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Las historias de dos colombianos que lo dejaron todo para cumplir sus sueños

Diego Samper y Christian Byfield decidieron dejar a un lado sus lujos, e incluso algunas comodidades básicas, para hacer lo que tanto soñaban. Diners conversó con ellos sobre su camino hacia el éxito.

Foto: Cortesía Christian Byfield

Diego Samper y Christian Byfield decidieron dejar a un lado sus lujos, e incluso algunas comodidades básicas, para hacer lo que tanto soñaban. Diners conversó con ellos sobre su camino hacia el éxito.

Después de entrevistar a más de quinientas personas exitosas, Richard St. John, gurú del marketing en el mundo, concluyó que el dinero no les resulta tan interesante ni los motiva tanto. “Sin embargo, cuando les hablas de pasión, se encienden. No he conversado con una persona exitosa que no ame lo que hace”, le dijo a CNN.

Uno de los primero viajes fue al Parque Amboseli, en Kenia. En la foto aparece Christian Byfield junto a la comunidad masái. Foto:Christian Byfield.

Heidi Grant, doctora en psicología motivacional, escribió en su libro Nueve cosas que las personas exitosas hacen diferente, que “la gente no llega al éxito por lo que es, sino por lo que hace distinto”. Y Elizabeth Gilbert, la autora del best seller Eat, Pray, Love, reconoció en una charla TED la importancia del fracaso para alcanzar las metas propias.

Marlene y Diego Samper se fueron a vivir juntos al Amazonas en 1984. Foto: Cortesía Diego Samper.

El sentido clásico del éxito, ese que está ligado a ocupar un puesto millonario, viajar en primera clase, formar una familia y estilo de vida digno de postal, se ha ido con el tiempo transformando. Christian Byfield, un ingeniero industrial que dejó el trabajo y ciudad donde vivía para darle la vuelta al mundo; y Diego Samper, un bogotano que se enamoró del Amazonas, en un momento tuvieron que decidir si continuar con la vida “cómoda” que llevaban o dar un salto en busca de lo que deseaban vivir. Estas son sus historias.

“USTED NO ES EL DUEÑO DE SU TIEMPO”

Cuando el padre de Christian Byfield cumplió sesenta años, la familia le organizó una gran fiesta. Amigos, conocidos, seres queridos, todos estaban allí, menos Christian, bogotano de 24 años, que a las once de la noche aún se encontraba en su oficina de una banca de inversión.

Parque Nacional Yosemite, California. Foto:Christian Byfield.

–Jefe, me quiero ir –dijo Christian.

–Acá usted no es el dueño de su tiempo, no se puede ir. Piense en el bono millonario que le vamos a dar a fin de año –le contestó el jefe.

“Me decían que debía usar corbatas caras y que lo más importante era lo que pensaran de mí. No pude ir al cumpleaños de mi papá, tampoco al funeral de mi abuela”, confiesa.

Luego cambió de trabajo, entró a una firma consultora y la realidad no varió mucho. Jornadas eternas en una oficina fueron la constante. Era 2012 y por ese entonces realizó un viaje a San Agustín, Huila, donde conoció a un ex banquero estadounidense que se decidió a recorrer el mundo. “La vida es para cumplir los sueños propios, y no los de nadie más”. Christian se inspiró en su historia y tomó la decisión de viajar.

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El Questro Wilderness Park, Australia. Foto:Christian Byfield.

Sin embargo, una interesante oferta laboral se atravesó en el camino: le ofrecieron un salario de doce millones de pesos en otra consultora. No lo dudó ni un instante.
–Se cancela mi vuelta al mundo –les dijo a unos amigos con los que jugaba voleibol en las noches.

–Christian, ¿qué carajos está haciendo?, está vendiendo sus sueños por plata –lo confrontó una amiga.

–¡Mierda!, era verdad.

Así que rechazó la oferta. “Mi jefe me dijo que la estaba embarrando, que quién me iba a contratar después de un año de no hacer nada (la idea era viajar durante ese tiempo)”. Aun así, siguió con su plan. Su primer destino fue Etiopía, y su compañera de viaje, una maleta de 14 kilos. “A la fuerza uno se da cuenta de que solo necesita un par de zapatos, cuatro camisetas y que las apariencias hay que dejarlas a un lado”.

Pirámide de Giza, en Egipto. Foto:Christian Byfield.

Los primeros días fueron difíciles, las palabras de su jefe lo aturdían y llenaban de miedo. Preguntas como ¿estaré haciendo lo correcto?, ¿será que mi jefe tenía razón?, hicieron tambalear el plan, hasta que, un día, mirando de frente la lava que se movía en el interior del volcán Erta Ale, todo se aclaró: “¿Qué hago pensando esas pendejadas? Esto es lo que quiero hacer para siempre”.

Al principio de sus viajes renunció al agua caliente, a camas limpias, “incluso a camas, muchas veces dormí en un colchoncito de yoga, las duchas eran paños húmedos, bañarme era un lujo, uno se da cuenta de que no necesita mucho para ser feliz”.

