Catalina Gómez desde la línea de fuego

La periodista colombiana Catalina Gómez, quien vive hace más de una década en Irán, ganó el premio de periodismo Simón Bolívar por su cubrimiento televisivo sobre la toma de Mosul, en Irak. Su colega y amiga personal, Marta Orrantia, dialogó con ella.

Siempre que Catalina Gómez dice que su oficio consiste en cubrir el conflicto en Oriente Medio, la reacción es la misma. Su interlocutor se queda boquiabierto, sin entender cómo una mujer menuda, tierna, en apariencia tan frágil, es capaz de meterse en un frente de batalla sin que le tiemblen ni la voz ni la voluntad.

Catalina –Paisa, para los amigos– acaba de obtener el premio Simón Bolívar por la mejor noticia en televisión, debido al cubrimiento que hizo de la guerra en Mosul, un trabajo que resultó complejo, como todo lo que ella hace, y peligroso, como casi todo a lo que se expone.

Conocí a Catalina hace más años de los que quisiéramos admitir. Éramos jóvenes y trabajábamos en el periódico El Tiempo, ella en la sección Internacional y yo en la de Cultura. Nos volvimos amigas, más aún hermanas, compañeras de fiestas, guardianas de los secretos de la otra, apoyos para los momentos difíciles.

Desde esa época ella era una mujer muy singular. Ecléctica y culta, podía hablar de moda, de fútbol o de literatura con profunda sabiduría, pero lo suyo, se notaba, iba más allá. Siempre fue una viajera incansable, y después de un tiempo en Colombia, el mundo comenzaba a hacerle guiños.

Cuando ve a un niño busca abrazarlo, cree que eso puede marcarlo y ayudarlo a seguir.

Pereira, su ciudad natal, se le quedó pequeña muy rápido. Bogotá se tardó todavía menos. Vivió muchos años en Madrid, y en los ires y venires desde España hasta Colombia, en los trabajos en El Tiempo y en Semana, fue moldeando su sueño de irse a Irán, a donde viajó por primera vez en 2005.

¿Cuándo empezó con esa obsesión de Oriente Medio? Tengo la impresión de que siempre, desde que la conozco, ha soñado con aprender farsi.

Cuando era niña devoraba la sección internacional del periódico, pero no llegué a pensar en la posibilidad de irme a Irán, sino mucho tiempo después, cuando regresé de una maestría en Relaciones Internacionales que hice en Madrid.

Pero a todos nos tenía locos con el asunto del farsi. ¿Por qué esa cultura en particular?

Me gustaba Irán y su historia. Era fascinante. Comencé a leer y a interesarme cada vez más en ese país. Fue tanta la locura que un día empaqué maletas y me fui a conocerlo. Contraté un conductor que me llevara a recorrer el país, que me pareció precioso, pero recuerdo haber pensado: “Ni muerta viviría en Teherán, qué ciudad más fea”, y justo terminé ahí.

¿Cómo fue ese primer encuentro con una cultura tan distinta a la nuestra?

No fue tan difícil. En Irán son muy comprensivos con los turistas, y supongo que me dejaron pasar muchas cosas. A pesar de que creía que sí, mi ropa no era siempre adecuada, pero no tuve problemas. El choque cultural sí ocurrió cuando ya vivía en Teherán, pero no fue traumático.

Siempre hemos hablado de que yo vaya a visitarla a Irán, pero para ser sincera me da pavor que me arresten por impúdica. ¿La amenazaron o se sintió vulnerada por no respetar el chador o la forma de vestir en general?

No, así no funciona. La primera vez llevé unas camisas grandes, de mi mamá, y vi que no eran apropiadas. Cuando me matriculé como estudiante de farsi y llegué a establecerme en el país, tenía por ejemplo una gabardina roja preciosa, que consideraba muy apropiada porque me cubría el cuerpo, pero luego –cuando me detuvo la policía de la moral un par de veces– me di cuenta de que lo que estaba equivocado era el color.

Catalina Gómez quisiera recopilar sus historias en un libro.

Pero no solo la ropa es distinta, sino todos los códigos, ¿no es cierto?

Sí. Las primeras veces cuando subía a un taxi y le preguntaba al taxista cuánto cobraba por la carrera, él decía que no era nada, que era un regalo. Esto es parte del “tarof”, una bellísima forma cultural persa de negociación y de deferencia con el otro, que yo no conocía. La respuesta de uno debe ser una sutil insistencia, ante la cual quien ofrece el servicio, termina cobrando. Pero yo no sabía eso, y las primeras veces me sorprendía, me sentía muy halagada, y en un par de ocasiones me fui tan campante sin pagar. Pero esta costumbre se ha vuelto anacrónica y ya no es tan frecuente. Desde que llegué a Irán he visto muchos cambios, y este es uno de ellos.

