Héctor Abad y la felicidad de un poeta triste

Que le digan poeta aún le suena raro, a pesar de que lleva creando versos desde los 13 años. Revistadiners.com conversó con él sobre temores, baúles, amigos muertos y claro, poemas.

Cedro de altura

Sencillo como un árbol,
Profundo como un árbol.
Duro y elemental.
Muy quieto…

Héctor Abad dice que tiene mala memoria. Quién se lo cree cuando lo oye recitar por más de cuatro minutos a su poeta favorito: León de Greiff. Pero una palabra se le escapa y todo amenaza con borrarse: lo que ha venido diciendo y lo que iba a decir, pero el público le pide que la pase de largo, que no se detenga y continúe con ese recital improvisado que su interlocutor, Mario Jurisch, ha incitado.
Es el lanzamiento de “Testamento involuntario”, su primer libro de poemas que hubiera podido llamarse “La felicidad del triste”, nombres que tienen en común, precisamente, la tristeza. Pero se quedó con el primero porque asegura que este libro es su comienzo y su final como poeta, ese sustantivo al que todavía no se acostumbra, ni lo hará y, por eso, quiso dejar la lápida bien puesta a esa faceta. Por lo menos de manera pública, pues puede que sus agendas, las que terminan guardadas en un baúl, sigan llenándose de versos.

…como un árbol
Tan árbol como un árbol,
Habrá sido y será
Tronco, madera, leña,
Semilla, rama, flores, raíz, savia, corteza…

Las agendas guardaron silenciosamente esos poemas que desde la adolescencia empezó a escribir sin atreverse a publicarlos, dice él, por no seguirle el juego a la muerte, esa con la que se quiso ir su amigo, Daniel Echavarría, luego de pegarse un tiro a los 17 años. Eran tiempos en los que los dos compartían versos en silencio, como una especie de pecado. “Daniel se hundió en un pozo de palabras endemoniadas, de tristezas y amores imaginados, y no pudo soportar lo que sintió”, cuenta Abad en el prólogo.
Ahora, tantos años después, a Héctor ya no le da miedo la muerte, porque sus hijos ya crecieron. También le perdió el temor a volar luego de descubrir, por cuenta de las monjas que recitaban el Padre Nuestro en los aviones, que esa repetición actuaba como un mantra tranquilizador. Él, nada creyente, prefirió aplicar el método con los poemas de León de Greiff y por eso ahora, además de viajar calmado, recibe elogios después de lograr con éxito un recital improvisado.

 

…Habrá sido la luz y sosiego,
Sólo a su sombra se comprende el cielo.
Habrá sido las hojas que te enseñan el viento
Y gracias a su fruto (del bien, del mal)
Dejarás la ilusión del paraíso…

 

“El amor entra por los ojos, la poesía entra por los oídos”, dice este poeta recién publicado, apasionado por leer este género que ha estado consigo desde la infancia, gracias a que su papá recitaba autores como Barba Jacob o el preferido, Carlos Castro Saavedra, también amigo personal. Además de leer, Aba ha estudiado la métrica, ha analizado la materia sonora, su funcionamiento, ha buscado las palabras precisas por horas, con la claridad de que en la poesía no existen sinónimos.

¿Sus poemas son una especie de cuentos cortos con eufonía?

No. Los poemas no son cuentos, y los cuentos también tienen que tener eufonía. La eufonía, o la cacofonía deliberada, son herramientas literarias necesarias en todos los géneros. Mis poemas son mi manera de escribir poemas: esa es la voz que tengo y cada voz es, o debería ser, distinta.

Usted dice que la prosa tiene una serena superficie, ¿cuál es la de la poesía?

Hay poemas serenos y hay poemas turbulentos. Si usted trata de apresar la poesía en fórmulas, la fórmula se le escapa como el agua entre las manos.
La novela entra en la intimidad sin decir nombres propios, asegura. Su poesía los dice. ¿Da temor revelar y publicar sensaciones y sentimientos íntimos?

A veces los dice, a veces los oculta. Publicar lo íntimo en poemas intimistas es tan inevitable como ver el mar en esas pinturas que se llaman marinas. Miedo uno puede sentir por los asesinos o por los leones sueltos, no por los versos.

 

…Tan árbol como un árbol.
Yo, un hombre con un nombre,
Con su sombra, a su sombra.
Duro y elemental. Inquieto…

“Virginidad” es un poema que lee con la cabeza baja, con un poco de pudor y por eso quizás dudó en publicarlo. Otro más no corrió con suerte y sus amigos, en los que confía sus textos, le sugirieron guardarlo, pues podría herir susceptibilidades. Algo así le sucedió con su novela “Antepasados futuros” que estaba lista para publicarse, pero que ahora será un libro póstumo, por contar lo que a algunos no les resulta cómodo.

¿De dónde vino la primera posibilidad de título La felicidad del triste?

Yo no sé de dónde vienen los títulos, ni ninguna palabra que se junta con otra. Tal vez aludía al hecho de que al escribir me alegro.
Los lectores suelen ser aduladores o sangrientos con sus comentarios.

¿Qué tanta atención les presta a las opiniones sobre su poesía?

Todavía no tengo experiencia. Debe ser como echarle azúcar o limón a una llaga. Pero como no tengo llagas, me afecta tanto como echarle limón a un callo. Tengo pellejo de camello viejo.
No podremos leer la novela que tenía lista porque será póstuma, ¿pero ya hay o está preparando algún texto en prosa?
Estoy escribiendo otra novela: se llama La Oculta.
Hecho de agua, sol y tierra,
Pero también de tiempo.
El hombre sólo en un árbol que se mueve.


Video: Héctor Abad en el lanzamiento de su libro de poemas lee “Aguirre”

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