Historia de un milagro

Un diagnóstico de cáncer les cambió la vida. Madre e hijo se propusieron derrotarlo. Él como paciente, ella como cuidadora. Ahora comparten las lecciones aprendidas para ayudar a otros.

Hace exactamente cuatro años la arquitecta bogotana Claudia González tuvo que enfrentar su peor pesadilla. Lo recuerda perfectamente. Eran las 11 de la mañana de un jueves a finales de marzo de 2014. Estaba sola en la casa que compartía con sus dos hijos –David y María Paula– en las afueras de La Calera. Después de agotar las excusas para postergar la llamada, tomó su teléfono y marcó el número que tenía apuntado en un papelito. Se lo había dado el doctor de su hijo, tres días atrás, para que llamara a preguntar por los resultados de la biopsia que le habían practicado. Tras identificarse, las palabras que escuchó al otro lado de la línea fueron contundentes y devastadoras: es positiva. Tiene cáncer, un linfoma Hodgkin. Hablen con un oncólogo hoy mismo. No hay tiempo que perder.

“No puedo explicar lo que sentí. Colgué el teléfono y no podía parar de gritar y llorar. Creo que ese fue el día de dolor más profundo en este proceso. Cuando no puedes dejar de preguntarte: ¿por qué a mí?, ¿por qué a mi hijo?”, recuerda Claudia, quien de inmediato llamó a su hija. Al ver el estado de su madre, María Paula, entonces de 27 años, se hizo cargo de la situación. Pidió la cita con el oncólogo, y organizó para que alguien trajera a Claudia a Bogotá. La única recomendación que les hizo el médico fue que no le dijeran nada a David, que él se encargaba de darle la noticia.

“Tuve hasta las 3 de la tarde para tranquilizarme y recuperar la cordura. Debía hacerlo por David”, continúa Claudia, quien tras bañarse con agua fría para desinflamar sus ojos que ya ni podía abrir de tanto llorar, se maquilló y asumió el nuevo rol que le había puesto la vida. En el consultorio, madre e hijo se sentaron frente al escritorio del doctor; atrás escuchaban papá y hermana. “Me habían dicho que no podía llorar, debía ser fuerte. Así que cuando el médico, sin mayor preámbulo, nos dijo que el cáncer estaba en estadio dos, solo pude tomarle la mano a mi hijo”.

Un descubrimiento inesperado

David es abogado, tiene 27 años, mide 1,75 metros y pesa 72 kilos. Luce un traje oscuro, tiene una voz profunda, una mirada intensa y no se quiebra ni un solo segundo cuando cuenta que a los 23 le diagnosticaron este cáncer. “Fue, aunque suene irónico, el mejor año de mi vida, porque tuve una plenitud física y espiritual que nunca había sentido”, asegura.

Todo comenzó en el segundo semestre de 2013 cuando empezó a sentir varias bolitas al lado derecho de su cuello. Pensó que no era grave. Aplazó la ida al médico hasta que al fin tomó la decisión de ir. Luego, empezaron las visitas a los especialistas. Todavía recuerda ese marzo de 2014 cuando su padre lo llamó a su oficina –llevaba poco tiempo en su nuevo trabajo en una multinacional– a decirle que tenían que ir al consultorio a recibir los resultados de los exámenes. “¿Ya sabes lo que tengo? Dímelo y yo me preparo”, le dijo.

En 2014, a David Mayorga le diagnosticaron un linfoma Hodgkin en estadio dos. Su mamá dejó de trabajar para dedicarse de lleno a cuidarlo y le cambió por completo sus hábitos de alimentación./ Foto: Archivo Particular

Recuerda que en el consultorio, junto a sus padres y su hermana, el mundo, en un segundo, se le vino abajo; que su médico leyó estoico los resultados como si fueran una simple declaración de un juez, que la palabra cáncer para él fue como una sentencia de muerte. Recuerda que entró en shock, salió a la calle a fumarse un cigarrillo –el último, hasta el momento, de su vida– , que lloró con fuerza y pensó que tendría que salir adelante. Su instinto de supervivencia se activó.

Un camino doloroso

Aturdidos, asustados, sin saber qué hacer o qué decir, se sentaron luego en un café en silencio. La única certeza que tenían, era que en menos de una semana debía empezar un agresivo tratamiento de quimioterapia. El doctor les había dicho que las probabilidades de supervivencia eran buenas. Pero debían actuar de inmediato. De repente, David se levantó de su silla y dijo: “Me voy a curar. Vamos a hacer todo lo que haya que hacer, pero no me voy a morir”. Hoy Claudia asegura que ese momento fue el primer paso en ganar la batalla. “Ese día entendimos, sin decirlo, que lo único que debíamos hacer era trabajar por David”.

Como habían recomendado los expertos, la quimioterapia se inició unos días después. David no quiso que lo incapacitaran, les contó a todos en su trabajo y coordinó para que sus tratamientos fueran los viernes, y así tener el fin de semana para recuperarse. Claudia renunció a su trabajo en Barranquilla. “En ese momento lo único que me interesaba era mi hijo. No sabía de qué iba a vivir, pero no iba a hacer nada más”.

