El fotógrafo Ruvén Afanador, un adicto a New York

Ruven Afanador –el fotógrafo colombiano más cotizado en el mundo de la moda– habla en tono íntimo de la ciudad que ha visto transformarse y los personajes que ha conocido.

Su estudio es como él. Impecable, luminoso, vital. Blanco y negro, como sus fotografías y la ropa que usa. Lo encuentro sentado en el escritorio –una mesa ovalada de mármol diseñada por el finlandés Eeero Saarinen– en el que solo hay unos pocos objetos, los imprescindibles.

Lo rodean sus personajes, aquellos que ha seducido y capturado a lo largo de una carrera de más de dos décadas, enmarcados en enormes fotografías en blanco y negro meticulosamente dispuestas en las paredes del amplio espacio, en el séptimo piso de uno de los renovados edificios de Chelsea en New York. La zona, antes industrial y de oficinas, es ahora una de las más apetecidas de la ciudad.

En ella se congregan varios de los artistas más reconocidos y Ruven Afanador es —definitivamente— uno de ellos. Fotógrafo de modelos, artistas, músicos, jefes de Estado y celebridades, las imágenes capturadas por Afanador han sido portada de Vanity Fair, Vogue, The New Yorker, Rolling Stone, GQ, Elle y The New York Times Magazine.

Su figura alta y delgada, la cabeza rapada y los pequeños lentes redondos me evocan de inmediato al Dalái Lama. Lo miro detenidamente y percibo también algo de su serenidad. Me acerco a él, algo prevenida. Me han dicho que es un poco vedette. Y también que es tímido.

Soy consciente que depende de mí lograr escudriñar un poco en su alma y, sobre todo, en su espíritu neoyorquino. A pocos días de realizar en el Museo de Arte Moderno de Bogotá —MAMBO— una esplendorosa exposición retrospectiva de 80 de sus fotografías, Afanador y su visión sobre la New York que lo ha acogido serán el abreboca de nuestra edición especial sobre una ciudad que se reinventa permanentemente.

Con su voz suave, sus maneras delicadas y su viva franqueza rápidamente va derrumbando la barrera imaginaria que suele levantarse entre entrevistado y entrevistador antes de empezar una sesión. Pienso que así debe hacer con sus personajes. Primero analizarlos cuidadosa y silenciosamente para después ir poco a poco cautivándolos hasta lograr la cercanía que los lleve a liberarse ante su lente.

A New York llegó en 1990, después de estudiar fotografía tres años en Milán. La ciudad no le era desconocida. Había viajado a ella varias veces desde Michigan, adonde se mudó a los 14 años con su familia.

Su papá, un reconocido relojero de Bucaramanga —donde nació Ruven— movido por el sueño inevitable de todo padre de lograr un destino mejor para sus hijos, decidió dejarlo todo y mudarse con sus cuatro hijos —Ruven y tres hermanas— a los Estados Unidos. —Fueron días difíciles. Estaba muy joven. Fue un desprendimiento muy grande que me dolió muchísimo. Cuando empecé a estudiar me aculturé y no quise volver a Colombia durante muchos años —recuerda todavía con asomo de angustia.

Cuando desembarcó en la gran ciudad tenía 31 años y el firme propósito de ser un gran fotógrafo de moda. El contacto con una ciudad como Milán, donde la moda es una actitud que se respira y se transpira, había despertado en él una inquietud estética ligada muy fuertemente a la seducción en lo femenino y a lo clásico en lo masculino.

“New York era un destino indispensable”, afirma. “Era muy joven, quería estar cerca de mi familia, que vive en el área de Washington, y New York era la base apropiada para ser fotógrafo de moda. Muchas de las revistas importantes tienen oficinas allí”. Como a muchos otros artistas en busca de identidad y oportunidades, la inmensidad de New York le habría de resultar fascinante pero también desbordante.


Foto: Ruven Afanador.


“El impacto fue increíble. Me demoré muchos años en sentir que vivía en NY, y que no era un extranjero”. Sentir estremecerse la ciudad el 11 de septiembre y derrumbarse ante sus ojos dos de sus grandes íconos lo sacó de su enajenamiento. “Ver desde mi ventana ese hueco enorme en la torre del norte fue como pasar a otro universo. La vida cambió en ese momento. Entendí cuánto soy parte de la ciudad, que es mi casa, mi vida, y cuánto la quiero”.

Como a muchos otros artistas en busca de identidad y oportunidades, a Ruven la inmensidad de New York le resultó fascinante pero también desbordante

Durante semanas no tuvo valor para volver a mirar por la ventana. “Las Torres eran parte de la vista, un punto de referencia en mi vida. Cuando miraba por la ventana o iba en esa dirección, no podía definir dónde estaba. Sin darme cuenta las buscaba.

