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Colombia vista a través de los ojos de Félix de Bedout

Félix de Bedout es uno de los periodistas colombianos más implacables. Hoy desde Univisión sigue pendiente de la política, corrupción y actualidad del país.

Foto: Érika Diettes

Félix de Bedout es uno de los periodistas colombianos más implacables. Hoy desde Univisión sigue pendiente de la política, corrupción y actualidad del país.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 496 de julio 2011

No traga entero ni le tiembla la voz al preguntar. Por eso, sus críticos lo consideran irreverente, prepotente, arrogante, iracundo, impertinente…

Se llama Félix como su padre y su abuelo y su bisabuelo, y la sola mención de su nombre polariza. Lo admiran o lo odian, sin matices. Félix de Bedout es una marca registrada, construida en un oficio ejercido durante más de 23 años con convicción, lejos de los oropeles de la fama y marcando distancia frente al poder.

No cree en el de la prensa (“es un cuento que nos echamos los periodistas para sentirnos importantes”), desconfía de todos los poderes. Por eso es inclemente con los poderosos. “Uno no puede ser duro con un concejal de Simití y blando con el Presidente”, dice convencido de que mientras más alto el cargo o la posición de un entrevistado, él es más exigente.

Tampoco cree en la objetividad. “Cuando uno escoge un tema o un titular, cuando categoriza las noticias, uno hace una valoración que queda reflejada en la información –afirma–. Mi compromiso es informar con responsabilidad, presentar hechos y pruebas para que la gente saque sus propias conclusiones”.


Y porque no traga entero ni le tiembla la voz a la hora de preguntar, sus críticos y malquerientes que se cuentan por docenas, lo consideran irreverente, prepotente, arrogante, iracundo, impertinente…

Las descalificaciones no alteran su convicción sobre el periodismo como contrapeso del poder, sobre el periodista como sabueso. Por eso investiga como detective y se asesora y se informa, por eso insiste cuando los entrevistados se salen por la tangente, por eso los entrevistados se molestan cuando se sienten cercados.

“Su sello inconfundible es ser directo, polémico –asegura Julio Sánchez Cristo, director de La W y quien hace ochos años lo llevó a trabajar con él–. Su compañero de mesa, Alberto Casas, agrega: “El periodismo es para Félix confrontación, su actitud es auténtica, siente que debe formularle preguntas controversiales al entrevistado porque considera que en la confrontación gana el oyente”.

Podría decirse que Félix es cartesiano, que su método es la duda. “Es escéptico por principio, no cree en la política ni en los políticos, no cree en militancias partidistas, nunca ha votado, y su frase más común es ‘aquí no pasa nada’”, sostiene uno de sus pocos y más cercanos amigos, el abogado y columnista de El Espectador Ramiro Bejarano.

Además del escepticismo, la indignación es su otro estado natural. Indignación frente a la corrupción, la violencia, la mentira oficial, la pobreza, la desigualdad… Se la percibe en los interrogantes, en los comentarios, en las reacciones. “La indignación es útil pero reconozco que a veces no puedo controlarla –dice–. Y eso acaba jugando en contra mía, a favor del entrevistado y en detrimento del contenido”.


¿Cómo se convirtió Félix en el Júpiter tonante del periodismo nacional, el periodista que la gente ve en blanco o negro? Su familia es paisa y como tantas otras familias colombianas: la madre, Blanca Luz Molina, el polo a tierra, el sentido de realidad; el padre, con alas para volar.

Fueron las alas del padre que quería estudiar Ciencias Políticas, las que llevaron a la familia a vivir en Madrid (España) cuando Félix tenía solo tres meses. Viajaron con una plata heredada del abuelo y volvieron seis años después sin un duro en los bolsillos.

De esa Madrid que empezaba a sacudirse del franquismo, él solo recuerda el zoológico y el primer combo de amigos con los que vagabundeaba por la calles, y sobre su pasión por el fútbol cuenta que se la debe a un tío que un día cualquiera, recién desempacado de España, lo llevó al Atanasio Girardot donde se volvió hincha del Nacional y donde con su barra «Los paisas verdes» cumplía cada domingo la cita con el equipo de sus afectos.

Cursó primaria en el Colegio Alemán y como no pudo con el idioma de Goethe, hizo bachillerato en el Jorge Robledo, colegio por donde pasaron, entre otros paisas de renombre, Álvaro Uribe, Juanes y Santiago Botero.

Allí él y su grupo de amigos dejaron huella. “Éramos casi vandálicos, de rumba y trago, íbamos a una discoteca en la que en lugar de videos musicales pasaban películas de gánsteres”, dice esbozando algo parecido a una sonrisa. Porque es frío y distante, incluso antipático.

