La OTAN según Richard Nixon

"La alianza de la OTAN está en peligro de desintegrarse debido a que muchas personas del gobierno no entienden que Europa Occidental es aún el territorio más estratégico del mundo", escribió Richard Nixon en exclusiva para Revista Diners.

Publicado originalmente en Revista Diners edición 220 de julio de 1988

En los años posteriores a 1999, el balance de poder mundial reflejará cada vez menos el predominio de los Estados Unidos y la Unión Soviética, y cada vez más la creciente importancia de los otros tres gigantes geopolíticos: Europa Occidental, Japón y China.

 

El futuro del mundo depende en gran medida de si estos otros centros de poder contribuyen a fortalecer el Este o el Oeste. Por consiguiente, en los años que faltan para 1999, los Estados Unidos deberán desplegar un esfuerzo concertado para integrar estos tres centros de poder mundial en ascenso, para crear una coalición que detenga la agresión soviética y conforme un orden mundial más fuerte.

Hay quienes refutarían este punto de vista en el caso de Europa Occidental, pues consideran que la OTAN ya no tiene sentido. Sintetizan el cambio en el poderío mundial describiendo el siglo XIX como el siglo de Europa, el siglo XX como la era de Estados Unidos y el siglo XXI como la centuria del Pacífico.

Arguyen que Europa está acabada como factor de importancia en los asuntos mundiales. Aquellos que ven a Europa de esta manera, como una colección de elementos geopolíticos del pasado, llegan a la conclusión de que los Estados Unidos deberían, en consecuencia, dejar de lado a Europa y volver sus ojos al Pacifico o marchar solos por el mundo.

 

Esta concepción es Incorrecta: nuestros aliados de la OTAN poseen un Producto Nacional Bruto casi igual al nuestro y un 50 % más grande que el de la Unión Soviética. Los pueblos europeos cuentan con un elevado nivel de educación y son capaces de explotar los enormes potenciales de la alta tecnología. Todavía más importante, por primera vez en la historia todas las naciones europeas tienen gobiernos democráticos.

Así, para los Estados Unidos, Europa Occidental sique siendo el territorio más estratégico del globo. Contiene más dé una cuarta parte del poder económico mundial y representa la primera línea de defensa frente a la Unión Soviética.

 

Empero, una profunda crisis amenaza en la actualidad el futuro de la Alianza Atlántica. Harold MacMillan lo veía venir cuando hace treinta años me dijo: “Las alianzas se mantienen por temor y no por amor”. Hoy, irónicamente, mientras la amenaza soviética es mayor, el miedo a la agresión soviética es menor.

Cuando fue establecida en 1949, la Organización del Tratado del Atlántico Norte representaba una respuesta apropiada a los peligros que enfrentábamos en ese momento. Pero el mundo ha cambiado desde entonces. Si la OTAN no logra adaptarse, no sobrevivirá. Necesita crecer a fin de encarar los nuevos desafíos, porque de lo contrario perecerá.

Existe un peligro real de desmembración sicológica de la OTAN. Ninguna alianza puede sobrevivir si sus miembros discrepan acerca de su objetivo central. Ninguna alianza puede sobrevivir si sus miembros se niegan a compartir en forma proporcionada la carga financiera de su seguridad colectiva.

Ninguna alianza puede sobrevivir si sus integrantes no están de acuerdo en torno de la naturaleza de la amenaza que existe contra su seguridad. Ninguna alianza puede sobrevivir si sus integrantes ponen en duda la sinceridad o las buenas intenciones de algunos de sus socios.

A menos que los Estados Unidos y sus aliados de Europa Occidental afronten estos problemas, en 1999, cuando demos una mirada retrospectiva, nos daremos cuenta de que las disputas de hoy eran los primeros síntomas de la desintegración final de la OTAN.

Quien quiera que suceda al presidente Reagan en 1989 debe dedicar su primer año a solucionar los problemas de la Alianza Atlántica. El próximo presidente estará muy tentado a colocar en el primer lugar de su agenda las relaciones soviético-norteamericanas. Algunos incluso lo presionarán para que busque una pronta reunión en la cumbre con Gorbachov. Esto sería un error.

 

Antes de buscar mejores relaciones con nuestros adversarios, debemos reparar las relaciones con nuestros amigos. Lo cual significa consultar seriamente con nuestros principales aliados de la OTAN antes de reunirnos con los soviéticos, en vez de informarles de manera rutinaria luego de concluido el encuentro.

