“Jesús y la mujer”, por Germán Espinosa

El cartagenero, autor de La tejedora de coronas, La noche de la trapa y Los doce infiernos, escribió para Diners cómo fue la labor feminista de Jesús en el mundo.

Jesús está en el Monte de los Olivos. Hay luna. Acaba de vivir inquietantes experiencias en Jerusalén, donde los fariseos, que habían enviado alguaciles para prenderlo, vieron regresar a sus subordinados con la palabra de la revelación en los labios. Al oeste, se extiende entre las sombras el valle del Cedrón y, más allá, bulle la ciudad en la fiesta de los taber­náculos.

La montaña, en cuya cima David rindió culto a Iáweh, está llena de cavernas y de grutas. No obstante, el nazareno duerme tumbado entre la maleza, de cara a las estrellas. Al amanecer, retoma por el valle el camino de la ciudad. Una vez en ella, predica a los peregrinos agrupados en su torno, mientras con un dedo hace trazos enigmáticos en el suelo. Entonces, los escribas y los fariseos se vienen a él; le señalan a una mujer y, ansiando confundirlo, le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés lapidar a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”.

De ello hace casi dos mil años. Hoy, para quienes abrimos nuestras expectativas al tercer milenio —al que la mujer llega como una ciudadana más de las democracias del mundo, con injerencia en los asuntos públicos y en los negocios privados, y en el que apenas le quedan pendientes unas cuantas luchas con vistas a derribar aquellas estructuras sociales que, sin oponerse a la igualdad de derechos con el varón, impiden aún su realización efectiva—, acaso no nos sea fácil comprender, por una parte, la marginalidad extrema que la mujer padeció en ciertas épocas de la historia y, por la otra, el alto significado que cobraron, para su redención parcial, ciertos ademanes casi del todo simbólicos y ciertas delicadas lecciones.

En otras palabras, el significado que caudillos religiosos como Jesús de Na­za­ret, brotado de la más pura tradición judía, pudieron adquirir en la mitigación de la carga que la agobiaba por aquellos tiempos y en su exaltación a los ojos de una sociedad que atrozmente la discriminaba.

Para la mayoría de los historiadores modernos, los movimientos de reivindicación femenina se iniciaron únicamente a partir del siglo XVIII, con la aparición, en ciertos países europeos, del feminismo, que abogaba por la plena igualdad de derechos civiles con el varón. Tal aspiración —nos dirían, de ser interrogados— sólo empezó a cristalizar, y eso en unas pocas naciones, tras el fin de la primera guerra mundial. Nadie, por cierto, olvidaría las tenaces, violentas y valerosas luchas que, en Inglaterra, sostuvieron el escritor Richard M. Pankhurst y su esposa Emmeline, hasta obtener en 1928 la aprobación del sufragio femenino por el Parlamento británico, decisión que marcó un hito decisivo en las valiosas conquistas que habrían de lograrse andando el siglo XX.

Probablemente, muchos de esos historiadores rehusarían remontarse al siglo I de nuestra era para encontrar allí la raíz de tales conquistas. Muchísimos de ellos se hallarían inclinados a pensar que el cristianismo jugó más bien un papel negativo en los desarrollos históricos que condujeron a su consecución. Sin embargo, he aquí que el cristianismo en su raíz, es decir, en los escasos años que duró la prédica de Jesús, produjo una serie de ademanes que, vistos a la luz del triste papel social que la mujer desempeñaba en aquella época, podrían juzgarse no sólo significativamente emancipadores, sino dilúcidamente revolucionarios.

Tales ademanes provinieron, todos ellos, del propio cordero nacido en Belén, lo que equivale a afirmar que, en el marco de la teología cristiana, hubieran debido ser considerados como emanados de fuente divina. No fue así, por las numerosas traiciones en que la Iglesia de Roma, como poder instituido en paridad de circunstancias (y de prejuicios) con las monarquías del mundo, incurrió hacia el texto evangélico.

Pero éste es incuestionable. Jesús de Nazaret, en su mensaje de dulzura y de paz, removió hasta los cimientos la postura que, tanto el judaísmo como el orbe pagano de aquellos tiempos, habían adoptado hacia la mujer.

Dicho de otra manera, defendió su igualdad religiosa ante el varón y sugirió cómo, de ella, debían derivar sus derechos sociales y humanos. Lo trascendente de aquella actitud sólo será posible comprenderlo rememorando, por una parte, en qué consistía el salvaje sometimiento que la mujer sobrellevaba en la tradición antigua y, por otra, recorriendo con el Evangelio los atisbos doctrinales por Jesús aportados en aquella dirección.

