Daniel Samper Pizano: “En mi época, el sexo estaba más arriba”

Hace treinta años los colombianos empezaban apenas a trasponer los umbrales de un nuevo orden sexual. La actividad era más reducida, pero la inquietud era la misma: hasta una pastoral del arzobispo era capaz de producir trastornos en la conducta de los adolescentes.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 271 de octubre de 1992

Lo que voy a decir puede sonar realmente terrible, así que pido a los lectores sensibles taparse los oídos: mi generación despertó al sexo gracias al cardenal Luis Concha Córdoba.

Me explico. Despuntaban los años sesenta cuando llegó a Colombia la última película de Federico Fellini. Se titulaba ‘La dolce vita’ y tenía como protagonista a Anita Ekberg, una rubia sueca que parecía un comercial ondulante de leche materna. Las noticias y los rumores decían que La dolce vita era la película más licenciosa jamás exhibida en el país.

 

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“Calibán” la recomendaba con picardía. Algún primo mayor, ya universitario, la había repetido y por todo juicio decía sobre ella “uyuyuy, uyuyuy”. Mi papá, habitualmente abierto y “cuarto” en esta clase de travesuras, me había advertido con solemnidad desusada: “Tal vez es mejor que no la vea”. La dolce vita, pues, había pasado a convertirse en un inquietante desafío. Sólo faltaba un elemento para convertirla en mito, y el pacífico cardenal Concha, como veremos luego, se encargó de suministrarlo.

Repitamos que estábamos ingresando en el nuevo decenio. Mi generación se asomaba apenas, con algo de timidez y mucho de acné, a las inquietudes sobre el sexo que arrastraban consigo los quince años. Mi mundo inmediato era Chapinero. Pero Chapinero era sólo un microcosmos que se repetía en muchos otros barrios del país con quienes hoy rondan también ese lustro mortal entre los 45 y los 50 años.

Cuando nació esta revista (a la cual regreso como un irresistible homenaje a la nostalgia), el sexo no quedaba donde hoy queda.

Sino más arriba, en la cabeza. Se pensaba bastante en él, y hasta ladrábamos, pero era poco lo que mordíamos. Muchas veces he creído que la diferencia entre las costumbres sexuales de quienes nacimos antes de 1950 y quienes lo hicieron posteriormente no es más que de una letra. Nosotros pensábamos en el sexo, luego existíamos: cogito, ergo sum. La generación que nos seguía se limitó a comerse la ge: coito, ergo sum: lo practicaban, luego existían.

Pero, ¿dónde encontrábamos entonces inspiración para nuestros ejercicios mentales? En muchos sitios. El mensaje sexual era mucho más recóndito que ahora, pero no menos intenso. Nos inspiraba el Pingüino, una revista que circulaba, ajada y clandestina, entre los escolares de la época. No contenía más que fotos de señoritas en traje de baño y chistes verdes, de los que le cuentan ahora a uno en los jardines infantiles. Pero estimulaba la imaginación y era heraldo de ese carnaval lleno de sensaciones maravillosas que nos estaba esperando -eso pensábamos- al cruzar la esquina aún lejana de los 21 años.


Caricatura: Archivo Diners.


Nos inspiraba también el cine: eran los tiempos de la nueva ola francesa, en la que ya se adivinaba la carga de sensualidad que iba a caracterizar a la década en botón. Bastaba con sobornar al portero del Caldas o del Teatro Chile para tener acceso a Brigitte Bardot semidesnuda en la Parisienne o a Jeanne Moreau envuelta en un camisón transparente en Reina Margot.

El Catolicismo era el vocero oficial de la curia colombiana, y su última página estaba dedicada a calificar la moral de las películas en cartel. Las notas eran de este estilo “Película que presenta adulterios, amor libre y escenas de desnudo. Prohibida para todo católico”. Pobres señores los de la Acción Católica que colaboraban en la nobilísima obra de apartar a los cristianos del demonio del cinematógrafo desde la página de clasificación de películas de El Catolicismo.