Tan pronto como se posesione de su cargo, el próximo presidente debe reunir a los jefes de gobierno de la OTAN para empezar negociaciones a nivel ministerial acerca de las cuestiones que nos dividen. Tales negociaciones deben reafirmar los vínculos de la alianza y culminar en una cumbre estratégica de la OTAN a finales del año.

Sería la celebración más adecuada del 40 aniversario de la OTAN y le permitiría a ésta llegar a sus 50 años, en 1999, con vitalidad y propósitos renovados.
Es vital que fortalezcamos la alianza en vez de debilitarla.

Europa constituye aún el principal blanco geopolítico del Kremlin. Una Europa finlandizada le daría un impulso masivo al poderío económico de la Unión Soviética y constituiría un desastre económico para Estados Unidos.

 

Primero debemos ponernos de acuerdo sobre la naturaleza de nuestro adversario. Muchos afirman que con Gorbachov la Unión Soviética ya no representa una amenaza para Occidente. Dicho punto de vista es equivocado.

No hay evidencia -hasta ahora- de que aquel haya alterado el rumbo geopolítico de la política exterior soviética. No ha moderado el desarrollo bélico de la URSS. No ha disminuido su respaldo a los clientes soviéticos del Tercer Mundo. No ha cambiado el status de los satélites soviéticos en Europa Oriental.

Si Gorbachov cambia la situación interna de la Unión Soviética y pacífica su política exterior, Occidente deberá darles la bienvenida a sus acciones. Pero tendremos que esperar a que lleve a cabo tales cambios antes de reconocerle mérito alguno.

No debemos recompensarlo con un cambio de nuestra política hacia él hasta cuando él cambie su política hacia nosotros. Gorbachov no puede tenerlo todo a la vez: un relajamiento de las tensiones con Occidente mientras continúa empeñado en acciones que ponen en peligro los intereses occidentales.

También debemos ponernos de acuerdo acerca de la naturaleza de la amenaza soviética. El hecho es que Moscú amenaza la seguridad de Occidente tanto en el frente central de Europa como en el Tercer Mundo. Resulta fácil reconocer la amenaza en Europa, puesto que se presenta bajo la forma de más de 100 divisiones de primera y listas para avanzar hacia el Oeste.

 

Sin embargo, la dificultad para detectar la mano oculta de Moscú en el Tercer Mundo no hace menos real dicha amenaza. Mientras los super halcones norteamericanos deben conceder que no todos los movimientos e insurgencias antioccidentales son el resultado de acciones soviéticas, Europa Occidental tiene que aceptar el hecho de que algunos sí lo son y que Occidente está obligado a responder a esta agresión indirecta.

Todos tenemos que reconocer que mientras el principal objetivo soviético a largo plazo es Europa Occidental, sus amenazas inmediatas se dirigen hacia aquellos países cuyos recursos naturales son indispensables para la sobrevivencia de Europa.

La Unión Soviética puede dominar Europa sin hacer la guerra en Europa. El hecho de que en Europa no haya habido guerra en los últimos 40 años prueba que la OTAN ha sido la alianza más exitosa de la historia.

Pero si bien la Unión Soviética no ha hecho la guerra de manera directa contra la OTAN en Europa, durante los últimos 40 años ha llevado a cabo una guerra indirecta contra la OTAN en el Tercer Mundo. Y todavía continúa haciéndolo. Si la OTAN no desarrolla una estrategia para enfrentar dicha amenaza, los soviéticos alcanzarán su objetivo de dominar Europa sin atacarla directamente. Las fuerzas convencionales de la OTAN en Europa se convertirán, en efecto, en una Línea Maginot que el enemigo envuelve e inutiliza.

 

Al desarrollar una estrategia, la OTAN debe primero comprender el papel que desempeñan las armas nucleares en la defensa de Europa.

La OTAN no puede deshacerse de las armas nucleares dado el actual balance de fuerzas convencionales. Sin ellas, la Alianza se vería abocada, en caso de guerra, a escoger entre una derrota convencional y una contienda estratégica nuclear total.