Habían desaparecido pero seguían estando allí de alguna manera”. Y tampoco quiso trabajar. Algunos fotógrafos corrieron a trabajar en la zona, otros se ofrecieron como voluntarios. Pero Ruven se quedó petrificado, inmóvil. “No quería salir de mi apartamento. Sólo quería estar pegado al televisor y vivirlo de esa manera. Quería estar en mi casa y mi ciudad”.

—¿Podría uno pensar que la transformación que está viviendo la ciudad tiene que ver con ese momento?

—En New York han pasado muchas cosas, pero nunca se vivió una tragedia como esa, que yo creo tuvo mucho que ver con la enorme inocencia que reinaba en la ciudad. Ha sido esa inocencia precisamente la que ha ayudado a que se revitalice de la manera como lo ha hecho. Se han demorado mucho en la reconstrucción de la zona y ha habido muchos problemas, pero por fin este año se empezó a sentir que estamos saliendo de ese hoyo.

Desde el gimnasio al que asiste, en el Pier 59 a pocas cuadras de su estudio, Ruven ha seguido día tras día el avance de la construcción del Freedom Tower, que ocupará el lugar del World Trade Center.

“A veces estoy ahí por una hora y veo cuántas piezas enormes de hierro instalan y cuando regreso uno o dos días después, me subo en la misma máquina y puedo ver cuánto han avanzado. Tengo una marca en la ventana”, me confiesa. “Eso me inspira muchísimo. Ver renacer mi ciudad me parece algo extraordinario”.

De ser una ciudad de todos, pero de ninguno, New York se convirtió en el centro de las miradas de propios y ajenos, y hacerla resurgir, en un propósito común. –Es paradójico ver cómo evoluciona la historia de una ciudad. Durante mucho tiempo trataron de que el área de las Torres fuera atractiva para los neoyorquinos y nunca realmente se logró.

Ahora, con todas estas transformaciones, seguramente se convertirá en una zona muy deseada–.

—¿Qué cambió en su manera de ver las cosas a través del lente?

—Uno siempre cambia por las cosas que lo afectan. El año pasado murió mi papá. Fue la primera vez que alguien de mi familia moría, que tenía esa experiencia y eso también me cambió. No es que uno pueda definir su fotografía por todo lo que sucede a su alrededor, pero uno sí mira las cosas de otra manera.

Cuando empezó, entre sus ambiciones no figuraba hacer retratos de personajes. Su foco estaba puesto en la moda. –Después de algunos trabajos me di cuenta de que mientras las actrices querían ser modelos, las modelos querían ser actrices y que en el fondo, todas querían ser celebridades–.

Ese paso le ha permitido conocer mucha gente. Por su lente han pasado personajes como Sarah Jessica Parker, Al Pacino, Tina Fey, Michael Jordan, Salma Hayek, Jeniffer López, Céline Dion, Robert De Niro, Antonio Banderas, Lenny Kravitz y Diane von Furstenberg, entre muchos otros.


Retrato de Diane von Furstenberg. Foto: Ruven Afanador.


Hace poco fotografió a la familia presidencial de Gabón y a la Duquesa de Alba. “Es un personaje por el que siempre he sentido fascinación y finalmente pude hacerle un retrato”, cuenta con el entusiasmo propio de quien logra una meta largamente buscada.

De sus retratos pocos son realmente neoyorquinos. Los actores y modelos, que son el corazón de su trabajo, no tienen hogar. Sarah Jessica Parker es quizás uno de los más neoyorquinos y de los que más ha fotografiado.

“Se parece a su personaje en la serie, pero su intelecto es mucho más interesante, posee un lenguaje bellísimo”. Courtney Love, Al Pacino y Diane von Furstenberg se suman a la lista de habitantes de esta ciudad cautivados por la mirada aguda e irreverente de Ruven, quien con los años ha logrado penetrar en el mundillo de los habitantes de esta gran ciudad, a veces tan cercana y otras tan huraña.


Retrato Tina Fey. Foto: Ruven Afanador.


“El neoyorquino es muy curioso y está en permanente contacto con la gente. En esta ciudad, por más que quieras vivir en un mundo privado, no hay forma de evitar el contacto con los demás”, señala con gran seguridad.

—De tantos personajes que han pasado por su lente, ¿cuáles le han dejado huella?

—Patti Smith, una artista increíble —cantante, escritora y fotógrafa— con un look muy masculino. Tiene la esencia de downtown New York. Y Oprah Winfrey. De ella aprendí la importancia de dejar un legado. Me inspiró para volver a Colombia el año pasado y enseñar durante una semana en la UNAB de Bucaramanga algo de lo que he aprendido. Fue una experiencia muy especial. Entendí la satisfacción de pasar a otras personas lo que sabes.

