En exclusiva para los lectores de la Revista Diners, la reconocida periodista Salud Hernández-Mora, desde Beirut, describió el panorama humano y político de la guerra que sacudió al Oriente Medio y al mundo.

Publicado en Revista Diners Ed. 437 de agosto de 2006

Al pasar por una calle de Canaán, el fuerte olor a cadáver que despide una casa derruida hace pensar en nuevas víctimas civiles. Pero nadie se dedica a buscarlas. Es tan ingente la tarea de rescate y son tan escasos los recursos y las horas de tregua en el sur del Líbano, que al final uno opta por taparse la nariz y seguir la marcha.

Junto a los escombros del edificio que quedará para siempre como símbolo de barbarie y que enterró a cincuenta y cuatro refugiados, casi una treintena de ellos niños, los miembros de Hezbolá que permane como guardianes del pueblo hacen las veces de guías turísticos del horror bélico.

Sus enemigos no les pueden reprochar que utilicen los muertos como propaganda. En la guerra desigual que enfrentan, es la única arma que les ofrece ventajas claras.

“No nos gusta la guerra, queremos la paz, pero no podemos aceptar los aviones judíos sobrevolando nuestro territorio y matando inocentes. Vamos a hacer la guerra a los israelitas hasta la muerte”, asegura un vecino que sacó a su familia antes de los ataques.

Al igual que muchos hombres de la localidad donde Jesucristo hizo el milagro de transformar agua en vino, prefiere permanecer en el lugar que lo vio nacer, para tratar de impedir que lo invadan las tropas enemigas, aunque hacerlo le cueste la vida. “Yo no era de Hezbolá antes, pero me uní a ellos por esta guerra”.

No ha sido el único. Desde cuando empezó la contienda, el 12 de julio pasado, las encuestas locales hablan de que un ochenta por ciento de la población apoya ahora a Hezbolá, el Partido de Dios, la organización política que crearon los chitas a principios de la década de 1980 y que tiene por escudo, adornando su bandera amarilla, una ametralladora.

La popularidad de Hezbolá ha escalado niveles nunca imaginados, incluso entre los grupos sociales que han sido sus tradicionales y más enconados opositores, como los cristianos maronitas o los drusos, “Yo estoy con ellos porque luchan contra mi enemigo que es Israel”, afirma con contundencia Eliane Gefara, veterana periodista cristiana y mujer de opiniones fuertes.

“Cuando termine la guerra volveremos a estar enfrente, como antes, pero ahora son de los nuestros”. Las atrocidades que cada noche ve por televisión en los canales locales y en los canales árabes globales como Al Jazira, le parecen suficientes para convencer a cualquiera de que nada justifica la desproporcionada reacción israelí, menos aún por el secuestro de dos militares judíos, combatientes a fin de cuentas.

“No atacan a los miembros de Hezbolá sino al pueblo libanés. Están acabando con nuestro país y nadie les hace frente, sólo Hezbolá”.

Los diarios capitalinos de habla inglesa y francesa The Daily Star y L’Orient Le Jour, ambos moderados y políticamente centrados, han ido subiendo el tono de sus críticas hacia Israel y ya comparan lo ocurrido con el genocidio judío.

“Los niños del Holocausto, de quienes cabría esperar compasión ante las súplicas de los débiles y los inocentes, están haciendo gala del mismo racismo que conocieron en Treblinka, Auschwitz y Dachau”, decía el editorial del Star tras la masacre de Canaán.

La indignación y una sensación de impotencia se han apoderado del país, a la par con un odio visceral hacia Israel, cuyas bombas lo acrecientan cada día. Tampoco queda bien parada ante los ojos del hombre de la calle la comunidad internacional, en especial la ONU, incapaz de frenar el baño de sangre y la destrucción de la infraestructura civil.

“¡Que!, ¿están contentos con lo que pasa?”, “Ustedes, los occidentales, ¿no piensan hacer nada? “, ” ¿Acaso somos de Hezbolá?, ¿Acaso somos todos terroristas? “, me han reprochado en más de una ocasión, muy enfadados.

La arremetida bélica terminará en días o semanas cuando el primer ministro Ehud Olmert considere que ha salvado la cara con alguna victoria pírrica. Pero quedará una estela de resentimiento que puede ser el germen futuro de más violencia.

Y lo que es peor para el Líbano y la estabilidad de la región: sea cual fuere el resultado final, Hezbolá saldrá victorioso, con la aureola de los héroes, como los únicos guerreros capaces de frenar al todopoderoso Estados Unidos y a su protegido Israel que posee el mejor ejército del área.

Por eso aunque los agresores intenten taparlo, los que ganan con el conflicto son los fundamentalistas, respaldados por Irán y Siria, cuyo movimiento emplea la violencia para alcanzar sus fines y tiene la aspiración íntima de sustituir algún día la democracia libanesa por un estado autocrático islámico.

