Álvaro Restrepo: La danza también es política

El coreógrafo Álvaro Restrepo estará este viernes 6 y sábado 7 de julio en el Teatro Mayor presentando Sacrifixio. Hablamos con él sobre su presentación y su labor con el Colegio del Cuerpo.

Cuando Álvaro Restrepo era niño, su papá le compró un piano y una pera de boxeo. Las mismas manos que cantaban entre frases de Chopin tenían que destrozar a puños cerrados un saco de cuero. “Así fue mi educación”, dice, “llena de contradicciones”.

Antes de saber que sería bailarín, coreógrafo y pedagogo, fue un estudiante del Colegio San Carlos, enemigo de su cuerpo. Débil, gordo y torpe. Temeroso de las confrontaciones físicas e incómodo en su propia piel. Un gafufo con todo de artista que no cabía en ese universo, tan físico y tan violento, de los niños de once años. “Una maleta, una güeva”, como el mismo narra en la crónica ‘Llora et labora’ que le mereció un Premio Simón Bolívar de periodismo en el 2008, y en la que cuenta sus días como alumno de un régimen que parece sacado de un cuadro de Goya: La letra con sangre entra.

“Por eso descubrir que puedo crear y pensar con el cuerpo fue la epifanía de mi propia resurrección”, dice. Una vez fuera del colegio, estudió filosofía y letras, pasó por el teatro y se hizo bailarín. Viajó a Nueva York para formarse en danza contemporánea con Jennifer Muller, Martha Graham y Merce Cunningham, y cuando estuvo de regreso fundó el Colegio del Cuerpo, una compañía que busca ofrecerle a las comunidades marginadas de Cartagena un espacio sensible y otra mirada del mundo.

Aunque es de padres costeños, Restrepo nació en Medellín y se crió en Bogotá. Es el segundo de los cuatro hijos del primer matrimonio de su padre y tiene 61 años que suma orgulloso. “En occidente, la edad avergüenza. En oriente, pasa lo contrario. La única vergüenza es ser demasiado joven: lo siento mucho, sólo tengo 21 años”, dice. El cuerpo ha sido su verdugo y su salvador, su vehículo y su protesta, su sumisión y su disidencia. Ha sido su karma, su redención y ahora es el lienzo de sus reflexiones sobre la guerra. Su obra Sacrifixio: la consagración de la paz, es una coproducción del Ministerio de Cultura, el Instituto de Bellas Artes y el Festival Internacional Cervantino de México que estará presentándose el viernes 6 y el sábado 7 de julio en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.


En varias ocasiones ha dicho que llegó tarde a la danza. ¿Cómo fue?
Uno siempre necesita un partero. Alguien que de alguna manera lo ayude a dar a luz y a revelar todo lo que no puede ver. Cuando comencé a estudiar teatro, tuve una compañera, Rosario Jaramillo, que me mostró mis condiciones naturales para la danza. Yo tenía 24 años y se me fue quedando el venenito. Por esa misma época, llegó la compañía norteamericana de Jennifer Muller a la escuela en la que yo estudiaba y me escogió como extra para una coreografía. Esa fue mi revelación. A los once meses estaba estudiando con Jennifer, en Nueva York, y diez años después estaba creando mis propias obras. Regresé Bogotá en 1991, trabajé en Colcultura, fui director de la Escuela de Danza de la ASAB y en 1997 arranqué con el Colegio del Cuerpo en Cartagena.

¿Cómo nace el Colegio del Cuerpo?
Es una idea que maduré durante años. Por un lado, yo sufrí demasiado en mis años de estudiante y siempre me sentí en el lugar equivocado. No tuve muchas oportunidades para potenciar mi talento porque la educación en general es muy torpe, muy ciega y muy poco sensible a las vocaciones del ser humano. Buena parte de la violencia que se incuba en la niñez tiene que ver con la insatisfacción de no poder desarrollar instintos y dones. El Colegio del Cuerpo es el deseo de contribuir en esta tarea y de asociar la disciplina con el placer. Por el otro lado, también tuvo mucho que ver el trabajo que hice con el padre Javier de Nicoló. Dos años intensos trabajando con niños de la calle que me marcaron profundamente y me ayudaron a descubrir el arte como herramienta para exorcizar dolores.


Cuéntenos de esa experiencia con el padre de Nicoló…
Fue comenzando la década del 80 cuando yo estaba estudiando filosofía y letras. Me sentía perdido y no sabía realmente qué quería ni quién era. Me fui a vivir a Capurganá huyendo de la civilización y me volví maestro de escuela. Allá me encontré con el padre Javier de Nicoló, que llegó de Bogotá a Acandí con un barco lleno de niños de la calle. Supo de mí, de mi existencia, y me llamó para que lo ayudara con uno de sus proyectos. Decidí trabajar con él y fue un descubrimiento inspirador, entendí que el arte es una estrategia de cambio.

¿O sea que la danza es política?
Sí. Cualquier manifestación artística es política e incide en el acontecer de una nación. Por eso es importante que los artistas nos comprometamos para suscitar acciones que nos ayuden a salir de este laberinto. Yo creo que es fundamental que nos apropiemos de esta reflexión y le hablemos a los demás del sueño de vivir en paz. De la posibilidad de terminar realmente esta pesadilla en la que hemos estado inmersos durante tanto tiempo. Ese ha sido el trabajo del Colegio de Cuerpo durante los últimos 20 años y ha sido también mi trabajo desde que comencé en la danza. Entender el cuerpo individual como célula de un gran cuerpo colectivo y entender la paz como la salud de ese cuerpo social. Esa sería la metáfora.

¿Esa es la idea de Sacrifixio, la obra que presenta en el Teatro Mayor?
Sí. Es una reflexión sobre la búsqueda de la paz en Colombia y en el mundo. Un llamado a que encontremos la cordura y la serenidad para voltear la página y construir un proyecto colectivo de nación. Yo quería trabajar La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky desde hace mucho tiempo, pero quería hacerlo en clave colombiana, adaptando los dos movimientos de ese ballet a nuestra realidad. Comencé a improvisar y a investigar y llegué a la conclusión de que sería más interesante algo completamente nuevo, pero que tuviera la misma fuerza y la misma intención de Stravinsky. Ese resultado ha sido maravilloso: un ensamble de 28 voces, la música del compositor mexicano Samuel Zyman y un ensamble de percusión, también de México, que se llama Tambuco.


El montaje coreográfico es de su autoría. Ese ha sido otro de sus puntos de inflexión: pasar de interpretar a crear. ¿Cómo fue?
Yo nunca tuve vida como intérprete en el sentido estricto de la palabra. Me tocó saltarme muchas etapas porque comencé muy tarde. Martha Graham dice que para formar un bailarín se necesitan 10 años y yo sólo tuve 6. Así que mientras estudiaba fui descubriendo mis posibilidades como coreógrafo y en el 86 hice mi primer espectáculo, un homenaje a Federico García Lorca. Desde ahí fui creando mi propio mundo y descubriendo que en la danza se juntaban todas mis búsquedas. Había estudiado piano 9 años y la danza es música. Filosofía y letras y la danza es poesía. Teatro y es composición visual. Tenía inquietudes políticas y bailar es construir país. Es creer, soñar y transmitir ese sueño.

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