Guadalajara, entre la muerte y los libros

El escritor colombiano Luis Miguel Rivas narra su encuentro con variadas muertes en Guadalajara, ciudad a donde fue invitado por la Feria del Libro, como una de las promesas literarias del continente.

Mi tía Damaris quería una virgen de Guadalupe. Fue lo único que me encargó esa tía generosa e incondicional a quien nunca podría defraudar. “Y no se le vaya a olvidar la virgen de Guadalupe”, me repitió varias veces por teléfono mi madre días antes del viaje.

Llegué a Guadalajara el día 24 de noviembre del 2011 a las dos de la mañana. A las diez de ese mismo día me desperté, prendí el televisor y al ver las primeras noticias empecé a sentirme como en casa, en mi tierra: “6:30 a.m: encontrados los cadáveres de 26 personas, apiñados en tres camionetas abandonadas en la Avenida Lázaro Cárdenas, en la zona de Los Arcos del Milenio”, a unos quinientos metros del hotel donde yo recién había empezado a dormir y cerca de la sede de la Feria Internacional del Libro donde pasaría el resto de la semana.

Horas antes de todo esto yo venía en un avión acabándome de leer: “Las muertas”, novela del escritor mexicano Jorge Ibarguengoitia, basada en el caso real de varios asesinatos ocurridos a comienzos de los años sesenta en los estados de Jalisco (cuya capital es Guadalajara) y Guanajuato. En el preciso momento en que iba yo en el avión leyendo el libro mi amigo Andrés Londoño, en Buenos Aires, se encontró en internet una entrevista a una escritora que nunca había oído mencionar pero que le llamó la atención porque era una de los tres representantes por Argentina en el mismo evento literario al que yo venía invitado. De inmediato Andrés pensó enviarme el link para que fuera conociendo más a fondo por lo menos a uno de los compañeros que tendría en el evento. Y en el preciso momento en que mi amigo le daba “enviar” al mensaje, yo venía en el avión leyendo “Las muertas” al lado de una mujer menuda, pelicortica, blanca, de gestos dulcemente autosuficientes, con la que no me hablé en todo el camino y con la que me encontré en cada embarque y desembarque, hasta que luego de 20 horas de viaje, con escala incluida, terminamos montados en la misma camioneta que habían enviado los organizadores de la Feria para recoger a los invitados que llegaban vía Panamá. Esa noche mi vecina de viaje y yo no nos hablamos mucho y nos sacamos el cuerpo con ese delicado desprecio que nos tenemos unos a otros los escritores.

Llegueme a la habitación del hotel, maravilleme con la profesionalización de la comodidad y cogí impulso para montarme en el podio de gobernador otomano que fungía de cama. Dormí malamente a pesar del cansancio y el confort, me desperté temprano, prendí el televisor, me enteré de los cuerpos hallados en el Arco del Milenio y bajé a desayunar. Luego fui a la sala de internet a revisar el correo y me encontré con el link que me había enviado Andrés mientras yo leía “Las muertas”. Vi las fotos de la entrevista y comprobé que se trataba de mi casi antipática vecina de viaje: Fernanda García Lao (novelista, dramaturga, compositora, actriz, formada en España -a donde la llevaron sus padres en el tiempo de la dictadura- y deformada en Buenos Aires – a donde regresó cuando se dio cuenta de que no era europea). Me dio pereza leer la entrevista y salí al hall del hotel donde me puse a mirar el periódico del día, en el que no se habían alcanzado a registrar los hechos recientes pero en el que aparecía un pormenorizado recuento de una masacre similar ocurrida el día anterior (20 muertos) en Sinaloa. Leí sangre un rato y cuando levanté la cabeza para descansar la vi venir de frente, caminando como una adolescente que va de paseo. Esta vez Fernanda se acercó con actitud amable.