¿Cuáles más?

Bueno, en Irán se percibe un relajamiento de las costumbres. Las mujeres andan con el velo, sí, pero casi no les cubre la cabeza. Ellas dicen incluso que las occidentales somos más recatadas que las mismas iraníes y a veces es cierto.

¿Y a usted no le incomoda tener que vestirse así?

Lo que pasa es que el vestido es, por así decirlo, un síntoma. El trato diferenciado a la mujer va mucho más allá de la ropa, y sí existe una doble moral al respecto. Es decir, a los iraníes les puede parecer escandaloso que una mujer no use velo en su país, pero si viajan a otro país les parece normal verlas descubiertas. Lo mismo ocurre con otras cosas, como la educación. En Irán las mujeres estudian, van a la universidad y se preparan, pero al final tienen que pedirle permiso a su marido para trabajar. Entonces ahí comienza el problema, porque muchos hombres les temen a las mujeres que son más inteligentes o que ganan más que ellos…

Pero eso no es tan distinto de Colombia…

Es cierto. Y como en Colombia, las mujeres que trabajan –que cada vez son más, porque se necesitan los dos ingresos en el hogar– son además las que se encargan de la casa, de los niños, de la cocina…

O sea que a usted no le tocó fácil, entre otras cosas por ser mujer…

Por supuesto que no. Todavía hay cosas que son complicadas, pero en esa época era mucho más difícil. Para empezar, en Irán no es común ni sencillo alquilar un apartamento. Hay que dar un depósito de un año por adelantado, y en las casas de familia en las que me quedé al comienzo, no estaba cómoda y el ambiente era pesado.

“Soy más feminista. He visto la lucha silenciosa de las mujeres aquí. Ellas son las que siguen sosteniendo la estructura social en medio de la guerra, las principales víctimas”.

¿Y nunca pensó en devolverse?

No, ni siquiera en ese momento. Lo que yo quería hacer era seguir adelante con mi carrera, primero con mis estudios de farsi y luego como periodista.

Recuerdo que tuvo problemas porque quería cambiar la visa de estudiante por visa de periodista… ¿Cómo fue eso?

Ese fue otro choque cultural. Cada vez que llamaba para que me renovaran la visa, todos me contestaban llenos de amabilidad, y al final me la renovaban por diez días nada más. Una vez me dijeron que tenía 24 horas para salir del país, así que tuve que empacar, irme, esperar a que volvieran a procesar la solicitud y volver a entrar. Me la pasaba entrando y saliendo…

¿Adónde iba?

Era tanto lo que entraba y salía que opté por alquilar un apartamento en el barrio armenio de Beirut. El Líbano es un país mucho más costoso que Irán, entonces mi apartamento era muy pequeño, escasamente cabía un colchón, y el barrio era muy pobre, de ancianos y con una tienda en la esquina y poco más. Hoy en día es un lugar muy chic de Beirut, pero en esa época no había nada, pero era lo que podía pagar, ayudándome con los artículos que escribía para El Tiempo o Semana y dando clases de español.

Antes de irse, en esas charlas largas que teníamos, donde mayormente tratábamos de convencerla de no ser tan loca y quedarse, usted me dijo que si llegaba a enamorarse de un iraní, yo tenía que viajar y rescatarla. ¿Recuerda?

(Risas). Recuerdo, sí. Pero usted nunca me rescató.

¿Cómo conoció a su esposo? (Kaveh Kazemi, fotógrafo iraní, con quien está casada actualmente)

A Kaveh lo conocí muy recién llegada, pero no fue sino hasta un tiempo después que comenzamos a salir. En esa época, él viajaba a Beirut a veces conmigo, porque yo tenía el problema de la visa. Nos casamos en una boda civil en Colombia porque en Irán resulta imposible pensar en la convivencia sin un matrimonio. Y aunque no estamos casados legalmente en Irán, no nos molestan por eso. Imagino que es otra de las cosas que han cambiado, pero cuando vivíamos juntos sin habernos casado, debíamos viajar y pagar dos habitaciones en los hoteles…

¿Qué dice Kaveh de su oficio?

Él no tiene problema con eso. A veces me ha acompañado él o su hijo, que es camarógrafo, claro que no los meto en batalla. A veces, cuando estoy en el frente, lo llamo y le digo que no sé si ir más allá, y él me dice que siga mi corazón. Jamás ha cuestionado lo que hago, y por el contrario, ha sido una gran ayuda para aprender a sortear esos códigos culturales de los que hablábamos.

