El triunfo de la colombiana Ángela Becerra en el mundo

Poder, erotismo, arte, alta sociedad, glamour y ciudades circulan por las novelas de Ángela Becerra, la escritora colombiana de porte altivo, silenciosa, rigurosa. Aquí está la vida y la obra de esta caleña que triunfa en Colombia y el mundo.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 441 de diciembre de 2006

Ángela Becerra es la versión real de los libros que escribe. Los ingredientes son la luz y la sensualidad, el presente y la esperanza, la juventud y la muerte, la paz y la venganza. La crítica dice que ella es la creadora del “idealismo mágico”, fórmula que la convierte en la novelista colombiana más leída en España después de Gabriel García Márquez. Y para las editoriales de habla hispana es el fenómeno de principios de siglo. En enero próximo en España saldrán a la venta cien mil ejemplares de su última novela, Lo que le falta al tiempo.

Es la cuarta obra de esta caleña y una demostración de fecunda obsesión por la literatura. En 2001 publicó Alma abierta, poemario que ella define como un “protestatario”, reseñado con muy buenos comentarios por el diario El País de Madrid (a Colombia no ha llegado). Un par de años después presentó su primera novela titulada De los amores negados, que obtuvo el Latino Literary Award y de la cual se han hecho veintidós ediciones. Y en junio de 2005 terminó de escribir El penúltimo sueño, ganador del Premio Azorín de Novela, considerado el mejor libro de ficción colombiano de aquel año, reimpreso hasta hoy en diecinueve ediciones.

Sus libros, de oraciones simples y contundentes “bordados puntada a puntada”, han sido traducidos a dieciséis idiomas, entre ellos el turco y el mandarín. Y con esas frases que unidas unas a otras parecen un bolero, Ángela Becerra va perforando, capitulo a capitulo, asalto por asalto, los prejuicios del lector desprevenido y sobre todo del suspicaz y escéptico. Unos y otros, sin darse cuenta, van desordenando sus rutinas, aplazando las citas y los horarios, retrasando las horas de dormir o de comer porque se encuentran frente a una mujer inesperada e irreverente que no cree en los clisés contemporáneos.

Hoy, en estos días breves de la Internet y el celular, cuando en tono marcial les exigen a los escritores que no escriban relatos largos, de más de doscientas páginas, que busquen un telón de fondo y traten de evitar al máximo los símbolos y las metáforas, Ángela Becerra se despacha con libros de casi seiscientas páginas cubiertas de mensajes y figuras literarias y sin envolturas políticas o sociales.

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DE LA PUBLICIDAD A LA LITERATURA

Si no hubiera alcanzado el éxito “seguiría escribiendo”, responde Ángela con la voz españolizada de palabras arrastradas y musicales. Seguramente lo haría con mayor tenacidad de la que acostumbra para cada libro.

El ritual comienza a las nueve de la mañana, después de caminar y hacer yoga en el bosque vecino de su casa, situada en las afueras de Barcelona, y apenas su hija de catorce años parte para el colegio. Entonces desconecta el teléfono, pone música de piano, por lo general de Chopin o Mozart, se encierra a trabajar ante una pared llena de sus poemas (“Cuando era niña me prohibía escribir en las paredes”), enciende unas cuantas velas y sin parar, tomando apenas unos sorbos de agua, escribe juiciosamente dos hojas que cuando termina, a las tres de la tarde, revisa con la meticulosidad de un fiscal en etapa acusatoria.

Mirándola a los ojos grandes que parecen crecer en cada instante, enmarcados por abundantes rizos ondulados y castaños que caen como cascadas hasta los hombros, se tiene la vacilación de saber si es una mujer de edad madura o que está en los últimos días de la juventud. “Tengo cuarenta y nueve años. En el próximo año cumplo los cincuenta”. Antes de la literatura se dedicó a la publicidad, en estricto orden de tiempo en Cali, Bogotá y Barcelona. Fue una larga época de trofeos alcanzados vorazmente, colmados de reconocimientos y adulaciones, aunque en el interior de Ángela, en silencio, como realmente es, como les sucede a algunos de sus personajes, creció la sensación del vacío.

“Aprendí a quererme una tarde, de golpe”, dice un poema de Alma abierta que resume aquella sensación que la arrojó por tres meses a un viaje a la India, sola y con muy pocas pertenencias para enterrar un estilo de vida.

“Era el epílogo de veinte años de publicidad que se reprodujeron, crecieron, rieron y ahora morían y no me aportan ningún tipo de magia”.

Pero fueron años felices que comenzaron cuando era estudiante universitaria y se revelaba para los medios de comunicación y las agencias de publicidad como una propuesta diferente, fresca y femenina, en una profesión que entonces era machista, agotada con las mismas recetas.