Quienes —basados en ciertas estadísticas de ultrajes y de maltratos, comunes tanto a países tercermundistas como a industrializados— piensen aún hoy que la mujer es víctima de una sociedad que la estima inferior, mediten en cuán pálidos resultarían sus motivos de preocupación, si se los coteja con los que podría haber incubado la situación de la mujer en la antigüedad.

Si nos atenemos a la palabra bíblica, veremos que la mujer, a raíz del pecado edénico, había quedado condenada no sólo a “parir en dolor”, sino a una ultrajante sujeción al varón. Para éste, constituía una propiedad material, al igual que su tierra labrantía, y un bien mueble, al igual que su asno y su buey. Tal sujeción imponía, entre otras muchas humillaciones, las de cargar con las tareas más pesadas de la casa (por ejemplo, la molienda), y no poder formular voto alguno sin la anuencia del marido.

Para ella, era inexistente el descanso de los sábados, del cual disfrutaban, en cambio, las citadas bestias domésticas. Debía tolerar la presencia en casa de otras esposas y podía ser repudiada sin ningún derecho a defenderse. Si llegaba a probársele una infidelidad conyugal, era, en efecto, apedreada públicamente hasta morir, en tanto el adulterio del esposo no era merecedor de castigo alguno. Se le permitía participar como circunstante en las fiestas populares y religiosas, pero se encontraba excluida del culto. Cuando enviudaba, la autoridad en casa pasaba, no a ella, sino al hijo mayor.

Antes de contraer matrimonio, era absoluto su sometimiento al padre, que podía venderla o casarla cuando y con quien quisiera, y que poseía sobre ella derecho de vida y muerte. Su permanencia en la soltería la constituía en un estorbo en el hogar, en motivo de disgusto e irritación. Si tenía hermanos varones, se la excluía de la herencia. Cuando una mujer paría una hija y no un hijo, se juzgaba aquello motivo de impureza, por lo cual debía practicar ritos de catarsis.

Tales aberraciones no eran, por supuesto, privativas de la ley hebrea. En el código de Ur-Nammu (año 2050 a. de C.) se lee, por ejemplo, que “si la esposa de un joven siguió a alguien por propia iniciativa y lo hizo dormir en su seno, se entregará a la muerte a esa mujer, pero se liberará al hombre”.

Aun así, en los códigos meso-orientales no se hallará jamás un sometimiento tan íntegro. Sí, en cambio, en Grecia, donde se había institucionalizado el gineceo como el único lugar en el cual la mujer, allí recluida, podía practicar con sus con­sexuales la libre expresión. Recuérdese también de qué modo las mujeres griegas debían abstenerse de participar en actos públicos tales como las funciones de teatro.

Sócrates esbozó un ademán de defensa del sexo femenino, al sostener que la razón de su aparente inferioridad era la ausencia de una educación apropiada, pero Aristóteles se apresuró, transcurrido menos de un siglo, a volver las cosas a su punto, predicando que la sola contribución de la mujer al desenvolvimiento de la historia radicaba en la función procreadora que, según él, era en ella pasiva. El historiador judeolatino Flavio Josefo, cincuenta años después de la Crucifixión, aún sostenía, pese a su índole de ciudadano de Roma, que “la mujer es en todo inferior al varón”.

Asentado lo anterior, no será arduo resaltar de qué modo la actitud de Jesús de Nazaret, en sus tres años de prédica pública, contrastó, a todas luces, con aquella tradición funesta. El texto capital, al cual hicimos al comienzo alusión, se encuentra en Juan 8, 2/11. Allí se refiere cómo los escribas y los fariseos trajeron a aquella mujer “sorprendida en adulterio” y dijeron al galileo: “En la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres.

Tú, pues, ¿qué dices?”. Jesús, que inclinado hacia el suelo, escribía aún en tierra con el dedo, se enderezó y respondió: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Los hombres, ante tal respuesta, optaron por retirarse y el predicador, viéndolos irse, preguntó a la mujer: “¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?”.

Ella respondió: “Ninguno, Señor”. Y él le dijo entonces: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. Huelga insistir en lo audaz que resultaba, en aquellas fechas, oponerse a una tradición milenaria. Jesús llamaba la atención, claro está, sobre el hecho de que, en su doctrina, todo pecador arrepentido podía acceder al perdón divino, pero también sobre el hecho de que tal prelación lo era por igual del varón que de la hembra. Se constituía, pues, por esa sola razón, en adalid de los derechos sociales y humanos de esta última.

Implícita en aquella actitud puede hallarse, pese a ulteriores posiciones eclesiásticas, la afirmación cristológica de la igualdad de derechos para ambos sexos. Y si los pecadores son iguales ante la justicia divina, ¿no deben serlo, por ende, ante la humana?

No menos elocuentes resultarán otras anécdotas evangélicas, en las cuales Jesús afianza aquella actitud liberadora. Por Lucas 8, 2, sabemos que había expulsado siete demonios del cuerpo de María Magdalena.

