Meditaciones después de un viaje por la selva, por William Ospina

“Nunca pensé que escribiría novelas, pero debo a un párrafo de Sinclair Lewis en Main Street el descubrimiento de un tono posible para escribir sobre las aventuras del siglo XVI en el continente americano”.

Hacia 1999 concebí el proyecto de un relato sobre los primeros viajes de los europeos por el Amazonas: el de Orellana en 1541 y el de Pedro de Ursúa veinte años después. Me proponía comparar y explorar las diferencias entre un viaje de descubrimiento y un viaje de conquista.

Cuando Orellana fue al Amazonas no sabía que existían la selva ni el río: la corriente los arrastró y ocho meses navegaron abandonados a la voluntad de las aguas. En cambio, cuando Ursúa emprendió su expedición, en 1561, ya sabía que existía todo aquello y se propuso la misión demencial de convertirse en el gobernador de las regiones menos gobernables del mundo.

El deseo de comparar esos viajes me llevó a indagar si hubo alguien que hubiera estado en ambos. Así supe que por lo menos dos hombres de los que padecieron el río con Orellana volvieron a la selva con Ursúa veinte años después, y comprendí que los hechos que me proponía revivir tengan que ser narrados por uno de esos reincidentes: nadie más adecuado para compararlos viajes y señalar sus diferencias.

Pero cada decisión va transformándose en hechos literarios. Ese narrador del que nada o casi nada nos cuentan las crónicas era en el primer viaje un joven soñador e inexperto, y en el segundo un hombre gastado por las guerras, que intentó en vano olvidar las experiencias amargas de su juventud y el recuerdo de su extravío por la selva. El hecho de haber formado parte de una expedición memorable lo perseguía y lo atormentaba.

También me resultó necesario resolver una pregunta de índole psicológica: ¿Cómo es posible que alguien que fue al primer viaje haya sido capaz de aventurarse en el segundo? No basta hablar de la necesidad, de la amargura de una vida sin triunfos, de la pobreza, del deber que tiene un hombre maduro de arriesgar lo que le queda en una expedición salvadora.

Para que ese viajero repitiera su viaje resultó necesaria la influencia de alguien, la insistencia de alguien harto elocuente. Y eso me llevaba sin remedio hacia Ursúa, elocuente y seductor, temerario y delirante, amigo leal como pocos y capaz de despertar por igual un odio mortal o una admiración sin límites.

Interrogar a Ursúa me reveló tantas cosas, que la novela proyectada inicialmente se fue convirtiendo en tres, y los años juveniles de aquel hombre, desde su llegada a Cartagena en 1544 y su nombramiento como gobernador en Santafé de Bogotá, cuando apenas tenía diecisiete años, pasando por sus guerras en esto territorios que después fueron Colombia, llenaron toda la primera parte. El propósito inicial de narrar los grandes viajes por el Amazonas tuvo que esperar hasta las novelas siguientes.

El país de la canela cuenta cómo se fueron en 1541 los saqueadores del Cuzco a buscar una región quimérica y se encontraron con una selva real. Pero aquí de cada aventura salía la siguiente, y nada como el relato del primer viaje alimentó el proyecto del segundo.

Ursúa, que ocupa toda la primera parte, está presente a lo largo de esta segunda novela pero de un modo invisible. El relato comienza en una ciudad de las cumbres, cerca del hielo y del sol, y va descendiendo por las montañas hasta que finalmente se lo lleva el río. A esa idea inicial habría que sumar la de la conquista de América como un gran fracaso, sobre todo en términos de civilización.

Está también el sueño del lenguaje como un instrumento corregir o atenuar las atrocidades del tiempo, siguiendo una sentencia de Novalis: “La poesía cura las heridas que la razón inflige”. Y la idea de Heráclito de que nadie baja dos veces a las aguas del mismo río.

La asociación indígena del río como serpiente, que enlaza los reinos de la tierra, del agua y del aire se une en la fantasía con la imagen de una serpiente que traza círculos con su cuerpo y que se va convirtiendo en un símbolo de las repeticiones del destino y de las obsesiones de la mente. Pero ya nos dijeron que la literatura no se hace con ideas sino con palabras o con cosas que están más allá de las palabras: sugerencias, intuiciones, sueños, delirios, memorias y presentimientos.

Las palabras se van volviendo personas y cosas, la historia echa mano de los hechos del presente para volver a estar viva, el lenguaje va tejiendo sus propios ríos y sus propias selvas, y el relato se lleva al autor y le impone su ritmo y su lógica. Uno intenta imponer sus opiniones al caudal del lenguaje, darle un lugar a lo que uno cree saber, a los caprichos personales, a las intenciones precisas, pero tal vez la selva ya está demasiado enmarañada y el río se ha vuelto demasiado caudaloso para que alguien pueda dominarlos, y el que escribe no tiene más voluntad que esa tropa perdida en la selva, que ese barco arrastrado por el fango, que apenas trata de salvarse, de no naufragar en el descenso aunque ignora si podrá llegar de verdad a alguna parte.

