La realidad de nuestros mitos nacionales

¿Es nuestro himno nacional el más hermoso después de La Marsellesa? ¿Es Colombia una tierra de poetas? La verdad sobre las creencias que fabricaron el orgullo nacional colombiano.

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 367, de octubre del 2000.

Fervores patrióticos, estrategias de mercado, o métodos para reafirmar la dignidad nacional, lo cierto es que la mitad de los colombianos puede jurar con una mano sobre la Biblia que nuestro himno es el segundo más hermoso del mundo después de La Marsellesa, que exportamos el mejor café del orbe y que además contamos con la tradición democrática más fuerte de toda Hispanoamérica.

Algunas de las afirmaciones tienen sustento real en anécdotas pasadas, pero en algunos casos estas exaltaciones son verdaderos despropósitos y terminamos creyendo que la Catedral de Sal de Zipaquirá es la octava maravilla del mundo, que Colpatria es la torre más alta de Latinoamérica, que nuestras esmeraldas hacen lucir ridículas las piedras africanas, que tenemos las Fuerzas Armadas más civilistas del planeta y al mejor policía de la galaxia.

La Revista Diners indagó los antecedentes históricos y la legitimidad de cinco de las expresiones más comunes de los colombianos una suerte de mitología que a veces linda con el más alucinado tropicalísmo.

“Después de La Marsellesa, el himno de Colombia es el más hermoso del mundo”

Está afirmación, cuyo foco de transmisión son las aulas escolares, es tan popular que ha sido aceptada por muchos como verdad indiscutible. La cuestión radica en saber en qué concurso de himnos nacionales, cuándo y bajo cuáles parámetros, nuestra insigne y canción mereció el segundo lugar en el top ten de los himnos patrios.

La tradición oral no provee datos sobre demás concursantes, pero se sabe que los chilenos también reclaman para su himno el segundo lugar después de La Marsellesa, no sería extraño que aparecieran nuevos aspirantes legítimos al subtítulo.

¿El himno de Alemania, que se basa nada más que en una bella melodía de Franz Joseph Haydn, habrá sido descalificado? Algunos autores sostienen la hipótesis de que el jurado sólo tuvo tiempo para escuchar dos himnos: La Marsellesa y la versión completa, con sus trece estrofas, del himno nacional.

El Himno de Colombia se estrenó el 11 de noviembre de1887 en la conmemoración de la independencia de Cartagena; el entonces presidente Rafael Núñez escribió al compositor italiano Oreste Sindici concibió la música.

Guillermo Abadía Morales, etnomusicólogo y folclorista que marcha por sus noventa años, confiesa que jamás había escuchado tal despropósito, pero recuerda que Baldomero Sanín Cano consideraba mala la letra del himno porque Núñez era un mal poeta, y mala su música porque Sindici era músico mediocre.

Tal vez por eso se ha divulgado una frase demoledora según la cual “ el Himno de Colombia habría quedado el mejor si la letra la hubiera escrito Sindici y la música la hubiera compuesto Núñez”.

El escritor Gonzalo Mallarino considera “la exaltación del himno tiene que ver con el fervor patriótico”. Un fervor muy tímido en este caso, porque ni siquiera en una frase gratuita y traída de los cabellos capaces de ponernos en el primer lugar por encima de La Marsellesa y todos los demás.

“Eso no es raro”, justifica el escritor, “en Colombia somos especialistas en quedar de subcampeones”. El musicólogo Hernando Caro Mendoza tira un dardo sobre la originalidad del himno nacional, porque éste guarda un parecido al menos sospechoso con la obertura de la ópera Belisario, de Gaetano Donizetti, una obra bastante desconocida del compositor italiano.

“Hay coincidencias musicales, y dado que Sindici era un tenor, pudo haber tenido en mente la melodía de Donizetti y de buena fe haber utilizado una parecida en el himno”. Para despejar cualquier duda habrá que tomarse el trabajo de conseguir una grabación de la ópera, y si al oír los primeros compases de obertura se siente el impulso de ponerse de pie, llevarse la mano al pecho entonar el Oh gloria inmarcesible es factible que Sindici nos haya metido gato por liebre.

“En Colombia se habla el mejor español del mundo”

Ignacio Chaves Cuevas, director del Instituto Caro y Cuervo, relata en un artículo sobre el prestigio del habla bogotana que “Aun en tierras europeas, en charlas casuales y por ende sin compromiso, es común oír de parte de gentes con cultura lingüística, expresiones como De Colombia donde hablan el mejor castellano del mundo, mejor que en España”.

Sin embargo, al oír a los locutores radiales o a los narradores de fútbol, sin contar a ciertos periodistas de televisión que se ensañan de singular manera contra el idioma, parece que el prestigio del español de Colombia puede convertirse en ironía.

El profesor Cleóbulo Sabogal, jefe de divulgación y prensa de la Academia Colombiana de la Lengua, atribuye dicha fama a que reconocidos escritores como José María Pereda, y filólogos como Julio Cejador y Fragua, decían que quien quisiera escuchar el español de Cervantes, debía venir a nuestro país.