Ya son 66 sellos en su pasaporte y su cuenta de Instagram es la bitácora de sus viajes. “Una señora me dijo que planeó su luna de miel a partir de un viaje que hice a Fiyi, fue al mismo hotel adonde fui, comió lo que comí y recorrió los mismos lugares”, cuenta. Gracias a sus más de cien mil seguidores, ha sido embajador de distintas marcas e incluso ha realizado producciones con National Geographic, como Colombia Realismo Mágico, en 2016.

Su viaje más reciente lo realizó a Belice, el gobierno local lo contactó para promocionar el país como destino turístico, y el próximo cree que es a Madagascar. “Al jefe que me dijo que no era dueño de mi tiempo, me lo encontré hace unos meses, me felicitó por lograr que me pagaran por cumplir mis sueños”, finaliza.

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VIVIR EN FUNCIÓN DEL PRESENTE

A sesenta kilómetros de Leticia se encuentra Diego Samper. Cuando contesta el teléfono para conversar con Diners cuenta que su vista es nada menos que el río Amazonas, que está parado sobre un muelle-observatorio que él mismo construyó con vista hacia Perú y que un día común y corriente no es un día común y corriente, que no hay rutina, que siempre hay algo diferente por hacer.

Samper es antropólogo y biólogo de la Universidad de los Andes y cuenta que a su familia de arquitectos, acostumbrados a pensar en lo urbano, se les hizo extraño que a los 24 años decidiera coger sus cosas e irse a la selva amazónica, “con el tiempo vieron el valor que tenía esto para mí y me apoyaron”, recuerda. Viajó porque estaba enamorado de la selva, que había conocido a los trece años.

A 60 kilómetros de Leticia se encuentra el hotel ecoturístico Calanoa. Foto: Cortesía Diego Samper.

Al viaje partió sin libros ni radio, el propósito: conectarse con la naturaleza. “Vemos el mundo natural como algo ajeno, y esta experiencia ha sido como una reconexión fundamental. Cada acto se vuelve casi ritual, estás ahí segundo a segundo y lo estás viviendo, estás escuchando la selva como quien oye una sinfonía. En la ciudad uno está preparando la comida, viendo el noticiero, hablando por teléfono y hasta pones música para llenar el espacio de sonido. Cuando llevas una vida tan básica, incluso preparar una olla de arroz es un acto intenso. Lo que pasa es que vivimos en función de lo que queremos o vamos a hacer, nuestra mente rara vez se detiene en el presente”.

Se asentó en el último raudal del río Apaporis, lo que hoy es el Parque Nacional El Yaigojé. Con dos amigos de la comunidad macuna construyó una pequeña cabaña sin paredes. “Tenía lo mínimo para sobrevivir, unas pocas ollas, un equipo de pesca, una canoa. Renuncié a los lujos y a las comodidades básicas, una vida así puede ser extremadamente rica. ¡En una hamaca con toldillo se duerme delicioso!”.

El hotel fue construido con materiales locales. Foto: Cortesía Diego Samper.

Allí vivió dos años, hasta que en 1981 se mudó a una casa ubicada a 400 kilómetros de Leticia, en el bajo Caquetá. La restauró y convirtió el terreno en una granja autosostenible. Por esa época, lo contactaron como fotógrafo para realizar una expedición al Tayrona, fue entonces cuando conoció a Marlene, su esposa hoy en día.

Años más tarde el hallazgo de una mina de oro complicó el entorno social, la guerrilla comenzó a tomar el control de los caminos y viajar al Amazonas se volvió peligroso. Primero Marlene y sus dos hijos se fueron a Bogotá, luego lo haría Diego. “Allá estuvimos seis años y nos fuimos de nuevo, esta vez a Vancouver, Canadá. Nos cansamos de la guerra”. Era 1999.
Al Amazonas regresaron hace nueve años guiando a unos amigos canadienses. “No fue sino llegar y desear volver, encontramos una tierra de cincuenta hectáreas en un bosque bien conservado y construimos, con los ticunas, un pequeño hotel de selva”.

Calanoa fue construido por Diego Samper y su familia junto con los ticunas. Foto: Cortesía Diego Samper.

El hotel se llama Calanoa, se llega luego de tomar un bote durante una hora y media desde Leticia. Son cinco cabañas construidas con materiales locales. “Tenemos el objetivo de trabajar por la conservacion de los bosques y de las culturas. Trabajamos con cuatro comunidades haciendo turismo sostenible. Antes de comprar algo lo intentamos hacer nosotros. Tenemos talleres de cerámica, carpintería, hacemos pintura, fotografía, y realizamos talleres de creatividad, invitamos a gente local a hacer cerámica, cestería, y además llevamos cursos de campo con una universidad canadiense llamada Kwantlen”.

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Mayo
28 / 2018

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