Me preguntó algo con su aire sobrador y luego de hablar un momento me explicó dónde cambiar dólares y me dijo que quería ir a recorrer el centro de Guadalajara. Acordamos ir juntos y en la tarde estábamos caminando por el centro histórico y hablando ya más tranquilamente sobre asuntos que me interesan mucho ahora que tengo metido adentro un sentimiento-idea que parece necesitar una novela para ser dicho: ¿Cómo había empezado a escribir cada una de sus novelas? ¿Cuando empezaba a escribir ya tenía la estructura clara de toda la novela? ¿Cómo hacía para que no se le aburrieran los personajes en una historia larga? Me contestó con naturalidad mientras mirábamos monumentos y calles. Hablamos de sus cosas y de las mías y al final de la tarde terminamos en el Templo de Santa Mónica, una construcción de 1.733, inicialmente habitada por monjas que fueron sacadas para dar cabida a los Franciscanos que fueron sacados por los militares que fueron sacados no hace mucho para convertir el covento en museo. Después de recorrer esos claustros eternamente lúgubres, y el inmenso patio triste y la hermosa y opresiva biblioteca donde en un tiempo se apilaban libros en latín y hebreo, salimos a tomar un bus y luego de un silencio Fernanda me dijo: “El catolicismo es muy aburrido”. Volvimos al hotel y nos despedimos.

Al día siguiente, viernes, volví solo al centro de Guadalajara y mientras caminaba por las plazoletas históricas entre la calle Morelos y la Avenida Hidalgo, de regreso al hotel, luego de haber comprado la virgen de Guadalupe para mi tía Damaris, recordé la frase de Fernanda: “el catolicismo es aburrido”. Pero inmediatamente le contesté y me contesté: “aunque tampoco”. No es aburrido porque siempre lleva con él la inminencia y el terror de la muerte. Lo que no quiere decir que sea divertido. Minutos antes había estado en la Catedral Metropolitana viendo de frente una muerte palpable en atuendo católico, tétrico tal vez, pero nada aburridor. En una cripta pequeña, en el costado lateral derecho de la iglesia, yace el corposanto (cuerpo de un ser humano que a pesar de no haber sido embalsamado permanece incorrupto) de Santa Inocencia, una menor de edad que fue torturada y muerta a manos de legionarios romanos por haberse convertido al cristianismo (yo estoy de acuerdo con que le prohiban el catolicismo a los menores de edad, pero tampoco como para matarlos si lo ejercen) y que en el siglo XVIII fue comprado al Vaticano por un obispo de México. Dentro de la cripta, con ese patetismo hórrido de las figuras de cera, yace el cuerpecito lacerado de la niña, rodeado de pequeños papeles con inscripciones a mano, entre los cuales alcancé a leer: “virgencita santa inocencia vengo aquí a pedirte y a suplicarte me ayudes a recuperar el amor de Ezequiel ayudame por favor ya tenemos 3 años imedio y lo quiero mucho. Quiero que regrese con migo que me ayudes a que lo busque lo necesito quiero ayudarlo quiero que me consedas esto que con…” (aquí la hoja doblada no permite leer más). Pensé en Ezequiel y en ella, no en Santa Inocencia (que si era santa e inocente ni cuenta se debió haber dado de su propia muerte), sino en la mujer (o en la exmujer) de Ezequiel.

Salí de la iglesia. Más adelante, sobre la Avenida Hidalgo entré en el centro comercial General Ramos Corona, una extensa concentración de yerberías, ventas de menjunjes y santería, donde vi expuesta en las vitrinas de multiples locales a la muerte en diferentes presentaciones, con todos los precios y en todos los tamaños: la muerte de pie, guadaña en ristre, mirándome con la fijeza que le permitían sus cuencas; la muerte sentada en su trono con un buho a sus pies y sosteniendo el mundo en sus manos; la muerte en moto; la muerte a caballo; la muerte desnuda… y la muerte con el traje y la posición clásica de la virgen de Guadalupe: sumisa, devota, casi angelical la muy maldita. Todas eran una: la misma que se llevó a los 26 hombres el pasado miércoles; la que mató a Las muertas; la misma muerte de la dictadura de la que los padres de Fernanda huyeron hacia España con su niña de diez años (tal vez la edad de Santa Inocencia); la misma muerte que espera a Ezequiel y a su mujer (o ex mujer) vuelvan o no vuelvan a juntarse; la misma que debe estar detrás de las cortinas de esta habitación de hotel aguardando con paciencia; la misma y exacta muerte con el mismo traje de la virgen de Guadalupe que llevaba yo en mi bolso y a la que le rezará mi tía Damaris en un pequeño altar de su casa hasta que le llegue la muerte.

Tomado de

 

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