“Soy tímido y no es disculpa”, me dice. En ello coinciden su esposa Patricia y sus contados amigos, los que le conocen algunos secretos –no todos–, los que ven su otra cara, la del papá cariñoso y dedicado, la del esposo detallista y romántico, la del amigo leal y solidario pero también crítico, la del introvertido y austero hasta en los comentarios, la del culto y reservado hasta el mutismo, la del neurótico y huraño, celoso de su vida privada, la del ácido sentido del humor, la del terco y egocéntrico orgulloso de sus logros periodísticos.

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En la Bolivariana de Medellín adquirió las bases del oficio que empezó a ejercer muy pronto, en segundo semestre de carrera, cubriendo camerinos de fútbol para un programa en Radio Súper.


El oficio que ha hecho, sobre todo, en radio y televisión, el que lo atrapó en sus redes pese a que no figuraba entre sus sueños, que eran otros. El mar, por ejemplo, hacer parte de las expediciones en el Calypso del profesor Cousteau, ilusión que se esfumó por su incompetencia para las matemáticas y la biología –claves para la Oceanografía–, y que quedó reducida al buceo, actividad que le permite alejarse del mundanal ruido y estar solo con esa su otra inseparable compañera: la soledad, “el exilio interno de los que viven contra la corriente”, como la llama el provocador Christopher Hitchens. En su apartamento de Bogotá, sobrio como él mismo, un acuario de aguas cristalinas y peces multicolores se me antoja un trocito robado al mar para sentirlo cerca.

Pero es el cine su verdadero sueño incumplido, su gran frustración. ¿Por qué?: “Porque desde el arte pueden hacerse reflexiones más profundas: Apocalipsis Now, el Guernica de Picasso, los 82 grabados de Goya, por citar unos ejemplos, dicen más sobre la guerra de Vietnam, la Guerra Civil española y la ocupación napoleónica de España que un tratado sobre la guerra”.

Tal vez por eso tiene una obra de la fotógrafa Erika Diettes de la serie Río Abajo sobre los desaparecidos, una de esas grandes tragedias que, como él dice, “los periodistas no hemos sido capaces de contar en toda su dimensión”. No se dedicó al cine porque no vio el camino para hacerlo, pero en los cineclubes descubrió a Fellini, Chaplin, Bergman, Antonioni…

Le gusta el cine todo, sin excepciones, y devora películas como los niños crispetas. Hasta las que ve los fines de semana con Martín y Andrea, sus hijos de 7 y 6 años, y con Patricia, su esposa, su cómplice, su apoyo incondicional, la bella y muy tradicional manizalita a quien conoció cuando hacía una pasantía en el noticiero NTC y por quien hizo lo que no figuraba en sus planes: casarse con todas las de la ley en la catedral de Manizales, de smoking y corbatín, en una ceremonia con pajecitos y damas de honor, hace más de 12 años.

Leer es otra de sus pasiones, como la Historia y en especial la del Renacimiento. Una herencia del padre, librepensador y libertario, profesor por muchos años de Historia de las Ideas en la Universidad de Antioquia, que convirtió su casa en una enorme biblioteca donde el hijo hizo las primeras lecturas: Dumas, Zolá, Proust, Sábato, García Márquez…

“Es muy importante la influencia de su padre, lector impenitente, culto y huraño como él”, sostiene Bejarano. Y fue Nada y así sea, un libro de Oriana Fallaci sobre la guerra de Vietnam, el que afianzó su incipiente vocación periodística. No cree, sin embargo, que estudiar periodismo sea condición del buen periodista, pero piensa que sirve para arrancar con alguna ventaja. Fue su caso y agradece a la universidad que lo dejó trabajar cuando apenas empezaba carrera, como corresponsal de Cinevisión. Asistía a clase con audífonos, pegado del radio, y muchas veces debió salir corriendo a cubrir una noticia.

Eran los tiempos de las bombas del narcotráfico, cuando los carteles marcaban su territorio a sangre y fuego y buscaban acorralar al Estado para obligarlo a negociar. Su primer informe fue sobre la bomba que destruyó la estatua de Fidel Cano, fundador de El Espectador.

El segundo, sobre el atentado contra el edificio Mónaco de Pablo Escobar, el 13 de enero de 1988, que detonó la guerra entre los carteles. Fue su bautizo de fuego, le dejó una huella indeleble y la semilla que germinaría hasta convertirlo en el periodista guerrero, beligerante y a veces temerario que es hoy. “Desde entonces empecé a recibir amenazas”, cuenta. De las tantas que ha recibido, y que no contabiliza, guarda una bala que le llegó con una nota: “Llave, ¿por qué habla mal del patrón?”.

Fue la primera de muchas y aprendió a vivir con ellas. “La alternativa era dejarse atrapar por el miedo y retirarse, o seguir adelante y tratar de no vivir en función de eso, escogí lo segundo”, dice.