La solución de este dilema constituye una tarea más difícil debido al nuevo acuerdo sobre control de armamentos. Por ello es imperativo que, a medida que avanza el proceso de desmantelamiento de las fuerzas nucleares de corto y mediano alcance de Estados Unidos y la URSS, estudiemos seriamente la forma como la OTAN pueda mantener la disuasión nuclear.

Al desarrollar su estrategia, la OTAN debe rechazar el seductor pero peligroso argumento de “no ser los primeros” en emplear las armas nucleares. Los soviéticos insisten en este punto pues saben que la estrategia de la OTAN es exclusivamente defensiva. Ningún observador serio cree que la OTAN lanzaría un ataque ofensivo convencional contra las fuerzas del Pacto de Varsovia. Por otra parte, la estrategia soviética es abiertamente ofensiva.

El único propósito de la estrategia de la OTAN es disuadir un ataque soviético. La renuncia a ser los primeros en utilizar las armas nucleares eliminaría un importante elemento de disuasión. Los estrategas militares soviéticos deben ser conscientes de que si la defensa convencional de la OTAN falla, afrontarán el riesgo de una retaliación nuclear.

 

La iniciativa para la defensa convencional de Europa puede provenir de los Estados Unidos, pero las acciones políticas para ponerla en práctica deben surgir de Europa. En actualidad la presencia militar estadounidense en Europa Occidental ha alcanzado su más alto nivel en tres décadas. No hay posibilidad alguna de que los gastos norteamericanos en la OTAN sean incrementados. Existe sí un grave peligro de que sean reducidos sustancialmente. Si los europeo-occidentales valoran la presencia militar estadounidense, deben actuar ahora o arriesgarse a perderla.

Los halcones se han sumado a las palomas en el argumento de que los Estados Unidos deberían retirar una porción sustancial de las fuerzas norteamericanas de Europa Occidental con el fin de obligar a los europeos a actuar.

Mientras los estadounidenses corran con los gastos, sostienen ambos, los europeo-occidentales siempre estarán dispuestos a seguir adelante. Esta opinión ya se ha abierto paso en el Congreso. A tiempo que la presencia norteamericana en Europa ha llegado a su punto más alto, el apoyo del Congreso para el mantenimiento de tal presencia ha alcanzado su punto más bajo.

 

No hay nada más peligroso para la OTAN que la presunción de los europeos de que Estados Unidos jamás se atreverán a salirse de la Alianza. Yo pondría en guardia a los europeos contra ese punto de vista. Como presidente libré repetidas batallas en el Congreso para rechazar las enmiendas Mansfield que buscaban recortar drásticamente las fuerzas de Estados Unidos en Europa. Y por poco no logro mi cometido.

Creo en la importancia de Europa y en la necesidad que tienen los Estados Unidos de apoyar la OTAN. Pero también conozco al Congreso. El hecho es que los europeos se han ganado muy pocos amigos nuevos y han decepcionado a muchos de sus antiguos aliados. Si Europa Occidental no muestra fuerza de voluntad durante la actual crisis, los escépticos del Congreso inevitablemente conformarán una coalición con los nuevos aislacionistas liberales y los viejos aislacionistas conservadores, para reducir las fuerzas norteamericanas. Y esta vez dispondrán de los votos suficientes para ganar.

El problema de fondo consiste en que Europa Occidental no puede seguir pensando que su defensa es una empresa barata.

Europa Occidental cuenta con el potencial para un nuevo renacimiento en los años noventas. Las naciones grandes que se niegan a realizar los sacrificios necesarios para garantizar su defensa pierden un sentido de respeto propio que no es fácil definir pero que resulta dolorosamente obvio para aquellos que lo experimentan. Ningún país de Europa puede convertirse en una superpotencia. Pero una Europa unida puede ser una superpotencia.

En vez de desempeñar el papel de intermediario honesto entre el Este y el Oeste, o peor aún, de peón de brega en esa batalla, Europa Occidental puede y debe ser un protagonista por derecho propio y en pie de igualdad. Una Europa dependiente de los Estados Unidos para su defensa, en el mejor de los casos será consultada antes de que se tomen las decisiones que afecten su seguridad.

 

Sin embargo, lo más factible es que sólo sea informada después de los hechos cumplidos. Es ésta una situación intolerable para las grandes naciones. Tenemos que darle nueva forma a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, no sólo con el propósito de que la alianza pueda enfrentar el nuevo desafío, sino también para que nuestros aliados puedan desempeñar una función política digna de su herencia.

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