Conversando con Rodrigo Pardo, director de Noticias RCN

Entre las hieles de la política, las mieles de la diplomacia y el sabor agridulce del periodismo, Rodrigo Pardo se decantó por el periodismo. Así es él.

Lo lleva en el ADN: su abuelo materno, Roberto García-Peña, director de El Tiempo durante 42 años, fue su maestro en el oficio y le heredó la bandera de los principios liberales y los ideales democráticos, y la más importante lección de independencia periodística: consideró un imposible moral rectificar una información que comprometía a la dictadura de Rojas Pinilla y se negó a hacerlo. El periódico –entonces de propiedad del expresidente Eduardo Santos– fue clausurado en agosto de 1955.

Con ese legado y recién graduado de economía de la Universidad de los Andes, Rodrigo dio sus primeros pasos como periodista en la revista Semana, acabada de refundar por Felipe López en 1982. Viajó luego a los Estados Unidos para hacer una maestría en Estudios Internacionales en la Universidad de Johns Hopkins, y de regreso retomó el rumbo en El Tiempo, bajo la batuta de Enrique Santos Calderón. No alcanzó a cumplir tres años en el diario cuando Fernando Cepeda, el politólogo a quien había conocido en Los Andes, le cambió el chip y lo metió en la política.

–La política: ¿comedia o tragedia?

–Comedia, por fortuna.

–¿Qué político admira y por qué?

–A Felipe González. Es una de las mentes más brillantes que he conocido, se inventó una izquierda viable, realista y constructiva, y fue el gran impulsor de España hacia la democracia y la modernidad.

–¿Cómo definiría al presidente Santos?

–Como un presidente moderno y cosmopolita que sacó el país de la derecha dogmática y del parroquialismo ahistórico. Un estratega pragmático, un político puro. Una sorpresa que se volvió esperanza.

–Un político insoportable.

–Muchos, pero la arrogancia de Rafael Correa me parece insuperable.
Doce años estuvo extraviado de la salas de redacción, doce años durante los cuales ocupó altos cargos en los gobiernos de Barco, Gaviria y Samper, que le sirvieron para conocer los entramados del poder, para templarse ante las crisis y para confirmarle que lo suyo era el periodismo, oficio que ejerce con pasión pero sin apasionamiento, con convicción pero sin fundamentalismo, con conocimiento pero sin soberbia.

–¿Qué le habría gustado ser, aparte de periodista?

–Fotógrafo, sin duda alguna.

–¿Periodismo para qué?

–Para que los ciudadanos sean más ciudadanos, participen en la democracia, elijan mejores gobiernos, hagan mejor oposición y sean más felices.

–¿Qué le falta y qué le sobra al periodismo colombiano?

–Le sobra militancia política y arrogancia, y le falta creatividad y análisis.

–Las peores amenazas para el periodismo…
–La intolerancia, venga de donde venga: de la guerrilla, de los “paras” colombianos, de los narcos mexicanos, de Chávez, de Correa…

–Lo bueno y lo malo de ser periodista.

–Para quien tiene la vocación, lo bueno y lo malo es que no se puede ser feliz haciendo otra cosa. Y conste que lo intenté.
Director de El Espectador; columnista y subdirector de El Tiempo; director editorial de Semana y director de Cambio cuando fue adquirida por la Casa Editorial El Tiempo, su cierre intempestivo en 2010 le demostró, una vez más, que de minas está sembrado el camino de la libertad de prensa, y que la cercanía entre los dueños de los grandes medios y el poder político y económico hace que gobernantes, políticos y grandes empresarios se sientan con licencia para influir en los contenidos y en los enfoques de las noticias, e incluso para censurar y pedir cabezas.

–¿A cuál periodista admira y por qué?

–A Enrique Santos, por su intuición periodística, su pasión por el oficio y su pluma, agradable y venenosa a la vez. Su revista Alternativa me despertó de joven muchas sensibilidades, y sus columnas en Contraescape eran imprescindibles, las leía todas con avidez. Además, aprendí mucho de él cuando trabajé en El Tiempo en diversas etapas y en distintos cargos.

–Columnista favorito…

–Alejandro Gaviria, en El Espectador. Es original y profundo, e invita a reflexionar aun en puntos con los que se está en desacuerdo.

