No quiso ni dictar ni que le prepararan un borrador. Personalmente y en su computadora, a media noche, el entonces Presidente Álvaro Uribe escribió para Diners este retrato del Papa, que resultó un texto de contenido ideológico. Primicia y archivo.

Jospeh Ratzinger tiene 91 años y sufre de dolencias físicas más una enfermedad en su sistema nervioso. Sin embargo, contra declaraciones falsas de su muerte y las enfermedades de la vejez, el cardenal sigue luchando por su vida. De ahí que Diners lo recuerde en este artículo publicado originalmente en la edición 422 de mayo de 2005.

Conocí a Su Santidad Benedicto XVI después de haber conocido a su antecesor, Su Santidad Juan Pablo II. Antes no había llegado a la persona de un Papa. Tenía con ellos la lejana y común familiaridad de los feligreses. Mi madre era muy devota, no así mi padre. Mis abuelos, liberales creyentes, más practicante el materno, que todas las noches entonaba el rosario con sus seis hijas, los yernos y casi treinta nietos. Vivía en el campo, y en su casa, al lado de los retratos de Uribe Uribe, Olaya Herrera y López Pumarejo, estaban los de los Papas y alguna bendición enviada por Pío XII.

La visita a Juan Pablo II me marcó mucho. Hice algunas referencias en la alocución de la noche de su deceso. ¡Jamás se rajó!

El Papa Benedicto XVI escribe con precisión y austeridad de adjetivos pero mira con afecto, y toda su expresión es de bondad. Ahí no puede caber un tirano ideológico.

La misa del inicio del Pontificado se ofició entre un sol infinito, brisa suave y temperatura fresca. Admiré la facilidad con que el Vaticano acomoda multitudes. Todo en orden y tranquilo en medio de la masiva concurrencia. Calcularon un millón y medio de asistentes.


Benedicto XVI. Acrílico sobre papel. 50×35 cm. Pintura de Maripaz Jaramillo.


Tuve el privilegio de recibir una cartilla con la homilía, que me permitió seguir en el texto la lectura que hacía el Santo Padre. Me gustó mucho: densa y simple. Le hice algunas subrayas. Entonces confirmé que los discursos pronunciados por el Cardenal Ratzinger, uno en el funeral de Juan Pablo II y otro para instalar el Cónclave, influyeron mucho entre los votantes para elegirlo. Interlocutores del cuerpo cardenalicio me expresaban su agrado por esas intervenciones.

Al referirse al palio, ese signo tejido de lana pura que se pone sobre los hombros del Papa que se inicia, Su Santidad no se quedó en el simple verso del pastor que da la vida por sus ovejas. Fue más allá: hizo una bella alusión a la solidaridad y a la tolerancia, sin mención expresa, pero en estas palabras: “El palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero al mismo tiempo nos invita a llevarnos unos a otros”.

Y alude a un complemento necesario: la paciencia. “Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho Cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores”.

En los renglones finales recuerda el inicio del Pontificado de Juan Pablo II el 22 de octubre de 1978. Lo cita, lo interpreta y profundiza. Y nos pone a pensar en la ayuda de Cristo para quitar “el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad”, y para proteger “la dignidad, la libertad y la construcción de una sociedad más justa”.

Juan Pablo II fue un batallador triunfante contra el comunismo, al que ayudó a destruir sin un disparo, combatió las otras dictaduras, hizo un apostolado perseverante por la democracia y la justicia social. Las convicciones expresadas por Benedicto XVI se ubican allí, en el mismo punto. Su discurso es consecuente con la declaración inicial de invitación a la unidad de los cristianos y al diálogo con todas las iglesias.

Le vendrán temas muy difíciles y controversiales que tocan el necesario balance entre las libertades y la ética. Ambas son inherentes a la dignidad del ser humano: las primeras para respetar su individualidad, y la segunda para no causar daño al prójimo. Pero hay talento, bondad, dimensión espiritual, profunda preparación, adhesión a la tolerancia y a la solidaridad, y disposición de paciencia. Que triunfe para el bien de la humanidad. Me dijo “¡COLOMBIA!” y pronunció frases en perfecto español, con ojos iluminados en clara indicación de querer ayudarnos.

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