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Jota Jota Rendón, ¿ángel o demonio?

Diners explora al hombre detrás del mito, el venezolano cuyo nombre produce tanto respeto y curiosidad como resquemor y desprecio. Así es Jota Jota Rendón.

Foto: David Rugeles

Diners explora al hombre detrás del mito, el venezolano cuyo nombre produce tanto respeto y curiosidad como resquemor y desprecio. Así es Jota Jota Rendón.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 499 de octubre 2011

Hay frases que Jota Jota Rendón va soltando que definen pronto su carácter: no trabaja con perdedores. Entre sus habilidades está, precisamente, detectarlos. El poder no lo tiene él sino sus clientes. Su objetivo soñado es buscar que Hugo Chávez abandone la Presidencia de Venezuela en 2012. Se sabe el estratega político más importante en América Latina. Las maniobras que generan él y sus colaboradores caben en una hoja de papel. Y una más, que no afirma, pero tampoco desmiente: ha llevado a la arena política el uso del rumor como arma eficaz para ganar las elecciones.

No son, sin embargo, las frases que diría un común mortal, cualquiera de nosotros. Las pronuncia el hombre que enseña a los más poderosos a aprovechar sus fortalezas y a ocultar sus debilidades, alguien que nunca expresa una palabra de más ni pierde la compostura a pesar de su origen y desparpajo caribeño, un asesor político que aunque siempre está dispuesto para el ataque, sabe hasta dónde llegar, que se rige por el código del “camino del guerrero”, que apela al coraje, la lealtad, la rectitud y el honor. Un samurái vestido de negro permanente. Uno que reconoce haber perdido su fortuna en tres ocasiones y ser ahora sin embargo un hombre rico, cuya consultora se calcula que factura unos 45 millones de dólares al año.

Sus frases medidas avivan su figura. Y la engrandecen porque están cargadas de soberbia y de orgullo, de amor propio y de una superioridad que también le viene del hagakure, una explicación samurái en la que se dice que el camino se encuentra en la muerte, y que una vez que se acepta ese final ya no hay nada que temer. Jota Jota Rendón no teme las complicaciones de cada día. Ni los ataques más directos que lanza y recibe. Es más, con sus frases que suenan altaneras propicia la existencia de dos bandos: sus detractores, quienes lo ven como una encarnación moderna de Maquiavelo, un ser que ratifica aquello de que la política es el arte de lo posible y para quien el fin justifica todos los medios. Y sus admiradores, quienes lo reconocen como el legitimador de la estrategia, la comunicación y el mercadeo aplicados sin medias tintas a la política. Ser odiado y alabado engrandece su ego. Él se alimenta de ello.

Después de haber acertado con Juan Manuel Santos por vigésima tercera vez en su historial de campañas presidenciales, amén de innumerables consultorías prestadas a candidatos a gobernadores, alcaldes y legisladores a lo largo y ancho del continente, la única arma que podría golpearlo es la indiferencia por parte del público. Pero eso sería casi imposible. Porque a Rendón lo precede una fama de profesional implacable, dueño de metodologías poco ortodoxas y unos escrúpulos que lo llevan, en el terreno profesional, hasta los límites que marca la ley.

Él mismo lo dice: hasta el límite. Una expresión que es, a la vez, borrosa e indefinible. Pues se trata de los límites que deja abierta la bruma jurídica. Jota Jota Rendón –en la construcción del personaje que encarna decidió eliminar el Juan José original hace tiempo– apela a todos los recursos a su disposición para enfrentar las disputas y peleas que vive en la arena pública, y las armas legales están entre sus predilectas.

“Al bufete de abogados lo tengo aquí”, dice Rendón, con alguna sorna, aludiendo al hecho de que sus oficinas bogotanas las comparte con el estudio jurídico del no menos polémico abogado Abelardo de la Espriella, y al hecho de estar siempre dispuesto a llevar a juicio a aquellos contendores suyos que se salten los límites.
Ahora está de vuelta. Se avecinan las elecciones, y la estrategia que puso a andar al Partido de la U, en 2005, vuelve revitalizada de la mano del expresidente Álvaro Uribe, para apoyar la campaña de Enrique Peñalosa a la Alcaldía de Bogotá. Un dato clave: fue Uribe mismo quien lo introdujo en las altas esferas políticas colombianas. Además, Jota Jota respaldará los lineamientos del Partido de la U y asesorará a un extrapartidario: el candidato a la Alcaldía de Medellín Luis Pérez, por razones más emparentadas con el honor y los códigos.


Foto: David Rugeles.

