Los tres primeros años fueron como de petroleros arábigos. Pero lo malo era que aquí también subyacía una realidad catastrófica. A la sazón ya se hallaba James tocando fondo en el proceso de derretir una fortuna ingente.

Y en la medida en que el patrimonio adelgazaba aproximándose al raquitismo, las juergas del calavera se prolongaba y se hacían más estruendosas. El mundo del amor venal se encendía de júbilo cuando llegaba James con su devota corte de parásitos y bebegratis.

Simultáneamente, en sus largas vigilias, Margarita fue perdiendo la paciencia, a lo que contribuía su conocimiento de bancarrota inminente. Fue así como llegó el momento de la separación ineluctable. El perdulario era fecundo como un roedor, por lo que a esta sazón Margarita ya era madre de cuatro hermosos críos. Pero valientemente, tomó su propio camino.

Huelga decir que, ocupado como estaba en consumir los restos de su fortuna en las últimas parrandas, James no disponía de recursos para la manutención de sus hijos. Margarita se empleó como traductora en una empresa. Hoy vive en un conjunto cerrado de clase media mínima en el que las casitas están divididas por muros que más parecen tabiques y dejan por ello pasar todos los ruidos.

A los niños les da vergüenza decirles a sus condiscípulos dónde viven y hacen la ruta entre el colegio y la casa a pie “por hacer ejercicio”. Cuando Margarita llega del trabajo, por lo general extenuada, afronta a diario el tormento de soportar la tabarra de una jamona grasienta y mofletuda que al final del día aún lleva una bata astrosa, marrones con tubos de papel higiénico y chancletas de madera.

Adorna su locuacidad torrencial con una halitosis insufrible y le cuenta que en la casa número cuatro el marido y la mujer, ambos borrachos se ultrajan y se arrojan objetos a la cabeza; que en la seis el niño mayor tiene once años y todavía se moja en la cama; y que la señora de la nueve llora todo el día porque su esposo tiene una querida, y le ofrece novenas a San Judas Tadeo para que el bribón regrese a la buena senda de la monogamia.

Casi siempre, cuando la vecina latosa termina sus relatos truculentos, Margarita ya está profundamente dormida. A menudo se asoma por las ventanas del segundo piso y atisba a los vecinos del conjunto: la casa-lote (concepto nuevo para ella), en cuyo patio gallinas y puercos se disputan los desechos y los granos de maíz; la bandera roja de la “fama”, cuyos hedores suelen invadir sin piedad su habitación; el montallantas con su desorden de herramientas y sus martillazos inmisericordes; y más allá, el desfile incesante de autos que van ingresando al amoblado en que las parejas clandestinas burlan la honra de padres anticuados y maridos cornudos. Entre tanto, sus pensamientos la llevan lejos en el tiempo y el espacio.

La llevan a los palacios europeos donde príncipes y nobles pusieron a sus pies mundos de magia que ella declinó por el amor de su adorado irresponsable. Y la llevan también hasta el ruinoso escenario de “Jarama”, donde se pudrieron las góndolas, las obras de arte fueron rematadas por voraces mercaderes de antigüedades y los cisnes inmolados por campesinos insensibles y comidos en rústicos sancochos.

Y lo que más le duele a Margarita es saber que la finca de su paraíso infantil es ahora un ancianato municipal donde, por desgracia, varios vejetes se han ahogado en los estanques por creer, en su invidencia senil, que las plataformas silvestres de lotos y nenúfares eran tierra firme y sin peligros.

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