El país de la canela no es más que el nombre de una ilusión. Que centenares de hombres salieran a mediados del siglo XVI a buscar bosques de canela oriental en las regiones ecuatoriales de América y que hubieran perdido sus fortunas, sus esperanzas y casi sus vidas en la empresa es un buen símbolo de lo que fue la Conquista de este continente.

Buscando lo que no existe se destruye lo que existe, y el narrador de la novela dice en alguna parte, con verdadero remordimiento: “Algo en mi sangre me dice que lo que destruimos era más bello que lo que buscábamos”.

Me interesa reconstruir con el mayor rigor posible unos hechos históricos pero también interrogar el conflicto que vivimos desde entonces entre el espíritu europeo y la naturaleza americana.

Una civilización dedicada a transformar el mundo, a luchar con la naturaleza y a imponer su orden físico y mental sobre el planeta entero, frente a unas civilizaciones más respetuosas del orden natural, aplicadas no a combatirlo sino a descifrarlo en mitos y a experimentar con otro tipo de organismos urbanos.
El diálogo tan difícil entre esos dos mundos me ha obsesionado desde hace dieciocho años cuando conocí la obra de Juan de Castellanos. Sentí que el español está intentando hace siglos ser una lengua de estas tierras, que ha dialogado con las lenguas nativas, ha aprendido de ellas y ha tenido que rebelarse contra su propio origen.

Que la obra de todos los escritores americanos, desde Walt Whitman hasta Pablo Neruda, Borges y García Márquez, ha sido un esfuerzo por arraigar en ese mundo nuevo, por nombrar las escarpadas orillas del Minessota, del Orinoco, del Paraná.

Sólo entendí que estaba incursionando en un género nuevo cuando empecé a tener problemas que no había tenido nunca, exigencias que no me hacían ni los poemas ni los ensayos: la necesidad de viajar, que ha cambiado completamente mis hábitos y me ha llevado un poco por todas partes, la necesidad de corregir centenares de veces cada página intentando que tenga una textura semejante, la necesidad de volver y volver sobre documentos históricos para ser fiel a los hechos y también para traicionarlos a conciencia cuando es necesario y hacerlo con relativa impunidad.

Siento un respeto inmenso por los hechos y necesito que el lector sepa que mi principal interés es hablar de lo que ocurrió, pero no ignoro que la verdad absoluta de lo ocurrido es inaccesible, que toda recreación es una aproximación, y que el historiador no llega más lejos que el novelista responsable en la reconstrucción de la historia.

El principal sabor de la realidad es el de la incertidumbre: cuando viajamos no sabemos si vamos a volver, cuando nos despedimos de alguien no sabemos si volveremos a verlo.

Somos criaturas trágicas y patéticas viviendo de milagros fugaces en un jardín que sin remedio perderemos. Sólo en la literatura las cosas tienen la firmeza de lo que ya conoce su desenlace. El narrador de una historia puede por fin vivir los hechos a salvo de su incertidumbre: ya sabe qué pasó, ya sabe cómo pasó, ya puede darnos el consuelo de un relato.

Ya terminando la novela volví a mirar estos grabados de Theodore de Bry quien grabó con planchas de cobre todo lo que le contaban los cronistas. Pintó lo que podía imaginar Europa de lo que estaba pasando en América, y lo hizo con pasión, con admiración, con ignorancia, con destreza.

Muchos de los episodios que recorre El país de la canela fueron ilustrados por él: el secuestro y el martirio de Atahualpa, el cruce de los ríos, la construcción de los barcos, las piraguas de los nativos frente a las embarcaciones de los españoles, el sitio del Cuzco, las batallas entre conquistadores, la muerte de Francisco Pizarro. Nadie hizo tantos esfuerzos en Europa por imaginar lo que estaba ocurriendo en aquellos tiempos en nuestro mundo, como De Bry en sus grabados incontables.

Pero leer a los cronistas es asomarse a paisajes más desconocidos y hechos más vertiginosos: si de algo estamos seguros es de que lo ocurrido no tuvo nunca la armonía clásica de los grabados de De Bry. Pero muy posiblemente quienes miramos esos hechos desde el otro lado del océano del tiempo estamos tan limitados para imaginarlos como el pintor que los miraba desde el otro lado del Atlántico. Sin embargo, como ocurrió con De Bry, tal vez el arte ayude a atenuar un poco esos invencibles abismos.

Cada una de las novelas de esta trilogía es una historia completa en sí misma. Ursúa es, entre otras cosas, una biografía; El país de la canela, una autobiografía. El mismo narrador que nos ha contado la vida de su amigo, ahora viene a contarnos su propia vida.

Y, para mi asombro, la segunda novela termina en el mismo lugar y en el mismo momento en que termina la primera. Porque los dos amigos tenían que encontrarse para que la tercera parte fuera posible. Es como si alguien contara la historia del río Napo y después la del río Marañón para poder contar la historia del río de las Amazonas.

Las dos novelas iniciales terminan en el punto de la confluencia. Las vidas del narrador y del protagonista se unieron en Panamá, hacia 1557, y de allí marcharon a su desenlace. Después de que cada uno había vivido ya una vida, La serpiente sin ojos nos dirá lo que hicieron juntos, qué río inesperado formaron, al unirse, esas aguas.

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