Juan Gabriel Vásquez: Un escritor al que no esclaviza su reputación

El prestigio creciente de Juan Gabriel Vásquez como escritor y periodista es innegable. Su última novela, Las reputaciones, condensa su más íntima reflexión sobre el poder y la fama.
La culpa la tuvo su papá. Por haberse enamorado de Inglaterra, de su idioma, de su literatura, del universo inmenso que se le abrió. También por finalmente desistir de que su hijo fuera abogado. Pero, sobre todo, por haberle encargado traducir una biografía de Pelé cuando tenía nueve años, en pleno Mundial de Fútbol España 1982, cuando el niño creía que no existía nada más en el mundo que un balón. Allí le cambió el mundo a Juan Gabriel Vásquez. Sin saberlo del todo, en ese instante se le definió un rumbo que se dedicaría a cultivar, metódica y rigurosamente, hasta convertirse hoy en uno de los escritores con mayor proyección internacional de la nueva literatura colombiana, traducido a catorce lenguas y ganador de incontables premios, los más notables, elPremio Alfaguara 2011, el English Pen Award 2012 y el recién otorgado Premio Gregor von Rezzori 2013.

Vásquez lo ha hecho con paciencia. Fue leyéndolo todo, todo, hasta poder hablar casi de cualquier cosa. De pájaros y ecología con Jonathan Franzen, de la dictadura chilena con Arturo Fontaine, de la literatura post boom con Carlos Fuentes. Eso fue clarísimo en elHay Festival de Cartagena de este año (y del pasado). Su aspecto elegante, intelectual, su voz firme y la fluidez del conocimiento son siempre sus herramientas. Y, claro está, la seguridad de estar construyendo una obra sólida e interesante que usa el pasado (que deconstruye y reconstruye) para pensar en el presente. Su obsesión: entender la desidia y el cansancio de nuestra sociedad; esos que, quizá luego de dar por perdida la batalla de décadas sin que nada se resuelva, permiten que dejemos que la corrupción simplemente nos pase por el lado. Los mismos que colaron el narcotráfico y su temible filosofía del dinero fácil en nuestra psique.

“La Colombia de hoy es un país supersticioso y filisteo. Por supersticioso quiero decir un país donde la razón tiene muy poco peso y el fanatismo político y religioso toma las decisiones impunemente -lanzó en una entrevista a Diners hace unos días-. Sin superstición política entenderíamos los beneficios de legalizar la droga; sin superstición religiosa entenderíamos la justicia profunda que hay en el derecho al aborto en ciertos casos, o a una muerte digna. Colombia es una sociedad filistea, según una acepción de la palabra que ya tiene casi dos siglos, porque aquí lo único que se respeta es la plata. A pesar de las apariencias, sigue siendo un país hostil a eso que llamamos cultura, sea lo que sea. Nuestros líderes políticos son intelectualmente indigentes. Y así pasa lo que pasa”.

Pero llegar a tal claridad le ha tomado su tiempo. De Historia secreta de Costaguana -en el que entrelaza sus dos pasiones: el amor por Joseph Conrad y por la historia de este país loco que entregó Panamá en 1903-, saltó a esos años terribles de 1980 con El ruido de las cosas al caer, donde él y los de su generación, apenas entrando a la adolescencia (nació en 1973), crecieron al lado del fantasma de Pablo Escobar para llegar hoy, a una reflexión profunda y aguda de lo que somos en su más reciente novela, Las reputaciones.

Esta novela corta explora el “poder terrible” de la reputación y la arrogancia e indolencia que puede traer consigo; critica la reputación gratuita de los privilegiados y ahonda en la que ganan a pulso los no privilegiados; pone el dedo en el abuso de la reputación para lograr fines modestos y no tan modestos; y presenta una reflexión sobre la memoria personal, íntima, y la memoria pública.

Esta, sin duda, es una cuestión que -en plena maduración y con un reconocimiento cada día más grande- lo toca en el fondo de sí mismo.

“Lo que me gustó en Las reputaciones fue meterme con lo más íntimo, después de novelas en las que la memoria aparecía con su cara más pública. ¿Hasta dónde podemos confiar en nuestros recuerdos? ¿Es verdad eso de que el pasado no cambia, que está fijo? Estas preguntas atormentan a los personajes del libro. Y creo que son preguntas importantes para todos nosotros. Por algo protegemos nuestra versión de nuestro pasado y nos molesta que alguien venga a cambiarla”.