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El también publicista y asesor político Ángel Beccassino trabajaba junto con Luis Pérez en las elecciones pasadas, y su candidato iba disparado. “Era un hecho que ganaba, pero no sé muy bien qué pasó y en cuestión de tres o cuatro días todo cambió y se dio vuelta la torta. En ese manejo estaba metido Jota. Él, después, se sintió culpable de haberle hecho eso a Pérez, a quien considera un buen candidato, alguien que ha tenido que luchar contra una imagen negativa”. En una suerte de reivindicación, lo está asesorando ahora, según él, sin costo.

Así que apoya aquello en lo que cree. Y actúa como un jugador bien entrenado, seguro de que cuenta con el arsenal necesario para ganar en las contiendas largas, y cuya figura, discutida y controversial, les ayuda a sus clientes-candidatos a disminuir la presión. Él no solo interviene en la estrategia política, sino que es parte integral de ese ajedrez. Una pieza más, decisiva y a veces también protagónica. Y cuyas palabras aseguran repercusión.

Por eso, también lo define lo que escribe. Una ojeada a su cuenta de Twitter da una idea más redonda de su figura. Se pueden encontrar desde enconadas batallas dialécticas –incluso filosóficas– hasta quienes proponen al asesor bajar al territorio del insulto llano y ramplón. Los trinos de Rendón normalmente tienen altura pero no son menos lacerantes. Como uno que reenvía, en el que retoma una frase de Isaac Asimov: “Nunca dejes que la moral te impida hacer lo que está bien”. Y otra de Oscar Wilde: “La moralidad es simplemente una actitud que adoptamos hacia las personas que personalmente no nos gustan”.

Lo define por igual lo que proyecta al público. Alguna vez director de teatro universitario y de documentales institucionales, presentó este año su documental en inglés Here Comes the Wolf (Aquí viene el lobo), en el que la voz de Andy García narra cómo la pandemia del virus AH1N1 fue un engaño en el que todos cayeron y los medios contribuyeron a difundir. Rendón, como director, plantea que fue un gran negocio para la venta de vacunas. Lo dice alguien que sabe, y en cuya alma subyace una faceta de periodista que ama la denuncia. Su productora Get Real Films, con base en Estados Unidos, busca generar contenidos que despierten la conciencia y después, liberar las licencias para que la gente los vea con libertad. Aunque oculta bien su amor por escribir poesía, quizás ese gusto de dar sin cobrar a cambio sea uno de sus pocos desvíos poéticos revelados en público.

Quizás por esos atisbos, personas como la periodista María Jimena Duzán sea una de las que ha cambiado su opinión sobre Rendón. “No creo que la guerra sucia sea un invento suyo. Él no se inventa a nuestros políticos. Están demonizando a este hombre y resulta que la política en Colombia ya es lo suficientemente corrupta desde hace mucho. Él es un tipo muy inteligente y hábil, con un gran sentido del humor. Se ha sobredimensionado su figura”, opina Duzán.

Formado como publicista y psicólogo clínico –profesiones que efectivamente ejerció–, Rendón es un heterodoxo y alguien que ha abrevado en fuentes diversas como el zen y el deporte. Fue un nerd en extremo en su infancia, y antes de los 10 años ya había leído los clásicos rusos de Fiodor Dostoievski y Máximo Gorki, y Los miserables de Víctor Hugo. Entre sus travesuras se cuenta un llamado telefónico a Jorge Luis Borges, quien desde Buenos Aires recitó su poema El reloj de arena al azorado quinceañero caraqueño. “Colgué como una niña”, recuerda. Fue actor infantil de telenovelas entre los 8 y los 12 años y campeón de tiro olímpico con pistola entre los 9 y los 26.

En esa época, cuando se concentraba en el objetivo, descubrió que disparar bien exigía un alto nivel de atención y gran dominio del cuerpo, pero además una conciencia en lo estático, mucho más difícil que la conciencia en el movimiento. Y autocontrol. “Un buen tirador controla las suprarrenales, las endorfinas, el dolor”, recuerda.

De eso a la cultura japonesa había un paso. Su entrada en el mundo de la meditación se dio cuando buscaba un equilibrio corporal que le permitiera mejorar su técnica en el tiro. Luego llegaron el budismo zen y las artes marciales, la fascinación por los samuráis y por las múltiples manifestaciones de la cultura oriental. Y de allí a la política había otro paso: convertir aquellas técnicas en lucha política y hacer de su trabajo un verdadero ritual del más alto nivel espiritual, pero con armas terrenales. Eso, aplicado a los tiempos actuales le implica no intervenir en licitaciones públicas o acuerdos para contratación directa, no ejercer el tráfico de influencias, pero sí darse ciertas licencias.