Ser corresponsal le significaba cubrir atentados terroristas y muertes y asesinatos selectivos, pero también fútbol y moda, política local y tragedias naturales… No olvida ese 27 de septiembre del 88 cuando un alud de lodo se llevó el barrio Villa Tina. “La Oda de la Alegría de Beethoven que servía de fondo a un desfile de modas se mezclaba con el sonido de los helicópteros que sobrevolaban la ciudad –recuerda–. Era de locos, esquizofrénico, pero fue una gran escuela”.

Fue, sobre todo, la escuela de la guerra: tres días antes de la bomba del Mónaco había sido secuestrado Andrés Pastrana, candidato a la Alcaldía de Bogotá, por orden de Escobar, y una semana después fue asesinado el Procurador General, Carlos Mauro Hoyos.

En forma paralela a la ofensiva narcoterrorista en la ciudad, en Urabá el banano y la violencia echaban raíces de la mano de terratenientes que patrocinaban la creación de grupos armados para defender sus intereses, y la Unión Patriótica hacía política. El asesinato selectivo de sus militantes y las masacres eran el pan de cada día. Félix recuerda con horror la de Segovia, el 11 de noviembre del 88: 43 personas muertas y 53 heridas por paramilitares al servicio de Fidel Castaño.

Una masacre, como tantas, perpetrada con la complicidad de miembros de la fuerza pública. “Vi ríos de sangre”, asegura y cuenta que siguió la historia de un niño a quien la muerte había sorprendido en el lomo de su bicicleta: “Pregunté y busqué en el pueblo hasta dar con su casa y allí, encima de una mesa, encontré un cuaderno donde el niño había pintado una masacre”.

Poco después, de regreso a Medellín a bordo de un Twin Otter, volvió a sentir la presencia de la muerte, de su propia muerte: “El timón se bloqueó y no sé qué hizo el piloto pero logró destrabarlo segundos antes de que entrara en barrena. Nos salvamos de milagro”.

Meses después recibió una llamada de Bogotá. Era Daniel Coronell, jefe de redacción del Noticiero Nacional, para decirle que los directores Javier Ayala y Gabriel Ortiz lo querían de corresponsal.

Aceptó pero muy pronto lo importaron a Bogotá para reforzar la redacción. Con una plata ganada por una propaganda para Caribú, montó su primer apartamento en la inhóspita capital. Apenas había espacio para un sofá-cama y solo de cuando en vez se filtraba un rayo de sol por una ventana que daba a un patio interior.

Su primera misión: cubrir los ministerios de Educación y Trabajo. Era como pasar de la guerra a la paz, de la reportería dura a un encargo de bostezo que lo obligaba a buscar noticias que nunca daban para un titular.

Del letargo lo sacó “El Viajero”, un proyecto para recorrer el país, la posibilidad de conocer otros lugares, de buscar historias distintas a las que producía una guerra que había sido intoxicada por el narcotráfico.

La dicha fue corta. La publicación, en junio del 89, de un video que mostraba al mercenario israelí Yair Klein entrenando a los paramilitares del Magdalena Medio, desató una serie de amenazas contra el noticiero cuya primera consecuencia fue la renuncia del presentador José Fernández Gómez.

¿Qué hacer? ¡Félix!, dijo Coronell. Desde entonces y hasta finales de 1991 Félix fue la cara del Noticiero Nacional y a quien le tocó dar la noticia que marcó un antes y un después en la historia reciente de Colombia: el atentado que le costó la vida a Luis Carlos Galán, el 18 de agosto de 1989.

Ese día la redacción estaba diezmada. Buena parte de los periodistas estaba en Barranquilla donde la Selección Colombia jugaba contra Ecuador el primer partido en la eliminatoria para el Mundial. Félix y Ayala llegaron al estudio con la chiva: las primeras imágenes del candidato liberal que caía sobre la tarima instalada en la plaza de Soacha. “Me tocó decir que estaba herido, que estábamos esperando el parte médico –recuerda Félix–. Pero viendo las imágenes no me quedaba duda de que estaba muerto”.

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Meses después otros dos candidatos, Bernardo Jaramillo, de la UP, y Carlos Pizarro, del M-19, serían también asesinados. La violencia del narcotráfico, de la guerrilla, de los paramilitares y su guerra sucia no daba tregua.

Detrás de cámaras, Félix siguió la campaña presidencial más violenta de nuestra historia, la elección de César Gaviria, el proceso de la Constituyente. Frente a las cámaras relató esas y otras noticias que, de una u otra forma, alteraron la vida de los colombianos: el secuestro de los periodistas Diana Turbay y Francisco Santos por orden de Escobar, la política de sometimiento a la Justicia, la entrega del capo el mismo día en que nacía la nueva Constitución el 4 de julio de 1991.