Ellos no lo sabían, pero un grupo cada vez más numeroso de sinvergüenzas e impúdicos, como mis amigos y yo, acudíamos a sus columnas para guiarnos sobre el contenido erótico de las cintas. Era muy fácil sucumbir a la tentación de ver toda película prohibida para los católicos por su abuso del desnudo femenino. Mis amigos y yo -Rueda, Sanint, Perry, Lleras, Venegas, Mejía, Castro, Villaveces y compañía- solíamos consultar El Catolicismo en casa de mi abuela. En un principio ella se mostraba orgullosa de la vocación religiosa que creía ver arder en su nieto; pero cuando la lengua envidiosa de mi hermano Ernesto le reveló el truco, el surrealismo tocó la cumbre:

La abuela nos prohibió leer El Catolicismo, y cada semana corría a esconder en lugares inaccesibles el ejemplar recién llegado, a fin de que no cayera en nuestras manos. Era un eficaz manera de impedir que nos corrompieran, al retorcerlos, los consejos de la curia. Fue entonces cuando llegamos al descarado extremo de tomar una suscripción con un nombre falso, para no desorientarnos por completo.

En las páginas de El Catolicismo, precisamente, apareció un miércoles el mensaje del cardenal Luis Concha Córdoba en que condenaba en los más severos términos La dolce vita y decretaba la excomunión inmediata para todo católico que se acercase a matiné, vespertina o noche al Teatro Tequendama.

El anatema cinematográfico, que con tan santa intención hacía el arzobispo, produjo el efecto contrario en la desobediente grey: todas las tardes las colas ante la taquilla del teatro ocupaban varias cuadras. Parte de los parroquianos eran, por supuesto, mayores de 21 años, como lo exigía la clasificación de la película.

Pero la mayoría éramos estudiantes de bachillerato que habíamos visto en la escandalosa de Cardenal una garantía intachable para acudir a disfrutar de las gracias Anita Ekberg.

Yo recuerdo que, luego de un par de intentos que frustró la presencia de un inspector de la Junta de Censura en la puerta del teatro, una noche conseguimos entrar a La dolce vita.

Era mi compañero de pecado Guillermo Perry, quien luego cometería infracciones mucho más graves, como la de torcer el cuello a más de un contribuyente moroso en su calidad de jefe de impuestos del gobierno López. Nos habíamos vestido con ropa de paño y corbata oscura, gabardina de los taitas y paraguas; encendimos cigarrillos, aunque no fumábamos; y Perry descubrió unos extraños zapatones de caucho negro en un armario del abuelo, que consideró toque convincente para engañar al inspector sobre nuestra edad. Fui yo, que tenía la voz más gruesa y el bozo más aparente, el que se encargó de comprar las boletas. Cuando nos acercamos a la entrada, fingiendo mundo y veteranía, el portero no se puso con misterios.

Entren rápido, niños -nos dijo que el inspector tuvo que ir al baño-. La calidad de la película resultó mejor de lo que pensábamos (el Cardenal no sólo no se refería en su nota a la calidad cinematográfica de la cinta, sino que la condenó sin haberla visto). Pero, a decir verdad, no contenía las orgías deliciosas que aspirábamos a ver, ni el strip-tease integral de la Ekberg con el que soñábamos.

 

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En el fondo, el mensaje de Fellini era altamente ético y la película no conducía en forma directa al infierno. Más bien lo ponía a pensar a uno sobre las vanidades de este mundo, como quiso hacerlo San Agustín por otros medios. Ahora sé que transmiten La dolce vita por los canales de la televisión en horario infantil, y los chinos se aburren. No me extrañaría que fuera en un horario de Cenpro (domingos 7 y 4:00 p.m.).

Siete años más tarde, ya no había ninguna película que pudiera simbolizar, para la generación siguiente, lo que fue La dolce vita para nosotros. Por lo demás, el Cardenal había aprendido una dolorosa lección sobre la pecaminosa naturaleza humana y se abstuvo de nuevas prohibiciones cinematográficas. Antes que nos diéramos cuenta, ya estaban instalados de lleno los años sesenta, con sus hippies un poco tontos pero admirablemente libres, su mensaje de hacer el amor y no la guerra, su afán de explorar nuevos caminos y nuevas sensaciones, sus pelos largos y sus faldas cortas, sus conciertos de rock y sus protestas en favor de la paz.

Ya no se pensaba en el sexo: se ejercía. El umbral que transitamos nosotros había sido traspuesto, y nuestros hermanos menores se instalaban cómodamente en él. Hasta donde sé, muchas de las actitudes románticas de los años sesenta son hoy objeto de burla, a la luz de los pragmáticos tiempos de la economía de mercado. Pero la nueva atmósfera sexual, no. Esa sí prevalece, sin necesidad de que la impulse, contra su voluntad, homilía alguna del señor obispo.

Como prueba de las leyes físicas, nadie podrá negar que resultó admirable: el sexo, que llevaba siglos instalado entre el pecho y la cabeza, bajó en menos de una década los 70 centímetros necesarios, y desde entonces esta donde sabemos, y allí es feliz.

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