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Como los cigarrillos, que fuma lentamente y acaba por la mitad, en las mismas oficinas en las que se dispersan máscaras y piezas de arte oriental, y donde es preciso entrar descalzo. Es una concesión a la nostalgia, porque se trata de una marca de tabaco inconfundiblemente venezolana. En su oficina en Bogotá, entre espadas y armaduras samuráis y citas de El arte de la guerra, Rendón hace ese paréntesis a la ortodoxia budista. Una concesión que también resulta un cable a tierra en su condición de exiliado.

El tema político es insoslayable para él y Hugo Chávez visita su charla. A la revolución bolivariana le debe el luto de su atuendo, rigurosamente negro, de cada día. Como buen venezolano, no puede evitar hablar del mandatario y de culpar a los medios internacionales por amplificar la crisis de la clase dirigente pre chavista, pero también critica a su país por haberse malcriado por el dinero del petróleo, el derroche y el esnobismo. Su objetivo es que el presidente deje el poder pronto. Aunque no lo revele así, es su deseo más profundo.

Soltero a sus 47 años, Rendón se considera hombre de relaciones largas. Pero la ironía de su vida radica en no haber encontrado a ninguna mujer que entienda la importancia de su trabajo y se comprometa con esa faceta. Las colombianas tampoco han sido la excepción. Alejandra Cárdenas, su asistente personal, una joven politóloga, confirma que duerme poco. “Uno al inicio cree que es complicado, pero mientras tenga su café y sus cigarrillos es un hombre sencillo”. Lo que sí es cierto es que el halo que lo rodea inspira al misterio, y que quienes superan esa especie de barrera se encuentran a alguien que apela al humor y regala libros. “No se mete a cambiar la forma de ser: más que un experto en estrategias, es experto en cambiar vidas”, afirma Alejandra.

A pesar de que genera odios y reacciona con fuerza, no alberga el odio dentro de sí y hace el ejercicio de comprender a quienes lo vituperan. Workaholic confeso, no tiene inconveniente en trabajar tres y cuatro días seguidos, prácticamente sin dormir y apenas comiendo. Monopoliza la palabra y sus líneas de pensamiento se disparan en diferentes direcciones que luego vuelven a encontrarse en el grueso hilo de su conversación. El publicista Christian Toro, da fe de sus maratónicas jornadas. “Trabaja como una máquina que vive a punta de adrenalina. A veces no come y se destaca por su memoria prodigiosa”. Sus más cercanos expresan que es sensible y noble, y un crítico notable que habla directo y con crudeza. Un profesional en su campo.

Juan Gossaín, que lo conoce desde que vino para la campaña de la primera reelección de Uribe, cuenta: “Lo que la gente no sabe es que, entre otras cosas, Rendón es un músico frustrado y un compositor secreto de vallenatos”. En opinión del ex vicepresidente y director de Noticias de RCN Francisco Santos, Rendón es un ganador. “Un tipo chévere, muy inteligente, eso sí, algo extraño”. Con él coincide Vladdo, quien define al estratega como alguien “reservado en muchos temas” y una persona “misteriosa”.

Para Vladdo es injustificado que se cuestione la participación de Rendón. “Acá somos de doble faz, y las cosas deben llamarse por su nombre. En política todo es válido y uno debe actuar sin piedad, más si a uno le dan papaya… Y Jota Jota Rendón es un tipo con experiencia, no se pone con miramientos: va directo a la yugular”. Ahora, está empecinado en dejar huella a través de una generación de relevo y por eso le apuesta a Washington, pensando en el voto latino de 2016, cuando los hispanoparlantes serán un tercio de los votantes de Estados Unidos. También quiere manejar crisis de celebridades como Schwarzenegger. Esa obsesión por seguir avanzando se la debe a su persistencia. Y a su otro código inconfeso en la vida: el poder.

Juan Gossaín recuerda una apasionante discusión que mantuvieron tiempo atrás, en Cartagena. “Yo le dije que lo que él llama ‘pragmatismo de la política’ en verdad se llama ‘cinismo’. Rendón me replicó diciendo que son la misma cosa. Su tesis, que defiende con vehemencia, es que en una campaña se puede hacer de todo, con tal de ganar, excepto lo que está prohibido por la ley. Yo le dije que hay una ley que no está escrita, la de los principios, que es la ética. Es allí donde él dice que la ética no es para los políticos, sino para los filósofos. Recordé de inmediato una frase terrible de Maquiavelo: ‘No se puede olvidar que el objetivo de la política no es la moral, sino el poder’. Le dije que por eso yo no soy político. Y él, sonriendo, me dijo que por eso él no es periodista”.

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13 / 2019

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