–¿Qué retos le plantea Internet al periodismo tradicional?

–El de la innovación, entender la complementariedad de los medios, el aporte que puede hacer cada uno. Internet genera más oportunidades que problemas para el periodismo.
Volvió a Semana como consejero editorial en 2010 y fue panelista del programa de RCN La Radio de la Noche hasta el pasado 20 de febrero, cuando asumió la dirección de Noticias RCN y empezó a navegar en las aguas procelosas de un medio en el que impera la tiranía del rating. Está consciente de ello pero también de la enorme responsabilidad social del medio, y por eso se ha trazado dos objetivos principales: evitar el tono amarillista y darles más contexto a las noticias. Sin duda podría hacer suya una frase del gran periodista y escritor argentino que fue Tomás Eloy Martínez: “Cada vez que un periodista arroja leña en el fuego fatuo del escándalo está apagando con cenizas el fuego genuino de la información” (Defensa de la utopía, 2004).

–¿Cómo solucionar el divorcio entre periodismo serio y rating?

–Creo que los ciudadanos son cada vez más sofisticados y tienen más acceso a la información, y en consecuencia necesitan un periodismo que ordene los datos, que oriente, que explique la realidad. Los ciudadanos del siglo XXI son un campo fértil para el buen periodismo y lo serán cada vez más.

–¿Cree posible hacer periodismo independiente en un medio que hace parte de un grupo económico?

–Sí, porque los televidentes no solo aprecian la independencia sino que la exigen. Abandonarla significa abandonar la audiencia, que es lo último que quieren los dueños de los medios.
De convicciones firmes, evita, sin embargo, desgastarse en discusiones; prefiere la reflexión tranquila y el análisis a la polémica encendida. No pontifica ni pretende imponer sus puntos de vista, nunca pierde los estribos y es ajeno a los oropeles del poder y la fama, algo extraño en un mundo de egos y rivalidades como el periodismo. De él puede decirse lo mismo que García Márquez afirmó de su abuelo: es un hombre decente. Decente en el sentido de la honestidad en los actos y en las palabras, decente hasta el punto de la ingenuidad, su talón de Aquiles. Pero no lo es en el oficio, pues bien conoce las habas que se cuecen en las ollas de la política y de los altos heliotropos.

Discreto y de modales suaves, es un jefe al que admiran y respetan sus subalternos, un papá manso y cariñoso que deja volar a sus hijos Daniel y Mónica, y un abuelo alcahueta de Mariana, con quien comparte la debilidad por el chocolate. No obstante, es fundamentalista en materia de fútbol y verduras, a las que detesta sin reservas. Y aunque fracasó en el intento de convertir a sus hijos a la religión anti-verdes, por lo menos logró convencer a Daniel de que Millos bien vale una misa.

–Un partido memorable…

–Por allá en 1972, en El Campín, en compañía del entrañable Roberto Posada, el Hincha Azul, vimos a Millos y a Cali empatar 0-0, empate que le dio a Millos el puntico que necesitaba para ganar la décima estrella que había sido tan esquiva y anhelada.

–Un gol que no olvida…

–El de Freddy Rincón con la Selección Colombia, en el Mundial del 90 en Alemania.

–¿Pelé, Maradona o Messi?

–Messi. Me deleita verlo jugar. ¡Y apenas está empezando!
Trota para empezar el día y vive conectado: en cada cuarto de su apartamento hay un radio sintonizado en una emisora diferente y sufre síndrome de abstinencia si no tiene el celular y el iPad a la mano. Cinéfilo, buen lector y amante de la música de Bob Dylan, Los Beatles y Serrat, tiene su héroe de ficción…

–Batman me ha fascinado siempre.

–¿Héroe o heroína en la vida real?

–Se me han ido cayendo casi todos. Mandela es de los pocos que van quedando.

–Novela imprescindible.

–Verano, de Coetzee, es la que más me ha impactado en los últimos años.

–Película memorable

–Annie Hall, de Woody Allen.

–¿Qué lo desvela?

Duermo mal y lo que me pregunto es cómo no desvelarme. Por ahora estoy entre la valeriana y el Zolpidem.

–¿ A qué le tiene miedo?

–Al fundamentalismo con poder.

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