“Ser padre es fácil, lo difícil es ejercer”

¿Qué se hicieron aquellos tiempos en los que el padre era el rey del hogar, el jefe, la cabeza visible de la familia, el que ejercía el don de mando?

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 279 de junio de 1993

Todavía es posible encontrar cientos de miles de ingenuos que, por el hecho de tener esposa e hijos, se creen dueños de una majestad milenaria llamada paternidad, que otorga un título-eso creen también- que es digno de respeto, admiración, temor y envidia: el de ser padre.

Pero son muy pocos -aunque cada día aumenta la cifra en forma dramática-, en cambio, los que han descubierto, ya sea con resignación, amargura o simple espíritu deportivo, que uno de los cargos más desprestigiados y decorativos de final de milenio es precisamente es de ser padre, por aquello de los padres de la patria, los padres del socialismo científico y cientos de miles de padres más de instituciones, teorías y doctrinas mandadas recoger.

Tan desolador es el panorama, que ni siquiera los Padres de San Diego son capaces de destacarse en la División Oeste de la Liga Nacional de Béisbol de las Grandes Ligas.

Pero, además de desprestigiado, el de padre es un cargo decorativo. Es cierto que todavía existen salvajes tiranos que someten a esposa e hijos a toda suerte de abusos, pero estos especímenes aberrantes, esperamos, se encuentran en franca decadencia gracias a la modernización de la legislación familiar.

Al igual que el título de rey, reina o princesa, ya casi nadie respeta la autoridad paterna, como tampoco se respeta la majestad de los reyes, que ahora aparecen en los diarios con sus amiguitas de ocasión tal como los captó el teleobjetivo un tanto desenfocado y borroso de algún paparazzo.

Es lógico. Si nadie le caso al Santo Padre cuando clama por la paz en Bosnia o pide clemencia para los condenados a muerte, mucho menos caso le hacen la esposa y los hijos a los abnegados y anónimos padres de familia que se matan trabajando para sobrevivir.

A diferencia de los monarcas europeos que viven muy ricos y pasean ​​en sus yates y se retiran a descansar en brumosos castillos, los padres de la familia todavía deben ganarse el pan con el sudor de su frente, aunque ya sin el privilegio de ser “el jefe del hogar”.

Cómo las mujeres de hoy en día también devengan, ya no se dejan chantajear tan fácilmente con el argumento de que “yo soy el que pone la plata”. Todo lo contrario. Ahora se sienten más autorizadas que nunca para que sus maridos no solo saquen la basura al andén, como en Lorenzo y Pepita, sino que también los ponen a tender camas, recoger la mesa, cambiar los bombillos, lavar los platos, llevar los niños al colegio, pagar los servicios y cambiar los empaques del grifo de la ducha.

En tiempos no muy remotos, los padres ejercían un derecho llamado autoridad que, a juzgar por los vientos de renovación que soplan en los hogares modernos, se volvió de uso privativo de las Fuerzas Armadas y de los monopolios económicos.

En contraprestación a su esfuerzo por levantar un hogar y sacar adelante una familia, un padre podía darse el lujo de imponer sus argumentos por el simple hecho de ser el papá.

¡Ay de aquel niño que se atreviera a contrariarlo, a cuestionarlo o a hablarle en malos términos! En la última década del siglo XX las cosas son a otro precio.

Lo normal es ver a niños de seis años dándole patadas impunemente a su padre, y niñas de ocho regañando (peor aún, aconsejando, orientando y educando) a su papá mientras a este, con la cabeza gacha y resignado a su triste suerte, no le queda más remedio que aceptar los planteamientos de su hija, por lo general- es necesario reconocerlo- mucho más sensatos, adultos y maduros que los suyos propios.

Antes todo era muy sencillo. Educar un niño era demasiado simple. Si el niño era un desobediente y grosero lo sometían a una “fuetera” o se encerraba varias horas en un desván. Eran tiempos crueles, equivocados, pero efectivos. Además la verdad era una sola: el padre, por ser el padre, tiene la razón y punto final.

Hoy en día, en cambio, las cosas son mucho más complicadas. Como no existe una teoría acerca de la educación que se le debe dar a un niño, los padres viven sometidos a paradójicos y angustiosos dilemas.

La esposa opina que al niño no se lo debe gritar. La mamá de la esposa cree que la culpa de lo que pasa al niño es del papá porque nunca se está con ellos. La mamá del papá, que educó al pobre papá según los cánones represivos de los años cincuenta, le alcahuetea al nieto todo lo que le negó a su hijo.

La hermana de la esposa lo mira con ojos de tigresa porque se atrevió a alzarle la voz al niño. El hermano, en cambio, opina que esos niñitos lo que necesitan es una buena paliza como las de antes para que aprendan a comportarse en sociedad. Y los sicólogos… ahí comienza el verdadero drama.

Porque según la escuela x (x puede ser París, Nueva York, Vancouver, Toronto, Charlotte, Carolina del Norte: cualquier ciudad con aeropuerto internacional que se respete tiene su propia escuela sicológica), se ha descubierto esto, y según la escuela y es exactamente eso pero al revés, y según la escuela z, en realidad es “ni sí ni no sino todo lo contrario” o, como sugieren los discípulos de w, “tal vez sí, tal vez no, lo más probable es que quién sabe “, como diría el ex presidente Julio César Turbay Ayala.

Pero dejemos de lado el complejo mundo de la educación. Para un padre moderno es un privilegio que los hijos lo saluden, incluso que lo volteen a mirar cuando llega a la casa.

Por lo general, el saludo del padre no es otra cosa que palabras que se lleva el viento. Muchas veces tiene que someterse a una agobiante antesala para que sus hijos se dignen contestarle, además del saludo, cosas tan sencillas como “Qué tal el colegio”, “Estuviste contenta donde Judy” (esa es otra: ¡ay del padre desinformado acerca de la vida social que llevan sus hijos!). Y ni hablar de esas preguntas que puedan herir la sensibilidad del niño: “¿Ya hiciste tareas? ¿Cómo te fue en el control de lectura?”. Un padre moderno, en el mejor de los casos, puede aspirar, y luego de un gran esfuerzo analítico, estructural y conceptual, a volverse amigo de sus hijos.

Y sin embargo, a pesar de la autoridad y los privilegios perdidos, ser padre sigue siendo un orgullo que se lleva muy adentro. Un orgullo tan grande, suponemos, como ser reina de Inglaterra y Holanda, así no sirva para mayor cosa.

Artículos Relacionados

  • Estas son las fotos más desgarradoras de vida salvaje en 2018
  • “La ciclovía es la playa de los bogotanos”
  • Si le gusta Melina Ramírez, seguro le gustará su ‘playlist’
  • Playlist: 10 años de Spotify

Send this to a friend