Al llegar a la primera sesión de quimioterapia, además de enfrentar a su nueva realidad, vieron que había muchos en la misma situación. “En ese momento ya lo habíamos aceptado, y eso te da algo de control. Creo que renegar y maldecir solo contribuye a fortalecer la enfermedad”. Ese día todo iba bien, David estaba tranquilo y dispuesto a hacer lo necesario para curarse. Sin embargo, cuando le pusieron el último medicamento –eran cuatro– “reaccionó muy mal, se empezó a ahogar y se descompuso completamente. Tuvieron que suspenderlo. Es ahí cuando empiezas a vivir el cáncer y un tratamiento que es devastador. Esta era la primera de doce sesiones. Eso nos mostró para dónde íbamos”.

David tuvo que someterse a doce quimioterapias. Aunque el proceso fue complicado, el apoyo emocional de su hermana, María Paula, también fue vital para salir adelante. / Foto: Archivo particular

David asegura que tres de las doce quimioterapias que tuvo en la Fundación Santa Fe de Bogotá lo marcaron para siempre: la primera, la sexta y la doce. “La noche anterior a la primera quimioterapia repetía dentro de mí que iba a ser capaz, que podía con todo. Estaba alimentando el ego, lo peor que podía hacer en ese momento”, explica.

Al día siguiente, cuando generó la reacción con el último medicamento, pasó algo importante: “la tráquea se me cerró, las manos se me entumecieron, no resistía el dolor. Me puse en posición fetal en el sofá; no creía en Dios, no era particularmente religioso, pero empecé a rezar, sentí que hablaba con alguien con el que hice un acuerdo en el que me comprometía a cambiar las cosas que me habían llevado hasta allí”.

Su vida pasó por sus ojos en un segundo. Desde los doce años jugaba golf; anhelaba ser jugador profesional, estudiar Negocios en Estados Unidos, pero por cosas del destino, dejó el golf y entró a estudiar Derecho en la Javeriana; como cualquier universitario, empezó a comer mal, a cualquier hora, de afán, a tomar trago, a fumarse una cajetilla de cigarrillos diaria, a rumbear con sus amigos los fines de semana. Su cuerpo, entendió, le estaba pasando factura.

En la sexta, ya hablaba con varias personas que padecían la enfermedad, y logró aprender mucho de ellas.

“En esta sesión recuerdo que estaba de mal genio porque me practicaron un escáner y aparecí limpio de actividad tumoral. Mi reacción fue decirle a mi doctora que ya no necesitaba más quimioterapias; pero eso era imposible, tenía que terminar las doce. Entonces, una amiga, que ya falleció, me dio una lección importante. Me miró, se rió y me contó que había superado un cáncer de hígado y de estómago, y estaba luchando de nuevo porque le había vuelto al hígado. Entonces yo le pregunté qué la hacía resistir. Y me dijo: ‘el amor hacia mi nieta, saber que puedo pasar un día más con ella. Esto me hizo caer en la cuenta de que lo que verdaderamente nos hace mover es el amor que uno tiene en la vida, por su familia, por sus amigos”.

En la última sesión de su quimioterapia, con once kilos menos, su mamá le entregó un cuadro tejido a mano durante los seis meses del tratamiento. “Solo puedo decir que el amor de madre es el más profundo y verdadero que puede tener uno en la vida”.

El poder de la alimentación

Cuando Claudia no estaba dedicada a las vueltas médicas, oraba. En una oportunidad, mientras pedía a Dios por su hijo, recordó que alguna vez había visto en Facebook algo sobre la dieta anticáncer. “En ese momento lo pasé por alto, porque eso no era conmigo”. Ahora la historia era otra. De inmediato fue a la Librería Nacional donde compró todos los libros que trataban ese tema. Uno de los que más le llamó en la atención fue Guía práctica para una alimentación y vida anticáncer, de la doctora española Odile Fernández.

Durante pocas noches lograba conciliar el sueño y entonces se dedicaba a leer e investigar todo lo que podía sobre los alimentos que pudieran contribuir al bienestar de su hijo. Y entre más leía, más entendía. “

Supe que no tenía que preguntarme por qué nos estaba pasando esto, o por qué le dio cáncer a David. La respuesta estaba en nuestros hábitos alimentarios. Yo creía que comíamos divinamente. Iba al supermercado y compraba jugo de naranja preparado, comíamos carne por montones y pocos vegetales, porque a David no le gustaban”, admite con una mezcla de culpabilidad y frustración.

Foto: Archivo particular

Determinada a remediar lo que había hecho mal durante 23 años, sacó todo lo que tenía en la despensa y lo botó. Cajas de mezclas listas con un sinnúmero de ingredientes, la mayoría de ellos impronunciables, salsas, aderezos, jugos, gaseosas… Todo lo que ya sabía que era dañino. “Creo que el cuerpo de mi hijo estaba saturado de toxinas”. “La dieta fue un cambio radical para mi. Me encantaban las carnes, no me gustaba el pescado ni el pollo, pero hice lo que me dijo mi mamá sin refutar”, asegura David.