“En realidad eso de mirar y contar en poemas y cuentos lo que veo, empezó siendo muy niña”, en Cali, en medio de una vida que transcurría en la ciudad, de lunes a viernes, y en el campo en los fines de semana. Creció entre las comodidades que se palpan en casa en las horas de las comidas con suficientes pandebonos y dulces de leche y generosos sancochos de gallina, en el colegio de monjas donde estudiaba y en los ratos de ocio caminando descalza.

Para describir las sensaciones que sentía Mazaran, protagonista de Lo que le falta al tiempo, pasó tres temporadas en París recorriendo las calles con los pies desnudos. Las imágenes están en el libro y fueron tomadas por su hija mayor de veintisiete años, de su primer matrimonio.

Terminados el colegio y la universidad, ya se había enamorado en dos oportunidades, aunque no definitivas, y con la misma pasión con la que ahora escribe las dos páginas de cada día, la joven creativa de publicidad se construyó un nombre con trabajo y estudio.

En una conferencia conoció a su actual esposo, a Joaquín como lo llama al final de su última novela. Era 1986 y venía a Bogotá a dictar unas conferencias un publicista español, director de una agencia líder en Europa. Ella fue a tomar apuntes, intercambiar conceptos y… “Nos presentaron y me invitó a hacer un training en España durante dos meses”.

El training ya lleva veinte años y fue Joaquín, que ahora se dedica a escribir, el mecenas de la mejor época de Ángela como publicista en Europa cuando ganó cinco Leones en el Festival de Cannes y dirigió la campaña del perfume de Antonio Banderas. Es también el padre de su segunda hija, de catorce años, y el primer lector de sus novelas. Todas las noches él se pone sus lentes gruesos y claros, se sienta cómodamente, y con la mirada de un prestidigitador va señalando lo que en su opinión será muy bueno y lo que será muy malo.

Al día siguiente, antes de escribir, la novelista hace la revisión final a las dos hojas, que para ella son las alas de una mariposa a punto de volar. Continúa con las dos páginas siguientes, con un método circular al que le sobran las metáforas: las hormigas, el pájaro carpintero, el corredor de fondo. “La publicidad como antesala de la literatura me sirvió para trabajar imaginación a manera de oficio” y para penetrar en ambientes desconocidos, de élite y más que nada eróticos.

“LA LITERATURA ES UN SUFRIMIENTO DULCE”

Aunque conserva erguidos los atributos propios de las vallunas, y sus piernas y sus manos son largas y sin manchas, y su piel es elástica y dorada en especial en la parte baja del cuello, ya muy poco queda de aquella caleña hija de dos palmiranos que estuvieron unidos hasta el final de sus días.

Ángela Becerra es la quinta de siete hermanos y tal vez la más avezada aventurera. “Entonces llegué de la India y escribí el poemario y siguió De los amores negados”, que muestra los pinceladas de su narrativa con una historia de desamor en una ciudad costera, plana y llena de música, sorprendida por una inusual pareja formada por un psicólogo y una artista.

Tardó dos años en escribirla y cuando la terminó, segura de tener un buen libro entre sus manos, tocó las puertas de las editoriales de España y “sólo recibí negativas”. Vino a Colombia y con sus escritos debajo del brazo llegó a la oficina de Benjamín Villegas por recomendaciones de un amigo común. Ella partió hacia Barcelona pero sus páginas se quedaron en la oficina del editor, que las leyó durante el fin de semana.

“¡La descubrí!”, dijo Villegas con orgullo en el día de la presentación de Lo que le falta al tiempo, en el Museo Nacional de Bogotá, a finales de noviembre pasado. Pero no contó que en la mañana siguiente de leer De los amores negados la localizó por teléfono en una placentera playa española y le pidió un contrato lo más pronto posible.

El dualismo humano, los escenarios de los guetos, las sectas y las cofradías y el lenguaje erótico son la constante en la obra de Ángela Becerra. Explica que el bien y el mal, el yin y el yang, Dios y el diablo, nacen a partir de las cosas evidentes que a los hombres y las mujeres les suceden a diario.

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Sólo ser un ser sin tiempo

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Son las cartas abiertas sobre la mesa que enseñan las primeras señales de otras epístolas que están en la sombra, en la oscuridad, en aquel campo sembrado para que crezca el erotismo y la seducción.”Sucede que a lo largo de nuestras vidas nos vamos descompletado, nos castramos y olvidamos que el sexo en los humanos es una muestra palpitante de que están vivos”.

De un vistazo rápido, la escritora caleña es todo aquello que, así lo niegue, en el fondo busca un escritor: profundidad, reconocimiento, viajes y ventas. Observada de cerca, minuciosamente, en Ángela Becerra brotan ciertas señales de su personalidad, algunas bellas, seductoras e inteligentes, otras distantes, que van enseñando por qué para ella “la literatura es un sufrimiento dulce”.

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