ÉXODO

Unos ochocientos mil libaneses, un cuarto de la población, dejaron sus hogares en los primeros días de la guerra. Los últimos desplazados del sur huyeron despavoridos cuando Israel, en la tercera semana de la contienda, decretó una breve tregua de dos días.

Fue un éxodo caótico, sin orden, con un Estado siempre ausente y un Ejército que todo lo más se dedicó a ordenar el tránsito cuando los trancones, en las escasas vías aún utilizables, eran inmanejables.

Unos buscaban poner tierra de por medio mientras duraran los ataques, para regresar cuanto antes a rehacer sus vidas. Otros, como Mohammed Bashar, veinteañero con sueños y ambiciones de progreso, pretendía salir del país para siempre, quizá hacia Australia donde vive un primo.

Porque todos los libaneses tienen a alguien más o menos cercano, en algún lugar del mundo, dispuesto a recibirlos. “Quiero mucho al Líbano, pero aquí no hay futuro”, decía el muchacho.

Las familias islámicas ricas fueron de las primeras en huir. Ocupan plantas enteras de los hoteles de las montañas de Broumana, a escasa distancia de Beirut.

Partieron hacia la zona preferida por los cristianos de estratos altos en sus fines de semana, zona de agradable clima primaveral y de restaurantes y discotecas de moda que siguen abriendo sus puertas confiados en que los judíos nunca bombardearán las tierras de quienes defienden un sistema democrático y un estilo de vida occidentalizado, esos libaneses que antes de esta última guerra sentían idéntico desprecio y fastidio que los israelitas hacia Hezbolá.

“Los dos primeros días, muchos cristianos y también infinidad de musulmanes culpamos a Hezbolá por haber provocado a Israel precisamente al comienzo de la mejor temporada turística en muchos años, dando al traste con nuestras esperanzas”, dice Atier Nasser, comerciante de Beirut.

“Pero cuando vimos que destrozaban la infraestructura civil, que mataban niños y mujeres, ciudadanos indefensos; que actuaban con mucha brutalidad y nadie los detenía, nos pusimos junto a Hezbolá”.

Líbano emprendía en julio, cuando comienza la temporada alta de vacaciones, la senda de la recuperación económica, la ilusión colectiva de convertir de nuevo a Beirut en el faro de la cultura en el Oriente Medio, la ciudad sofisticada, moderna y abierta que en su día compararon con París.

Esperaban un millón seiscientos mil turistas, en su mayoría libaneses residentes en el exterior, dispuestos a dejar divisas en los hoteles y lugares de recreo y a invertir en la adquisición de casas y apartamentos de lujo que están construyendo por doquier, tras varios años de estancamiento.

Del sueño los despertaron en forma abrupta, un miércoles en la madrugada. Inutilizaron el aeropuerto internacional, bloquearon los puertos marítimos, destrozaron las autopistas y los puentes, lanzaron toneladas de explosivos sobre los barrios del sur de Beirut, donde vive la clase media islámica, y sumieron a la población en la desesperanza.

“El país salía de una época muy difícil, con muchos conflictos políticos que paralizaron la actividad económica, y parecía que por fin tendríamos un buen año. Las perspectivas eran las más optimistas en muchas décadas”, explica Gaby Dib, gerente de un hotel de la capital.

“Ahora nadie sabe qué puede pasar, ni siquiera si abrirán los colegios en septiembre, cuando comienzan las clases, porque los planteles están llenos de refugiados que no tienen a donde ir”.

A pesar de la tristeza que embarga a muchos libaneses, están tan acostumbrados a la violencia, tras veintitrés años de guerra civil, que en cuanto cesaron por dos semanas los bombardeos sobre Beirut, volvieron los noctámbulos, pasando por alto los sobrevuelos de los cazas israelíes.

En la plaza de Sassine, en un barrio cristiano, el elegante café Chase presume de no haber cambiado sus horarios ni en un solo día. Al principio el local quedaba desierto antes del atardecer, y ahora su terraza vuelve a estar repleta hasta bien entrada la noche.

“Abrimos hasta las tres de la madrugada en los fines de semana, y hasta las doce de la noche en los demás días. Y siempre el café está lleno”, comenta un mesero, feliz porque eso supone mantener el puesto. Enfrente, Starbucks, de la famosa cadena norteamericana, tampoco tiene ni una mesa vacía.

“Son dos países distintos, el de las montañas de Brummana y de Chase, y el de los refugiados y los muertos. Por eso a mí no me gusta salir, me parece muy frívolo rumbear mientras el país se desangra”, dice Awad Baskal, un empresario.

Aunque sigue la guerra, las conversaciones ya no giran en torno de quién tuvo la culpa o cómo vengarse, sino sobre cuándo y cómo comenzaran la reconstrucción del país para levantarlo de nuevo “Saldremos adelante, volverán las inversiones. Los libaneses nunca nos quedamos parados”, asegura el comerciante Atier Nasser.

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