“En NY, si puedes hacer lo que te gusta y vivir de eso te vuelves adicto a la ciudad. No paras de sacarle todo lo que te puede dar”

Durante muchos años Ruven no quiso volver a su país natal. Pero su llegada a New York le marcó el camino de regreso. Al año de mudarse hizo su primera portada para la revista Time.


Retrato Al Pacino. Foto: Ruven Afanador.


El editor mencionó que era colombiano y al día siguiente lo llamaron de una cadena de televisión de Colombia a hacerle una entrevista. “Esa llamada me impresionó mucho. Despertó algo que estaba dormido y tres meses después regresé. Ahora voy generalmente dos veces al año. Me encanta ir, pero cuando estoy allá siento que ya no pertenezco a ese lugar”.

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La New York que vive ahora, tampoco es la misma. Recién llegado caminaba la ciudad de arriba abajo mil veces, con la emoción de descubrirlo todo. Iba a fiestas, desfiles, museos… Los afanes de su carrera, sin embargo, han cambiado su relación con la ciudad.

“Lo que me gusta ahora es irme con mi pareja a Central Park en los fines de semana y ver pasar a la gente, relajada y sin afanes. No salir, ni siquiera a restaurantes. Y de vez en cuando ir a cine al Lincoln Plaza. La vida de uno en estas ciudades cambia mucho con el tiempo. A New York la gente viene buscando poder hacer lo que le apasiona, y si puedes hacer lo que te gusta y vivir de eso, te vuelves adicto a la ciudad. No paras de sacarle todo lo que te puede dar”.

Entre los momentos más gratificantes que le ha dado New York está, sin duda alguna, la presentación de su último libro —Mil besos— en el otoño de 2009. La obra, que celebra a las mujeres del flamenco en provocativas fotografías, es un incitador reto a las definiciones de género y belleza.

“Para el opening traje de Sevilla a algunos de mis personajes y vinieron muchas personas importantes entre clientes, diseñadores, artistas, familia y amigos. ¡Fue una fiesta total! Después nos fuimos a El Faro, el restaurante español más antiguo de Manhattan, donde un amigo hizo una original decoración con papel de hojas del libro y las cantaoras bailaron y cantaron con una maravillosa mujer de color que suele estar en el metro. La mezcla, la fuerza creadora y la conexión entre estas mujeres generó un momento bellísimo y sublime… ¡Algo que solo podía suceder acá!”.

Sensible y de lágrima fácil como su padre, que murió el año pasado, Ruven es un hombre de familia que visita a su madre Isabel, de 85 años, con frecuencia. “Trato de ir dos veces al mes”, asegura.

Le dedicó el libro de Mil besos —para él representa la fuerza de la mujer— y le tomó para la publicación una foto que significó una experiencia sublime. “Tenerla en mi estudio al otro lado de mi lente fue algo tan especial… Me afectó a mí más que a ella”, dice con voz entrecortada mientras observa una pequeña fotografía de su padre que tiene frente a sí en el escritorio. “Una amiga me dijo que tener algo de él cerca, me ayudaba a desprenderme”, me cuenta en voz baja. “Cuando vio la fotografía que tomé de mi mamá, mi papá lloró y me dijo: era todavía más linda”.

En sus palabras se puede reconocer a un hombre profundo, cuya vida de gran ciudad y cercanía con la fama —antes ajena y ahora propia— no ha logrado corromperle el alma. —Tengo mi propia manera de vivir la espiritualidad, muy conectada con mi instinto. Me rijo bajo el concepto de que toda acción genera una reacción y trato de ser cada día mejor dentro de ese ámbito.

La New York de hoy, sin embargo, no será su hogar de mañana. A pesar de su infinito amor por esta gran urbe, no se imagina en ella dentro de 20 años. Sabe que no es amable con los viejos. –Es una ciudad que te da mucho, pero también te encierra y donde corres el riesgo de quedarte atrapado.

No quiero estar tomando fotos hasta el último minuto o llegará el momento en que ya no pueda dejarla. No quiero morir atrapado por mi adicción a New York —dice con una gran certidumbre.

Enemigo de dejar las cosas al azar, ya tiene pensado qué hará cuando llegue la hora de tomar la cámara solo por placer. Quiere vivir en Big Sur, a tres horas de San Francisco en California, un área de montañas altas a la orilla del mar, espiritual y desolada, donde han llegado muchos artistas en busca de tranquilidad. “Mi único temor es que me llegue la muerte sin haber dejado todo organizado”, confiesa irremidible.

Mientras llega el momento, seguirá escarbando en esta ciudad total e interminable, en busca de almas dispuestas a dejarse seducir por ese ojo travieso e irreverente con el cual provoca, conmueve e hipnotiza a sus personajes llevándolos a develar al final su intimidad, oculta pero siempre sospechada.

“Es una ciudad que te da mucho, pero también te encierra y donde corres el riesgo de quedarte atrapado”

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