Lucho Herrera después del retiro

Uno de los mejores ciclistas colombianos de la historia pensaba retirarse cuando terminara el clásico RCN de 1992. En su casa paterna el “Jardinerito” habló con Diners de su esposa, su vida y sus planes para el futuro.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 269 de agosto de 1992.

En su casa de campo en Fusagasugá no es el mismo hombre parco y en apariencia tímido que se conoce en el mundo del ciclismo, sino una persona distinta, espontánea, que se olvida de su condición de ídolo y recobra su papel de Luis Herrera Herrera. Esta casa sigue siendo su hogar a pesar de que el 24 de diciembre pasado, en la más absoluta intimidad, se comprometió en el altar con la mujer que espera tener a su lado durante toda la vida. Ella, Judith Xiques Villa, barranquillera como su padre – un ingeniero industrial que se quedó a vivir en Ibagué, a donde fue a visitar hace seis años a una hermana casada – y de madre venezolana, llegó de casualidad a la vida del “Jardinerito” hace dos años, subida en un carro de bomberos durante un desfile como reina de las fiestas en el cumpleaños de Ibagué, donde “Lucho” la divisó en medio de la multitud y la miró con ojos enamorados. Pero a ella el famoso ciclista no le inspiraba ni un mal pensamiento.

En cambio en él comenzó a crecer un sentimiento que anteriormente sólo había sentido con distinta intensidad, por dos mujeres en su vida. El tiempo pasó, y Lucho continuó su dura carrera en las competencias europeas mientras que ella seguía paseándose por las pasarelas, carrozas y luces de los reinados y desfiles, como Miss Tanga, o reina de la ganadería, o reina del folclor en Ibagué, o simplemente trabajando como diseñadora de modas.

Un desconocido llamado “Lucho”

La Vuelta a Colombia de 1991 llegó, como todas, con su fanfarria de música, colores y modelos. Entre estas estaba una rubia ensoñadora, de 1,75 metros, con medidas de reina. Era Judith, que volvió a aparecer en la vida de Lucho para quedarse definitivamente en ella, para vivir con él un romance secreto. El tomó la iniciativa, pero ella le ayudó con su número de teléfono que le apuntó en un papelito. Las habitaciones de los dos coincidieron en el mismo piso de un hotel de Medellín donde descansaba la caravana de la Vuelta a Colombia.

El teléfono del cuarto de ella repicó varias veces antes que contestar: ” Aló, ¿con quién?”.”Con Lucho”. “¿Con cuál Lucho?”.”Pues con Lucho Herrera”. La llamada duró cuatro horas.

Después vino la conquista, con detalles como un oso que él le envió por conducto de un botones del hotel, o las cien rosas rojas que llegaron a su casa de lbagué.

Al amparo de su madre

La otra mujer importante en la vida de Lucho es Esther, una matrona que sigue cuidando cada uno de los detalles de su hijo, en su casa de campo, a pocos kilómetros de Fusagasuga. Hasta allí llegó la Revista Diners para tener una charla informal con el más importante ciclista colombiano y el mejor escalador del mundo de la década pasada.

Desde la puerta principal se percibe toda la sencillez y el orden de su interior. Un sofá y una poltrona de color pastel adornan la estancia principal, donde se entroniza un televisor de 25 pulgadas y hay espacio para el comedor-una mesa ovalada de seis puestos y el buffet- . A la izquierda está el cuarto de los trofeos, en el que reposan una botella gigante de champaña con la etiqueta “Extra-Codorniu”, dos leones medianos de peluche amarillo, su trofeo como campeón de la Vuelta a España de 1987, varias imágenes de la Virgen de Nuestra Señora del Carmen de Apicalá, una estatuilla del Niño Jesús, un balón autografiado por varios exjugadores de fútbol de Millonarios, como Prince y Vivalda, y un póster que lleva por título “Les champions du Tour”, en el que aparecen en primer plano los ciclistas españoles Pedro Delgado y Marino Lejarreta, el irlandés Stephen Roche y Luis Herrera.

Las habitaciones contiguas las ocupan los padres de Lucho, Rafael y Esther, y su hermana Nati con sus hijos Hellen y Brainer. En el patio hay un toche amarillo y negro en su jaula, un loro, e innumerables peces rojos en la alberca.

En la segunda planta, donde Lucho reina a todo lo largo y ancho, está su dormitorio, compartido ahora con su esposa. Desde la ventana se observan dos balcones y la inmensidad de los potreros. En un armario que cubre toda la pared, guarda su loción preferida, Santos de Cartier.

Completan el mobiliario un tocador, un televisor y un equipo de sonido, y un tapete de tono oscuro que hace juego con el baño de color azul. A la salida de la habitación, un pasillo conduce a su estudio, donde Luis guarda en un escritorio sus objetos personales y colecciona infinidad de revistas sobre carros y ciclistas, traídas especialmente de sus viajes a Europa.