Juan Carlos Vergara, decano del Seminario Andrés Bello -unidad docente del Caro y Cuervo- agrega que la idea anterior se ha visto reforzada, porque en Colombia se fundó el 10 de mayo de 1871 la primera Academia de Lengua Castellana fuera de España.

También ayudaron a construir el renombre del habla criolla la profusión de poetas, el superávit de gramáticos, presidentes como Miguel Antonio Caro y José Manuel Marroquín, y los serios trabajos de Rufino José Cuervo, y del Instituto Caro y Cuervo.

Gonzalo Mallarino estima que se trata de una fama bien ganada y que él mismo sorprende ante expresiones castizas y de gran precisión que son de uso corriente en el habla popular del país.

Pero a juicio de otras personas la realidad es bien distinta. El profesor Sabogal dice que antes hablábamos el castellano más puro del mundo, pero que actualmente los extranjerismos -más bien barbarismos como él los llama- han acabado con lo poco que quedaba de la tradición castiza.

Juan Carlos Vergara va más allá y sostiene que “el problema es que en el siglo pasado pensaban en el exterior que todos los colombianos hablábamos como Rufino José Cuervo”.

El propio Cuervo tenía un juicio revelador sobre el castellano de Colombia. En su obra Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, sostiene que después de la independencia se debió escribir más sobre materias que antes no se trataban, para lo cual fue preciso consultar obras extranjeras, lo que dio pie a la aparición en el castellano escrito de incorrecciones y extranjerismos que antes solían encontrarse solamente en el lenguaje hablado.

Al parecer Cuervo jamás creyó que habláramos ni escribiéramos el español más puro del mundo Si bien el país se ha preocupado por estudiar el idioma, esto no implica necesariamente que hablemos con la corrección de Miguel Antonio Caro, y mucho menos en momentos en que el se cierre sobre nuestra lengua.

Y cómo hablar de purismos y giros castizos, cuando el propio Nobel Gabriel García Márquez ha propuesto formalmente la abolición de la ortografía.

“Colombia, país de poetas”

El colombiano de muchas o pocas letras, en viajes por tierras de América, recibe, al hacer conocer su nacionalidad, esta gentil invitación:

“Recítenos usted algo” Tenemos fama de poetas en el norte, al sur, por tierras de oriente y en las occidentales de esta parte del mundo”. La anterior es una cita tomada del artículo Colombia y los poetas”, de Baldomero Sanín Cano, que da razón de la reputación poética que pesa sobre el país.

El ensayista, para su tranquilidad, murió antes de que en el norte, al sur, por tierras de oriente y en las occidentales de cualquier parte del mundo comenzaran a pedirnos en gramos lo que antes nos solicitaban en versos.

Parece que aquí cualquiera nace para hacer versos. Desde el ex presidente Marco Fidel Suárez hasta Aura Cristina Geithner. Y son muchos los despiadados que los hacen públicos. Los políticos, además de ser proclives a la gramática, ceden fácilmente a la tentación lírica.

Alberto Lleras Camargo decía que “la poesía era el primer escalón de la vida pública y se podía llegar hasta la presidencia por una escalera de alejandrinos pareados”.

“Ciertamente, Colombia ha sido de una fertilidad casi sobrenatural en la producción de poetas, la mayoría de ellos mediocres. Bien podría decirse que adolecemos de una crónica logorrea poética.

Hace no muchos años se convocó en Bogotá un concurso de sonetos y en tres meses llegaron dos mil. Eso es sencillamente monstruoso. Dos mil excelentes sonetos no los ha producido el mundo en los siglos que van desde Petrarca hasta nuestros días”, se alarma el escritor Alfredo Iriarte.

Y en país de poetas cómo no cederle la palabra a uno de ellos. Jotamario Arbeláez “sabía que Colombia había sido consagrada ‘una tierra de leones’, según el gracejo famoso de Rubén Darío, más que “una tierra de poetas que no sé quién lo dijo.

Por lo demás si en Colombia todo el mundo es poeta, de presidentes a presidiarios, debe tratarse de un país de poetas muy malos. Porque es un axioma el verso de Eduardito Zalamea: ‘mientras haya mala poesía, habrá policía’. Y peor todavía, aquí el que no es poeta es parapoeta.

Y el joven escritor Federico Díaz-Granados también se deja venir con su lanza: “Si bien es cierto que Colombia es un país con una inmensa tradición lírica, también es cierto que se ha querido llamar país de poetas porque en cada borrachera de cafetín o plaza, el ebrio de turno sale a recitar a todo pulmón a Julio Flórez o a Jorge Robledo Ortiz.

Más bien somos el país de los presidentes poetas. José Manuel Marroquín se la pasaba haciendo palíndromes mientras perdíamos Panamá “.