¿Y su familia? Debo decirle que cada vez que la veo haciendo un informe, lloro, porque me da pánico que le ocurra algo…

Al comienzo era muy difícil para mis papás. Aun así, yo trataba de hacer las notas sin decirles y luego mi mamá se enteraba dónde había estado, pero ya sabía que estaba de regreso en casa. Era muy divertido porque mi mamá me llamaba cuando veía el noticiero y me decía: “Catalina, salió despeinada”, o “esa blusita azul me gusta mucho”. Creo que se concentraba más bien en esos detalles porque si se ponía a mirar el chaleco antibalas, o la guerra detrás, se angustiaba un montón.

¿Y a usted no le da miedo?

No, miedo no. Creo que con la edad lo que me ocurre es que cada vez me cuesta más trabajo arrancar. Antes quería estar todo el tiempo en todas partes, pero ya no tanto. Lo que sí me da miedo es, por ejemplo, que el presupuesto de la nota se suba, o que el fixer (un contacto en los diferentes lugares, que sirve como traductor, como guía y a veces como apoyo periodístico) no esté disponible, o que el carro que alquilo me quede mal, así. Pero en el frente no tengo miedo. Siempre evalúo los riesgos, soy bastante responsable con eso.

¿Nunca ha sido irresponsable?

(Risas). Sí, una vez. Estaba en Turquía, con el camarógrafo y el fixer, que era sirio. Entramos a Turquía sin problema, estuvimos diez días con los rebeldes kurdos, y cuando intentamos cruzar la frontera, nos detuvieron las autoridades turcas. El camarógrafo logró escapar, pero el fixer y yo terminamos tumbados en un maizal. Me pusieron una bota en un lado de la cabeza y el cañón del arma en el otro. Luego me llevaron a donde un general. El hombre se conmovió, creo, porque se debió imaginar a su hija en semejante situación, así que en lugar de meterme presa, me invitó a café con galletas y me dijo que el terreno por el que yo corría minutos antes era un campo minado. Luego me acompañaron al aeropuerto y me deportaron a Irán. Hace cuatro años de eso y aún hoy no me dejan entrar a Turquía.

El tiempo pasa muy rápido. Usted lleva casi diez años viviendo allá. ¿Qué fue lo más difícil?

Al comienzo era muy difícil. Soy mujer. Soy latinoamericana. No soy corresponsal de ningún medio, sino que hago trabajos de free lance. Es obvio que se juntaban todas las circunstancias negativas. Ahora eso ha cambiado, aunque la situación actual resulta similar, es decir, RCN no renovó mi contrato y aunque hago trabajos para France 24 y La Vanguardia, de España, no tengo el respaldo de un medio de comunicación, que puede significar mucho en medio del conflicto.

Una cosa es cubrir Oriente Medio y otra cosa es cubrir la guerra allá. ¿Por qué no se queda en las ciudades?

Lo que pasa es que el conflicto forma parte de la realidad de Oriente Medio. Si no hablo de eso, si no viajo a donde están luchando y entiendo por qué se enfrentan, no puedo comprender la sociedad. No saco nada, ni aprendo nada, cubriendo Oriente Medio desde un escritorio en Teherán.

Siento que ha cambiado mucho en este tiempo. Desde que estaba en la redacción Internacional de El Tiempo, desde que trabajamos juntas en Semana. Hay muchos cambios. ¿Usted en qué cree que la ha cambiado cubrir Medio Oriente?

Soy más feminista. He visto la lucha silenciosa de las mujeres aquí.Ellas son las que siguen sosteniendo la estructura social en medio de la guerra, las principales víctimas. Me solidarizo mucho con las mujeres. Me he vuelto más sensible. El conflicto puede volverlo a uno frío o darle empatía, y creo que a mí me ha ocurrido lo segundo. Cada vez que veo a un niño en medio de la guerra, mi instinto es abrazarlo, tocarlo, darle cariño. Lo mismo ocurre con las mujeres que me cuentan sus historias. Quiero abrazarlas, darles amor. Muchas veces están tan ocupados sobreviviendo que no hay espacio para el contacto y creo que un abrazo puede llegar a marcarlos, a ayudarles a seguir.

¿Y a usted quién la abraza después de eso?

Es difícil, a veces la carga emocional es muy fuerte. Pero me ayuda meterme en el día a día del trabajo, desgrabar, editar… Aun así, hay cosas que me marcan para siempre y siento cada vez más que estoy en deuda con todas las personas que me han contado su historia.

¿Y cómo la quiere pagar?

Siempre he hablado de escribir un libro, pero ahí sí que soy gallina. No sabría por dónde empezar, qué contar, qué dejar fuera. De repente por eso sigo posponiéndolo, pero algún día se hará.

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