Poco después, Coronell le propuso asociarse para licitar un noticiero de televisión. “No, gracias”, le dijo, pero pronto se arrepintió y el primer sábado de enero de 1992 inauguró el noticiero NTC, uno de los l0 adjudicados.

“Entonces, y pese a las críticas por la costumbre de los gobiernos de entregar noticieros a los delfines políticos, había más visiones y puntos de vista de los que hay hoy”, dice. Sus ideas originales fueron claves para el noticiero y según algunos de quienes trabajaron a su lado, “nunca un ‘no se puede’ le servía como respuesta”. Allí su amistad con Coronell echó raíces y, pese a diferencias de estilo y personalidad, ha sobrevivido más de 23 años a tempestades y tormentas.

Y a dos largos silencios, cada uno de un año. Félix es así: neurótico, temperamental e impredecible. Una de esas largas pausas fue porque como director del noticiero Coronell no le autorizó viajar a Buenos Aires donde Colombia y Argentina jugaban la eliminatoria del Mundial 94 (el histórico 5-0 contra la selección albiceleste).

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Al @pibevalderramap en su cumpleaños "Así se juega al fútbol”.

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Como presentador y periodista de NTC hasta 2001, le tocó dar la noticia de la muerte de Escobar, y seguir el proceso 8.000 y el juicio contra el presidente Samper en el Congreso. “Fue periodísticamente muy interesante porque, por primera vez, creímos que un presidente se podía caer –dice–. Pero no aprendimos la lección que dejó la renuncia de Nixon y es que a un presidente no todo le está permitido”.

Fue también la época de las grandes tomas de las Farc; de la captura de los jefes del cartel de Cali; del crimen del futbolista Andrés Escobar; de los asesinatos del dirigente conservador Álvaro Gómez y del humorista Jaime Garzón. El paramilitarismo surgía como el nuevo y más sanguinario enemigo.

“Este país no cierra capítulos o los cierra a las malas y eso solo garantiza más muertos en el futuro –dice–. Es un país sin memoria, sin historia, por eso siguen saliendo esqueletos del clóset y repetimos los mismos capítulos en un círculo vicioso. Ese es nuestro drama”.

En abril de 2003, siendo presentador y asesor de Noticias Uno, Julio Sánchez Cristo lo llamó para que hiciera parte del equipo de La W en Caracol Radio, un programa cuyo formato había probado con éxito en RCN. “Fue una sabia decisión porque Félix no solo es un gran profesional sino algo más difícil de encontrar en el medio: es buena persona”, dice Sánchez Cristo.

Curtido ya en mil batallas, marcaría la diferencia. “La W me dio un nuevo enfoque, me potenció profesionalmente”, afirma. El país había pasado del desencanto por la paz al entusiasmo por la guerra, y bajo el fuerte liderazgo del presidente Álvaro Uribe y su mensaje de lucha sin cuartel contra las Farc se había creado un clima de unanimismo en la opinión que permeaba las noticias a la hora de informar sobre el gobierno. Solo unos pocos se atrevían a criticar, Félix entre ellos. Pero reconoce que “siempre tuve libertad para preguntar y enfrentar los temas a mi manera”.

Se convirtió en el implacable. Cuestionó, investigó, denunció, preguntó sobre los escándalos que comprometían al gobierno Uribe: yidispolítica, parapolítica, espionaje del DAS, Agro Ingreso Seguro, ejecuciones extrajudiciales, corrupción… “Se la jugó por investigar y decir públicamente lo que podía probar aun a costa de incomodar a sus compañeros de mesa”, sostiene Cecilia Orozco, columnista de El Espectador y actual directora de Noticias Uno.

“Era el que me acompañaba en esas batallas en las que uno se siente solo –dice Camila Zuluaga, la más joven del equipo–. Lo consultaba para tener puntos de vista distintos”. Y Ramiro Bejarano remata: “Pulcro y honesto, su única agenda es el periodismo, no tiene agenda propia, ni negocios, ni asesorías, ni compromisos políticos”.

Pero ya no va más en La W. Volvió a la televisión, a Univisión, como presentador del noticiero de la mañana. Hará también reportajes para el programa Aquí y Ahora, y en un canal de noticias 24 horas, aún en gestación, tendrá su propio espacio de entrevistas.

Se va agradecido con la gente que le dio la oportunidad de trabajar y con sentimientos encontrados: ilusión por los nuevos retos y tristeza por lo mucho que queda por hacer. “Se fue el policía malo –escribió Carlos Castillo en su blog de lasillavacia.com–. El detective que sacaba confesiones a bofetadas y encaraba a los sospechosos agarrándolos del pelo”.

Muchos están felices, respiran aliviados. Pero también muchos van a extrañar al periodista que antes que seguridad, aprobación y una vida tranquila y cómoda, escogió no tragar entero.

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Abril
09 / 2019

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