“Bogotá es la Atenas Suramericana”

Esta frase se le atribuye al argentino Miguel Cané quien en su libro ‘En viaje’, de 1883, sindica a Bogotá de ser “la Atenas Suramericana, o “el Dorado de Colombia”, idea que el visitante francés Pierre d’Espagnat secunda por 1898 al señalar a Bogotá como la Atenas del sur.

Sin embargo, existen referencias más antiguas sobre el status helénico que se le atribuye a nuestra capital. Luego de una investigación sobre el tema, el escritor Luis Hernando Aristizábal encontró que la alusión más antigua que se conoce fue hecha por el poeta santafereño Francisco Antonio Vélez ‘Ladrón de Guevara’ (1721-1781), quien en una de sus décimas decía: “Traer a Santafé oradores, Atenas de tantos sabios”.

En cambio, Charles Saffray se refirió de forma irónica a la “nueva Atenas” pues según el historiador Jorge Orlando Melo, el viajero se había topado hacia 1862 con una ciudad ignorante e inculta.

El título de tierra de poetas, la fama del buen castellano y la comparación de Bogotá con Atenas -pero en estado de ruinas, según algunos chistosos- se fortaleció a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Era la época de las tertulias literarias frecuentadas por intelectuales que estaban al tanto de los movimientos europeos, como la ‘Gruta Simbólica’ que reunía una serie de poetas obsesionados con los simbolistas franceses.

Seguramente a este círculo fue llevado el argentino Cané, quien impactado por el bagaje cultural de las elites santafereñas, decidió regalarle a Bogotá esta frase como “cortesía de un extranjero agradecido con sus anfitriones”, según sospecha Gonzalo Mallarino, quien agrega: “No hay Atenas en Suramérica, y hoy ni siquiera existe la Atenas de Grecia”.

Así, lejos del Parnaso y del ágora ateniense, Bogotá puede consolarse, como reza un conocido graffiti, con ser “la tenaz Suramericana”.

“Si los ingleses nos hubieran conquistado, seríamos un país desarrollado”

De entrada, el si condicional es sospechoso, pues matricula a la frase en el terreno plañidero de lo que pudo ser y no fue, de las posibilidades perdidas que se idealizan como consuelo.

Son frases del tipo: “Si durante El Dorado del fútbol colombiano hubieran existido la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental Clubes, Colombia estaría llena de títulos”. “Si Jorge Eliécer Gaitán hubiera sido presidente el país habría enderezado su rumbo”.

La tentación de desear un pasado anglosajón surge de constatar que ex colonias inglesas de América como Estados Unidos y Canadá pertenecen al primer mundo, y a los países con alto nivel de desarrollo, mientras que las colonias hispanas no clasifican ni para el resbalar del tercero al cuarto.

De ahí las lamentaciones: “Si los ingleses nos hubieran conquistado estaríamos como los del norte, nos invitarían a las cumbres de potencias y no habría que gastar tanta plata en aprender inglés.”.

Y hubo razones históricas para alentar ese tipo de especulaciones. Dentro de la rivalidad de España y Gran Bretaña para controlar el tráfico de mercancías del Nuevo Mundo y quedarse con las inmensas riquezas de América, se originó en 1741 el famoso sitio de sir Edward Vernon a Cartagena.

La toma fue frustrada gracias a una resistencia tenaz de la ciudad fortificada comandada por Blas de Lezo, pese a que Londres alcanzó festejar el triunfo y ordenó la acuñación de medallas conmemorativas que representaban la rendición del averiado chapetón.

Sobra decir que entre los que padecen la nostalgia inglesa Blas de Lezo no ha sido elevado al altar de los héroes, sino declarado el aguafiestas del porvenir. Otra ocasión de someterse a los designios de la corona inglesa se perdió en 1815, fecha en que Cartagena como respuesta a la arremetida encabezada por Pablo Morillo en tiempos de la Reconquista, solicitó al reino de Inglaterra protección, y a cambio le ofrecía total obediencia.

Los ingleses no aceptaron porque estaban más preocupados por atajar las ambiciones de Napoleón, aunque años después aportaron hombres recursos para la Independencia en 1819.

Sin embargo, que Inglaterra nos hubiera conquistado no implicaría que fuéramos hoy mejor de lo que somos, si tenemos a los ejemplos de Jamaica o la Guyana inglesa como países que están igual o peor que nosotros a pesar de haber sido parte de la Commonwealth británica.

El escritor Antonio Montaña considera que la frase sobre la colonización “no es más que la idiotez de la gente que viaja periódicamente a Miami, pues la gracia de Estados Unidos consiste en haberse desarrollado en libertad y no por el impulso del Imperio británico”.

Otto Morales Benítez, a su vez, cree que el enunciado implica un juicio histórico acerca de los españoles y una apreciación idealista de lo que queríamos haber sido. Y los escépticos de siempre se limitan a sentenciar que aquí somos tan de malas que si nos hubieran conquistado los ingleses, la potencia sería España.

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