Desde ese día, Claudia –que nunca fue amante de la cocina– se convirtió en la cocinera de su hijo. Recorría cultivos y tiendas saludables en busca de alimentos orgánicos. “Solo comía lo que yo preparaba, y nunca se quejó, incluso cuando los jugos que le hacía tenían cebolla cabezona. Desayunaba con él, le mandaba el almuerzo y los refrigerios a la oficina”.

Así, el joven abogado pasó de vivir de comida chatarra a tener una dieta balanceada, que le dio una nueva oportunidad. Los jugos verdes y extractos de zanahoria se convirtieron en el desayuno de rigor; este último porque su fuerte carga de betacaroteno fortalece el sistema inmunológico.

“Me concentré en frutas y verduras que le subieran las defensas y le quitaran las náuseas. Ahí nos dimos cuenta del poder de los alimentos. Durante el año de su tratamiento David no tuvo ni una gripa”, recuerda Claudia, quien también eliminó por completo el azúcar en la dieta de su casa. “La glucosa, que fortalece las células cancerígenas, cuando no la tienen se debilitan”. Eliminó las harinas blancas y los lácteos, y aprendió a hacer leche de almendras. “La proteína de la lactosa se vuelve azúcar y acidifica el cuerpo, esto hace que el cáncer prospere. Es importante consumir alimentos que alcalinizan, como el limón”.

A mitad del tratamiento, a David le practicaron un examen para ver qué tan efectivo estaba siendo. Nadie esperaba los resultados que obtuvieron. “No tenía ni un tumor, estaba completamente limpio. Incluso los doctores se sorprendieron”. Claudia cree que la alimentación tuvo mucho que ver con cómo respondió su hijo a la quimioterapia. Por supuesto que debe ser parte de un riguroso tratamiento médico, “pero comer bien, definitivamente, contribuye a que el cuerpo responda de manera más eficaz”. “No podría decir que el cambio de alimentación me curó, porque sería irresponsable de mi parte afirmarlo, pero sí estoy seguro que me ayudó, mejoró mi calidad de vida y me mantuvo con las defensas arriba”, asegura David.

El aquí y el ahora

Parabien está ubicado en el centro comercial Potosí, kilómetro 20 vía La Calera-Sopó

Un año después, David ya no tenía cáncer. “Cuando todo terminó pensé: no puedo decir simplemente gracias Dios, ya curaste a mi hijo. Decidí que nunca podría volver a ser como antes. Tenía información, aprendí mucho y lo que sentía en mi corazón es que eso lo podía compartir”. Así nació Parabien, que más que una tienda es un lugar donde las personas que tengan inquietudes respecto a este tema, pueden llegar y comprar alimentos que han sido seleccionados y probados por Claudia. También pueden tomar un té y conversar, desahogarse o compartir sus historias.

“No quisiera ver a otra mamá viviendo lo que viví. A mí me costó mucho esfuerzo ir de lugar en lugar en busca de cada cosa. Parabien es la manera de poner lo que aprendí al servicio de otros. Es una forma de compartir lo que hemos vivido y aprendido”.

La culpa ya quedó atrás, ahora su misión es otra. Claudia quiere generar consciencia de lo importante y beneficiosa que puede ser una buena alimentación. Algo que en realidad no tiene misterio, y que se puede aprender poco a poco. “Pecamos por ignorancia, por falta de información y porque en el mundo de hoy hay mensajes contradictorios. Es tan sencillo como volver a lo natural, a la dieta de los bisabuelos, a los alimentos básicos que te da la naturaleza”.

Su hijo, quien trabaja actualmente en una firma de abogados, asegura que allí, en ese pequeño local, su madre es el alma, y confiesa que tienen en mente abrir pronto un local de Parabien en Bogotá. A él le hacen controles cada seis meses, y todos han salido bien.

Aunque reconoce que tuvo un susto grande el año pasado, justo luego de que su padre fuese asesinado en Cali. Pero le sirvió para volver a sacudirse, a conectarse consigo mismo. Está limpio, viviendo el día a día, eventualmente se da gustos y come cosas como los Doritos, que tanto le gustan. Ya no planea tanto a largo plazo. “El cáncer te hace ver que realmente eres mortal. Y creo que siempre estamos pensando en función del mañana, pero cuando sabes que puedes morir en cualquier momento, te puedes concentrar en disfrutar el día a día”.

Hoy, madre e hijo agradecen las lecciones aprendidas. “Es un proceso muy difícil, pero si logras verlo con amor y con aceptación, porque no hay nada diferente que hacer, también trae cosas muy lindas”. Para Claudia, el cáncer de su hijo fue Parabien.

Para más información: gerencia@parabien.com.co.
Teléfono: 571 883 5489

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