Durante la conversación, cada respuesta de Lucho estuvo interrumpida por una pausa y reanudaba después de haber repasado, una y otra vez, las revistas a su alcance. Así pudo recordar la insistencia de su hermano Rafael -administrador de su finca Las Brisas en Fusa -para que practicara el ciclismo; la bicicleta de semi – carreras, de un solo cambio, que su madre le regaló a los 15 años y que le servía para desplazarse hasta Fusagasugá, donde participó, un año después, en la primera prueba ciclística de su vida, en la que perdió tres rondas del circuito; su triunfo en la Vuelta a España de 1987 la etapa que pasó por el Alto de la Línea, durante el clásico RCN de 1981, tras la que sintió un verdadero alivio, pues ese día su nombre comenzó a ser bordado con letras de triunfo;, su inigualable esfuerzo para ganar en 1984, como aficionado, la mítica etapa del Alpe D’Huez, en Francia; y los días, mucho tiempo antes, en que dormía junto a su radio de pilas escuchando las proezas de Álvaro Pachón, “ Cochise” Rodríguez y otros pedalistas, y soñaba ser como ellos, vestido con un bonito uniforme de ciclismo.

El ciclismo se lo ha dado todo. Por eso, si naciera de nuevo no dudaría un instante en volver a ser ciclista a pesar de las críticas, de las caídas y de las derrotas. El tiene su conciencia tranquila: “Siempre he tratado de hacer bien las cosas, pero no siempre se consiguió el triunfo. Ahora vienen otros, como Oliverio Rincón, Álvaro Mejía o Julio César Ortegón, que pueden conseguir grandes victorias.”

El tanque “pequeño”

Su cuerpo no es el del típico europeo, robusto y macizo, sino más bien el de un escalador, con un “tanque” demasiado pequeño para afrontar con éxito una temporada muy extenuante que le signifique el máximo de rendimiento en numerosas pruebas. “Lucho entrega todo el esfuerzo y la preparación de una temporada en una o dos carreras. El no es irregular, sino que su rendimiento responde a metas. Los altibajos que pueda presentar son más que todo en la fase preparatoria”, dice Roberto Sánchez, su ex técnico y preparador físico en el equipo Café de Colombia.

Revela, además, que Herrera tuvo la oportunidad de ganar el Tour de Francia de 1988 pero se salió del plan de rendimiento al correr la Dauphiné Liberé que, aunque ganó, le significó padecer trastornos orgánicos posteriores: “En el Tour cuando había recorrido 2.000 kilómetros y venía la montaña, se quedó sin peso, bajó de los 55 kilos y empezó a perder minutos”.

“Su cuerpo es el de un escalador, con pierna delgada, y es resistente a las enfermedades, aunque le faltó un poco más de masa muscular”, es el concepto de Camilo Pardo, su médico en el equipo ‘cafetero’ durante cinco temporadas. Aun así se le considera con un organismo privilegiado, “de un biotipo longilíneo, delgado, con bajo porcentaje de grasa y un corazón muy superior al de mucha gente-necesita bombear la sangre un menor número de veces -, lo que le brinda una buena resistencia al ejercicio”, como afirma el médico Fabio Echavarria, del equipo Postobón profesional al que pertenece Lucho.

Tanto dentro como fuera de las carreteras es visto como un líder, y sus compañeros le tienen un gran respeto. “Nunca ha sido segundón. Siempre ha ido por el primer puesto. El no necesita hablar. Con su sola presencia en el equipo, todo el mundo sabe que tiene que ayudarle”, confiesa Omar “Zorro” Hernández, su compañero de escuadra durante dos años.

El ciudadano Luis Herrera

El próximo 12 de octubre, día que finalizará el clásico RCN en Bogotá, Lucho aspira a dar sus últimos pedalazos como profesional. En esa fecha, sin lágrimas y con toda la calma y parquedad que lo han vuelto famoso, espera recibir los postreros aplausos, el reconocimiento al mejor de los últimos diez años. (Sin embargo, el técnico adjunto del equipo de Postobón considera que Lucho podría continuar por una o dos temporadas más, y espera que cambie de opinión y aplace su retiro del pedalismo).

Se dedicará a los suyos, y en especial a su esposa, con la que espera visitar muchos de los países – sobre todo Estados Unidos, México, España y Brasil – que como ciclista apenas conoció desde el hotel o al borde de un precipicio montado en su bicicleta.

De nuevo volverá a la casa de sus padres en Fusagasugá para ser jinete de su yegua “Llamarada”, de color castaño; para ir a nadar en alguna piscina de Melgar, a pesar de que tiene “nadadito de perro”; para pescar truchas en el río de La Aguadita, cerca de la finca, con su entrañable amigo, el ciclista Julio César Cadena; para jugar cartas, que domina muy bien, o billar que no maneja tanto; para comer sancocho de gallina, carne a la llanera o a la plancha, y pescado, sus platos preferidos; para recuperar su intimidad, perdida por la fama; para cultivar su finca; en fin, para volver a ser, de una vez y para siempre, el “Jardinerito” de Fusagasugá.

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