“Jesús y la pintura”, por Santiago Mutis

El poeta, ensayista, editor y crítico de arte de Colombia escribió para Diners un análisis detallado de las representaciones de Jesús en la pintura.

La primera pintura nacida del cris­tia­nismo, calificada de “execrable” por Stendhal —enamorado del renaci­mien­­to italiano—, se encuentra en las catacumbas, en los mosaicos griegos, en los iconos, en las miniaturas que iluminan sus manuscritos sagrados y en los pequeños retablos de los altares.

Más que pintura —o menos, si se quiere seguir pensando tan pobremente como Stendhal— se trata de objetos litúrgicos, considerados sagrados (algo, diría Freud, que no debe ser tocado; por eso hoy se les bendicen las manos a los restauradores de iconos), figuras esquematizadas, simbólicas, planas, severas, realizadas bajo cánones estrictos, para despertar la piedad y la plegaria que rediman la condición humana, clavada al árbol de la vida.

De esta forma de rezar se desprenderá, muy lentamente en el tiempo, la pintura como un arte independiente, levantada sobre conocimientos tan importantes como la perspectiva, el claroscuro y la expresión, que la harán desembocar en el Renacimiento (y en el humanismo plasmado en la escultura griega anterior cinco siglos a la época del Nazareno) y en Leonardo da Vinci, tal vez el más grande pintor de la historia, aunque existan Ca­ravaggio y Velázquez, Rembrandt y Vermeer de Delft.

En el siglo XIII la pintura del Giotto introduce el relieve y un muy humano realismo, ausentes por completo en la estremecedora pintura de iconos, incluso en los de su maestro, el gran Cimabue. Giotto es un artista cuya obra —inspirada en San Francisco de Asís— atrae la atención de una manera nueva, por sí misma, por su corporeidad, su composición, la verdad de sus criaturas, su rotunda aunque austera sensualidad, su apego a la vida, ocasionando así una secreta revolución (al despertar el mundo real en el mundo de la fe), e inaugurando una nueva historia, la de la propia pintura, cuya muerte propuso en nuestros días el artista Marcel Duchamp, como lo hubiesen querido los teólogos del comienzo de la era cristiana y los temibles –para el arte— iconoclastas, que destruyeron todas las pinturas del cristianismo durante los siglos VIII y IX, con la bendición de la Iglesia Ortodoxa.

Entrada a Jerusalén (1337) Autor: Giotto di Bondone.

Tal vez un ejemplo simple, individual —el de un solo hombre, un artista— explique en forma diáfana este largo episodio de catorce siglos en el que la pintura y la religión dejaron de ser una sola cultura para emprender destinos separados. Una independencia que no todos aprueban. Este ejemplo nos lo brinda Rainer María Rilke en una carta dirigida a su mujer donde cuenta el descubrimiento que ha hecho de un nuevo pintor, llamado Vincent van Gogh: Era el joven Van Gogh un predicador, un evangelista que se había retirado a una dura región minera al norte de Europa para dar consuelo a aquellas familias en tan severa pobreza.

Dormía en el suelo, casi no comía, leía y enseñaba la doctrina del Cristo. Para ayudarse en su evangelización durante aquellas frías noches, enriquecía ante los mineros la lectura dibujándoles algunos episodios. Van Gogh leía, hablaba y dibujaba. El mismo no se dio cuenta del momento en que dejó de hablar, abandonándose al dibujo, absorto en la vida de las figuras que estaba despertando, y donde comenzó, sin saberlo, a dejar plasmada su propia y naciente alma. Así nació Vincent van Gogh a la pintura moderna.

Es esta, pues, una historia doble, la del cristianismo y la de la pintura, cuyos artífices, no siempre ortodoxos en materia religiosa, introdujeron su propia y esplendente mundanidad —y la de la misma pintura—, contradiciendo muchas veces los rigores de un dogma que, si bien contrataba sus servicios, limitaba su libertad y su plenitud de hombres y de artistas.

Si en efecto puede hablarse de pintura religiosa, se trata también de un nuevo becerro de oro: el Arte, el drama humano —exuberante de vitalidad—, con sus emociones, su realidad, las vanidades, el dolor, sus dudas, el amor, sus crímenes, el gozo, sus miserias, los anhelos, sus necesidades, el libre albedrío, los sentidos, la sexualidad, sus contradicciones…, la belleza y su muerte. Es decir, una nueva, desesperanzada, terrible y magnífica religión: la del hombre y sus pasiones.

La Verónica mostrando la Santa Faz a la Virgen y San Juan (1864). Autor: Juan Antonio Vera Calvo.

Hoy se sabe que la pintura —lo cual también le parecería execrable a Stendhal— nació hace 15.000 años en las cuevas de Altamira y Lascaux —que con su vigor animal y su deslumbramiento la hacen la más moderna de todas—, y que la primera pintura del cristianismo, un dramático retrato realizado por la piedad de una mujer, va a cumplir 2.000 años: el Velo de la Verónica.

Archivo Revista Diners Edición 357 de diciembre de 1999

Sobre el Autor

Santiago Mutis es un crítico de arte de reconocida trayectoria, nacido en Bogotá en 1951, es el colombiano más familiarizado con la producción iconográfica alrededor de Jesucristo. Poeta, ensayista, inquieto estudioso de la literatura y las artes, ha trabajado como curador de la Biblioteca Nacional y documentalista gráfico en la revista de la Universidad Central. Ha rescatado de la oscuridad, gracias a sus aventuras literarias, la obra dispersa de autores como José Asunción Silva, Rafael Osorio Lizarazo y Gabriel Giraldo Jaramillo. Sus libros de poesía, entre los que se encuentran Afuera pasa el siglo, Soñadores de pájaros y Tú también eres de lluvia, son documentos esenciales de la poesía colombiana contemporánea.

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