En una caricatura que el artista francés Honoré Daumier dibujó en 1834, el rey Luis Felipe I aparece mirando el pasado, el presente y el futuro. “En aquella cabeza con forma de pera”, escribe Juan Gabriel Vásquez, “cabían milagrosamente tres rostros: uno joven y contento, otro pálido y amargado, otro ensombrecido y triste. El conjunto era grotesco, algo que nadie quisiera encontrarse por sorpresa en mitad de la noche”. Para Javier Mallarino, el protagonista de Las reputaciones -un caricaturista que se ve obligado a revisitar y replantear su vida luego de recibir un importante reconocimiento por su trayectoria como “la conciencia crítica del país”-, su situación personal no es muy distinta de esa ilustración.

Lo que su protagonista se pregunta -si el poder que viene con la reputación es necesariamente esclavizador- es lo que le ronda la cabeza últimamente al propio autor. “También yo me hago esta pregunta y muchas otras acerca de la importancia que damos a nuestra reputación, y lo frágil que es. No hay nada más fácil de dañar que la reputación ajena. Desde luego es mucho más fácil que derrotar al contrincante. En política esto se sabe hace tiempo, y esas estrategias han invadido el resto de la vida (incluida la vida literaria): si uno es incapaz de competir con un oponente, lo más fácil es hablar mal de él, acusarlo de cosas infundadas, llenar el mundo con calumnias o maledicencias”.

Y Vásquez tiene una reputación que guardar. Refiriéndose a Los informantes, por ejemplo, el novelista irlandés John Banville escribió que la novela es “un magnífico y aterrador estudio sobre cómo el pasado puede invadir el presente, y una fascinante revelación de un rincón poco conocido del teatro de la guerra nazi”. Sobre Historia secreta de CostaguanaEnrique Vila-Matas afirmó que es “una fascinante reflexión, en clave colombiana, sobre la historia del dolor que no tiene historia”. Para Mario Vargas Llosa, Vásquez es “una de las voces más originales de la nueva literatura latinoamericana”. Pero él parece tranquilo con esto: “No pienso mucho en ella. Siempre he creído que mis preocupaciones deben ser dos. Primero: hacer las cosas que me gusten y me interesen a mí, no las que crea que pueden gustar o interesar a los lectores ni a los críticos. Segundo: hacerlas lo mejor posible, con la mayor seriedad y dedicación posibles. Eso se aplica tanto a los libros como al periodismo”.

Desde hace más de seis años, el bogotano tiene una columna de opinión en El Espectador, que lo mantuvo más unido al país durante todo el tiempo que estuvo fuera. Dieciséis años de distancia, vividos entre Francia, Bélgica y España, en los que construyó una familia con Mariana y sus gemelas Martina y Carlota. Pero siempre con el país en la cabeza, obsesivamente, tratando de entenderlo desde las disciplinas de escritor y periodista: “Se trata de oficios diametralmente distintos, y eso es fascinante. Mi trabajo de novelista sale de dudas, de incertidumbres y de preguntas: una novela es simplemente una complejísima pregunta cuya respuesta ni siquiera yo conozco. Una columna, en cambio, parte de una certeza: yo creo esto, estoy convencido de esto, y trato de convencer a los lectores. Son dos éticas de vida distintas, y llevarlas al mismo tiempo es un reto”.

Pese a ello, pese a tener esa claridad de estar pisando dos terrenos distintos, para nosotros, sus lectores, resulta interesante ver de qué manera sus convicciones se cuelan en sus textos de ficción. Alguien le ha dicho que lo que está haciendo es una novela moral. Y reconoce que le encanta que se lo digan. Es la literatura que me interesa hacer: novelas que exploren la complejidad de nuestros deseos, nuestras contradicciones, la dificultad terrible de vivir sin hacer daño a los otros”. ¿Cómo no sentir entonces que ese mismo propósito sea el que leemos en sus columnas? Si bien tiene la sensatez de reconocer que una caricatura o una columna de opinión difícilmente serían capaces de cambiar gran cosa, “eso no quiere decir que no hagan nada. Si no hicieran nada, no estaría muerto Guillermo Cano, ni amenazados tantos otros. No, yo más bien creo que la opinión en la prensa es como la traqueteada gota que acaba por horadar la piedra. Las caricaturas tienen una eficacia muy real, justamente porque apelan a lo más vulnerable que tenemos: nuestra imagen pública. Y las columnas, aunque no tuvieran otro resultado, servirían para que muchos lectores se sientan menos solos en el mundo. Y eso no es despreciable”. Claro que no. En efecto, nos sentimos menos solos en el mundo.

Fotos por Camilo George.

 

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