Esta, por gratitud, se constituyó en su perpetua servidora. En el instante de la Crucifixión se encontraba con otras mujeres al pie de la cruz. Asistió luego a la sepultura del nazareno. Una vez resucitado (Juan, 20, 11/18), fue objeto de una de sus apariciones. Se sirvió él, así, de ella para anunciar a los apóstoles su resurrección.

En ello aparece muy diáfano su propósito de integrar a la mujer en el plan de la Iglesia, es decir, de aproximarla al culto. Hoy día, no es posible ya identificar a María Magdalena con la pecadora anónima de Lucas 7, 36/50, pero ésta, fuere quien fuere, se erige en una prueba más de la simpatía que el sexo femenino inspiraba en el Redentor y de su convicción acerca de equiparar sus derechos con los del varón. El apóstol narra cómo, hallándose Jesús a la mesa de un fariseo, una mujer de la ciudad, “que era pecadora”, trajo un frasco de alabastro con perfume “y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume”.

El fariseo, lleno de aprensión, pensó entonces: “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora”. Jesús leyó sus pensamientos y respondió a las reticencias de su anfitrión con una parábola. En ella, un acreedor tenía dos deudores. El uno le debía quinientos denarios; el otro, cincuenta. Como ninguno de los dos tenía con qué pagarle, hubo de perdonar a ambos. Y preguntó Jesús: “Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?”. El fariseo contestó: “Pienso que aquél a quien perdonó más”.

El Señor convino: “Rectamente has juzgado”, y añadió: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquél a quien se le perdona poco, poco ama”. Y aun dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, ve en paz”.

Una anécdota similar hallamos en Juan 4, 7/28, cuando Jesús, venciendo los escrúpulos que los oriundos de Samaria inspiraban a los judíos, hace a una samaritana objeto de su piedad y de su prédica. En ambos casos, se trata de mujeres pecadoras, probablemente prostitutas. Jesús no hace diferencia: su palabra se derrama sobre ellas con igual eficacia que sobre los apóstoles. Estos, al verle hablando con la mujer del cántaro, se escandalizan en su fuero íntimo; pero nada dicen, pues conocen ya de sobra la simpatía que el sexo femenino merece al Mesías.

En resumen, Jesús frecuentó el trato público con la mujer, evitado por los rabinos; se abstuvo de excluirla de la predicación y del culto; la ayudó con sus milagros, como el obrado en aquélla que fue curada por sólo tocar su túnica; compadeció su condición y aceptó sus cuidados; disfrutó su cercana amistad (la de Marta y María de Betania, por ejemplo) y las hizo portadoras del mensaje de resurrección; defendió su igualdad de derechos y de obligaciones con el varón y, en cabeza de su madre, la Virgen, las colocó en posibilidad de bienaventuranza.

En los primeros tiempos del cristianismo, el apóstol Lucas —consecuente con lo aprendido en el Crucificado— manifestó su satisfacción por las numerosas conversiones femeninas y recalcó la generosidad con que la mujer colaboraba en el trabajo misionero. Si, en el Antiguo Testamento, el matrimonio era juzgado “un mal menor”, en la prédica de Pablo de Tarso, consecuente con el querer de Jesús, éste fue considerado como algo moralmente necesario y dentro de cuyos límites existía perfecta igualdad de obligaciones conyugales entre hembra y varón.

La mujer, de esclava, se transformó en compañera y, si bien debía aún obediencia al esposo, las relaciones entre ambos fueron declaradas, en forma explícita, epítome de las que existían entre Cristo y su Iglesia. Tal fue la labor feminista de Jesús. Tal el marco que dio a la mujer en su grey, en esa grey que hace mucho se identifica con la totalidad del mundo occidental.

¿Será, pues, difícil preguntarse si, acaso, de haber faltado aquellos impulsos, las conquistas del siglo XX, sobrevenidas justamente en ese mundo occidental, no ha­brían tenido que esperar mucho más? ¿Si no habrían tenido que esperar a otro caudillo de la estatura de Jesús de Nazaret?

Sobre el Autor

Germán Espinosa nacido en Cartagena en 1937, ensayista lúcido, novelista extraordinario y cuentista memorable, es un escritor comprometido con la palabra, que se dedicó a elaborar su propio juego literario para escaparse del Realismo Mágico y sentar las bases de una narrativa distinta. Su obra, llena de incógnitas y nuevas propuestas, es el testimonio vivo de la riqueza literaria de Colombia. Además de su épica novela, escribió algunos de los cuentos más hermosos de su país en los volúmenes La noche de la trapa, Los doce infiernos, Noticias de un convento frente al mar y El naipe negro. Traducido a diez idiomas, Espinosa es un escritor en letras mayúsculas.

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